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Siempre imaginé...

...que los sueños podían llegar a hacerse realidad, hasta que llegó aquel día en que:
-la larga distancia que habitualmente nos separa se redujo a distancia infinitésima
-tus labios atrajeron los míos y se perdieron en el más acompasado de los bailes que yo pudiera imaginar
-tus manos almizcladas con tu hábil encauce fueran sosegando cada rincón de mi cuerpo
-descubríamos en nuestros mutuos gestos grutas placenteras en las que sumergirnos venturosamente
-nuestro abrazo convertía, durante un instante mágico, nuestros dos cuerpos en uno solo
-tus dedos dibujaron caricias de primavera sobre mi pecho haciendo que brotara en sensaciones una nueva piel
-nuestros cuerpos enroscados mutuamente se dejaron mecer por la serena placidez del agua de la bañera
-tu respiración dormida sobre mi cara extraía de mí todas las ilusiones
-la luz del amanecer al vestir tu desnudez exaltó mis deseos hasta extremos desconocidos
-pudimos compartir sabores, cosquillas, complicidad, carcajadas y lunares en una melodiosa sinfonía
...ese día me di cuenta que el compartir esa realidad contigo era algo más hermoso que el sueño más maravilloso que yo nunca pudiera haber soñado.
Un día más

El amanecer golpeó con la levedad de su luz las rendijas de mi persiana cuando desperté, contenta porque no tendría que madrugar y podría ahuecarme en la cama. Noté tu respiración entrecortada, a mi lado, a la vez que me notaba acalorada. Desabroché despacio, soñando que fueran tus dedos quien lo hacía, los botones de mi camisón, bajé la manta y me gustó sentir que mis pechos, caídos hacia lados opuestos, se gustaban acariciar por el aire de la habitación.
Y de pronto, estando tan cerca, empecé a echarte de menos. Quería que te despertaras, no me hubieras perdonado que yo te despertara por mi deseo de ti, y en aquella semioscuridad vigilaba cada uno de tus gestos esperándote. Fueron diez minutos eternos en que mis dedos se hacían los despistados y, de vez en cuando, se deslizaban por mis pechos y se entretenían en mis pezones. Al fin te agitaste y, no pudiendo aguantar más, mi mano se puso por detrás de tu espalda intentando hacerte girar hacia mí, que tu cercanía fuera algo más que física, que te entraran ganas de calmar mis desesperados anhelos. Te giraste con pereza mezcla del no espabilarte y de esa carencia de deseo, que ya voy conociéndote y ha dejado lamentablemente de sorprenderme, y a pesar de que me apretaba contra tu cuerpo, tu gesto permanecía estático y ausente. Sentí tu mano como si estuviera adherida a tu cuerpo y le gustara hacer de frontera entre los dos. La cogí con la mía y la saqué de aquel hueco, la estiré con la mía y la deposité sobre mi pecho, que ya en estos momentos gritaba de desesperado ardor. Mis dedos entre los tuyos se acercaban a mi pezón, pero tú no te dabas por enterado y probablemente si esa mano perteneciera a un cadáver estaría más viva, en ese momento. Cogí tus dedos, dos veces, para chuparlos entre mis labios y se retiraron vergonzosamente en ambas ocasiones. No puedes imaginarte cómo tuve que morderme los labios y recurrir a lo más profundo de mí para no hundirme en la más absoluta de las miserias. Aunque no me sorprendiste, ésta es una situación hastiadamente revivida que parece prolongarse en el tiempo sin posibilidades de que algún día mute. Mis pezones pedían caricias y sólo se topaba con las mías y con el peso muerto de tu mano estática.
Ya no pude aguantar y mis manos, antes disimuladas ahora se revistieron de descaro e intentaban con sus caricias apaciguar el ardor que cada vez más me iba invadiendo. No sé si fuiste consciente de ellas, me daba igual, sólo sé que retiraste la mano y acompañó a tu cuerpo en ese giro que hizo que me brindaras tu espalda intentando dormir más. Yo seguí acariciándome, casi con desesperación me pellizcaba, ahora se movía todo mi cuerpo y estoy segura de que, como una onda, llegaban mis vibraciones hasta tu lugar del colchón. Sentía la humedad que brotaba entre mis piernas, mientras mis dedos me provocaban placenteras sacudidas. Al fin, levantaste la cabeza y sin echarme una mirada, ni siquiera de lástima, te levantaste de nuestra cama, aduciendo que ya no ibas a dormir más. Olvidaste, incluso, darme ese beso desprovisto de cualquier pasión, que sueles darme. Yo ya estaba totalmente desnuda. El ruido de tus zapatillas saliendo por la puerta del dormitorio acompasó a mi delicioso orgasmo.
El agua de la ducha me hizo olvidar tu desplante mientras mi mente volaba hasta rincones y huecos que nunca imaginarías, por eso al salir a la calle nunca sabrás por qué después de todo lo anterior y al ver mi cara reflejada en la ventanilla de un coche empecé el día con la mejor de mis sonrisas.
El caballero de la mano en el pecho

(Dibujo de Aires)
Un título clásico aplicado a un dibujo moderno.
Tu leve caricia

(Dibujo de Aires)
Nunca sabes cómo, pero una mañana cuando miras al cielo, por mucho que brille el sol, y luego miras a tu interior lo ves todo gris. Eso me pasó a mí una mañana, ¿o fue una tarde? no lo sé, pero ¡me pasó! Desde aquel día mi ánimo se tornó alicaído y cada paso que daba por el camino de la vida se convertía en un esfuerzo agónico, donde la palabra aliciente era desconocida para mí. Pero el gris dicen que es un color dinámico, que nunca se queda quieto y que sus matices poco a poco van tornando al negro. Así lo veía yo todo, negro azabache, un bonito y elegante color, cuando no hablamos de esa perspectiva con la que una ve la vida. La soledad ancló en mi y cuando me veía en el espejo, el tono de mi ánimo oscurecía mi piel y no era capaz de diferenciarla de mi sombra, hasta que…
…llegaste tú. Fue encontrarme contigo y dejar que, algo tan simple como ese gesto de tu mano, se acercara hasta mí e hiciera un chasquido de dedos mágicos como el de un genio de las mil y una noches. Dejé apoyar mi barbilla en ellos y entonces todas mis trabas, como por ensalmo, fueron abandonándome y coloreándome por dentro y por fuera. Especialmente en ese momento en que fui consciente de que aniquilaste, para siempre, a esa soledad que me acompañaba y de que me transmitías con esa leve caricia todo lo que de maravilloso tiene la vida.
En tu estela

(Óleo de Julio Puentes)
Hoy he dormido mal pero me he despertado tiernamente envuelto en pompas de jabón que me sostenían en el aire y es que he soñado contigo, durante esta noche, como no lo recordaba desde hacía tiempo. No me extraña que ese deseo acumulado de tenerte entre mis brazos y que el tiempo se encarga de dilatar tan caprichosamente, se haya anclado de tal manera en mi inconsciente y produzca estos sueños tan maravillosos y esa sensación, con la que me levanté, de haberme pasado toda la noche persiguiendo tu estela.
Durante mi somnolencia me ha embriagado el olor almizcleado de tu cuerpo, alborotando todas mis sensaciones. Además he sentido, como no puedes imaginarte, el tacto de tu piel, deslizándose suavemente, semejando el zigzagueo de una amorosa sierpe a lo largo de todo mi cuerpo. He estado, toda la noche, disfrutando de caricias inimaginables desprovistas de cualquiera de esos límites que brotan en nuestros encuentros. Y es que en esta noche, con el brillo externo de una luna blanca y menguada, tenia mucho que ganar y nada que perder.
Lo mejor ha sido, cuando al abrir los ojos me he sentido ebrio de ti y al enfrentar mi desnudez al espejo he visto claramente que tus dientes, como signo de tu conquista sobre mí, han quedado señalados a fuego sobre la piel de mi pecho.
Tomando el pulso

(dibujo de Aires)
-¿Estás seguro de que "ahí" se toma también el pulso? Lo que sí parece que es más lento que en la muñeca porque llevas ya más de una hora con la mano puesta encima de mi culo.
Cambio de imagen

Era la primera vez que me dejaba la barba. Iba a verte después de muchos meses y, preparando ese encuentro, estuve dudando de si afeitarme o no. Decidí que no, aunque no sabía si te gustaría o no. Mi incertidumbre se esfumó en el aire cuando te tuve a mi lado y la mimosa caricia de tus uñas sobre los pelos de mi barba, lenta e insistente, me arrancó sensaciones nuevas nunca vividas. Lo tuve claro desde ese mismo momento: mi barba negra, adherida a mi cara, tendría paciencia y tiempo de convertirse en blanca.
Un traje especial

Recuerdo nuestra primera noche juntos, a pesar de que dormimos poco, fue inolvidable. Me sentía cargado de euforia cuando, por la mañana, salté de la cama. Ella me miraba, estirada sobre el colchón, con una mezcla dulce de deseo y picaresca. Y no paraba de sonreír, a punto de la carcajada, mirando mis ímprobos esfuerzos. Al fin le pregunté:´
-¿De qué te ríes?
-De que, por mucho que lo intentes, no conseguirás abotonarte. El traje de saliva con el que te he vestido durante la noche...¡no tiene botones!-replicó con ojos chispeantes.
Hablando desde la bañera

Hacía algunas horas que no sabía de ti y aquel tiempo me parecía una eternidad. Sin poder aguantarme y no importándome ser desvergonzadamente pesado, te llamé al móvil. Iba a excusarme preguntándote que te apetecía que te regalara por tu cumpleaños. Me contestó tu voz siempre acariciadora y no tardé en darme cuenta, al escuchar el chapoteo, de que te encontrabas en la bañera. Me invadió un deseo irrefrenable de estar contigo e imaginé las líneas de tu cuerpo que tantas veces había diseñado, lo mimosamente ornadas que estarían por los caprichosos pegotes de espuma blanca.
Te confesé mi excitación y como si mis palabras actuaran como un detonante, empezaste a acariciarte con fruición. A mis oídos llegaba la agitación, que el movimiento de tu mano, producía en el agua, podía sentir cómo la humedad de tu cuerpo se deslizaba, arriba y abajo, por la superficie de la bañera. Agucé el oído y mientras acariciaba tu oído con la leve suavidad de mis palabras, no tardé en escuchar, primero cómo se agitaba tu respiración y seguidamente tus gemidos que iban aumentando de volumen. Siempre me había excitado como huías del silencio cuando te calentaba. Aquellos gemidos, se aceleraron, y en un determinado momento se convirtió en un grito desgarrador que acabó súbitamente en un gluglu que sonó al otro lado...luego la linea ¡se perdió! No fue difícil darme cuenta que habías desaparecido toda tú bajo el agua...móvil incluido. ¡Ya sabía que regalarte!
Voy a levantarme

(dibujo de Aires)
Con estas tres palabras y un beso ingrávido, pendido en el aire, y esfumado, casi antes de emitirlo, te levantaste otro sábado más de la cama. No te gusta que te despierte cuando estás dormido para dibujar caricias sobre tu piel, ni tampoco que un madrugador insomnio trastabille tu sueño. El silencio, sólo quebrado por los leves roces de tu cuerpo sobre la sábana ¡quién fuera sábana!, aniquilaba con su presencia aquellos minutos del amanecer. Llevabas un rato dando vueltas, yo me daba cuenta y permanecía quieta con la excitación creciente y esa expectativa no por más larga menos frustrada. Una vez más echo de menos tu cercanía y tu deseo, que no tu presencia que me revelas vacía de cualquier adorno emotivo. Sé que mi cuerpo no es, ni mucho menos, el de nuestros primeros tiempos y que el reloj ha marcado en él sus arrugas pero mi necesidad ha ido en aumento. Aunque casi perdido en un rincón de mi memoria, aún puedo sentir en mi lengua el dulzor que emitía tu piel. Ansío sentirme deseada, que cada centímetro de mi piel estalle con la explosión de tus caricias. ¡No puedes imaginarte, fruto de este intenso desgarro, los gritos mudos que lanzo al aire sin que tus oídos puedan escucharlos!
Sabía que esos despertares te alteran y que cuando no puedes dormir, esa sensación de “perder el tiempo” te inquieta. ¿Nunca tienes ninguna ocurrencia fuera de guión? ¿No puedes suponer que el cuerpo que tienes a tu lado está deseoso de esas caricias que le niegas? Pero se puede hacer tarde para todas esas cosas que son “imprescindibles” hacer en un sábado por la mañana…
Eres incapaz de que el reloj pare su marcha, de olvidar el tiempo y de sumergirte conmigo en esos juegos amorosos en los que disfrutemos mutuamente de lo mejor que el otro nos da. Sigue así y al final del día, probablemente, estés contento de que todas tus cosas están convenientemente hechas, pero ignorarás que no has realizado la que para mí, sin duda, es la más importante.
Agua dos

Ven, acércate, no te quedes en la puerta. Cuando te dije que quería pasar un buen rato a tu lado ¿qué te imaginaste? ¿Te sorprende? Hombre no pongas los ojos como platos ¿no has visto nunca los pechos de una mujer? Ya veo que para desnudarte no necesitas ayuda, pero no corras, no hay prisa. Tenemos toda la noche para nosotros. ¿Sabes? Me gusta mirarte y dejar que mis ojos aviven mi deseo, cuando se posan por esas porciones de tu cuerpo que vas dejando al descubierto. Disfruto viendo tu sexo con ese manojillo de pelos que lo adorna y que va despertando levemente a mis palabras. No te preocupes en doblar la ropa sobre la silla, tranquilo que, nadie entrará para quejarse de que el cuarto está desordenado. Pasa aquí conmigo, no hay mucho sitio pero cabremos bien los dos. Mete la pierna con cuidado, tampoco es cuestión de que te pegues un resbalón en la bañera. Colócate de espaldas entre mis piernas abiertas, el agua está calentita. ¡Qué a gusto el tenerte tan cerca con tu espalda pegada a mi pecho y tus nalgas duras apretando mi barriga! Déjame abrazar tu cintura con mis piernas. ¡Huy! ¿Qué es esto que he atrapado entre mis pies? Me gusta sentirlo como ahora ya está endurecido y esa imagen que parece un periscopio saliendo oteante del fondo de la bañera. Es como si estuviera intentando curiosear algo. Siempre me ha gustado la forma de tu cuello, tus orejas y…el sabor que tiene que se mezcla ahora con el de la espuma. ¿Puedo masajearte tu pelo? Lo tienes muy suave y ahora mojado es maravilloso el sentirlo entre mis dedos. No te muevas. ¡Qué duras se te están poniendo las tetillas! Me gusta juguetear con ellas, excitarlas y excitarte, arañar tu pecho con mis uñas afiladas, sumergir mis dedos bajo el agua, primero buscando tu ombligo y luego rodeando tu parte más preciada y que tanto me excita. Noto como te sientes cuando mi mano derecha se cierra a su alrededor e inicia un movimiento de vaivén, primero despacio y luego a más velocidad. Con mi oído en tu espalda noto la excitación en los aleteos de tu respiración y el deseo que me contagias y hace que mi humedad se mezcle, confusamente, con el del agua de la bañera.
Ahora me estaré quieta. Ya que al ser sordomudo tus labios no hablan, dejaré que lo hagan tus dedos. Vale me callaré que soy una cotorra, pero con una condición: ¡hazme tuya! ¡ya!
La hora de pensarte

Cada día, en ese momento en que los tonos pasteles del cielo devienen en oscuridad y en la que los últimos trinos se silencian, llega la hora de pensarte. Mis huesos se relajan tras el ajetreo del día y el cansancio acumulado se aposenta sobre la superficie del sillón. Cierro los ojos…y ¡te veo! Me dejo iluminar por el brillo siempre nuevo que me dirige tu mirada. Mis dedos se cargan de vida mientras recorren con curiosidad de ciego los rasgos de tu cara, moldean los ángulos sedosos tu rostro y se dejan cosquillear por tus pestañas, alborotan tus cabellos y dibujan con esmero el perfil jugosamente húmedo de tus labios, estilizan tu cuello y juguetean con tus orejas.
Tu blusa se desprende como si volara con alas de mariposa y deja al descubierto tus pechos, lindamente aureolados en su centro, sabrosones y que oscilan mecidos por el vuelo de aire. A mis manos que descienden por esas curvas de seducción les gusta captar esas durezas puntuales dirigidas hacia mis labios, que se cierran, alternativamente sobre ellos, saboreándolos con ese regusto dulzón que siempre tienen. Mientras la lengua salivea, mis manos coronan tu espalda y recrean tus nalgas, solazando tu ombligo con mi dedo meñique. Desciendo buscando el más arrebatador de tus olores hasta saciar la sed con el más exquisito de tus fluidos. Las campanadas del reloj me avisan del final de esa hora.
Esta noche, no me ha gustado el cambio de hora, porque la espera se me hizo muy larga hasta que llegó la ansiada hora de pensarte.
Sueño...

...con respirarte y tenerte tan cerca que se confundan las caricias de nuestros olores.
Cuestión de extremidades

-Hay que ver cómo eres. Esta noche, cuando acercaba mi pie al tuyo, lo retirabas-le dijo ella al despertar.
-¿Por qué no pruebas, alguna vez, a acercarte con la mano?- respondió él.
Y sin quebrar el silencio, que inundó la habitación, ella se levantó para comenzar el día.
Con-jugando

Con gesto decidido se quitó el flequillo de la cara. Afiló el lápiz, se le hacía extraño, después de tanto tiempo, el tacto de su superficie en la yema de los dedos. Apoyó la fina punta sobre el papel en blanco, muy despacio, y, al fin, se decidió a escribir con letra casi caligráfica:
Yo amo
Tú amas
Él ama
Nosotros amamos
Vosotros amáis
Ellos aman
Se miró al espejo que tenía enfrente y esbozó una sonrisa de satisfacción, al comprobar, que todavía, habiendo llegado a una edad madura, era capaz de conjugar en presente el verbo Amar.
Surcando el mar

Aún me pregunto cómo, sin saber nadar, he podido surcar, sin problemas, a través del mar de tus lágrimas hasta arribar a la tierna placidez de tu orilla.
Lléname la copa

Ahora que estás a mi lado, lléname esta copa de…
-el fuego de tu mirada, con el que abrasas mis entrañas
-la dulzura de tu voz, que da melodía a mi jornada
-la miel de tus labios, con la que endulzas mi saliva
-el jugueteo de tus dedos, con el que enloqueces mi melena
-la suavidad de tu piel, que nunca me canso de recorrer
-tus silencios, ricos en ternura
-el sabor de tu sexo que engalana mis deseos
-tus caricias, artesanas de mis placeres
-el sonido de tus pasos, que alerta mi excitación
…así cuando estés lejos de mí, la tomaré entre mis manos, la acercaré a mis labios y paladearé su contenido con suma lentitud, hasta conseguir captar en ella el sabor a eternidad de tu cariño.
Escalada

Aún no había alboreado el día, cuando ella inició un nuevo intento de escalada. Llevaba ya varios fallidos pero hoy tenía que ser el definitivo. Examinó su equipo: todo en su sitio y bien colocado. Se acercó al muro y comenzó la subida. El ascenso fue lento y, a ratos, imposible pero logró coronar con éxito la ansiada cima del inatrevesable muro que en el centro de su colchón lo separaba de él. Pero ¡él ya se había levantado de la cama!
Decepcionada, se dolió de su ingenuidad. Saltó de la cama y mientras sentía bajo la planta de sus pies la frialdad del suelo, se dijo que no tenía más remedio que un día más tras la imposible vida vertical, sobrevivir en la complicada vida horizontal.
Sensibilidad

Le hacía demasiado caso a lo que decían los demás de ella. "Es una mujer enormemente sensible", solían comentar los que la conocían. "Tiene la sensibilidad a flor de piel", añadían otros. Ella aunque lo sabía empezó a creérselo más, pero cuando empezó a preocuparse fue, cuando cada vez que él le daba un beso, se le escocían los labios.
Suelta las manos...

...déjalas libres, que vuelen rasgando el aire hasta llegar a mi cuerpo. Llevo mucho tiempo cerca de ti, pero hasta hoy no me he atrevido a hablarte tan claro. Deja de agarrarte esos dedos, como si su mutua cercanía, les diera seguridad. Abandona esos equivocados prejuicios, que te hacen permanecer estática y muévete con la sinuosidad de una sierpe. Que tus dedos construyan caricias sobre mi piel, que despierten en mi esas sensaciones soñadas y que te has resistido, hasta ahora, a hacerme vivir. ¡Hazlo por mí!
-¡Oiga! Es ya la hora de cerrar el museo.
Este hombre no debe andar muy bien, lleva días acudiendo a esta sala y colocándose detrás de esa estatua. Y hoy me ha dado la impresión de que estaba hablando solo.
Un viejo amigo

Estaba tumbada mirando por la ventana con mirada soñadora, cuando una ráfaga de soledad aventó mi cuerpo y los poros de mi piel respondieron abriéndose e intentando captar las dulces y placenteras sensaciones cuya nostalgia me herían.
Fue, entonces, cuando te vi. No estabas lejos de mí, es más, diría que estabas muy cercano, viejo amigo con esa imagen atractiva y estilizada que siempre te ha caracterizado. Nos conocíamos bien, desde hace tiempo y ya habíamos recorrido desde lindes escarpadas hasta autovías de seis carriles. Alargué mi brazo presta a sentirte y el contacto de tu superficie hizo que mis fluidos más internos revolotearan por mi interior.
Cerré los ojos y aquella, ahora, presentida cercanía estilizó al máximo cada vello de mi piel. Ya te tenía a mi lado…insoportablemente próximo, hasta que llegó ese momento deseado en que tu puntita alborotó mi pezón, hinchándomelo y transformando su textura en la dureza del pedernal. Aquel mutuo frotamiento se me hizo irresistible. Algo similar debió ocurrirte a ti, porque empecé a sentir como tu puntita ardía y, finalmente, te derramabas a chorros sobre mi pecho y las sábanas.
El resto de la tarde la pasé frotando…las sábanas para quitarle las manchas de tinta azul. Sólo a mí se me ocurre jugar con un bolígrafo azul estropeado.
Trazando

Mi mirada, súbitamente, se sintió atraída por tu cuerpo desnudo y su mera contemplación excitó el fluido de mi interior. Me gustó esa imagen de desnudez total, desprovista de telas, a la vez plácida y con ese punto de salvajismo que le imprime esos pelos entrópicamente revueltos. Sentí deseos de acercarme a esa imagen, todo lo que pudiera para captar lo que de lúcida y sensual tiene y despertar mis instintos para gozar intensamente de ti.
Aterricé sobre el papel queriendo homenajearlo con el reflejo de tu piel trazada línea a línea, hasta ir desvelando tu imagen oculta en las entretelas del papel en blanco. Me deslicé con movimientos similares a las caricias, por toda la superficie celulósica, descubriendo y observando esos rincones ocultos que me brindabas con tanta dulzura. ¡Qué de líneas tuve realizar para oscurecer a tu informal cabellera! Mientras la horadaba podía hasta sentir el tacto intenso de tu nuca, más allá de aquella gustosa selva y disfrutar, a la vez, de la agitación al aire de tu melena de olas sin espuma.
Torneé los brazos, con sinuoso cuidado, rayando con levedad esa trasera de los codos e imaginaría la tersura de esa suavidad única con aroma al almizcle que tiene la piel de los antebrazos. Esculpí esos dedos con esas formas caprichosas en que los has colocado para sostener tu cuerpo. Circulé por esa autopista sin obstáculos que es tu espalda que refleja mimosamente la luz y acaba de manera majestuosa en esas nalgas, perfectamente formadas, con sabrosas ondulaciones en las que me detuve saboreando y desarrollándolas con afecto. Me detuve en las plantas desnudas de tus pies lamiendo esos pequeños surcos de arrugas forzadas por la postura. Colocaría, entonces, tu cuerpo con ternura sobre ese envidiado colchón, haciendo que tu peso lo ahonde. Finalmente me alejaría del dibujo y sonreiría al ver el resultado final de tanto trazo, con la secreta esperanza de volver a disfrutar con tu cuerpo y de que ya que lo he dibujado por detrás, algún día pueda dibujarlo, también por delante.
(Monólogo de un boli negro. Que si el boli fuera blanco...no se vería nada).
Reflejada en el espejo
Para quien tenga curiosidad, aquí está mi segunda colaboración de texto y dibujo en la revista digital generacion.net, un post reflexivo sobre la subjetividad y volubilidad de la autoestima.
Dos pies

(dibujo de Aires)
Hace ya varios años que llevo escribiendo este blog y no puedo dejar de sorprenderme cuando veo las estadísticas y me doy cuenta que hay un post que destaca en visitas sobre todos los demás. Es uno que escribí sobre los pies en aquel ya "lejano" enero del 2006. A estas alturas tiene ya casi 4.000 visitas y si mis post son poco comentados, sin embargo éste al día de hoy ya lleva cuarenta y tres comentarios.
¿Qué es lo que lleva a ese interés por los pies femeninos? ¿Tendrá algo que ver ese ocultamiento obligado y prensado al que le someten los zapatos habitualmente y tan diferente a las manos que llevamos siempre descubiertas?
Generacion.net

Se ha relanzado recientemente la revista digital Generacion.net, os invito a visitarla. Hace unas semanas se me pidió colaboración con un post para este relanzamiento y aquí aparece publicado.¡Bienvenidos!
Mi cocodrilo

(dibujo de Aires)
Siempre pensé que los cocodrilos nacían al romperse un huevo, aunque éste desconozco cómo llegó a aparecer a mi lado. Era pequeño, vivaracho y en aquel tiempo en que era una cría, casi gracioso. Sus ojos lánguidos y sus movimientos ágiles me resultaban atractivos. Yo fui creciendo y a la vez que me hacía más nervuda, aquel saurio también fue desarrollándose: sus mandíbulas se robustecieron y sus dientes se afilaron, su piel se endureció con una fuerte coraza y sus movimientos ágiles desafiaban con ardor la ley de la gravedad. Aquel conocimiento mutuo se convirtió en intimidad creciente y como si de una sombra se tratara, nos convertimos en inseparables.
Tan habitual se me hizo su compañía que llegaba a pasarme inadvertida en mi devenir cotidiano, hasta que fui consciente de la excesiva protección que creaba en mi entorno. Algunos hubo que intentaron aproximarse, con desconocidas intenciones, nunca llegué a saber cuáles eran porque en cuanto él se apercibía de aquel acercamiento, me defendía a dentelladas o sacudiendo ágiles coletazos. Aquella protección habitual y repetitiva, de tantos años, de aquel inopinado guardaespaldas me hacía andar segura por la vida y sin temor a interferencias ajenas que pudieran socavar mi tranquilidad.
Hasta que...¡apareciste tú! Te fuiste arrimando a mí, lo que, inicialmente, me pasó dulcemente inadvertido. Y cuando fui consciente de ello, no imagino cómo, te habías situado entre mi cocodrilo y yo. Tuviste esa rara habilidad de distraerlo, de domesticarlo y eso nos sedujo, a él y...a mí. Y hoy cuando caminas a mi lado con tu brazo rodeando a mi cintura, aún suelo escuchar detrás nuestro los andares acompasados de sus patas de cinco dedos delanteros y cuatro traseros y el rasgueo de su cola por el suelo, y alguna vez que lo he mirado de reojo y me he fijado en sus, en otro tiempo, temibles fauces, he visto cómo, aparte de guiñarte el ojo, te sonreía.
La sombra solitaria

Se había acostumbrado a caminar al unísono con aquella otra sombra, por eso al despertar por la mañana, con esa extraña manera como lo hacen las sombras: sin abrir los párpados, se extrañó de no encontrarla a su lado. Miró a su alrededor y no la vio. Se deslizó con velocidad de sombra por paredes y suelos, rebuscó en rincones y hasta se introdujo en minúsculos resquicios, pero…¡había desaparecido!
Llevaban juntos mucho tiempo e incluso cada vez se sentía más cerca de ella ¿Qué habría pasado por la cabeza de su amiga para que desapareciera sin decirle nada? ¿habría hecho algo que le hubiera sentado mal a ella? Por más que pensaba no llegó a imaginar el motivo de aquella huída.
De pronto, un extraño bostezo resonó en su interior y notó como si una parte de sí se espabilara ¿qué le estaba pasando? Escuchó la risa sonora de su amiga que partía de su interior y entonces su corazón de sombra iluminó su inteligencia. Su amiga no se había ido, efectivamente con el tiempo se habían acercado tanto que ahora ella se había introducido en su interior y, desde entonces, aquellas dos sombras que siempre había ido reflejadas a par en las paredes, pasaron a formar una única e indivisible sombra, que ya nunca más se sentiría solitaria.
Tus dos...

(dibujo de Aires)
...y no precisamente de la tarde. Se alzan surgiendo de ti como anunciándome las sabrosas mieles del resto de tu cuerpo. Siempre acompasados y en pareja, se introducen en el aire desplazándolo esféricamente. Dos formas que me seducen atrayendo mi mirada que las acaricia, previamente, sin tacto. Parecen buscar el acople natural de mis labios y la caricia envolvente de mis dedos. Me gusta sentir como se posan sobre mis manos, mientras intento ficticia y sabrosamente darles formas. Su piel tersa compite con la suavidad de cualquier seda oriental.
Y en sus extremos coronándolos se encuentran esas cimas de oscura belleza que, cuando la levedad de mis labios se posan sobre ellas, raudas se transforman en duras como el pedernal. Se dilatan y penden con soltura del extremo de mis dientes que las arañan con ternura.
Me encantan tus dos pechos...
La huída

Sí, sé que ni tú ni yo podremos olvidar aquel último encuentro en el que en pleno invierno disfrutamos de sentir cómo brotaron las flores entre nuestros dedos, de aquel juego de miradas o de aquellas sensaciones únicas que sólo desde el silencio podrían describirse. Aunque el mutuo gozar convirtió el tiempo en algo largo, llegó el temido momento de nuestro adiós. El triste arrancarnos de nuestra mutua compañía con la incertidumbre de cuando nos volveremos a ver, el retorno a esa vida de cada uno que nos reclama.
Pero hay algo que ha ocurrido y quiero advertírtelo por si no te has dado cuenta, lo llevo observando con asombro desde que nos separamos, ¡mi sombra ha desaparecido!... Sí sé que parece absurdo, pero así ha sido. Un día caminando bajo el sol me di cuenta de que todo el mundo caminaba precediendo a su sombra, ¡menos yo! Busqué con ese ansia de quien ha perdido su cartera. Pero no hubo forma. Sospecho lo que ha ocurrido, mi sombra siempre ha sido un poco díscola y no me extrañaría nada que de esos días que caminamos juntos también se convirtiera en inseparable de la tuya. A ella le da igual todo, no está tan atada a la realidad como yo y probablemente se ha negado a venir conmigo y se haya quedado disfrutando con ella. ´
Ya me dirás si te acompañan dos sombras. Yo por mi parte estoy cada vez con la piel más blanca, evito al máximo tomar el sol para que nadie descubra que, desde que estuve contigo, me he convertido en el hombre sin sombra.
La rajita

Estaba deseando verte en esa tarde de verano. Te acercaste a mí sonriente y, entonces, fue cuando, sorpresivamente, me brindaste tu rajita para que la chupara. Quedé honrado por tu gesto y con paso vacilante, teñido de alegría me acerqué a ella, el tono sonrosado de su piel me invitaba a acercar mis labios, y no tardé en hacerlo aspirando ese aroma que despedía y me inundó por dentro. Cada vez tenía más calor…acerqué mis dedos a ella con gran suavidad y ¡estaba chorreando! Lamí mis dedos y saboreé aquel sabor que pronto sería mío. Acerqué mis labios a aquella rajita y nuestras humedades se intercambiaron, el sabor dulzón de tu rajita me llegó más allá del paladar. Estaba realmente sabrosa.
Miré a tus ojos, me sonreías por haberme dado aquella preciosa dádiva y disfrutabas con mi deseo desatado., cuando ya no resistí más mis labios se cerraron sobre ella y con fruición fueron saboreando lentamente sus sabores y dulzuras. Sólo al final me dijiste: ¿me dejarás algo?
Yo con algo de pena me separé de ella y te devolví lo poco que quedaba de aquella rajita de sandía a la que me habías invitado.
Olvido

-¡Qué cabeza la mía! Otra vez me he ido a la calle sin ropa interior. Me la he debido dejar colgada en el tendedero...
La enseña roja

Todo empezó con un simple café. No había sitio en la cafetería y Lucía me preguntó que si se podía sentar a mi lado. Empezamos hablando del tiempo y cuando las tazas estaban vacías ya sabía ella que mi vida era de una apacible soltería y yo que estaba casada con un hombre brusco que no la hacía feliz. Nos citamos para la semana siguiente y el tiempo se me hizo eterno hasta volver a verla, cuando la volví a ver estaba mucho más guapa, con un vestido apretado que resaltaba sus curvas y una sonrisa que parecía ir de cacería. ¡Y le dio resultado! Aquella virginidad a la que me había acostumbrado durante mis cuarenta años empezó a doblegarse y acabó de hacerlo cuando ella sin más preámbulo me citó en su casa el jueves siguiente, por la tarde, era el día en que su marido iba a hacer halterofilia al club.
Quise llevarle un regalo y como ya le había detectado un cierto punto morboso me pareció que podía ser un buen regalo unas bragas de seda roja. Estoy seguro de que le vino bien, pues no tenía ropa interior, como luego pude darme cuenta, debajo del escueto vestido con el que me recibió. ¿Qué puedo decir de aquella cita? Que fue realmente maravillosa, que nuestros cuerpos se reconocieron y estallé en un placer desconocido, hasta entonces, para mí. La despedida fue triste como siempre que dos cuerpos se separan tras el goce y con ganas de repetir en cuanto pudiéramos. Lucía tuvo una idea, como yo pasaba de vez en cuando bajo su ventana, cuando estuviera "disponible" me pondría las bragas que yo le había regalado, a modo de enseña colgada de su tendedero. Y así lo hizo, y ocurrió tres o cuatro veces que al pasar bajo la sombra de aquella tela roja, me excitaba y subía hasta su casa donde dábamos rienda suelta a los placeres carnales. Aquello era un acierto, hasta que un día...
...allí estaban de nuevo las bragas rojas, oscilando con el viento, subí los escalones de tres en tres, ese día iba tan excitado que mi apéndice en vez de colgar se izaba eufóricamente. Tuve una idea, para darle una sorpresa, y que me viera de tal guisa, me desnudé entero y llamé a la puerta; pero la sorpresa me la llevé yo: un individuo de dos metros de largo y anchos músculos me abrió segundos antes de lanzarme un directo al pecho que me oscureció todo. Era su marido que estaba en casa, no había contado yo con la mala cabeza de Lucía que algún día salía a la calle sin colocarse la ropa interior.
Escribo esto desde la cama del hospital, lleno de moratones, con tres costillas rotas y una pierna descalabrada. Y de algo estoy seguro, no vuelvo a meterme en un lío como éste. Prefiero la sosegada vida de soltero...
Envuelta en papeles

Marcos volvía a casa tras una larga jornada. Aún desde el coche, llamó a Isa, hoy celebraban su primer aniversario viviendo juntos, pero aún notaba su nerviosismo adolescente cuando escuchaba su voz al otro lado del teléfono.
-¿Cómo estás?
-Envuelta en papeles-le respondió ella con esa voz sensual que la caracterizaba.
Hubiera querido preguntarle algo más, pero la falta de cobertura, en aquel instante, se lo impidió. Pero él la conocía bien y, sin duda, sabía que le habría preparado una velada inolvidable. Una cena romántica y elaborada y, lo mejor, alguna propuesta elaboradamente erótica a las que Isa, para su alegría, era muy aficionada.
La larga hilera de vehículos con los que se cruzaba, le alumbraban por un instante, mientras su imaginación jugaba distraídamente con el críptico mensaje de Isa. Se la imaginó desnuda, con esa piel blanca y sedosa que brindaba diariamente a sus caricias. ¿Habría ocultado, juguetonamente, sus desnudeces entre papeles? Y en ese caso, ¿qué papel habría usado? Descartó el papel de lija, que en los apretones podría raspar la piel. ¿Sería un papel de estraza? No, que es demasiado basto. ¿Sería un papel de regalo con un lazo de color? Seguro que no, él estaba acostumbrado a romper esos papeles sin mirarlo y ella, probablemente, buscaría algo que detuviera su mirada. ¿Tal vez un papel pintado? Haría juego con el maquillaje que tan mimosamente se ponía y sobre todo con esos labios rojos, cuyo color él deslucía con la fruición rozada de sus labios. Quizás fuera un papel charol, así iría conjuntada con esos zapatos de charol de largos tacones, en los que se alzaban sus piernas estilizadamente a modo de dos columnas dóricas. No, seguramente estaría envuelta en papel de seda, es el que mejor le vendría además de que trasparentaría leve y sensualmente su cuerpo.
Terminaba estas reflexiones cuando subía los escalones impelido por el hambre, simultánea, de comida y de Isa. Al abrir la puerta se llevó una gran sorpresa. Su mesa de despacho estaba cubierta de una montaña de papeles tras la que asomaba la figura ojerosa y despeinada de Isa, embutida en un chándal. Fue tanto su desconcierto que la primera que habló fue ella:
-Hola cariño, como te dije, aquí estoy envuelta en papeles, mañana tenemos una auditoría y tengo que estar trabajando toda la noche para ponerla al día. En la mesa de la cocina tienes pan y un papelón con choped para que te prepares un bocadillo- y tras un leve beso, siguió trasvasando papeles de un lugar a otro de la mesa.
Marcos, no dijo nada, y aunque súbitamente pareció desaparecerle el hambre, se preparó un bocadillo y se sentó frente a la televisión, masticando con extrema lentitud mientras veía “Supervivientes”.
Haciendo un trío

Sí, ya llevaban mucho tiempo haciendo un trío en la cama...y no les iba mal. Ella, él y el tedio. Los tres tenían repartido su espacio y sus funciones. El tedio siempre en medio participando a partes iguales de El y de Ella, pero sobre todo de la relación entre ellos. No sabríamos la razón, pero tal vez fue aquel rayo de sol del amanecer que entró por la ventana el que estuvo a punto de romper aquel consolidado equilibrio. El cabello de él brilló por un instante y ella asomando su mirada por encima de los hombros del tedio, lo miró como hacía años que no lo hacía y estirando la mano por el espacio infinito que los separaba acarició levemente su cabeza. A él no le pasó inadvertido aquel gesto y sintió que esa fuerza olvidada le endurecía aquel miembro que indisolublemente le acompañaba. Cuando ella observó la potencia de aquella dureza ¿asustada? recogió su mano para colocarla en su lugar habitual.
El tedio que por un instante se había levantado de la cama, se acostó, de nuevo, sobre el colchón y volvió a instalarse, cómodamente, entre ellos.
Sorpresa...

Quien entra habitualmente en este rincón un poco escondido de la blogosfera, ya lo conoce. Es un sitio donde sin mucho ruido ni alharacas, doy rienda suelta a mi pasión por las letras y el dibujo a los que intento aderezarles unas dosis de sensualidad. No suele entrar mucha gente, no es un lugar conocido ni famoso como esos grandes blogs, algunos, incluso, publicados posteriormente en libros y ni siquiera suele ser habitual que me dejen comentarios.
Pero ayer ocurrió algo extraño, de pronto las estadísticas empezaron a dispararse y en un día las visitas se multiplicaron por quince. ¿Qué había ocurrido, para que de pronto este recóndito y humilde lugar se atestara de gente como si estuviéramos en la plaza del pueblo en un día de mercado? Hoy navegando por la red, encontré la respuesta a esta pregunta. En un artículo que publica el periódico El Público ha sido citada esta página y, además, hay un enlace a la misma, incluyéndolos en los que llama erotiblogs. Al publicarse en un periódico nacional, este lugar de "aires abiertos" se ha hecho "famoso", por un día...
Quien decide entrar aquí es como si quitara el vaho del cristal que lo separa del resto de la web, para acercarse y ver en la interioridad de esta página. Pero una duda me sigue quedando, tod@s l@s que entran, lo hacen de manera esporádica y sorpresiva viendo un blog al que nunca entraron, pero ¿qué perspectivas se le han creado tras leer el artículo? ¿Les habrá gustado este rincón o, más bien, les habrá decepcionado?
Caminando juntos

No es extraño que aún me envuelva el aroma almizclado de nuestro encuentro. Un imposible sueño que tomó cuerpo en las líneas de la realidad. Un deseo cumplido en colores que van más allá de los que incluyen el arco iris. Los besos, que inauguraron nuestra ansiada cita, abrazaron nuestras pieles, ausentes durante mucho tiempo del otro. Y durante unas horas, como un islote en medio del océano, el cielo oculto por la niebla se llenó de luminosidad. Nuestras palabras cruzaron el aire, unas en formas de sonido, las más silenciosas, a través de las miradas.
Caminamos juntos, construimos esperanzas y, sobre todo, disfrutamos lo que es el sentirse bien cuando se está al lado de alguien muy especial. En nuestro adiós nuestros labios parecieron quedarse pegados con esa sensación paradójica de rebosar de alegría y cargar con la tristeza de poner en marcha un reloj que empezará a contar los minutos hasta esa, nuestra, próxima vez, ¿quién sabe cuando?, en que nos volvamos a encontrar.
Frente al tablero

Hace años que nos enfrentamos frente a frente sobre este tablero, tantos que ya los cuadros blancos están amarilleando. Elegiste jugar con las piezas negras, ya en eso debí captar tus aviesas intenciones. Me dejaste las blancas ¿quizás para que destacaran sobre sus colores la siempre oscura finalidad de tus jugadas?
Tus piezas marcaban estrechamente a las mías y cada una de mis jugadas, yo pensaba inicialmente que felices, tarde o temprano las enturbiabas certeramente. Los peones minúsculos pero aparentes los derrotabas sin piedad. Mis alfiles lánguidos y altaneros eran desintegrados por tu pericia. La aparente fortaleza de mis torres las desmoronabas piedra a piedra. Los caballos brincaban con agilidad desplazándose con gráciles movimientos hasta toparse con la altura de tu muro que fueron incapaces de saltar. Mi reina ante la tuya quedó convertida en ilustre fregona. Y mi rey…mi rey es el único que siempre aguanta a tus continuos y persistentes embates. Ese rey resiste, “querida” Soledad porque en mi desnudez es lo único que me queda.
Pero algo ha ocurrido, no te diré qué, para que no puedas prevenirte. No te salvará ni el más hábil de tus enroques. Por primera vez en todos estos años de partida contigo, Soledad, miro tus piezas y por primera vez veo que, para vencerme, las tienes pero que ¡muy negras!
Ondulaciones

El cuerpo humano está lleno de curvas y ondulaciones, unas más redondeadas y otras sinuosas, unas son relajantes, otras ayudan a acurrucarse, las hay que despiertan sensaciones ardientes y encienden la pasión, pero otras como éstas hacen brotar mi capacidad oculta de ternura.
Dos tazas

Dos tazas circulares, repletas de café humeante, que depositadas sobre sus respectivos platos, semejan dos pupilas oscuras o, si la mente vuela más, dos pezones oscuros que sobresalen acicalando el instante. Tazas que sirvieron de excusa para sentarnos, los dos, en torno a una mesa sin esquinas y en ese determinado instante en que coincidieron nuestras vidas. Dos tazas que parecen imantarnos hacia el centro de la mesa, olvidando todo el resto del mundo que sale de aquellos múltiples círculos. El café humea y sus volutas hacen danzar las líneas de tu rostro en sinuosos movimientos que iluminan la luz con la que tus ojos me enfocan y acompasan la exquisita largura de tus negras pestañas.
Mis dedos inician un inaudito viaje por la superficie de la mesa, intentando salvar esa distancia que nos separa, pero antes de llegar al final se encuentran con los tuyos. Tamaños muy diferentes de nuestras manos pero que al sentirse se funden con facilidad, se complementan aderezadas por ese aroma de café que tiñe el aire. No sé que sientes tú, pero yo capto la suavidad de tu piel que eléctricamente sacude todo mi cuerpo. Nuestros labios, a distancia, palpitan de deseos inconfensables, imaginaciones desmedidas, de sentimientos que rebosan. De ellos brotan palabras que se anillan en conversaciones mitad adolescente, mitad adulta; mitad ingenua, mitad sabihonda. Piropos que se besan por el aire y las otras manos que se abrazan ahora. Los dos cafés, en medio, se agitan con tanto movimiento a su alrededor.
Y el tiempo pasa y ellos quedan hasta que rumor silencioso de unos trinos lejanos nos hacen aterrizar devolviéndonos a la realidad. Y nuestros cuerpos se alzan al unísono, se derraman unas gotas de café sobre la mesa, cuando el tiempo desaparece extenuado. Esta vez se encuentran nuestros labios y un beso intenso los funde arrancándose lágrimas secas de despedida.
Entonces, es cuando no tienes más remedio que irte, las tazas se quedan solitarias o, mejor dicho, mutuamente acompañadas y es cuando me confiesas que nunca te gustó el café, que prefieres el té.
Manual de instrucciones

Hay días en que no estaría de más, para afrontarlos adecuadamente, un manual de instrucciones, aunque fuera tipo Ikea, porque parece que se nos introducen por detrás como si nos metiéramos un gran supositorio, pero, justo, al revés.
Esos dos

-Cuando me decías que los tengo preciosos, pensaba que te referías a mis ojos. Pero ¿por qué, entonces, me lo decías mirándome hacia abajo?
La sombra de ojos

-¡Cómo me mira ese tipo! Y no me extraña, mira que le dije a mi madre que no me regalara esta sombra de ojos, color champagne, tan llamativa...
Fregando

(dibujo de Angel Arias)
Disfruto fregando, pero eso no ha sido siempre, sino desde hace seis meses. Aquel día cenamos en mi casa los cuatro, nosotros y nuestras respectivas parejas. Yo no podía quitarte ojo de encima, a pesar de que te miraba sólo a hurtadillas. Estaba terriblemente excitada con ese morbo de comer a tu lado, actuando como si sólo fuéramos buenos amigos. Fue al terminar la cena cuando dije que iba a fregar los platos en la cocina, a lo que tú con un guiño cómplice te ofreciste a ayudarme, siguiéndome a la cocina, mientras nuestros cónyuges quedaron en el comedor charlando y preparando la mesa para el café posterior.
Tras mis pasos por el pasillo escuchaba, con nerviosismo, los tuyos que me seguían envueltos en esa colonia que te había regalado por tu cumpleaños y que me volvía loca como retornaba a mi nariz desde la superficie de tu cuerpo. Llegamos a la cocina y tras dejar los platos en el fregadero, sentí tus brazos que me rodeaban con una ternura que me derretía, a la vez que una lluvia de besos me salpicó mi cabeza hasta que tus labios aterrizaron como un explosivo obús, así los sentí, sobre los míos.
No teníamos mucho tiempo…y lo sabíamos. Abrí el grifo y el agua fluyó límpida y salvaje sobre los platos, te apretaste contra mi cuerpo, tampoco había mucho sitio allí y nuestras manos disputaron la suciedad de aquellos platos para terminarlos cuanto antes. Nuestros dedos humedecidos por aquel chorro bailaban sobre la loza, se entrecruzaban, se acariciaron, se arañaban, extrayendo sensaciones concentradas que nuestros cuerpos modulaban para que no se perdieran más allá. La presión de tus manos me hacía sentir tu calor, tu cercanía y tu ternura que inoculabas hasta mis huesos. Aquellas corrientes fluían como meandros por la superficie de tus manos, zigzagueando entre tus venas y desembocando hacia las puntas que trasmitían a las palmas de mis manos que abiertas recibían en ellas el agua con parte de ti.
Los platos fueron depositándose brillantes sobre el escurreplatos. En el comedor escuchábamos a lo lejos la charla que se desarrollaba y, al fin, el último salió del fregadero. Entonces como si fuera una señal, tomaste mis dedos con tu poderosa mano y, sin decir una palabra, acercaste mis manos a tus labios. Tus besos mimosos la llenaron de saliva, sin dejar ningún resquicio seco y luego, con suavidad cada uno de mis dedos, muy lentamente fue desapareciendo en el interior de tu boca. Cerré los ojos mientras me excitaba y sentía tus dientes, tu lengua jugosa que se enredaba en ellos, jugueteando. Me sentí a gusto explorando ese sensual lugar, recorriendo tus encías e, incluso, acariciando tu campanilla. Mis dedos salieron con un sabor a ti que me encargué de paladear, mientras tú me ponía de espaldas al fregadero y yo me dejaba hacer. Tu brazo izquierdo me rodeó la cintura y el ruido inequívoco de tu cremallera acarició mis oídos, te había hecho caso y no me había puesto bragas para aquella cena y entonces fue cuando me levantaste la falda y sentí tu sexo poderoso, que como sin buscar encontró con rapidez mi hueco húmedo, que con ansia le anhelaba. Fueron sólo unos instantes, enseguida nos echarían de menos, y en poco más de cuatro leves empujones, me sentí llena de ti y mi sacudida, con silenciador, no evitó que los platos entrechocaran unos con otros en el escurreplatos. Dos minutos después, yo con el pelo atusado y la falda estirada, nos sentábamos los cuatro a tomar café.
Desde aquel día el momento de fregar es un rato “diferente” para mí y, sobre todo, cuando lo hago con agua caliente, no encuentro ninguna diferencia entre la humedad de mis manos y la existente, en ese instante, entre mis piernas.
Quiero...

...abrazar tu cuello con el mío, que se acaricien mutuamente y que mis labios se ajusten con los tuyos. Dejar que sus humedades fluyan de boca a boca, que sus carnosidades se reconozcan y cosquilleen mientras nuestras lenguas, húmedas y desnudas, se reconocen y bailan al unísono la danza del vientre. Aspirar tu olor que, acariciando los huecos de mi nariz, me penetre hasta muy dentro
...acariciar con mi mano, con suma lentitud y, a la vez delicadeza, cada centímetro de tu piel. Gustando las oscilaciones que diseñan tu cuerpo y participando de ellas. Sentir como se va excitando tu vello que me cosquillea. Recorrer tu vientre liso, penetrar en tu ombligo y amasar tus pechos con caricias que te hagan temblar, hasta llegar a tus oscuros pezones, rutilantes y enhiestos que piden que me pose sobre ellos.
...y con mi otra mano, excavar por tu bajo vientre, gozar esa piel tuya de tacto sedoso, detectar con deleite esa hondura tuya limitada por esos acolchamientos carnosos que se abrazan, separarlos con mis dedos y sentir cómo, poco a poco, van ahogándose en tu líquido más sabroso y desapareciendo en tu interior; para luego, mientras tu cuerpo vibra al ritmo del mío, paladear mis dedos y emborracharme con el sabor dulce del licor que produces.
Encontrándonos

Cuando nuestros labios silenciosos se fundieron, tras tanto tiempo ahítos de sueños y deseos; nuestros dedos iniciaron su lenguaje. Primero con novata torpeza que, a medida que pasaron los minutos, se trocaba en hábil destreza. Nuestras ilusiones agazapadas fluyeron del uno al otro y revelaron el más hermoso de los secretos:
Que si hay algo más maravilloso que los sueños es que, alguna vez, estos se cumplan más allá de lo que nunca pudimos imaginar.
Música

Cuando me invitaste a interpretar a dúo esta partitura, sin haberla ensayado previamente, nunca supuse que aquellos sones acompasados sonarían tan asombrosamente bien.
SMS desesperado

Sé ke no as ovidao akel polvo loko y morboso en tu kama, ni las 4 veces que te corriste. Pos no tolvides de ke yevo 9 horas condío en el maletero de tu coch, dond m metiste cuando apareció tu marido por el garag. Toy desesperao.¡SACAME!
Contemplándote

Paseaba a esas primeras horas del amanecer con esa llave de tu casa, que me diste un día. Para que no tengas que llamar, me dijiste. Subí las escaleras despacio y abrí la puerta sin hacer ruido. Allí estabas tú acostada en tu cama.
Cogí una silla y me senté cerca tuya, como un espectador invisible que disfruta descaradamente del hermoso espectáculo que se abre ante sus ojos, de tu cuerpo que se alargaba boca abajo ahuecando un colchón que es feliz de sostenerlo. Veía tus pestañas cerradas, relajando tus ojos y tiznando de suma quietud tu rostro; tus labios sueltos, sin esa presión a la que le obligan los músculos, brillando en la oscuridad, con la levedad de la saliva, y encerrando tras ellos, placidez, deseos, palabras, sonrisas, pasión, ternura…¡qué de cosas pueden encerrar unos labios cuando se tiene la capacidad de mirar a su través!
Me costaría trabajo, con esa poca luz, el ver tu pelo negro, pero seguro que esforzándome en abrir las pupilas era capaz de verlos y gustarlos con mi mirada, no con esa especie de casco estático que te ponen en la peluquería, sino con ese grato desatusamiento que es producido por los movimientos espontáneos de tu cara acariciada por la almohada. Y sé que tendría ganas de acariciarlo, de pasar mis dedos, suavemente, entre ellos; pero no lo haría para no despertarte y que se pudiera interrumpir este mágico momento
Miraría tus manos estilizadas, con tus venas que esculpen pequeñas alturas que mis dedos pugnarían por escalar hasta encontrar de premio el tacto suave de tus uñas y estaría atento a contemplarlas cuando en un movimiento espontáneo sale de su ocultamiento bajo la almohada.
Y me pondría a mirar tu camisón, cortito, resultón que traza las líneas de tu cuerpo con más cuidado y habilidad que el mejor diseño realizado con un estilógrafo de tinta china. Tela enriquecida por tu mero contacto, que con sus estudiadas aberturas convierten tu cuerpo en una exhibición traviesa ante mis ojos, ondulaciones superiores que despiertan traviesamente en mí sentimientos lógicos pero inconfesables. Ondulaciones inferiores que curvean la tela y hacen surgir como dos cataratas de plata tus piernas hermosas y seductoras. Largo y sinuoso camino de quien se empeñara en recorrerlas saboreando el paseo para terminar en esos pequeños apéndices, a veces destacados en colores brillantes, que semejan bombones por su aspecto y dulzor. Eso dicen…porque sólo un@s afortunado@s han disfrutado del exquisito placer de que se lo saboreen unos instantes sin que su cuerpo estallara en estridentes cosquillas. ¿Tú eres de es@s?
Y disfrutaría, sin prisas, de aquella regalada visión. Disfrutar y prisas ¿hay dos palabras más incompatibles? Y como todo cuerpo en que late un corazón, la quietud no sería eterna y, tarde o temprano, empezarías a agitarte. Al principio muy lentamente, como un rumor o como la ondulación de un agua plácida, que se contagiaría de una célula a otra y luego con ese desperece, que parece engrasar tus articulaciones, bostezando y estirando tus brazos a distancias imposibles y dejando a la doble caricia de mi vista y el aire esa desnudez de las axilas, que nuestros brazos ocultan más por comodidad que por pudor.
Y vería, mientras esbozo una sonrisa, como tus ojos trabajosamente escarban para vislumbrar la luz del día y tu cara de sorpresa al descubrirme en aquella deleitante contemplación. Y probablemente, no sería capaz de evitar, ni siquiera lo intentaría, las estrellas de colores producidas por ese movimiento brusco e intenso de tu cuello que conduciría nuestros labios a chocar en el aire.
El color del cielo

-¿De qué color está hoy el cielo?-me preguntaste, antes de salir, mirándome a los ojos.
-Marrón brillante con destellos de luz- te contesté, devolviéndote tu mirada, sin necesidad de descorrer la cortina de la ventana.
De vez en cuando...

... me sucede. Voy andando por la calle y mi habitual respiración, sistemática e inaudible, interrumpe su ritmo, entonces doy una respiración profunda, honda, concentrada y justo, en ese momento, es cuando, como si hubiera despertado de un bonito e idílico sueño, tu figura que imperceptiblemente estaba soñada en mi mirada, se difumina en el aire.
Sacudida

Aún hoy no estoy segura si aquel placer y sacudida tan intensa que recorrió todo mi cuerpo, aquella primera vez que estando juntas, me mordiste mi pezón, se debieron a la sensación de tus dientes, incrustados en él mismo o al seductor parpadeo de tus pestañas, estilizadas, negras y hermosas, que le acompañó.
Saliendo del mar
El cielo se tornó de un inquietante color gris a la par que el rumor ambiental de la playa silenció de una manera llamativa. Pieles sudosas de mil brillos y ojos expectantes dirigieron su atención hacia el mar, atraídos por el leve chapoteo de la figura que avanzaba, cimbreándose graciosamente, hacia la orilla. Unas piernas largas, turgentes y exquisitamente torneadas imprimía movimientos elásticos a aquella sirena de anchas caderas, que parecía surgir de las profundidades, pechos que se adivinaban redondeados y amplios, cuello de marfil y una larga melena planchada por las olas que originaba pequeños manantiales de agua salada sobre su espalda.
Nadie hasta entonces, que se recuerde había despertado tanto morbo en aquella playa nudista, repleta de cuerpos aireados, como aquella mujer, al salir del agua con tanta tela bajo la que se traslucía una piel nívea y seductora..
Palabras afiladas

El día que en que me despedí para ir a dormir y sentí tus palabras, afiladas como cuchillos, clavándose en mí, me di cuenta de que tu actitud, respecto a mí, había cambiado :
-Quédate acostada en tu lado de la cama que si no, cuando yo me acueste, mi lado olerá demasiado a ti.
Corriendo, volando...

...a algún sitio, todo es urgente o al menos importante.¡Qué difícil olvidar la agenda o dejar el móvil en el cajón! Estamos pendientes de esos correos que nos tienen que llegar, de ese recibo que nos tienen que cargar, de esa cita con el médico. ¿Qué sería de nosotros sin el reloj o esas hojas del calendario que vamos arrancando como si buscáramos un tesoro tras ellas?
Por eso ahora que no estás, estoy feliz de que esta flor de mi terraza haya abducido mi atención durante tanto tiempo y mi mirada, como si se dirigiera a ti, se haya dedicado a pasearse lentamente, sin prisas, como si la saboreara con delectación, por toda su superficie.
Una jornada junto al mar

Cuando la misma brisa acarició sus rostros, ahora desusadamente cercanos, fueron conscientes de que aquel deseo tan celosamente guardado y compartido en sendos corazones, iba al fin a cumplirse. Por primera vez, si miraban hacia atrás, en aquella larga vida que se acercaba, con presteza y elegancia, al medio centenario, tenían la oportunidad de vivir juntos un día de playa.
Sólo tenían un día y decidieron aprovecharlo desde las primeras horas del amanecer. Cuando se descalzaron, pisaron la arena aún fría por el reciente contacto nocturno, y mientras sus pies se dejaban acariciar por aquellas diminutas partículas de sílice, admiraron como el tono pálido del cielo iba coloreándose brillantemente al salir el sol. Sus manos huérfanas, hasta entonces, volaron por el aire al mismo tiempo hasta encontrarse y entrelazarse en un abrazo sólo con los dedos que pareció darle una mayor consistencia a sus pasos, ahondando más sus huellas paralelas en la arena.
Encontraron un lugar que mutuamente gustaron en aquella playa semisalvaje y con esa soledad que impone sobre la arena el calendario cuando se abandona el verano. Allí tendieron sus toallas con un paralelismo que les perseguía durante meses y se deshicieron de esas ropas que les acompañaba en su devenir diario y ahora les estorbaba. Excitados como adolescentes que empiezan a relacionarse con el sexo opuesto, con una mirada, que no se atrevía a mirar de frente y cargada de un cierto nerviosismo quedaron en bañador. Ella le había dicho que hacía mucho tiempo que había abandonado el bikini, por eso cuando, en esta ocasión, la vio con un seductor bikini floreado, le ilusionó que se lo hubiera puesto por él. La visión de aquella barriga blanca en la que destacaba su ombligo, diminuto y algo saliente, pareció actuar de detonante entre aquellos cuerpos y como si una invisible magnetismo actuara sobre ellos se abrazaron, gustando ambos de esa adherencia yuxtapuesta en que se sintieron con unas sensaciones siempre deseadas y, hasta este momento, nunca vividas. Los dos pares de pestañas se abrazaron sobre sí mismas interiorizando, gustando, ese momento que desearon que se transformara en eterno. Y cerca de eso debió estar porque cuando abrieron los ojos y se vieron reflejados en el tono brillante que despedían los ajenos ya estaba el sol cruzando, con paso resuelto, el mediodía. Pero antes las yemas de sus dedos habían recorrido con placidez seductora, por ambos lados, los caminos y recovecos del cuerpo que se les brindaba; sus piernas habían formado un cinturón prensil en torno a sus caderas y sus labios habían saboreado con suma delectación el sabor almibarado que desprendía su cuello. Los dos habían escuchado alguna vez aquello de “que se pare el mundo”, pero por primera vez habían vivido aquella placidez estática en sus propias carnes.
El sol brilló con fuerza y sus manos teñidas por la untuosidad de la crema bronceadora se expandieron con ternura sobre el cuerpo ajeno. Disfrutaron como nunca en algo aparentemente tan normal como poner crema. Era una buena excusa para acariciarse sin remilgos, para conocer su cuerpo con sus sinuosidades ocultas, para captar aquellas emociones que ella nunca se atrevería a decir, para arrancarle brillos a la epidermis y convertirla en sumamente apetecible para retener en la memoria esas sensaciones tan imprescindibles cuando volvieran a estar lejos, Sin soltarse las manos sus cuerpos se tendieron sobre las alfombras con sus ojos mirando al cielo y queriendo seguir el vuelo de una bandada de flamencos de alas ondulantes que atravesó por encima de ellos. El sol acariciaba aquellos cuerpos y su calor circulaba por esos vasos invisibles que los conectaba a través de sus dedos.
Sintieron la llamada del mar y se levantaron humedeciéndose, primero, las plantas de los pies y luego el resto de sus cuerpos que refrescados, se sintieron de nuevo unos y, al unísono, se dejaron mecer por las olas y el sonreía observando como el pelo de ella encanecía con la espuma. Y disfrutaron de aquella dulce ingravidez y a semejanza de las especies marinas, danzaron como medusas, se abrazaron como pulpos e, incluso, se mordieron como tiburones.
Exhaustos y contentos salieron del mar regando la arena con gotas perladas que se desprendían de sus cuerpos y se sentaron a comerse unos bocadillos, mientras sus miradas jugueteaban en el aire. La tarde avanzó mientras arreciaba el viento, que empujó a aquellos cuerpos a ponerse muy cerca, mientras el brazo alrededor ayudaba a ello. Y se dijeron esas palabras que no se pueden escribir que se dibujan en el aire con lazos permanentes a la vez que iban marcándose a fuego en lo más profundo de sus corazones.
Y los brillos del cielo fueron enmudeciendo y paradójicamente los colores se hicieron más hermosos, como si una sinfonía de tonos fuera escribiéndose sobre el horizonte. El sol se redondeó y del rojo pasó al anaranjado mientras unas nubes traviesas le arrancaban fuerza, justo antes de que desapareciera tras el horizonte, aunque ellos no estaban mirando en ese momento ya que lágrimas alegres les impedía la visión mientras sus cuellos se giraban y se saboreaban mutuamente sus labios, primero, levemente, en la superficie y luego, con fruición, hacia el interior…
Cuando él se despertó, en la cama, la sonrisa le invadía por dentro, tras tan maravilloso sueño. Lo que no llegó a entender es cómo podía ser que las sábanas estuvieran tan llenas de arena.
La almohada

Un día que ibas a salir con tus amigotes me compraste una almohada grande. Así no estará la cama tan vacía cuando yo llegue tarde, me dijiste. Esas salidas se han convertido en habituales y, desde luego, en esos momentos, la almohada me ayuda a sentirme mucho menos sola.
En la bañera

Retumbó con fuerza la puerta haciendo vibrar el marco y mi pecho. Te acababa de ver con cara de “noséhastacuándo” y en venganza, o mejor dicho, para que no me vieras llorar, me encerré con la excusa de darme un baño. Miré por última vez tu cuerpo desnudo, te levantabas para vestirte, y tus nalgas robustas en las que minutos antes casi me había asfixiado arrancándote lamentos de puro goce. Las veía como si estuviera en duermevela con esa sensación de que despertarías de un momento a otro y se desintegrarían para siempre. Me senté en el borde de la bañera con la mirada colgada en el recuerdo anhelando los placeres perdidos y arrullada por el sonido del agua al caer.
Aún resonaba tu voz cuando comparabas mi espalda con una noche de estrellas y decías que mis lunares formaban la constelación más hermosa que nunca habías imaginado ver, que aquellas preciosas "estrellas"que acariciabas con delicada ternura, eran la guía de tus pasos…¡qué efímera es la felicidad! Me puse en pie mientras la toalla amarilla que me regalaste se deslizaba lentamente por mis piernas arrancándome caricias embusteras. El corazón empezó a latirme con fuerza de puro deseo, cuando mi mente evocó tantos momentos compartidos y disfrutados y mi cuerpo empezó a dar gritos silenciosos solicitando caricias.
Me introduje en la bañera provocando ondas con esa sensación de ingravidez producida por el agua. Mis manos se movieron nerviosas por toda mi húmeda anatomía. Mis uñas arañaban, incluso con dolor, toda mi barriga, mi pubis suave y los alrededores de mis pechos. Estos asomaban sobre la superficie del agua como dos bajeles que navegaran, con sus velas desplegadas, con forma de pezones duros y enhiestos. Al sentir la humedad del agua sobre ellos un temblor placentero recorrió todo mi cuerpo. Mis dedos como tentáculos de un pulpo juguetearon con la más dulce de mis cavidades, a la par que mis humedades interiores desembocaban en el del agua templada de la bañera y mis lágrimas se disolvían, dotando ambos fluidos al agua, originalmente insípida, de un rico sabor que alegró mis labios.
No sé si sería impresión mía, pero me pareció que mi calor aumentaba la temperatura del agua y no pude aplazar más el tiempo, buscando de forma brusca, entonces, el placer inmediato, lo que me hizo sacudirme como una sirena y provocar oleajes en la superficie. Mi boca semihundida emitió burbujas de placer y, de pronto, todo mi cuerpo se relajó, cerré los ojos y mi cabeza desapareció bajo el agua…
Despedida

Nunca me han gustado las lentas agonías de las despedidas, siempre he preferido decir un simple adiós y marcharme con rapidez. Aunque esta vez era distinto, sería la primera vez que nos separáramos después de tanto tiempo. Me imaginaba, en esa escena rescatada de tantas películas, diciéndote adiós desde el muelle con un pañuelo blanco y almidonado, con la mirada alta intentando otear hasta ese último instante en que el barco fuera un punto disuelto en el horizonte.
Pero ¿cómo hacer esto cuando nos separan 3.000 Km? A esa hora, salí a la terraza y me dejé acariciar por la brisa mientras cerraba los ojos…Minutos más tarde sentí un sabor húmedo y salado en mis labios, no fui capaz distinguir si esas gotas eran salpicadura de las olas o tus lágrimas derramadas.
Envidia

Siempre he envidiado esa enorme capacidad que tienen tus ojos para descubrir las más profundas de mis intenciones.
Obertura en Sol mayor

Me resulta imposible, a pesar de los días transcurridos, olvidar nuestro encuentro.
Era un día de sol brillante y aún vibra mi cuerpo, al recordar con qué habilidad y destreza la dulcedumbre de los cinco dedos de tu pie fue capaz de lograr la obertura, extrayéndome una exquisita y fluida melodía de mis cuerdas más sensibles.
Tus lágrimas de despedida...

...regadas sobre mi cuerpo, harán brotar en él hermosas flores, para que cuando regreses, pueda tenerte preparado, para recibirte, el más hermoso ramo que pudieras imaginarte.
Cuatro palabras

Despertó, como si lo hubiera hecho, con el sonido mudo del despertador, estaba de vacaciones, y le alegró soñar en duermevela y escuchar los primeros sonidos del amanecer al otro lado de la ventana, mientras remoloneaba en la cama.
Su cuerpo, carente de álguienes, recibió agradecido el sorpresivo contacto, sobre su pecho, del rostro de ella. Éste sólo se posó, pero fue lo suficiente para que toda su piel, desde los pies hasta la cabeza, clamara en silencio para que el liviano contacto se transformara en amplio tacto. No quiso moverse temiendo que aquella pose delicada cesara en cualquier momento, mientras notaba como el deseo iba abriendo, uno tras otro, todos sus poros y endureciendo su más sensitivo instrumento.
Los minutos transcurrieron lentos y lo que en otro momento hubiera sido plácido, en esta ocasión, eran tensos de pura ansia. Desobedeció aquella orden de su mente que le imponía quietud y cogiendo la mano lánguida de ella, depositó su dedo índice sobre su tetilla, queriéndolo convertir en el que aprieta el gatillo; pero aquella mano se puso en movimiento, alejándose de aquel corpúsculo de placer concentrado, originándole un intenso dolor de los que no se atenúan con analgésicos. Insistente, acercó ahora, aquella mano a sus labios, para sentirla y reconstruirla con su la dulzura de su saliva, pero ahora el alejamiento fue más brusco e inequívoco. Miró los labios de ella y pudo adivinar que se cerraban sobre sí mismo, pero aquel instantáneo goce sucumbió en décimas de segundo cuando de su boca sólo brotaron cuatro palabras:
-Me voy a levantar.
La desgraciada sorpresa finalizó con un beso de “the end” y mientras el cuerpo de ella se alejaba, dándole la espalda, paradójicamente comenzó a sentirse menos solo y pensó que ya iba siendo hora de que se terminaran aquellas vacaciones.
La carne viva

El aire de la mañana arrancaba dolores en mi piel desnuda, tallada en carne viva a causa de la reiterada ausencia de tus caricias.
Así me veo...

...en el espejo, tras esas horas en que la espuma de tus amorosas olas, salpicó intensamente y sin descanso cada rincón de mi cuerpo.
Produciendo música

Aunque hace muchos años de esto, recuerdo perfectamente el día en que conocí a Eugenia. Su cabellera pelirroja y el movimiento alambicado y sinuoso al ritmo de la música de “Fiebre del sábado noche”, sobre la pista de baile, no dejó de atraer mi atención. Coincidimos en la barra tomando una copa y empezamos a charlar. Teníamos grandes coincidencias, pero si a mí me gustaba la música, para ella era su vida. Su trabajo, sus aficiones, sus pensamientos,…incluso el ritmo, de felina agazapada con que caminaba por la calle, estaba impregnado de corcheas.
Nos hicimos buenos amigos, pero de aquella amistad con música a pasión sólo hubo un minúsculo paso. Y no tardé comprobar que aquella vida rítmica se extendía a la superficie del colchón, en donde sin duda tocaba sus mejores notas. Pero no hablo en forma metafórica sino totalmente literal. Al principio creí que eran figuraciones mías y fruto de la pasión, porque ocurría cuando mi parte más querida desaparecía en oquedad de su cuerpo y nuestras pieles húmedas se adherían con un estrecho contacto, en aquellos íntimos momentos yo escuchaba una música. Un día tras repetirse esto varias veces, dejando a un lado la vergüenza que me producía preguntarle, no pude aguantar más y después de quedar exhausto y sudoroso, a su lado, sobre las sábanas, le pregunté si ella también escuchaba una música.
Me sonrió con una doble sonrisa de ojos y labios y se tendió boca arriba, totalmente desnuda, cuan larga era. Sus dedos finos acabados en primorosas uñas rojas se acercaron hacia su pubis y tirando armoniosamente, como si fueran las cuerdas de un arpa, de los distintos pelos de aquella mata anaranjada que lo coronaba, empezó a sonar una música con su ritmo perfecto, sus sostenidos y sus bemoles. ¡Era la música más hermosa que nunca había escuchado! Aún hoy después de tantos años, cuando aguzo el oído y cierro los ojos me llegan los sones de aquella imperecedera melodía.
Duda

Al salir esta tarde he quedado asombrado, no sé si es que todas las mujeres con las que me he cruzado han aprovechado el invierno para hacerse una operación de cirugía estética o, más simplemente, que ha estallado la primavera.
Calor en la playa

(dibujo de Aires)
Me estaba acomodando en la arena para pasar un rato de grata lectura y , de pronto, escuché el sonido inequívoco de alguien que se estaba situando cerca de mí. Intenté seguir concentrado en la primera página del libro, pero un olor afrutado y dulce que provenía de mi vecino interfirió mi atención. ¿Vecino? ¡Era una mujer!
En ese instante deslizaba por las piernas su vestido blanco de algodón, quedando al descubierto, su cuerpo totalmente desnudo. Tenía esa edad en la que las formas se ondulan y ganan consistencia. Tendió su toalla roja sobre la arena y, mientras la estiraba, la oscilación caprichosa en el aire de sus turgentes pechos, de pequeños pezones casi negros, me trastornó. Se sentó y pulverizando el bote del bronceador, aquel cuerpo de piel almendrada se vio salpicado por minúsculas gotas blancas. Los movimientos rítmicos de sus manos fueron estirándolas por delante. No me pasó inadvertido como se detenían sobre sus pechos, donde los dedos parecieron bailar e hicieron que los pezones crecieran desmesuradamente, un crecimiento parejo al que empecé a sentir en mi bajo vientre. Aquellos dedos siguieron su camino dando brillo a aquella barriga de líneas onduladas a medida que absorbía la crema. Una fila hilera, de pelillos rubios primorosamente recortados y teñidos de blanco, ascendía por el pubis desde su abertura. La yema de los dedos siguió su masajeo. Cerré los ojos intentando imaginar que aquella mano era mía…
-¿Te importa?- le escuché decir y cuando abrí los ojos vi que se había instalado boca abajo sobre la toalla mientras me tendía el frasco con el bronceador. Me levanté encantado, procurando que no se notara mucho la erección que empezaba a tener, y le pulvericé la espalda. La recorrí muy lentamente, dibujando uno a uno sus huesos envueltos en aquella sedosa piel. Me gustaron especialmente el tacto de sus axilas, la ondulación de sus hombros, los acúmulos de piel que rodeaban sus riñones…temía el momento de detenerme…cuando con una maniobra rebuscada, ella misma, girando su brazo se pulverizó sus nalgas.
-No te pares, lo estás haciendo de maravillas- musitó. Ahora fueron sus nalgas la que recibieron mis masajeos. Mis dedos traviesos, dibujaron sus formas redondeadas y, empezaron a deslizar la crema hasta honduras más ocultas y jugosas. Ella recolocó su postura y sus manos, que hasta ahora hacían de apoyo de la cabeza, y desaparecieron bajo sus pechos. Aquel olor afrutado inicial se mezclaba ahora con el de la crema y un intenso aroma que salía de sus profundidades y que empezó a turbarme. A medida que mis dedos se convertían en osados y a sentir una humedad diferente a la crema, veía como su cuerpo oscilaba ayudándose, además, de aquellas manos que estratégicamente acariciaban los pezones. La oscilación aumentó hasta que se transformó en una especie de calambre que durante unos minutos sacudió todo su cuerpo. Tras una respiración ahogada, que pareció brotar directamente de sus pulmones, quedó totalmente quieta.
-Gracias- fue lo último que me dijo, antes de sacar las manos, apoyarla sobre la toalla y colocar la cabeza sobre ellas. Una respiración acompasada me advirtió de que se había quedado dormida. Dejé el bronceador a su lado. En otra ocasión abordaría la lectura del libro, ahora creo que era el momento adecuado para salir corriendo y darme un chapuzón en el mar.
Rojo y negro

-Sigue, no te detengas ni un instante. Um, cómo me gusta la forma que tienes de usar tu lengua conmigo.
No me lo creía pero tenía razón el que me dijo que, estos chupa-chups parlanchines del sex shop, podían resultar altamente estimulantes.
Un viaje movido

Me molestó, debo confesarlo, cuando a las doce de la noche en el autobús con destino a Sevilla, una mujer de rizada melena ocupó mi asiento contiguo. Mi deseo de dormir estirado se difuminaron, eso debió pensar la compañera del otro lado del pasillo quien me dirigió una sonrisa que no supe interpretar. De todas formas la mecida inherente al movimiento y el cansancio acumulado el fin de semana acumulado en Madrid, no tardó en rendirme.
Cuando desperté tenía el jersey de mi vecina a modo de almohada sobre mi hombro ¡vaya morro!y ella profundamente dormida. De sus labios abiertos caía una leve salivilla que goteaba sobre mi camisa levemente desabotonada por el calor reinante de agosto. Pensaba despertarla cuando desde mi posición su escote que hasta ahora me había pasado inadvertido. Era un escote ampuloso, de salientes redondeces que abrían un sugerente hueco en el que podía ver gran parte de sus pechos rotundos y que se sujetaban en el aire sin necesidad de la artificiosidad de un sujetador. Tan amplio era que no me costó darme cuenta que sus grandes y manifiestos pezones dilataban la tela creando unos sugerentes montículos cuyos alrededores, casi negros, asomaban al aire por el borde de la tela. Aquella visión me excitó profundamente y procuré no moverme lo más mínimo para disfrutar el máximo tiempo de aquella sugerente visión.
Sea porque no pude permanecer estático o porque sintió el peso de mi mirada sobre ella, sus pestañas oscuras se abrieron como un abanico dando paso a un par de ojos almendrados que, sin moverse, me miraban traviesos. Se aproximó más a mí y ví como su mano izquierda de cuidadas uñas se abrió paso entre los botones de mi camisa y sus dedos ágiles fueron lamiendo con sus yemas, muy despacio mi pecho, a la búsqueda de mi tetilla. Cuando la encontró, como quien encuentra a una vieja amiga, se detuvo arañándola con esa levedad capaz de transmitir su energía a todo mi cuerpo, de hecho yo notaba como la sangre empezaba a bombear a través de mi sexo y éste comenzaba a hincharse.
Siguió persistente, mientras su sonrisa ahora era amplia, bajó su mano por mi barriga jugueteando con el vello que se encontraba a su paso, hasta llegar a mi ombligo donde simuló taladrarlo con su uña. Tras aquellos minutos de creciente excitación sacó su mano y con una agilidad que sólo puede dar la práctica me abrió la cremallera del pantalón. Sentí como su mano arañaba mis slips transmitiéndose el contacto a mi sexo, ya duro como una piedra. Y como quien se acomoda para dormir su cabellera rizada tapó mi barriga a la vez que con increíble agilidad liberó mi sexo, su olor llegó a mi nariz, y lo hizo desaparecer en su boca. Yo sorprendido solo atiné a cubrirla con su jersey como si estuviera arropándola. Ella succionaba lenta al principio, para acelerarla hábilmente después. Todo mi cuerpo temblaba por el ardor, aunque yo hacía lo imposible por no moverme, aparentando que estaba dormido. Fue entonces cuando vi a mi compañera del otro lado del pasillo que miraba aquella escena con descaro. Pero no sería yo quien hiciera el más leve gesto ¡que mirara si quería!
Aquella melena negra que tenía sobre mí no cesó en sus movimientos durante un buen rato hasta que, en un momento determinado, ella hizo una contracción con sus labios, que no pude resistir y tuve el mayor orgasmo que nunca he sentido. Fue como si de pies a cabeza todas mis células vibraran. Estábamos llegando a Sevilla y quedé como derrengado en mi asiento, ella colocó todo en su lugar tras hacerme un trabajo de limpieza exhaustiva con su lengua por todos los alrededores. Acercando sus labios a los míos pude saborear en ellos mi propio sabor. Sin decir nada, se puso en pie, se estiró su vestido y sin mirar atrás desapareció por la puerta del autobús. Pero allí, contra lo que pensaba, no acabó todo. La del otro lado del pasillo se puso en pie, e inclinándose hacia mí me besó escarbando hasta el último resto que me quedaba de mí en los labios. Me dijo: ¡Gracias! y se marchó contoneándose. Tardé quince minutos en poder levantarme de mi asiento.
Su perfume

Aún recuerdo nuestro primer encuentro. Su olor me embriagó hasta muy dentro.
-¿Qué perfumes usas?-le pregunté-. Me gusta y me excita mucho.
-No llevo ningún perfume- me respondió con mirada pícara.
Tras meter así la pata me di cuenta, como así ocurrió, que aquella noche resultaría todo un éxito
De las muchas veces...
...que he hecho el amor, esta es la primera vez que alguien me entiende en el sentido más pleno de ser mujer.Hay cosas que no son...

...lo que parecen, compruébalo pulsando AQUÍ.
Dos tetas...

-¿Te das cuenta por qué se suele decir que más tiran dos tetas que dos carretas?-me comentó Clara, con una mirada pícara, en cuanto le enseñé terminado el dibujo que le había hecho del natural. No le pude responder porque dando una rápida carrera hasta la orilla desaparecí, tras un salto en el aire, bajo la espuma de una ola.
Confiando

Siempre he tenido curiosidad por todo e incluyo la profundización en el conocimiento de otras tendencias o costumbres sexuales. Aunque nunca he practicado el sadomasoquismo, hablando con alguna amiga que lo practica he descubierto un aspecto que me ha seducido especialmente. Es esa posibilidad de sentirse totalmente dominado por una mujer. El, por un rato, cesar en esa mente viva que me dirige y organiza y ponerme totalmente en sus manos. Cesar en los pensamientos, en los deseos que tengo en ese momento, en las expectativas que siempre me creo en un determinado momento y olvidarme en las manos de ella. Sabiendo que mi confianza es tan grande que cualquier cosa que me haga me producirá placer y la conoceré más porque sabré que es lo que ella piensa que es lo más placentero para mí.
Sé que vas a leer esto. No pongas esa cara de sorpresa. Alguna vez ya te lo he adelantado. Simplemente quería anunciártelo para esa próxima vez que estaremos a solas. Tú serás mi dueña y haré todo aquello que tú me digas. Piénsatelo bien lo que vas a hacer, porque puede ser mi gran noche...o quizás la más inolvidable de las tuyas.
Sí es la primera

Amanece.
Te contemplo. No es la primera, ni será la última noche que pasemos juntos; pero sí es la primera vez que he sentido el mayor de los orgasmos que recuerde: durante unos minutos, más allá del mero placer sexual, me he sentido vacío de mi y totalmente tuyo.
Y me has hecho sentirme inmensamente feliz...
Sueños húmedos

Cuando ella se despertó notó su cuerpo humedecido por gotas de un líquido untuoso. Lo palpó entre sus dedos y acercándoselos a la nariz identificó a aquel, conocido y en otra época tan habitual, fluido blanco. No le costó mucho intuir que aquel día era el principio del final de su relación de pareja.
Brillos de plata

Comenzaba el sol a declinar su fulgor cuando me dirigí a pasear a la playa. Sentado en la orilla me puse a admirar el espectáculo que se avecinaba. En aquel silencio sólo roto por las lamidas de las olas contra la arena y el graznido de las gaviotas, desde el agua un chapoteo atrajo mi atención y observé a una figura que se estaba bañando. Me di cuenta, cuando surgió del agua, de que era una mujer joven de rasgos perfectamente equilibrados cuyo torso desnudo, que emergía solazado por el reflejo de los últimos rayos de sol, dejaba al descubierto dos hermosos pechos, de lustrosos y minúsculos pezones, que se mecían por el juego caprichoso de las olas. Tras varias inmersiones en las que su cuerpo, lanzando destellos de plata por la luz del atardecer, rompía con esmero las ondulaciones del mar desapareciendo bajo el agua, surgió de nuevo y ayudándose de sus finos dedos deslizó su cabellera dorada hacia atrás, mientras yo hipnotizado seguía el movimiento de las gotas que resbalaban acariciando su piel. El sol se ocultó tras una nube y sus radiaciones pugnaban por encontrar salida a través de sus recovecos convirtiendo todo aquello en un gran escenario en el que de fondo aparecía una hermosa catarata de rayos solares, en que aquella hermosa mujer era la protagonista.
Me miró a los ojos lanzándome una sonrisa inequívoca, de perlas blancas, a la que no pude resistirme. Sin perderla de vista y excitado por su espera dejé mis ropas sobre la ya fría arena y me introduje en el mar para ir a su encuentro. Arropado por el calor del agua a esas horas me dirigí hacia los brazos que se me abrían como refugio acogedor. Mis labios se imanaron hacia los suyos y su encuentro fue el detonante de un baile conjunto y tortuoso surcando las olas. Perdí la noción del tiempo entre visiones de fondo, de cielo plateado y de piel lisamente nacarada. Me sentí arrastrado por ella en todos los sentidos durante minutos sin fin, embriagado de placer y revestido de una excitación imparable.
En este juego estábamos cuando súbitamente me detuve y saliendo dejé mi hueco en el mar, tras de mí. Sin mirar atrás cogí mi ropa y salí de la playa. Sé que ella no entenderá la razón porque no me leerá, bajo el mar no funcionan los ordenadores, pero es que nunca he podido soportar el tacto de las escamas. ¡Me dan dentera!
Unas turgentes piernas

Las vi delante de mí al subir la escalerilla en mi último viaje a Nueva York. Era unas turgentes piernas, perfectamente torneadas con un brillo que les arrancaba el sol del atardecer y de una longitud imposible destacada por la escasez de una falda que se ondulaba avariciosamente en torno a unas sobresalientes nalgas. Aquella ascensión peldaño a peldaño duró lo suficiente para que mis ojos quedaran atrapados por aquella atractiva figura que me precedía por el pasillo. No me gustó que cuando al darmela tarjeta de embarque me asignaran el último asiento del avión, pero al comprobar que ella iba a ser mi compañera de viaje, dejó de importarme. Cuando nos sentamos pude comprobar que por delante su imagen no deslucía su anterior perspectiva. Un cabello negro, largo y rizado, hacían de cortinillas de un óvalo perfecto en que dos ojos almendrados rodeados de largas pestañas flotaban sobre una nariz respingona y unos labios grandes y sinuosos de los que desprenden humedad. Una blusa de cremallera abierta a media altura dejaba atisbar unos hermosos pechos que oscilaban descompasadamente con la vibración de los motores del avión.
Me senté un tanto cohibido por aquella despampanante compañera de viaje. Y, tras abrocharme el cinturón de seguridad, me sumergí en la lectura del periódico. Una lectura que supongo breve, pues cuando desperté, al cabo de casi tres horas, no había abandonado la portada. Cuando entreabrí los ojos me sorprendí con alguno de aquellos rizos sobre mi cara y es que me había quedado dormido apoyado sobre su hombro. Un tanto abochornado levanté la cabeza pero ella con una sonrisa me invitó a seguir allí. No me pasó inadvertido que la cremallera del pecho había descendido unos milímetros los suficientes para que el color uniforme de aquella piel canela se viera interrumpido por el tono marrón oscuro de su aureola coronada por unos pezones grandes, casi negros, que sobresalían como buscando algo. Envalentonado por aquellas señales le miré las piernas con descaro, al sentarse la falda era casi invisible, tomando mi mano me la colocó sobre su muslo. Y fue cuando al tocar mis dedos esa piel suave y, a la vez, musculosa, noté como mi excitación se transformaba en una fuerte erección. Las chispas que brotaron de sus ojos al mirarme me confirmaron que no le había pasado inadvertida y, de alguna manera, me alegré que en aquel momento apagaran las luces del avión. Miré a mi alrededor, todos dormían, salvo la mano de mi compañera de asiento. La sentí como asían mis genitales y en la penumbra pude adivinar esas uñas perfectamente cuidadas, que me arañaban arriba y abajo arrancándome estremecimientos de placer. Me apeteció dejarme llevar por los beneficios de aquel encuentro inesperado y borré cualquier atisbo de resistencia que pudiera haber. Especialmente cuando noté que me abría la cremallera y sacaba mi pene al aire, duro y firme como una piedra, que se sintió como liberado fuera de la opresión del pantalón. Liberación que duró poco porque al punto los rizos negros de su nuca cubrieron toda mi entrepierna, mientras notaba como mi pene era absorbido por aquellos labios, maestros en arrancar placer. No tardé mucho en darme cuenta que iba a eyacular pero a ella, aunque también lo notó, no pareció importarle porque siguió con fruición en aquella ardua labor hasta que me derramé entera en su boca. Tras aquella descarga placentera que había sufrido ella izó su cuello como el de una garza y con un leve sonido de garganta me indicó que aquellos jugos que había exprimido con tanta habilidad habían ido a parar a su estómago. Acercó sus labios a los míos y algunas gotas salpicaron mis labios mientras su lengua intentaba abrazarse con la mía. Tras aquel largo beso me eché hacia atrás en el asiento expectante a lo que se le pudiera ocurrir a aquella Herodías del aire. Y entonces vino lo peor…
Sus largos dedos fueron encogiendo con lentitud pasmosa su faldita. Mi imaginación corría más que sus dedos, esperando la visión de una rajilla húmeda y abierta, cuando de pronto, no sé dónde lo tendría escondido un gigantesco pene, insultantemente duro y mucho más grande que el mío apareció ante mis ojos. Y entonces fue cuando oí su voz por primera vez con un varonil: ¿Gustas?
No recuerdo mucho más, sólo que me entraron unos enormes mareos que hicieron que en décimas de segundos me encerrara en los servicios del avión, no paré de vomitar y me parece que estuve a punto de deshidratarme. Sólo salí el tiempo necesario para atarme el cinturón al aterrizar pero me debió ver tan mala cara, yo miraba hacia otro lado, que no me dijo nada. Antes de irse se volvió y me guiñó un ojo, lo que me produjo un nuevo retortijón en el estómago. Salió delante mía, ahora el cuerpo oscilaba como el de un hombre ¿o era cosa mía? Algo aprendí en aquel viaje: el que unas piernas sean muy hermosas no es un reflejo de lo que se oculta entre ellas.
Estallido de cristales

Miguel y Beatriz se conocieron un día, por casualidad, sus miradas cruzadas en una cola de autobús les ataron en su camino por la vida. Aquel día se saludaron con simple educación. Saludo que a los pocos días les alegró la cara por su mutuo reconocimiento. Empezaron a hablar primero del tiempo y luego de los toros a los que ninguno de los dos había ido nunca. Acabaron ese día hablando de lo malo que era el tabaco, y ella se fue sin atreverse a confesarle que fumaba aunque el vapor nicotínico que la envolvía la delató ante Miguel que calló, también, comprensivo. Sus encuentros se repitieron dominados por un azar incontrolado, que les hacía todos los días guardar el asiento de al lado del autobús por si ese día se subía su compañero de viaje. Y los días que esto ocurría sus ojos se iluminaban y sus lenguas se desataban queriendo lanzar el máximo número de palabras en aquel trayecto que se les hacía brevísimo. Lenguas que dejaron de lamer el exterior para introducirse en el interior y a modo de sacacorchos ir desvelando lo que encerraban bajo esas capas que constituían sus personas. Beatriz, siempre prudente, medía sus palabras con una regla dorada, lo que hacía que sus ojos, en ocasiones, comunicaran más que sus palabras. Miguel, siempre curioso, preguntaba y quería dar pasos de avance tan grande que, a veces, cuando se daba cuenta la había dejado por atrás.
Pero la vida seguía y aquel autobús que no iba a ninguna parte transportaba aquella pareja de corazones como un relicario ambulante. Tanto Beatriz como Miguel, no sabían cómo pero se percataban de que aquellos lazos iniciales se transformaban en nudos. Hasta aquel día...
Miguel volvía desusadamente tarde, cansado y con jirones sin formas atravesándole por entero, cogió ese autobús que hoy, a esas horas vampiresas, imaginaba casi vacío, pero quedó gratamente sorprendido al verla sentada en su asiento. Como si fuera un "decíamos ayer", había transcurrido más de un mes de su último encuentro, ellos empezaron a hablar, desde el principio, con esas palabras que dan un cariño prolongado y a medida que el trayecto siguió aquellos jirones se recompusieron en forma de piel brillante. Llegó el inevitable momento en que llegaron a su destino, Beatriz y Miguel bajaron al unísono cogidos de los ojos y, una vez más, ardiendo por dentro, cosa que ninguno demostraba, se disponían a despedirse. Pero esta vez hubo algo distinto. Beatriz le dijo que quería decirle algo antes de que se fueran. Y de sus palabras salieron sentimientos en forma de palomas que Miguel, alguna vez había supuesto en una burbuja de cristal, pero aquella noche a la luz tenue de una farola aquella burbuja estalló en mil pedazos, las palomas volaron al cielo oscuro compitiendo su blancura con la de las estrellas y muchos de aquellos cristales se incrustaron en la piel de Miguel pero no era dolor, precisamente, lo que le produjeron. La sorpresa hizo que la lengua de Miguel se paralizara, pero Beatriz supo leer el lenguaje de sus ojos y acercándose se despidió con un beso tierno en los labios. Beatriz se dio la vuelta y se alejó despacio mientras Miguel paralizado aún bajo la farola supo que desde ahora todo sería distinto.
Planetas distintos

¿Sabes cuando me di cuenta que habitábamos en planetas muy diferentes? El día en que insistiendo en que me acariciaras porque me apetecía mucho, me respondiste:
-¡Qué manía con que te acaricie por "debajo"! ¿Y no se pueden sustituir por caricias sólo por "arriba"?
El humo de tu cigarro

No puedo olvidar el humo de tu cigarro como creaba caprichosas volutas de seda en el aire... Mi cuerpo desnudo salpicado de gotas de sudor, exhalando el olor de tu piel, saturado de ti y exhausto de placer, tendido sobre las sábanas arrugadas de una cama deshecha. Mi mano cansada de acariciarte retozaba de manera mimosona por tu cuero cabelludo que se estremecía al contacto con las yemas de mis dedos. La espera para que llegara aquel instante había sido interminable, la llamábamos la espera de Peter Pan, porque era la de "nuncajamás". Y ahora todos aquellos años, tras habernos encontrado, han quedado en mi recuerdo reducido a un leve instante. Siempre imaginé cómo sería el día que nos encontráramos y en que, por primera vez, nuestros cuerpos concluyeran esa larga conversación que hemos derramado en tantas palabras. Pero ni en el mejor de mis sueños supuse que sería algo así.
Mientras pienso, de tus labios entreabiertos, escapa el humo difuminando como en niebla tu sabrosa lengua, juguetona y placentera con la que me has hecho escalar las inimaginables cimas del placer. Pareces adivinarme el pensamiento y tu lengua recorre el camino del subida del pubis hacia el ombligo, mientras tus ojos destellantes de luz alegre me miran picarones y deseosos, pareces querer desnudarme más de lo que estoy. Me gustan tus manos finas...sobre todo la derecha en la que ahora sostienes el cigarro y hace no mucho tiempo me sostenías a "mí". Tus dedos verdaderos artistas de la caricias acercan el cigarro a esos labios finos, aún siento en los míos como si parte de los tuyos se hubieran despegado y desde ahora, estoy seguro, me acompañaran para siempre.
Me gusta verte así, boca abajo con tus pechos coronados por esos grandes pezones que tienes, aún enhiestos, debe ser que después de estar tanto tiempo así se han acostumbrado a mantenerse. Y miro ese culo respingón de piel de marfil ondulando curvas hacia tus piernas, esas mismas piernas redondeadamente duras que se agarraban en torno a mi cuerpo como temiendo que me separara de ti. Tu mano libre se pone a escribir palabras de amor sobre mi pecho, mientras noto por abajo tras el esfuerzo que he realizado que aún queda un leve soplo de placer, que estás atrayendo con estos simples gestos.
El cigarro se va terminando y como tocada por un terremoto toda tú oscilas y te apoyas para levantarte, la visión de tu cuerpo, de pie, deseoso, desnudo, queda impregnado para siempre en mi retina. Aunque siempre he odiado el tabaco, no es extraño que no pueda olvidar nunca el humo de tu cigarro.
Invadido...
Cuando la oscuridad convierte todo en negro y el único brillo es el de las agujas luminosas del despertador, me dejo caer en el colchón. Extiendo mi cuerpo cuan largo soy, intentando que toda su superficie desnuda entre en contacto con la suavidad de la sábana de seda. Acompaso la respiración, parece que tanto inspiraciones como expiraciones se alargan en el tiempo en la noche. Poco a poco esas múltiples ideas que han bailado por mi cabeza a lo largo del día son absorbidas como por un embudo que las hace desaparecer. Imágenes de personas, sensaciones de mil colores, sonidos desintegrados,...todo ello va acumulándose en esa parte de mí de la que desconozco todo. Me dejo abrazar por el aire cálido que rodea la atmósfera de mi cuarto, algunos de mis poros se van abriendo sin que me dé cuenta. Y veo rostros e imágenes grises, extrañas, mientras....casi sin darme cuenta... me siento invadido por el sueño que toma posesión de mí.
Abrazame...

Abrázame con tus pestañas,
envuélveme en el aire fresco de tu parpadeo
quiero sentir el beso de tus pupilas
y la caricia de tus cejas.
¡Necesito sentir tu mirada!
Una caricia nocturna

Era de madrugada. Cuando en la calle se escucha el silencio y en la habitación el sonido de las respiraciones. Me desperté cuando sentí unos dedos que introducidos en mi pijama me acariciaban con fruición. Recorrían y ondulaban mi anatomía inferior, mientras yo disfrutaba de la calidez de sus caricias. Yo estaba en duermevela, sacudido por esa alegría, ya casi olvidada, de la caricia a medianoche, del impulso enajenado que provoca el deseo y del sentimiento de intimidad provocado por dos pieles que así interaccionan.
Callé y con los ojos cerrados seguí disfrutando hasta que otra sacudida, fruto de una repentina ocurrencia hizo que abriendo despacio mis ojos y con la única luz de la penumbra nocturna dirigiera la mirada hacia mis manos. La izquierda se recortaba en el aire, mientras la derecha... un poco colorada, por haberme conducido al engaño, a pesar de la negrura ambiental salió del seguro refugio del pijama y de juguetear como lo había estado haciendo hasta ese momento, oliendo a ese olor que alguien, un día, me dijo que le enloquecía.
Sólo una mirada

Hay momentos en que sólo necesitaría observar tu mirada iluminada por el deseo derramándose sobre mi cuerpo desnudo. No me haría falta nada más, ni siquiera que me besaras o tocaras,...sólo eso. Pero cuando vi cómo me mirabas lo único que noté fueron tus ojos velados por la más absoluta de las indiferencias.
Transformación

Desde que nuestras pieles se encontraron
la mía de color gris y ceniciento
se ha revestido de un tono brillante
que destella mil colores.
Cuando tres no son multitud ( y 2 )

Observaba tu cara, mezclada de placer y ansia, y tus ojos chispeantes que me miraban sin ver, como mirándote hacia dentro para sentir más. Me gustaba ver a tu marido clavándote por atrás con esos movimientos rítmicos y suaves que te impulsaban. Me hiciste acercarme al borde del sillón para atrapar mi pene junto a tus labios, lo metiste en tu boca aprovechándote de sus impulsos para deslizarte con tu boca a su través. Lo noté cómo iba creciendo y cómo lo ibas haciendo desaparecer cada vez que recibías un embate. Llegó un momento que casi no te cabía me hiciste deslizar al suelo y fue entonces cuando los dos os colocasteis adecuadamente para que te pudiera penetrar por tu vagina. Al fin habías conseguido, lo que muchas veces habíamos hablado en nuestras morbosas charlas nocturnas, el ser penetrada por tu marido y por mí. Al principio nos costó un poco ponernos al unísono pero no demasiado. Tu tenías tu cara junto a la mía y tus gemidos hacían que la saliva chorreara de tus labios y goteara sobre mi pecho, saliva que aprovechabas para lamer suavemente con tu lengua. Ya vi que no podías aguantar mucho y disfruté viendo como ponías tus ojos en blanco y su respiración se entrecortaba cuando te llegó el orgasmo. Tu marido y yo, poco después y con un orgasmo simultáneo nos vaciamos en tu interior. Quedamos exhaustos y nos tumbamos uno junto al otro, con olor a sudor y a toda una seductora mezcla de jugos. Como una gatita te acercaste, con una pícara sonrisa y tomaste nuestros penes uno en cada mano, estaban un poco debiluchos y con suavidad los besaste introduciéndolos a la vez en la boca. ¡Qué maravilla sentirme “acompañado” dentro de tu boca! No tardaste mucho en ponerlos otra vez duros y los fuiste acariciando, como en una sana competencia, hasta que se volvieron a vaciar esta vez sobre tu pecho.
¡Qué encuentro más maravilloso! Sólo espero que no tardes mucho en volver a llamarme y a redescubrir ese aspecto novedoso de mi sexualidad.
Sobre los pies

Siempre me han gustado especialmente los pies femeninos. Sus suaves curvas me hacen circular a gran velocidad mi mente por las zonas más atrevidas. Esa colocación tan estudiada de los dedos, acompañados unos a otros y que actúan al unísono desconociendo la palabra soledad. Las uñas tan duras y tan débiles a la vez, con esa capacidad erotizante que le transmite la pintura de uñas, capaz en sus distintos tonos de reflejar el ánimo y la pasión de quien las lleva.
El dedo gordo con esa voluptuosidad que invita a acercarse a los labios para abrazarlo y degustar sus formas, humedeciéndolo con esa languidez de quien no tiene prisas. El meñique, tan pequeño como un apéndice y juguetón, a quien apetece acariciar como a un cachorrillo indefenso. Y entre los dos, los otros tres, más serios, más similares, pero no menos sensuales y que en sus movimientos acompasados siempre me han recordadoal teclado de un piano sobre el que se practica la escala musical. La planta que se nos muestra, siempre con cierta osadía, raramente se ve por casualidad, poderosa, acolchada y con una sensibilidad mutante capaz de tranformar las caricias en cosquillas y viceversa. El puente nueva curva, nuevas seducciones para llegar al talón y completar tan hermosa arquitectura. El cuerpo humano tiene hermosos recovecos, pero sin lugar a dudas uno de los más seductores es el pie. Dadme un pie y el reloj se me parará durante una hora.
La frontera
Al final, tras mucho pensarlo, decidí atravesar la frontera que nos separaba. Crucé tu valla, para descubrir lo misterioso que ocultabas, pero al otro lado de ella , no encontré ¡NADA!.Mi regalo

Hoy quiero enviarte este pequeño regalo de Reyes. Es un sobre no muy grande y cuando lo abras tendrás que mirar bien en su interior para ver lo que contiene. Es un abecedario, para que juegues y al que tras cada letra he atado una ristra de palabra como si fueran cascabeles:
-Abrazos acogedores y necesitados.
-Besos suaves que se encuentran con los tuyos.
-Caricias de seda que lamen toda tu superficie.
-Dedos juguetones que te excitan por doquier.
-Esperanzas continuas de volverte a ver.
-Fuego de un corazón que no se enfría.
-Ganas continuas de sentirte junto a mí.
-Hambre de ti.
-Imaginación mágica en la que siempre estás presente.
-Juegos eróticos de esos en que los dos siempre ganamos.
-Kilos de menos de tanto ejercicio compartido.
-Labios húmedos dispuestos siempre a saciar tu sed.
-Miradas de serpiente de las que se enroscan a tu alrededor
-Noches compartidas en intimidad y cercanía.
-Ñamñam ¡qué gozada “comernos” juntos!
-Olvido de todos los malos ratos.
-Paseando juntos bajo la sombra de los álamos.
-Querer es una palabra que compartimos.
-Rizos juguetones de vello negro.
-Silencios vivos de los que dicen mucho más que las palabras.
-Temblores compartidos
-Umbrosa mi vida cuando te escondiste.
-Vida nueva desde que te conocí.
-XXX : una noche contigo.
-Y qué más te puedo decir?
-Zambomba que te presto para que no dejes de tocar con tu mano.
El juguete
Recordé que en un armario de casa había un vibrador y lo tomé entre mis manos…¿y si jugaba con él? No se me había ocurrido nunca, pero aquel pensamiento me dio morbo. Le di la vuelta, giré la rueda trasera y una veloz vibración lo agitó entre mis dedos. No lo pensé mucho y me quedé desnudo. Mi pensamiento actuaba sobre mi pene que levemente empezaba a endurecerse mientras unas gotas brillantes me saludaban desde su punta.
Me apetecía ver mi pene hermoso, libre de pelos mientras se iba endureciendo. Cogí la brocha de afeitar y jabón y pasé con cuidado la cuchilla, mientras disfrutaba viendo como caían al suelo los mechones negros y rizados de vello púbico, hasta que el pubis me quedo liso como la piel de un bebé. Me gustaba sentirlo de esa forma tan insólita mientras lo recorría con las yemas de mis dedos. El pubis respondía a mis caricias con una piel de gallina y sensaciones nuevas. Jugueteé con los testículos que se removían oscilantes al compás de mis dedos.
De una caja de preservativos saqué uno y lo puse al vibrador que pareció sonreírse a través del látex. Cogí un poco de líquido en mi dedo índice y impregné con suavidad, como si me acariciaran a mí, con el extremo del vibrador. Lo puse en marcha, a poca velocidad, más un rumor que un movimiento y desnudo frente al espejo me coloqué en cuclillas. Puse el vibrador en vertical y poquito a poco fui acercándoles mis nalgas. Al sentir su roce una cierta cosquilla me invadió y, luego, poco a poco aquel extremo húmedo fue acariciando mi orificio. Despacio, con suavidad, aquel aparato fue cumpliendo su función, al principio con cierto trabajo, pero luego con más facilidad, mientras sentía como me iba abriendo, gozaba sintiendo aquellos temblores en mi interior. Nunca había sentido algo así, era una sensación única. Quería más, necesitaba más y con mis dedos aumenté la velocidad de la vibración. Me parecía increíble poder disfrutar de aquella manera, mi mano agarró mi pene que era una vara oscilante en ese momento. Aún tenía restos del gel lubricante y ello hizo que se deslizara a través de la mano, en un movimiento de vaivén, arriba y abajo, con movimientos suavemente acelerados. Hubo un instante que las dos sensaciones, la de mi orificio vibrante atravesado hasta dentro y la del pene que estaba presto a salir, se unieron en un único punto situado bajo mis testículos y mi cuerpo se sacudió con fuerza, mientras mi respiración acompasaba las sucesivas expulsiones de chorreones blancos sobre el espejo. Me costó unos minutos recuperar mi ritmo normal de respiración y con delicadeza me fui sacando el vibrador. Sentía el orificio placenteramente dilatado. Todavía me temblaba el cuerpo un poco, mientras contemplaba en mis manos aquel juguete con aquella capacidad tan asombrosa.
Mientras mi mano..., tu mano...

Nuestras manos despertaron a la vez.
Mientras mi manos se acercaba a ti,
la tuya permanecía impasible.
Mientras mi mano acarició tu cuello,
la tuya no se movió.
Mientras mi mano moldeó la forma de tus pechos,
la tuya quedó quieta.
Mientras mi mano descendió lenta por tu barriga,
la tuya estaba estática.
Mientras mi mano horadó tu ombligo,
la tuya permaneció inmóvil.
Mientras mi mano gustó tu pubis,
la tuya siguió en su sitio.
Mientras mi mano besó tus labios bajos,
la tuya estuvo totalmente pasiva.
Mientras mi mano seguía...
¡al fin la tuya se agitó!
Dio un manotazo en el aire
mientras decías: ¡creo que voy a levantarme ya!
Y mi mano, entonces, continuó buscando por la cama
y solitaria, sólo se encontró a la otra mano.
Las dos se cruzaron y comprendieron
y el sudor desesperado
se transformó en lágrimas de soledad.
Cómplices
"No quiero ofrecerte cosas que no deseas. Me atrevo a proponerte, eso sí, mi complicidad. No se trata solamente, como dijimos, de estar recíprocamente disponibles (24 horas al día, matizaste tú, en uno de tus arrebatos; porque tú también te arrebataste varias veces). Se trata de aceptarse plenamente, de ser, repito, cómplices. En todos los y en todas las delicias. Me gustaría verte con alguna frecuencia, además (y, que conste, digo alguna por concesión al realismo: me gustaría verte con toda frecuencia). Ya lo haremos, si quieres. Lo primero que tengo que saber es si estamos jugando nuestra relación con las mismas reglas (o suficientemente parecidas). No quiero malentendidos, ni trampas, ni frivolidades. Si tú piensas que fue una aventura a olvidar en , tampoco voy a quedar decepcionado. Como aventura habría sido de muchísima calidad, y estaría orgulloso de haberla vivido, de haber sido capaz de vivirla a mis venerables años. De veras. Y, aquí tendrías un amigo, siempre, toujours, for ever.
Por otra parte si aceptas mi complicidad estaré todavía más contento. Será indispensable, sobre todo, mantener la intensidad del contacto. No pretendo ninguna otra planificación. Quiero -por supuesto que quiero- hablar contigo, escribirte, verte. Pero sin capricho. Quiero el contacto contigo porque sé que podemos disfrutarnos, de un modo elevadísimo. Y me niego a aceptar, en principio, las tontas limitaciones de la realidad. Ya se encarga ella (la realidad) de imponer sus decretos, cuando le apetece".
Comicposteando
Hoy quiero postear y expresarme con un dibujo mío en vez de con palabras.La excursión del sábado
El sábado me llamó Celia para pasar un día de campo, desde nuestra última charla en que habíamos quedado como “simples y profundamente” amigos no habíamos vuelto a hablar. Tal vez no me apetecía o quizás, más o menos inconsciente, lo estuve evitando. El día estaba estupendo soleado y un aire fresco nos envolvió cuando aparcamos el coche. Es un paisaje único y solitario y nos pusimos a hacer una ruta con unos bocadillos a cuesta que habíamos comprado en un pueblo cercano.
Tras una hora andando y superado un pequeño bosquecillo, llegamos a una altura en la que se podía divisar una preciosa vista de la meseta. Entonces le dije que se pusiera que quería hacerle una foto en aquel idílico lugar y fue, cuando ella sorprendiéndome, me agarró con una mano la parte más baja de la espalda y con la otra me bajó el cuello para acercar sus labios. Quedé tan sorprendido que me vi incapaz de reaccionar mientras saboreaba sus labios que jugueteaban con los míos como si se tratara de un caramelo.
Noté como mi excitación crecía pero con esa dificultad física que me imponía su cuerpo al no dejar nada de separación mientras se frotaba con el mío. Ella empezó a quitarme los botones, primero de la camisa, con esa segura lentitud que no permite modificar el ritmo, y luego los de los pantalones. Mientras me iba sacando estos, me miraba con una mirada pícara y brillante que me hacía disfrutar especialmente de su “dejar hacer”, especialmente cuando liberándome del todo hizo que el aire bañara todo mi cuerpo. Liberación que fue breve porque tirándose al suelo cuan larga era la tomó entre sus labios mientras con habilidad manifiesta me extraía sensaciones que nunca había experimentado. No puedo decir cuanto duró aquello sólo recuerdo a una mariposa de vivos colores que pasó una décima de segundo antes de que entornara los ojos y, por primera vez en mi vida, viera fuegos artificiales en pleno día.
Luego me tumbé sobre la hierba contemplando como las nubes correteaban por el cielo mientras sus labios, aún húmedos y calientes, besaban suavemente mi pecho. ¿No decías que preferías a partir de ahora que siguiéramos siendo amigos?, le dije. Ella sonreía mientras me respondió: ¡Pero eso era el otro día!
El otro día leía en un blog que los hombres sólo estamos preparados para 16 colores, que es imposible configurar “su monitor” para una gama mayor de colores. Por semejanza, yo cada vez me convenzo más que el monitor de las mujeres tiene miles de colores, muchos de ellos imposibles de obtener en el espectro del arco iris.
¿Amigos?
Una vez más, Celia, quiero reflexionar contigo en voz alta, pero esta vez sobre lo que nos pasó ayer. Cuando quedamos para tomar café, nada más verte me extrañó tu expresión. No sé cómo explicarte, es como si percibiera una nube negra que fuera a descargar sobre mí. Me sonreíste mientras encendías ese cigarro que usas siempre que quieres dilatar el tiempo y no sabes que decir y me miraste a los ojos. Tengo que decirte algo, no te enfades; me dijiste rasgando el silencio. Debí poner cara de cero, no sé que es pero algo así sería, porque me cogiste la mano; la tenías fría, y me la apretaste con cariño.He estado pensando sobre nosotros, seguiste diciendo, y he decidido que no quiero ir "más allá" contigo, simplemente me gustaría tenerte como un buen amigo. Me conozco y sé que, si las cosas no salen bien, mi actitud hacia ti puede cambiar y prefiero saber que siempre puedo tenerte como buen amigo y contar contigo. Tú tienes la culpa, has sido demasiado bueno conmigo y me has aguantado mis neuras en los momentos malos. Me gustaría seguir teniendo ese apoyo. Ese fue todo tu discurso. Ahora fuiste tú la que pusiste la cara de cero.
Puse gesto de no entender lo que decías, mientras veía tu rostro desdibujado por las volutas del humo, aunque demasiado bien que lo entendí. No era la primera vez que me pasaba eso. Del mero conocimiento, evolucionamos a la complicidad, de ahí a una buena amistad; que aunque yo procuré trasgredir e ir más allá, ahí se quedó. Supongo que no es fácil encontrar a alguien del otro sexo que te escuche, que no te pida nada a cambio, que esté pendiente de ti si exigirte y procurando animarte cuando pasas un mal rato. Alguien a quien puedes abrir tus secretos más íntimos sin temor a que te lo rebote y con la tranquilidad de que sabrá ponerse en tu lugar y decirte la palabra que necesitas. No es la primera vez que has llorado entre mis brazos esos desengaños amorosos, que has tenido en otros jardines, y me temo que no será la última.
Ante eso que te pude decir, que aquí me seguirás teniendo para acogerte entre mis brazos cuando lo necesites, te quiero demasiado como para darte la espalda. Y cuando no te tenga entre ellos seguiré buscando en otro jardín esa flor que me dé aquello que, con gran dolor de mi corazón, desde ayer me has negado.
Andando
¿Por qué me dará la impresión que cuanto más ando para delante e intento avanzar, más me estoy alejando de ti? ¿Será que para reencontrarnos tendré que andar de espaldas?A veces la realidad...
Tras unos días de obligada ausencia vuelvo a postear. En esta ocasión con una de esas noticias, sucedida en un pueblo de la provincia de Cádiz, que leo en el periódico y, por lo sorprendente, se demuestra que la realidad a veces supera, y con mucho, a la ficción.Una mujer de 41 años que está durmiendo en su cama de madrugada. A las cinco y cuarto, el panadero de 45 años que ve la puerta abierta entra en la casa y se mete en la cama con ella. Empieza a acariciarla y ella le pregunta si es su novio, él en voz baja le dice que sí. Sigue acariciándola hasta penetrarla. Cuando termina, ella lo nota nervioso y él dice que se va levantar para ir al cuarto de baño. Pero observa que, en vez de al cuarto de baño, se va para la calle; entonces reconoce al panadero que sale corriendo. Ella lo denuncia ante la Guardia Civil, que lo ha detenido por violación. El panadero lo único que alega es que como encontró la puerta abierta se metió dentro.
¡Menuda joya el elemento!Y ella tampoco conocía a su novio?
Equívoco
No entendí, en principio, lo que me dijo mi amigo mientras manipulaba su móvil: “Sería necesario un móvil especial para los presbíteros”. -“¿Qué tuviera música sacra o algo así?”.
-¡Noooo!
Luego me aclaró que a lo que se refería era a un móvil con números grandes para los présbites.
Las banderas
Sentado en una butaca en la playa, vi cómo el viento hacía ondear las dos banderas colocándolas en paralelo. En un momento, en que pensaron que nadie las miraba, sus telas se cruzaron en el aire estallando en un beso.*Respuestas a los acertijos del post anterior:
1) La magdalena
2) El anillo
Acertijos
1)Entra seca y arrogante y sale fofa y chorreante
2)Soy redondo como el queso, y en las mujeres penetro hasta el hueso.
Una pista son dos cosas diferentes, una blanda y otra dura. Las soluciones en el próximo post, se admiten posibles respuestas.
Lágrimas
Abrí el cajón, saqué el cuchillo y me dirigí hacia ella. En el momento en que se lo clavé no pude reprimir las lágrimas. Siempre me sucede lo mismo con las cebollas. Pero esta vez había algo nuevo mis lágrimas caían al mismo ritmo que las gotas de lluvia sobre la ventana.Modos de expresión
No siempre es fácil el expresarse, ya que condicionamientos síquicos o físicos limitan ese deseo. En cuanto a los medios también son variados. Sobre todo hay dos formas orales y escritas. Las dos tienen sus modos y peculiaridades.
La escritura siempre parece que es una forma de expresarse más pausada porque aunque se escribiera tal como va saliendo siempre cabe la posibilidad ir pensando e incluso borrando lo que escribimos para que nuestra expresión sea “más nuestra”. La carta es una de las formas de escritura, ha quedado como resabio romántico y peculiar de otras épocas. Es un género en desuso del que me considero ferviente admirador y aunque pocos se aplican al escribirla, a todos nos da gran alegría recibir una de un ser querido, donde vemos el trabajo que se ha tomado por nosotros, desde coger el papel y escribirla hasta poner el sello y buscar el buzón. El correo electrónico es el que está más de moda, permite enviar a la otra parte del globo nuestras ideas con un simple tecleo. Algo similar a lo que ocurre con los mensajes de móviles, pero estos por su tamaño necesitan más capacidad de concreción. El chateo el modo de expresarse más “sospechoso”, sobre todos para los que no conocen Internet, forma de acercamiento entre personas que nunca se encontrarían en la vida real.
En cuanto a la forma oral tenemos el teléfono. Donde el gran rey actual es el móvil. Ese instrumento práctico pero incómodo que, en manos de maleducados, nos hemos acostumbrado a su estridencia hasta en los lugares y situaciones menos oportunas. El teléfono aproxima, las modulaciones de voz nos retratan a quien no vemos y a ser insoportables los silencios, uno se aburriría con un teléfono pegado en la oreja del que no sale sonido alguno, a veces origina aturrullamiento y obliga a una mayor espontaneidad.
Y por último tenemos la conversación con otra persona. Este es el modo de expresión más directo aunque condicionado por la personalidad del que se expresa; hay gente de pocas palabras, otras de verbo fácil y desinhibido. Algunos que se expresan mucho con pocas palabras y otros que no dicen nada en largas retahílas. Al fin hay otro grupo que a modo de “terroristas verbales” sus palabras fluyen ocasionando tormentas y vergüenzas ajenas alrededor, para colmo tienen la habilidad de que usan lo que otros le dicen en privado o confianza para utilizarlo como contraargumentos. Son gente que, salvo que sean más estúpidos, todavía, de lo que demuestran, se percatarán que a su alrededor cada vez hay más silencio, porque ¿quién se va a atrever a contarles algo?
Cuidarse
Siempre había escuchado a mis mayores aquella frase de: “ya va teniendo edad para cuidarse”, que se empleaba cuando la persona aludida sólo estaba para “sopitas y buen vino”. No pensaba que un día el médico me la dijera a mí y por culpa de la tensión me recomendara cambiar el tipo de vida.Yo siempre he huido del ejercicio físico, en mis tiempos de colegio era donde peores notas sacaba, pero a partir de dicha recomendación he intentado cambiar de mentalidad. No diré que me pongo a jugar ahora al fútbol, lo que debido a mi falta de experiencia sería toda una osadía, pero sí que procuro que mi vida sea lo menos sedentaria posible.
Esto coincidió con la apertura de un gimnasio al que me apunté sin muchas ganas pero con la idea clara de ser constante. Y eso sí que lo he conseguido, ya llevo ocho meses yendo y si bien no me he mus-culado demasiado si he conseguido al menos no estar más-culado. También procuro andar todo lo posible. La verdad es que me siento mucho más a gusto conmigo mismo. Al reconciliarme con mi cuerpo, que si bien tiene más arrugas, canas y ondulaciones que hace veinte años, al menos he reducido barriga, me siento más seguro de mí mismo y con la autoestima más alta. Incluso me he apuntado en algunos aspectos a la moda metrosexual, uso una crema para la cara y me quito los cuatro pelos que tenía en el pecho, me noto más estético y además la sensibilidad de mi pecho ha aumentado varios enteros hasta límites insospechados.
El viento
Variable, en algunos lugares calmado daba calor y en otros, simplemente doblando la esquina, era frío y arrebatador.

