Un cambio de Aires

Cuando nos convertimos en seguidores de algún blog, no solemos tener muy clara la razón que nos ha conducido a ello, aunque en la mayoría de las veces es por "culpa" de unas letras, que sin saber cómo nos han seducido.Todos los que nos movemos por este peculiar mundo de la blogosfera, vemos como los blogs van apareciendo y desapareciendo y con ellos esa peculiar faceta que le imprime a sus letras quien lo escribe. Algunos blogs permanecen durante años y otros son efímeros, pocos post que luego nunca llegaron a tener continuidad. Faltan pocos días para que este blog cumpla cuatro años y creo que ha llegado el momento de "un cambio de Aires", en el doble sentido de la palabra. Sí, voy a cerrar este blog. Sus letras seguirán mientras por aquí, quizás hasta que un día decida enterrarlas del todo.
Aunque muchos de sus post están cargados de sexualidad, siempre he procurado "asexuarlos", es decir no dejar muy claro el sexo de quien escribe, quizás porque lo que he escrito es válido para los dos sexos. En todo lo que se escribe siempre hay gran parte de lo que se lleva por dentro, en mis post aparte de trenzar letras en su fondo se mezclan frustraciones y fantasías, una carga y un escape de lo mucho que durante estos años me han acompañado. Pero en algunos momentos la vida real influye sobre la virtual y distintas circunstancias vividas han hecho que las frustraciones se hayan disuelto y las fantasías hayan tomado corporeidad, de algún modo que lo que eran simples fantasías oníricas hayan pasado a formar parte de la realidad e instalándose en el mundo de la memoria...por eso creo que ha llegado el momento de que estas letras, a su vez, desaparezcan.
Gracias a l@s que habéis seguido mis letras y mis dibujos de trazos negros en los que he querido expresar lo que llevo por dentro, también a los que habéis dejado comentarios y, en especial, a los que a través de estas letras os habéis convertido en buen@s amig@s. Espero que aunque estas letras callen, la amistad siga hablando.
Seguro que nos volvemos a ver, dentro de un tiempo, por entre los blogs, Aires se marcha, pero quien disfruta escribiendo raramente puede callar, lo que no tengo muy claro es como aparecerá, tal vez sea en forma de un hada romántica o de un erotómano compulsivo, quizas como una jovenzuela enamorada o, tal vez, como aventurero incansable. Hasta siempre, cambio de Aires, pero quien me conoce, estoy seguro que no le costará reconocerme en esas letras que en cualquier otro momento, aparecerán por algún lado.
Siempre imaginé...

...que los sueños podían llegar a hacerse realidad, hasta que llegó aquel día en que:
-la larga distancia que habitualmente nos separa se redujo a distancia infinitésima
-tus labios atrajeron los míos y se perdieron en el más acompasado de los bailes que yo pudiera imaginar
-tus manos almizcladas con tu hábil encauce fueran sosegando cada rincón de mi cuerpo
-descubríamos en nuestros mutuos gestos grutas placenteras en las que sumergirnos venturosamente
-nuestro abrazo convertía, durante un instante mágico, nuestros dos cuerpos en uno solo
-tus dedos dibujaron caricias de primavera sobre mi pecho haciendo que brotara en sensaciones una nueva piel
-nuestros cuerpos enroscados mutuamente se dejaron mecer por la serena placidez del agua de la bañera
-tu respiración dormida sobre mi cara extraía de mí todas las ilusiones
-la luz del amanecer al vestir tu desnudez exaltó mis deseos hasta extremos desconocidos
-pudimos compartir sabores, cosquillas, complicidad, carcajadas y lunares en una melodiosa sinfonía
...ese día me di cuenta que el compartir esa realidad contigo era algo más hermoso que el sueño más maravilloso que yo nunca pudiera haber soñado.
Un día más

El amanecer golpeó con la levedad de su luz las rendijas de mi persiana cuando desperté, contenta porque no tendría que madrugar y podría ahuecarme en la cama. Noté tu respiración entrecortada, a mi lado, a la vez que me notaba acalorada. Desabroché despacio, soñando que fueran tus dedos quien lo hacía, los botones de mi camisón, bajé la manta y me gustó sentir que mis pechos, caídos hacia lados opuestos, se gustaban acariciar por el aire de la habitación.
Y de pronto, estando tan cerca, empecé a echarte de menos. Quería que te despertaras, no me hubieras perdonado que yo te despertara por mi deseo de ti, y en aquella semioscuridad vigilaba cada uno de tus gestos esperándote. Fueron diez minutos eternos en que mis dedos se hacían los despistados y, de vez en cuando, se deslizaban por mis pechos y se entretenían en mis pezones. Al fin te agitaste y, no pudiendo aguantar más, mi mano se puso por detrás de tu espalda intentando hacerte girar hacia mí, que tu cercanía fuera algo más que física, que te entraran ganas de calmar mis desesperados anhelos. Te giraste con pereza mezcla del no espabilarte y de esa carencia de deseo, que ya voy conociéndote y ha dejado lamentablemente de sorprenderme, y a pesar de que me apretaba contra tu cuerpo, tu gesto permanecía estático y ausente. Sentí tu mano como si estuviera adherida a tu cuerpo y le gustara hacer de frontera entre los dos. La cogí con la mía y la saqué de aquel hueco, la estiré con la mía y la deposité sobre mi pecho, que ya en estos momentos gritaba de desesperado ardor. Mis dedos entre los tuyos se acercaban a mi pezón, pero tú no te dabas por enterado y probablemente si esa mano perteneciera a un cadáver estaría más viva, en ese momento. Cogí tus dedos, dos veces, para chuparlos entre mis labios y se retiraron vergonzosamente en ambas ocasiones. No puedes imaginarte cómo tuve que morderme los labios y recurrir a lo más profundo de mí para no hundirme en la más absoluta de las miserias. Aunque no me sorprendiste, ésta es una situación hastiadamente revivida que parece prolongarse en el tiempo sin posibilidades de que algún día mute. Mis pezones pedían caricias y sólo se topaba con las mías y con el peso muerto de tu mano estática.
Ya no pude aguantar y mis manos, antes disimuladas ahora se revistieron de descaro e intentaban con sus caricias apaciguar el ardor que cada vez más me iba invadiendo. No sé si fuiste consciente de ellas, me daba igual, sólo sé que retiraste la mano y acompañó a tu cuerpo en ese giro que hizo que me brindaras tu espalda intentando dormir más. Yo seguí acariciándome, casi con desesperación me pellizcaba, ahora se movía todo mi cuerpo y estoy segura de que, como una onda, llegaban mis vibraciones hasta tu lugar del colchón. Sentía la humedad que brotaba entre mis piernas, mientras mis dedos me provocaban placenteras sacudidas. Al fin, levantaste la cabeza y sin echarme una mirada, ni siquiera de lástima, te levantaste de nuestra cama, aduciendo que ya no ibas a dormir más. Olvidaste, incluso, darme ese beso desprovisto de cualquier pasión, que sueles darme. Yo ya estaba totalmente desnuda. El ruido de tus zapatillas saliendo por la puerta del dormitorio acompasó a mi delicioso orgasmo.
El agua de la ducha me hizo olvidar tu desplante mientras mi mente volaba hasta rincones y huecos que nunca imaginarías, por eso al salir a la calle nunca sabrás por qué después de todo lo anterior y al ver mi cara reflejada en la ventanilla de un coche empecé el día con la mejor de mis sonrisas.
Culpable

El hueco de la ventana se pierde en su angostura pero me inunda la luz. Las paredes rugosas en piedra acolchan el apoyo de mi espalda. Condenada he sido, dicen, por un terrible delito. ¿Cómo se me ocurrió, me dijo el fiscal, proceder con tu ayuda a aquel terrible e incruento asesinato? No figuró como atenuante el que estuviera harta de ella que no me dejaba ni a luz ni a sombra, ni que su presencia me agobiara, me doliera o me frustrara, ni que empezara a odiar aquella mala compañía hasta extremos insoportables. Me preguntó por ti, pero yo me negué en mi derecho a no contestar. Él insistía: cuando te conocí, en que consistió nuestra relación y que cuando fue que decidimos unirnos en aquella planificación para el crimen. Yo callaba, mientras pensaba en ti y lo miraba sin ver.
Se volvió hacia aquel público morboso, ávido de sensaciones, y reconstruyó, con esa óptica de no entender nada, cómo debió ocurrir. Cómo por esa malévola combinación de nuestras culpas, dejó de seguirme para quedarse aniquilada. Lo peor, seguía diciendo, es que no se volvió a saber de ella que se perdió en el aire o en la tierra ¿quién sabe dónde? sin que nadie se pudiera compadecer.
El juez convencido de aquellos argumentos me condenó a cadena perpetua, no era justo, para él, que hubiéramos suprimido a quien estaba predestinada a acompañarme de por vida. No sé si atisbé en sus ojos una llamarada envidiosa, lo que no impidió que me enviara para siempre a este rincón perdido, en el que, sin que él lo sepa, me acompañas y en el que juntos recordamos, tu y yo, el día en que me ayudaste con tu ternura a eliminar para siempre a esa dichosa e insistente soledad.
Dolor de primavera

Abre el día estallando en luces de amanecer, mientras por mi ventana se cuelan, en ráfagas desordenadas, aromas de azahar, el color de los geranios que escalan la ventana y el gorjeo bullanguero de los pájaros. En pocos instantes, los últimos resquicios de sueño, quedan abandonados sobre la almohada, aún caliente que guarda las formas onduladas de la cabeza. El aire con calidez de solsticio abriga mi piel desnuda, despertando exquisitamente su sensibilidad. Un roce leve de la tela de la camisa sobre mi pecho, lo endurece con cierta delectación. Esa y otras sensaciones que me van recorriendo parecen concentrarse en mi sexo, que espabilado se alza sobre sí mismo adquiriendo consistencia placentera.
Todo ello, finalmente, torna en sufrimiento, en ese dolor de primavera, como si tuviera el corazón en carne viva, que me atraviesa e impregna cada célula de mi cuerpo. Y lo peor es que no hay un remedio sencillo para el mismo. Sólo conozco una forma de atenuarlo: tu presencia cercana, el contacto íntimo de tu piel, el que me sanes con la dulzura de tus caricias y que nuestros labios se encuentren y se comuniquen con esa húmeda, y rabiosamente ansiada, vecindad del beso.
El caballero de la mano en el pecho

(Dibujo de Aires)
Un título clásico aplicado a un dibujo moderno.
Tu leve caricia

(Dibujo de Aires)
Nunca sabes cómo, pero una mañana cuando miras al cielo, por mucho que brille el sol, y luego miras a tu interior lo ves todo gris. Eso me pasó a mí una mañana, ¿o fue una tarde? no lo sé, pero ¡me pasó! Desde aquel día mi ánimo se tornó alicaído y cada paso que daba por el camino de la vida se convertía en un esfuerzo agónico, donde la palabra aliciente era desconocida para mí. Pero el gris dicen que es un color dinámico, que nunca se queda quieto y que sus matices poco a poco van tornando al negro. Así lo veía yo todo, negro azabache, un bonito y elegante color, cuando no hablamos de esa perspectiva con la que una ve la vida. La soledad ancló en mi y cuando me veía en el espejo, el tono de mi ánimo oscurecía mi piel y no era capaz de diferenciarla de mi sombra, hasta que…
…llegaste tú. Fue encontrarme contigo y dejar que, algo tan simple como ese gesto de tu mano, se acercara hasta mí e hiciera un chasquido de dedos mágicos como el de un genio de las mil y una noches. Dejé apoyar mi barbilla en ellos y entonces todas mis trabas, como por ensalmo, fueron abandonándome y coloreándome por dentro y por fuera. Especialmente en ese momento en que fui consciente de que aniquilaste, para siempre, a esa soledad que me acompañaba y de que me transmitías con esa leve caricia todo lo que de maravilloso tiene la vida.
Puedo imaginarme...

-dando saltos en una nube
-un unicornio azul
-un árbol con hojas rayadas
-palabras con sabor a caramelo
-un atardecer que se alarga con el sol dando botes en el agua
-una vaca volando...
Lo que me resulta imposible imaginar es mi vida si me faltaras tú.
Pintando al óleo

Tú te empeñaste en que te pintara al óleo. Parecía como si quisieras contradecirme cuando yo te decía que semejabas una imagen en blanco y negro con el contraste de tu melena negra sobre tu piel blanca y esos lunares ambarinos que salpìcaban primorosamente tu epidermis. No querías que te pintara en blanco y negro querías verte brotar en colores desde mis dedos.
Acudí a tu casa con el lienzo y las pinturas y mientras preparaba la paleta te tendiste en el sofá a modo de la maja vestida. Pero sólo fue un instante porque segundos después con tu ropa arrojada a mis pies ya semejabas a la otra maja. La paleta quedó estática en mi mano izquierda mientras yo contemplaba alborozado tu figura de músculos torneados que tumbada sobre el sofá empezaba a agitarse. Tus dedos finamente afilados se abrían paso a través de una mata espesa y recortada de pelo negro y horadaban mimosamente aquella hendidura, cuyo olor a sexo emanado al aire, llegaba a mi nariz confundido con el de mis pinturas. Tú seguías acariciándote con la misma tranquilidad que si estuvieras sola, pero sin dejar de mirarme con unos ojos mitad deseosos, mitad desafiantes. El movimiento oscilante de tus pechos atraía mi mirada y no digamos de esa sinuosa línea que parece separar tu escultural barriga en dos partes y que se cimbreaba con el ritmo que lo hace el oleaje en un día de marea agitada. Tu ombligo estirado pero nada presumido, semejaba un párpado que me guiñaba en cada una de tus oscilaciones. Y esa respiración inicialmente silenciosa, fue trocándose en crecientes gemidos que parecían rasgar tu garganta y arañaban mis oídos de puro placer.
No pude aguantar más la excitación que me atenazaba y cogiendo el pincel entre mis manos, cuidando de mantenerlo en la posición adecuada, realicé el cuadro más maravilloso que nunca había hecho, eso me dijiste. Lo más curioso es que cuando marché de tu casa el lienzo seguía tan blanco como lo había llevado y ahora era en ti, en aquel cuerpo blanco tachonado de lunares, a modo de perlas negras, donde mi pincel te había teñido con la más dulce y maravillosa de las blancuras.
En tu estela

(Óleo de Julio Puentes)
Hoy he dormido mal pero me he despertado tiernamente envuelto en pompas de jabón que me sostenían en el aire y es que he soñado contigo, durante esta noche, como no lo recordaba desde hacía tiempo. No me extraña que ese deseo acumulado de tenerte entre mis brazos y que el tiempo se encarga de dilatar tan caprichosamente, se haya anclado de tal manera en mi inconsciente y produzca estos sueños tan maravillosos y esa sensación, con la que me levanté, de haberme pasado toda la noche persiguiendo tu estela.
Durante mi somnolencia me ha embriagado el olor almizcleado de tu cuerpo, alborotando todas mis sensaciones. Además he sentido, como no puedes imaginarte, el tacto de tu piel, deslizándose suavemente, semejando el zigzagueo de una amorosa sierpe a lo largo de todo mi cuerpo. He estado, toda la noche, disfrutando de caricias inimaginables desprovistas de cualquiera de esos límites que brotan en nuestros encuentros. Y es que en esta noche, con el brillo externo de una luna blanca y menguada, tenia mucho que ganar y nada que perder.
Lo mejor ha sido, cuando al abrir los ojos me he sentido ebrio de ti y al enfrentar mi desnudez al espejo he visto claramente que tus dientes, como signo de tu conquista sobre mí, han quedado señalados a fuego sobre la piel de mi pecho.

