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AIRES ABIERTOS

Nuestra primera vez

Nuestra primera vez

          Recuerdo nuestra primera vez, en que sin telas que dificultaran el contacto te acercaste a mí. Tus movimientos lentos de núbil gacela edulcoraban el aire y cada décima de segundo transcurrido añadía un gramo de alegría a mi gozosa espera. Sentí el abrazo de tu mirada y el roce de tus pestañas y ese impulso cariñoso de tus dedos que impulsaron mi cuerpo hasta que mi espalda buscó acomodo sobre el colchón. Sentí la calidez de las palmas de tus manos sobre mi pecho, mientras te arrodillabas sobre el colchón y aterrizabas tu sexo empapado con los labios hinchados, que abriéndose como una corola en primavera, abrazaron mi pene, endureciéndose por momentos, con intensidad.             

          Tu cuerpo se inclinó a través del aire y con la levedad de la seda se posó suavemente sobre el mío. Cada centímetro de mi piel se fue adhiriendo a la tuya, y se acentuó ese contacto placentero cuando las durezas de tus pezones, al contactar con los míos, le contagiaron dicha textura. Tu melena cosquilleó mi rostro, mientras quedé envuelto del aire cálido de tu respiración. El tacto suave de la piel de tu cara contrastó contra la mía más rugosa, y simultáneamente al cerrar los ojos gusté a tus labios que ansiosos y desesperados buscaban los míos.  Nuestras dos parejas de labios se enzarzaron en un sensual baile por pistas deslizantes de saliva, a ratos lento, a ratos brusco, pero tierno y apasionado a la vez.            

               Sentía tus manos que recorrían todo mi cuerpo y con la habilidad de un virtuoso músico me extraías notas de variadas octavas en una sinfonía que me hacía volar a ras de las estrellas. El roce de tu cuerpo, que se deslizaba una y otra vez sobre el mío, erizaba mis vellos y tus pezones cimbreados como badajos acariciaban mi pecho de manera certera.            

              Mis dedos escapados a la acción de mi cabeza amasaban tus nalgas y delineaba sus curvas a la búsqueda de tus placenteros recovecos. Todo mi cuerpo oscilaba casi imperceptiblemente, hasta que, en un determinado momento, aquellos labios tuyos que abrazaban mi pene, lo engulleron hasta dentro. Entonces aquella vibración se convirtió en conjunta y sentí un placer indescriptible hasta que noté como tus movimientos se aceleraban hasta que sufrí, simultáneo a tus gemidos, el estallido más grande que nunca había sentido.            

               Nuestros brazos nos rodearon mutuamente, apretando nuestros cuerpos a la mayor proximidad posible. Después, relajada, cerraste tus ojos y respirando suavemente te dormiste sobre mí…

Me da miedo...

Me da miedo...

-que se me pierdan las palabras y no tener forma de encontrarlas 

-el aislamiento por el hecho de ser diferente

-quedar teñido en algún momento por la desesperanza

-vivir lejos de aquello que deseo profundamente
-que caduquen las caricias que guardo dentro

-ser invisible

-ese día en que al despertar esté deseando que llegue la noche

-el silencio culpable incapaz de traducirse en palabras

-que el asombro se convierta en un sentimiento extraño

-que un día desaparezcas sin decir por qué

-perder la capacidad de soñar

-que mis besos se queden colgados en el aire

-las palabras vacías en un tálamo compartido

-quedar sordo al trino de los pájaros

-que mis sábanas dejen de arrugarse

-que el dolor en los pies no me permita salir corriendo de la realidad

-el depender de otros para las cosas cotidianas

-no solo el convivir con la soledad, sino no ser consciente de ella

-que los muros me bloqueen el camino

-que cuando logre llegar a ti se te haya quedado tu mano fría 

Y tú ¿de qué tienes miedo?

Maquillaje

Maquillaje

        Nunca había sido partidaria de usar maquillaje, siempre se enorgulleció de llevar una cara fresca, lejos de aquellas máscaras de carnaval que se ponían sus compañeras de colegio para ir a trabajar. Pero aquella mañana, al levantarse y reflejarse en el espejo no le pasó inadvertida que su cara había cambiado. Le costó reconocerse ¿era ella? Su piel, sorprendentemente cuarteada, parecía que de pronto se hubiera plegado en mil caminos sobre sí misma, en arrugas múltiples que le recordaba el tema de las fallas tectónicas que había explicado en clase el día anterior. ¿Qué le había ocurrido de pronto? Le echó las culpas, inicialmente, a la pésima tutoría con que le había “obsequiado” este año el jefe de estudios, pero en seguida no tardaron en añadírseles nuevas excusas: esos cuarenta y cinco años que el mes pasado se había posado sobre sus espaldas, esa soledad que tanto le atenazaba y le hacía creer que había muerto definitivamente para los quereres, ese color gris que veía todas las mañanas a través de su ventana independientemente del color del cielo…            

       Y aquel día, en el colegio, trató de pasar lo más inadvertida posible, pasó casi todo el tiempo explicando de cara a la pared, prefería mostrar las ondulaciones de su culo, protegidas por su falda que  aquel rostro que, de pronto, sentía tan pornográficamente al desnudo. Ese día para goce de sus alumnos, dijo que el tema de las fallas tectónicas se lo iba a saltar y les dejó tiempo para el estudio. Y mientras, ella reflexionaba que aquel rostro, al fin y al cabo, sólo reflejaba aquella alma dolorida con que transitaba por la vida. Entonces fue, cuando decidió que si no podía cambiar el alma, al menos, la disimularía.            

          Esa tarde fue a un salón de estética, la recibió una recepcionista de esas que nunca han tenido que ser cliente del mismo y tras tomarle los datos la reconvino, de “cómo a su edad no se le ocurría maquillarse”, dejándola en las manos expertas de una joven esteticista. Ésta tenía unos dedos hábiles y un peculiar gracejo andaluz, por eso no acabó de entender muy bien cuando le dijo aquello de “con los años el cutis tiende a ser más seco y aparecen las arrugas, por eso es necesario darle unas bases ansiedad que mejoren el rostro y lo hidraten, algo muy necesario en las caras maduras” ¿o había dicho “más duras”? Tras darle la base, para ir cubriendo imperfecciones, parece que le estaba retransmitiendo un partido, viene el corrector. Primero uno más oscuro para contornear y definir rasgos y luego otro con tonos más claros para resaltar. No hay que olvidar el iluminador dando un efecto bocadillo, primero se pone un poco bajo los ojos, luego el corrector y de nuevo el iluminador para dar más brillo a los ojos. Para las cejas se aplica primero un polvo y luego cera para peinar y moldear el vello. Ahumar los ojos primero con una sombra y suave en el párpado, luego trazar una línea negra en la base de las pestañas. Difuminar la línea con los dedos y potenciar el efecto con la ayuda de una sombra del mismo tono. Aplicar capas de máscara negra en las pestañas superiores e inferiores para reforzar la mirada, luego peinarlas. El truco en los labios consiste en exfoliarlos antes de maquillarlos con lo cual se convertirán en frescos y deseables.            

             Ella iba tomando nota mental de todo lo que hablaba aquella charlatana muchacha, pero las consecuencias de su madrugue y aquel momento de relajamiento tras el cansancio del día, se abatió sobre ella y se quedó dormida, sobre el sillón. No sabía que tiempo habría transcurrido cuando despertó, pero lo hizo tras un leve golpe que le dio en el hombro: “ya hemos terminado”. Se miró al espejo…y ¡quedó asombrada! Ahora era una verdadera belleza, ¡aquella chica era una verdadera artista! Había desaparecido todas aquellas arrugas que le habían horrorizado por la mañana y su piel aparecía nueva y reluciente.            

           Salió a la calle pisando con más fuerza y aquel día no se tocó la cara. Al dia siguiente al despertar descubrió que no había sido un sueño y su rostro se iluminó con una luz especial. Cuando salió a la calle no le pasaba inadvertida la expectación que despertaba a su paso y en el colegio todos se sorprendían con su nuevo rostro. Su mayor sonrisa interior fue cuando el Orientador, a quien el curso pasado le había lanzado ella los tejos, sin acertar en el blanco, le dijo que estaba hoy especialmente guapa. Aquella experiencia terminó de subir su autoestima y empezó a pisar con más fuerza. Eso sí, todas las mañanas le suponía levantarse un par de horas antes para seguir las instrucciones de aquella hábil maquilladora con aquellos productos que le ocupaban toda la estantería. Pero cuando salía a la calle se sentía renacida.            

           El colmo de aquel renacimiento fue el día que el interino de educación física, un joven que acababa de entrar en la treintena, musculoso y que a ella siempre le había gustado porque le recordaba a Harrison Ford cuando rodó la guerra de las galaxias, se acercó a ella con indudables ganas de cortejarla y le propuso invitarla a cenar el sábado. Ella  consciente de su nuevo poderío, se resistió un poco, aunque no demasiado para no estropear aquella primera cita en varios años.            

             Aquel sábado estaba radiante, fue lo que le dijo él, pero, además ella lo sabía, desde que terminó de comer había iniciado un arduo arreglo en su rostro que había culminado con un vestido recién comprado el viernes anterior y que le dibujaba con lujosa delicadeza sus curvas. En la cena comió poco sobre todo los ojos azules de aquel deseado gimnasta y cuando terminaron le invitó a tomar en su casa una copa. La fuerza erótica se cortaba en el aire, sobre todo a partir de que se dieran su primer beso a la salida del restaurante.             

            Al llegar a su casa, el ascensor fue testigo mudo de labios encontrados y cuando atravesaron la puerta, ella se fijó deseosa en aquel bulto excesivo que destacaba en el bajo vientre de su acompañante. Ella le sirvió una copa y le dijo que mientras se duchaba, dándole una cierta musiquilla a sus palabras, “se pusiera lo más cómodo posible”.  Se puso bajo el agua sintiendo como la revitalizaba mientras sus dedos espumados en jabón con su tacto, semejaban adelantar ese otro deseoso. Se secó la cara, sin poder mirarse en el espejo, turbio por el vapor. Y colocándose el albornoz abrió muy lentamente la puerta, a través de la rendija pudo ver que, efectivamente, se había puesto muy “cómodo”. Su ropa estaba hecha un amasijo sobre el sofá y aunque no lo veía, si distinguía su sombra de pie en la habitación con el vaso en la mano y el perfil de su miembro erecto más que destacable. A pesar de su humedad externa, sintió otra más interna y salió deseosa a buscar sus labios.            

             Pero, entonces, ocurrió algo inesperado. El levantó los ojos hasta ella y al verla su rostro quedó demudado y lívido, como si hubiera visto un fantasma, hizo ademán de decir algo, pero sus palabras se extraviaron antes de que pudieran salir de su boca. En un gesto rápido cogió el hatillo de ropa entre sus manos y acompañado de su miembro, ahora súbitamente casi invisible, desnudo tal como estaba salió corriendo escaleras abajo gritando: "esta se ha escapado de Shangri-la".            

            Ella se quedó quieta y al punto comprendió que tardaría mucho en tener otra cita, para que si alguna vez volvía a tenerla, algo tenía muy claro no se ducharía antes y mucho menos…se quitaría aquel mágico maquillaje que le había ocultado las arrugas, que ahora tras la ducha habían convertido su cara en la superficie de un viejo papiro.

Quiero...

Quiero...

...abrazar tu cuello con el mío, que se acaricien mutuamente y que mis labios se ajusten con los tuyos. Dejar que sus humedades fluyan de boca a boca, que sus carnosidades se reconozcan y cosquilleen mientras nuestras lenguas, húmedas y desnudas,  se reconocen y bailan al unísono la danza del vientre. Aspirar tu olor que, acariciando los huecos de mi nariz, me penetre hasta muy dentro

 

...acariciar con mi mano, con suma lentitud y, a la vez delicadeza, cada centímetro de tu piel. Gustando las oscilaciones que diseñan tu cuerpo y participando de ellas. Sentir como se va excitando tu vello que me cosquillea. Recorrer tu vientre liso, penetrar en tu ombligo y amasar tus pechos con caricias que te hagan temblar, hasta llegar a tus oscuros pezones, rutilantes y enhiestos que piden que me pose sobre ellos.

 

...y con mi otra mano, excavar por tu bajo vientre, gozar esa piel tuya de tacto sedoso, detectar con deleite esa hondura tuya limitada por esos acolchamientos carnosos que se abrazan, separarlos con mis dedos y sentir cómo, poco a poco, van ahogándose en tu líquido más sabroso y desapareciendo en tu interior; para luego, mientras tu cuerpo vibra al ritmo del mío, paladear  mis dedos y emborracharme con el sabor dulce del licor que produces.

Senta-2

Senta-2

        Hoy en distintos momentos del día he tenido ese deseo irrefrenable de estar sentado tan próximo a ti, como te siento de cerca.

Tus/mis caricias

Tus/mis caricias

Hoy recibí tus caricias

prendidas en mis dedos. 

El aire vivo agita

los mechones de tu pelo,

que escriben finas líneas

avivando mis recuerdos.

Sentí tu alegre presencia

imaginada en besos

que ágiles y vivarachos

trazan por mi piel senderos. 

Quiero quedarme en tus brazos

sin hacer esfuerzos

que ellos me guíen

más allá del viento.

Mil veces he deseado

ese momento eterno

en que mi sexo empapado

y ahíto de deseo

tiemble y funda

tierra y cielo.

Hoy recibí tus caricias

prendidas en mis dedos.

Besos

Besos

        Sólo son cinco letras, que en la distancia son repetidamente escritas  y enviadas continuamente por el aire, surcando los cielos e intentando llevar en ellas todo lo que se pueda encerrar de ilusiones, sentimientos, colores, sonrisa, esperanzas, encuentros,... Palabras que se intercambian repitiendo una y otra vez, pretendiendo y consiguiendo que siempre huelan a nuevas. Cosquillas del espíritu y regocijo del corazón.

         Pero cuando la distancia entre dos corazones anhelantes, al fin,  disminuye y se colocan a unos pocos centímetros, estos se encuentran con que aquellas cinco letras cobran vida, florecen,  toman cuerpo y se hacen diferentes, mucho mejor a lo que nunca pudieron haber imaginado. Aquel instante se convierte en uno de esos tesoros que la vida ofrece como premio por el hecho de aguantar vivo hasta que se llega. Entonces, aquella palabra florece y las letras pierden su color negro, sus semejanzas con pequeñas hormigas, para cobrar vida y disolverse en la mezcla creada entre los jugos de aquellos labios que se abrazan.

Diferencia

Diferencia

     La única diferencia en que al tocar una misma barba sea suave y su tacto acaricie o, por el contrario, pinche y moleste, depende única y exclusivamente de con qué actitud se acerque ella a la misma.

Descanso

Descanso

-¡Qué cansada estoy!- dijiste estirando tus, bien acabadas, piernas mientras colocabas tus pies sobre un banquito.  

        Me arrimé a ti y con una delicadeza sólo comparable a la que usó el que probaba los zapatos a Cenicienta, te descalcé lentamente. Los dedos de tus pies, se separaron con la comodidad que les daba el estar calzados, exclusivamente, por el aire.  Acerqué mi mano y mis dedos acariciaron tu empeine con lentitud de caracol, captando, en su superficie, el temblor de un vello invisible que se erizaba. 

- Llevamos todo el día paseando. Tengo los pies llenos de sudor y polvo. -parecías excusarte. 

-¿De verdad crees que eso, a estas alturas, me importa algo?- te respondí a la vez que mi mirada cazaba chispas en la tuya.             

             Incliné la cara y mi lengua, deseosa, se dedicó a dibujar adornos de saliva cubriendo todos tus pies. Disfruté de aquel periplo lingüístico mientras, como si de un tobogán se tratara, la deslizaba juguetona por las ondulaciones sinuosas de tu pie. Tus dedos se agitaron gustosos durante todo aquel proceso, hasta que mi boca los fue engullendo uno por uno e iban desapareciendo en su interior. Al introducirlos dentro quedaban en una lacitud placentera, pero no por eso perdían la curiosidad de explorar la humedad intensa de mis dientes, mis encías, mi paladar…y se dejaban abrazar, a la vez que los saboreaba, mimosa y hábilmente por mi lengua. Aquel baile múltiple con tus dedos, uno tras otro, duró un tiempo que no sabría medir, como tampoco el intenso placer que me produjo. Lo que sí me di cuenta es que, aquella relajación, se transmitió a tus piernas y un vivo sosiego pareció rodear todo tu cuerpo. Cuando terminé con los dos pies me recompensaste con un suspiro de placer y una mirada golosa. Te pusiste, entonces, de pie, estiraste la falda y, dándome una mano, me dijiste: 

-Ahora soy capaz de ir, caminando contigo, hasta la muralla China.            

Encontrándonos

Encontrándonos

         Cuando nuestros labios silenciosos se fundieron, tras tanto tiempo ahítos de sueños y deseos; nuestros dedos iniciaron su lenguaje.  Primero con novata torpeza que, a medida que pasaron los minutos, se trocaba en hábil destreza. Nuestras ilusiones agazapadas fluyeron del uno al otro y revelaron el más hermoso de los secretos:

         Que si hay algo más maravilloso que los sueños es que, alguna vez, estos se cumplan más allá de lo que nunca pudimos imaginar.

Música

Música

            Cuando me invitaste a interpretar a dúo esta partitura, sin haberla ensayado previamente, nunca supuse que aquellos sones acompasados sonarían tan asombrosamente bien. 

SMS desesperado

SMS desesperado

         Sé ke no as ovidao akel polvo loko y morboso en tu kama, ni las 4 veces que te corriste. Pos no tolvides de ke yevo 9 horas condío en el maletero de tu coch, dond m metiste cuando apareció tu marido por el garag. Toy desesperao.¡SACAME!

Contemplándote

Contemplándote

        Paseaba a esas primeras horas del amanecer con esa llave de tu casa, que me diste un día. Para que no tengas que llamar, me dijiste. Subí las escaleras despacio y abrí la puerta sin hacer ruido. Allí estabas tú acostada en tu cama.

        Cogí una silla y me senté cerca tuya, como un espectador invisible que disfruta descaradamente del hermoso espectáculo que se abre ante sus ojos, de tu cuerpo que se alargaba boca abajo ahuecando un colchón que es feliz de sostenerlo. Veía tus pestañas cerradas, relajando tus ojos y tiznando de suma quietud tu rostro; tus labios sueltos, sin esa presión a la que le obligan los músculos, brillando en la oscuridad, con la levedad de la saliva, y encerrando tras ellos, placidez, deseos, palabras, sonrisas, pasión, ternura…¡qué de cosas pueden encerrar unos labios cuando se tiene la capacidad de mirar a su través! 

         Me costaría trabajo, con esa poca luz, el ver tu pelo negro, pero seguro que esforzándome en abrir las pupilas era capaz de verlos y gustarlos con mi mirada, no con esa especie de casco estático que te ponen en la peluquería, sino con ese grato desatusamiento que es producido por los movimientos espontáneos de tu cara acariciada por la almohada. Y sé que tendría ganas de acariciarlo, de pasar mis dedos, suavemente, entre ellos; pero no lo haría para no despertarte y que se pudiera interrumpir este mágico momento         

          Miraría tus manos estilizadas, con tus venas que esculpen pequeñas alturas que mis dedos pugnarían por escalar hasta encontrar de premio el tacto suave de tus uñas y estaría atento a contemplarlas cuando en un movimiento espontáneo sale de su ocultamiento bajo la almohada.         

           Y me pondría a mirar tu camisón, cortito, resultón que traza las líneas de tu cuerpo con más cuidado y habilidad que el mejor diseño realizado con un estilógrafo de tinta china.  Tela enriquecida por tu mero contacto, que con sus estudiadas aberturas  convierten tu cuerpo en una exhibición traviesa ante mis ojos, ondulaciones superiores que despiertan traviesamente en mí sentimientos lógicos pero inconfesables. Ondulaciones inferiores que curvean la tela y hacen surgir como dos cataratas de plata tus piernas hermosas y seductoras. Largo y sinuoso camino de quien se empeñara en recorrerlas saboreando el paseo para terminar en esos pequeños apéndices, a veces destacados en colores brillantes, que semejan bombones por su aspecto y dulzor. Eso dicen…porque sólo un@s afortunado@s han disfrutado del exquisito placer de que se lo saboreen unos instantes sin que su cuerpo estallara en estridentes cosquillas. ¿Tú eres de es@s?         

         Y disfrutaría, sin prisas, de aquella regalada visión. Disfrutar y prisas ¿hay dos palabras más incompatibles? Y como todo cuerpo en que late un corazón, la quietud no sería eterna y, tarde o temprano, empezarías a agitarte. Al principio muy lentamente, como un rumor o como la ondulación de un agua plácida, que se contagiaría de una célula a otra y luego con ese desperece, que parece engrasar tus articulaciones, bostezando y estirando tus brazos a distancias imposibles y dejando a la doble caricia de mi vista y el aire esa desnudez de las axilas, que nuestros brazos ocultan más por comodidad que por pudor.         

         Y vería, mientras esbozo una sonrisa, como tus ojos trabajosamente escarban para vislumbrar la luz del día y tu cara de sorpresa al descubrirme en aquella deleitante contemplación. Y probablemente, no sería capaz de evitar, ni siquiera lo intentaría, las estrellas de colores producidas por ese movimiento brusco e intenso de tu cuello que conduciría nuestros labios a chocar en el aire.

El color del cielo

El color del cielo

-¿De qué color está hoy el cielo?-me preguntaste, antes de salir, mirándome a los ojos.

-Marrón brillante con destellos de luz- te contesté, devolviéndote tu mirada, sin necesidad de descorrer la cortina de la ventana.

Olvidándote

Olvidándote

            Existen muchas actividades para ejercitar la memoria, pero, sin embargo, nadie me ha enseñado, ni he visto métodos para olvidar. Pero con respecto a tu recuerdo, después de muchos años, ya casi lo he conseguido. Quizás, no debería ser así, pero te compadezco y ¿sabes por qué?

 

            Porque yo podré encontrar a muchas personas que me quieran como tú, pero de lo que estoy seguro es que nunca encontrarás a nadie que te quiera tanto como yo te he querido a ti.

De vez en cuando...

De vez en cuando...

         ... me sucede. Voy andando por la calle y mi habitual respiración, sistemática e inaudible, interrumpe su ritmo, entonces doy una respiración profunda, honda, concentrada y justo, en ese momento, es cuando, como si hubiera despertado de un bonito e idílico sueño, tu figura que imperceptiblemente estaba soñada en mi mirada, se difumina en el aire.

Un por qué

Un por qué

       ¿Por qué si me siento para escribirte no eres capaz de escribirme cómo te sientes?

A un GPS

A un GPS

         Hoy quiero dedicar mi agradecimiento a un GPS muy especial, incluso antes de que se inventaran los mismos, guió mis pasos, habilidosamente, superando obstáculos, socavones y dificultades hasta conducirme a ti.

         Desde entonces el giro monótono de la tierra se transformó en el de un Tiovivo divertido en que disfruto contigo; el aire, incluso en el más crudo de los inviernos, tiene olor renovado a primavera; y el corazón en algo más que un músculo que late para convertirse en ese sano esfuerzo cotidiano de conseguir que palpite a la vez que el tuyo.

Sacudida

Sacudida

        Aún hoy no estoy segura si aquel placer y sacudida tan intensa que recorrió todo mi cuerpo, aquella primera vez que estando juntas, me mordiste mi pezón, se debieron a la sensación de tus dientes, incrustados en él mismo o al seductor parpadeo de tus pestañas, estilizadas, negras y hermosas, que le acompañó.

Descubrimiento

Descubrimiento

         Hoy yendo de excursión por el campo tuve la ocurrencia de luchar contra esa pared de granito a pecho descubierto, mientras me acariciaba un sol rugiente. Mis manos ayudadas de mis pies y en ocasiones de mi pecho se aferraban al granito. En un momento determinado estuve a punto de soltarme cuando, lúcidamente y no exento de cierto espanto, descubrí que el granito respondía al contacto de mis dedos y de mi piel con una pasión mucho más viva, que la que tu me habías devuelto, aquella mañana, al despertarnos.