Blogia
AIRES ABIERTOS

Una jornada junto al mar

Una jornada junto al mar

              Cuando la misma brisa acarició sus rostros, ahora desusadamente cercanos, fueron conscientes de que aquel deseo tan celosamente guardado y compartido en sendos corazones, iba al fin a cumplirse. Por primera vez, si miraban hacia atrás,  en aquella larga vida que se acercaba, con presteza y elegancia, al medio centenario, tenían la oportunidad de vivir juntos un día de playa.            

                Sólo tenían un día y decidieron aprovecharlo desde las primeras horas del amanecer. Cuando se descalzaron, pisaron la arena aún fría por el reciente contacto nocturno, y mientras sus pies se dejaban acariciar por aquellas diminutas partículas de sílice,  admiraron como el tono pálido del cielo iba coloreándose brillantemente al salir el sol. Sus manos huérfanas, hasta entonces, volaron por el aire al mismo tiempo hasta encontrarse y entrelazarse en un abrazo sólo con los dedos que pareció darle una mayor consistencia a sus pasos, ahondando más sus huellas paralelas en la arena.            

               Encontraron un lugar que mutuamente gustaron en aquella playa semisalvaje y con esa soledad  que   impone sobre la arena el calendario cuando se abandona el verano. Allí tendieron sus toallas con un paralelismo que les perseguía durante meses y se deshicieron de esas ropas que les acompañaba en su devenir diario y ahora les estorbaba. Excitados como adolescentes que empiezan a relacionarse con el sexo opuesto, con una mirada, que no se atrevía a mirar de frente y cargada de un cierto nerviosismo quedaron en bañador. Ella le había dicho que hacía mucho tiempo que había abandonado el bikini, por eso cuando, en esta ocasión, la vio con un seductor bikini floreado, le ilusionó que se lo hubiera puesto por él. La visión de aquella barriga blanca en la que destacaba su ombligo, diminuto y algo saliente, pareció actuar de detonante entre aquellos cuerpos y como si una invisible magnetismo actuara sobre ellos se abrazaron, gustando ambos de esa adherencia yuxtapuesta en que se sintieron con unas sensaciones siempre deseadas y, hasta este momento, nunca vividas. Los dos pares de pestañas se abrazaron sobre sí mismas interiorizando, gustando, ese momento que desearon que se transformara en eterno. Y cerca de eso debió estar porque cuando abrieron los ojos y se vieron reflejados en el tono brillante que despedían los ajenos ya estaba el sol cruzando, con paso resuelto, el mediodía. Pero antes las yemas de sus dedos habían recorrido con placidez seductora, por ambos lados, los caminos y recovecos del cuerpo que se les brindaba; sus piernas habían formado un cinturón prensil en torno a sus caderas y sus labios habían saboreado con suma delectación el sabor almibarado que desprendía su cuello. Los dos habían escuchado alguna vez aquello de “que se pare el mundo”, pero por primera vez habían vivido aquella placidez estática en sus propias carnes.             

              El sol brilló con fuerza y sus manos teñidas por la untuosidad de la crema bronceadora se expandieron con ternura sobre el cuerpo ajeno. Disfrutaron como nunca en algo aparentemente tan normal como poner crema. Era una buena excusa para acariciarse sin remilgos, para conocer su cuerpo con sus sinuosidades ocultas, para captar aquellas emociones que ella nunca se atrevería a decir, para arrancarle brillos a la epidermis y convertirla en sumamente apetecible para retener en la memoria esas sensaciones  tan imprescindibles cuando volvieran a estar lejos, Sin soltarse las manos sus cuerpos se tendieron sobre las alfombras con sus ojos mirando al cielo y queriendo seguir el vuelo de una bandada de flamencos de alas ondulantes que atravesó por encima de ellos. El sol acariciaba aquellos cuerpos y su calor circulaba por esos vasos invisibles que los conectaba a través de sus dedos.           

              Sintieron la llamada del mar y se levantaron humedeciéndose, primero, las plantas de los pies y luego el resto de sus cuerpos que refrescados, se sintieron de nuevo unos y, al unísono, se dejaron mecer por las olas y el sonreía observando como el pelo de ella encanecía con la espuma. Y disfrutaron de aquella dulce ingravidez y a semejanza de las especies marinas, danzaron como medusas, se abrazaron como pulpos e, incluso, se mordieron como tiburones.             

               Exhaustos y contentos salieron del mar regando la arena con gotas perladas que se desprendían de sus cuerpos y se sentaron a comerse unos  bocadillos, mientras sus miradas jugueteaban en el aire. La tarde avanzó mientras arreciaba el viento, que empujó a aquellos cuerpos a ponerse muy cerca, mientras el brazo alrededor ayudaba a ello. Y se dijeron esas palabras que no se pueden escribir que se dibujan en el aire con lazos permanentes a la vez que iban marcándose a fuego en lo más profundo de sus corazones.             

               Y los brillos del cielo fueron enmudeciendo y paradójicamente los colores se hicieron más hermosos, como si una sinfonía de tonos fuera escribiéndose sobre el horizonte. El sol se redondeó y del rojo pasó al anaranjado  mientras unas nubes traviesas le arrancaban fuerza, justo antes de que desapareciera tras el horizonte, aunque ellos no estaban mirando en ese momento ya que lágrimas alegres les impedía la visión mientras sus cuellos se giraban y se saboreaban mutuamente sus labios, primero, levemente, en la superficie y luego, con fruición, hacia el interior…            

                Cuando él se despertó, en la cama, la sonrisa le invadía por dentro, tras tan maravilloso sueño.  Lo que no llegó a entender es cómo podía ser que las sábanas estuvieran tan llenas de arena.

1 comentario

Lludria -

Y es que a veces, sólo en contadas ocasiones, el velo entre el mundo onírico y el de la realidad se vuelve tan, pero tan fino, que las arenas se nos escapan para decirnos un te quiero con cada una de ellas...