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AIRES ABIERTOS

Las dos

Las dos

              Me gustan tus dos columnas, turgentes, envueltas en carnes, que se alzan, perpendiculares al suelo. Su visión engalana mis sentidos. Me gusta contemplar sus líneas vivas que serpentean creando una imagen atrayente y seductora. Me gusta ver como las formas de tus muslos se encogen sobre sí mismas a medida que descienden hasta diseñar con maestría artesana tus tobillos. Me gusta ese brillo envidiable que desprenden, el reflejo en ellas del sol del verano, su color de caramelo que excita mis papilas, la suavidad de su tacto que enciende la lumbre de mi deseo. Sentir cuando se abren para acoger mi cuerpo y me ciñen la cintura, sintiendo como su íntimo contacto me alborota, mientras me pierdo por tus lindes.             

           Me gusta cómo se alzan elegantes y prietas sobre tus zapatos y ese movimiento sensualmente oscilante que provocan a tu cuerpo cuando te acercas a mí.  Me gusta como al desprenderte de los tacones, tus talones descienden sobre el suelo arrastrando, tras de sí, a tu cuerpo; admirar tus pies y acariciar muy lentamente tus dedos, sorberlos en mis labios de uno en uno, mientras mis manos palpan tus extremidades de arriba abajo…             

            Sí, decididamente, me encantan tus piernas…¡las dos! 

Envuelta en papeles

Envuelta en papeles

            Marcos volvía a casa tras una larga jornada. Aún desde el coche, llamó a Isa, hoy celebraban su primer aniversario viviendo juntos, pero aún notaba su nerviosismo adolescente cuando escuchaba su voz al otro lado del teléfono.

 -¿Cómo estás?

-Envuelta en papeles-le respondió ella con esa voz sensual que la caracterizaba.            

              Hubiera querido preguntarle algo más, pero la falta de cobertura, en aquel instante, se lo impidió. Pero él la conocía bien y, sin duda, sabía que le habría preparado una velada inolvidable. Una cena romántica y elaborada y, lo mejor, alguna propuesta elaboradamente erótica a las que Isa, para su alegría, era muy aficionada.            

               La larga hilera de vehículos con los que se cruzaba, le alumbraban por un instante, mientras su imaginación jugaba distraídamente con el críptico mensaje de Isa. Se la imaginó desnuda, con esa piel blanca y sedosa que brindaba diariamente a sus caricias. ¿Habría ocultado, juguetonamente, sus desnudeces entre papeles? Y en ese caso, ¿qué papel habría usado?  Descartó el papel de lija, que en los apretones podría raspar la piel. ¿Sería un papel de estraza? No, que es demasiado basto. ¿Sería un papel de regalo con un lazo de color? Seguro que no, él estaba acostumbrado a romper esos papeles sin mirarlo y ella, probablemente, buscaría algo que detuviera su mirada. ¿Tal vez un papel pintado? Haría juego con el maquillaje que tan mimosamente se ponía y sobre todo con esos labios rojos, cuyo color él deslucía con la fruición rozada de sus labios. Quizás fuera un papel charol, así iría conjuntada con esos zapatos de charol de largos tacones, en los que se alzaban sus piernas estilizadamente a modo de dos columnas dóricas. No, seguramente estaría envuelta en papel de seda, es el que mejor le vendría además de que trasparentaría leve y sensualmente su cuerpo.         

           Terminaba estas reflexiones cuando subía los escalones impelido por el hambre, simultánea, de comida y de Isa. Al abrir la puerta se llevó una gran sorpresa. Su mesa de despacho estaba cubierta de una montaña de papeles tras la que asomaba la figura ojerosa y despeinada de Isa, embutida en un chándal. Fue tanto su desconcierto que la primera que habló fue ella: 

-Hola cariño, como te dije, aquí estoy envuelta en papeles, mañana tenemos una auditoría y tengo que estar trabajando toda la noche para ponerla al día. En la mesa de la cocina tienes  pan y un papelón con choped  para que te prepares un bocadillo- y tras un leve beso, siguió trasvasando papeles de un lugar a otro de la mesa.            

          Marcos, no dijo nada, y aunque súbitamente pareció desaparecerle el hambre, se preparó un bocadillo y se sentó frente a la televisión, masticando con extrema lentitud mientras veía “Supervivientes”.

Haciendo un trío

Haciendo un trío

        Sí, ya llevaban mucho tiempo haciendo un trío en la cama...y no les iba mal. Ella, él y el tedio. Los tres tenían repartido su espacio y sus funciones. El tedio siempre en medio participando a partes iguales de El y de Ella, pero sobre todo de la relación entre ellos. No sabríamos la razón, pero tal vez fue aquel rayo de sol del amanecer que entró por la ventana el que estuvo a punto de romper aquel consolidado equilibrio. El cabello de él brilló por un instante y ella asomando su mirada por encima de los hombros del tedio, lo miró como hacía años que no lo hacía y estirando la mano por el espacio infinito que los separaba acarició levemente su cabeza. A él no le pasó inadvertido aquel gesto y sintió que esa fuerza olvidada le endurecía aquel miembro que indisolublemente le acompañaba. Cuando ella observó la potencia de aquella dureza ¿asustada? recogió su mano para colocarla en su lugar habitual.

       El tedio que por un instante se había levantado de la cama, se acostó, de nuevo, sobre el colchón y volvió a instalarse, cómodamente, entre ellos.

Despertar de cristal

Despertar de cristal

       El canto de un gallo lejano y desconocido la despertó. Semiabrió los ojos mientras era consciente de, que aunque había dormido bien, maniobras nocturnas de su insconsciente le habían marcado un dolor que se extendía por todo su cuerpo. Tuvo esa tentación, con sabor a vieja reminiscencia, de buscarle a Él por la cama, para que le aplacara aquel sufrimiento, pero el sonido lejano de la televisión, indicándole que ya había Él resbalado de la cama, le hizo cesar en aquella búsqueda imposible.

      Su cuerpo se desparramó por el colchón, sediento de sensaciones y perdido en aquella cama sin rincones ni recovecos. De su interior salieron gritos silenciosos, que nadie podía oír, pero que atronaban sus oídos provocándole ramalazos de desesperación. Se desprendió del camisón, que parecía quemarle al contacto con aquella piel que semejaba estar en carne viva y se sintió mejor al percibirse desnuda en la penumbra del amanecer.

       Poco a poco sus poros se fueron abriendo y aprehendiendo todas las sensaciones de que era capaz. Primero del aire que la envolvía, después de esos variados momentos dulces, atrapados en su recuerdo, y al fin de dedos invisibles, dedos sanadores, que atenuaban, aunque fuera de manera imperfecta, esa ansia de su piel.

         Optó por evadirse por aquel resquicio que su imaginación le brindaba y mientras los dedos dibujaban figuras de seda a lo largo de toda su piel, su mente viajaba a ojos luminosos, a labios jugosos, a manos hábiles y a un miembro inolvidable, reales o imaginarios, con nombres o anónimos ¿qué más daba? Los dedos seguían caminando, por sus caminos epidérmicos, sin prisas, reconociendo sus resaltes y deteniéndose en sus honduras, creándole una impresión, al principio levemente agradable que como una bola de nieve que se desliza por una montaña, finalmente le provocó un alud de temblores que se transmitieron hasta el suelo por las patas de la cama.

         Dio dos respiraciones profundas, mientras aquel dolor calmado se transformaba en secreciones de distintos aspectos. Por un lado la que ahora pendía de sus dedos húmedos con olor a ella, por otro el sudor que afloraba y salaban sus labios y unas lágrimas que, entre dulces y amargas, como perlas de cristal estallaban al caer al suelo.

          Se levantó de la cama, ahora su cuerpo desnudo, le parecía estar cubierto de telas. Se lavó la cara  y se observó al espejo esbozando una sonrisa en la que no le pasó desapercibida un rictus de amargura. Se peinó y salió del cuarto de baño dispuesta a afrontar ese nuevo día.

Reflejos

Reflejos

Quiero sentarme a tu lado

resbalándote mi cuerpo,

deseoso y desnudo

por tu piel de caramelo.

y despertar tus sentidos

con mis brasas tu fuego.

Rescatar mi vista,

de ti mi reflejo,

saborear los dulzores

de todos tu recovecos.

Meciéndonos en el aire

entre minutos eternos,

esos que paran las horas

y nos detienen el tiempo.

Mis regalos

Mis regalos

Es tiempo de regalos y dádivas, de sorprenderte con algo que te guste y te alegre. Difícil empeño y es que no suele ir  parejo a su precio en euros sino a su valor en cariño y este es difícil de medir. .De todas formas, intentaré acertar contigo, he aquí mi lista de regalos:

 

-Un frasco de aroma de azahar de una tarde de primavera andaluza.

-Un arrumaco como sólo sabe darlo la brisa cuando navegas en aguas plateadas.

-Unos pasos, que consigan caminar sincronizados junto a los tuyos, ni más rápidos ni más despacio.

-Una cinta que se pueda rebobinar a voluntad, donde están impresas aquellas sensaciones que brotaron en ti con mis primeras caricias.

-Un despertador, que nunca atrasa, y que te despierte con besos suaves que se extienden por tu cuerpo.

-Un vestido de fiesta, de color amarillo otoño, para ponértelo cuando nos veamos.

-Un libro con las hojas en blanco en el que podamos escribir y compartir nuestras líneas cotidianas.

-Un muñeco de nieve de los que no se descongele con la sonrisa perennemente congelada en la que se refleje la tuya.

-Un bote de “limpiatodo”,  presto a quitar esas inevitables manchas oscuras que aparecen en tu horizonte cuando las circunstancias te son adversas.

-El murmullo melodioso del chorro de una fuente en una noche de verano de luna llena.

-Una mano, que detecte cuando tienes la necesidad de que agarre a la tuya.

-Un boleto de entrada, a esa fiesta continua que originas en mi corazón

-Y un regalo repetido, pero con el que estoy seguro de acertar, una caja donde he depositado trescientos sesenta y seis besos, en forma de mariposas, de distintas formas y colores para que durante todo este año y diariamente, aunque yo esté lejos, puedas en cada uno sentir mi cercanía.

 

Sorpresa...

Sorpresa...

         Quien entra habitualmente en este rincón un poco escondido de la blogosfera, ya lo conoce. Es un sitio donde sin mucho ruido ni alharacas, doy rienda suelta a mi pasión por las letras y el dibujo a los que intento aderezarles unas dosis de sensualidad. No suele entrar mucha gente, no es un lugar conocido ni famoso como esos grandes blogs, algunos, incluso, publicados posteriormente en libros y ni siquiera suele ser habitual que me dejen comentarios.

          Pero ayer ocurrió algo extraño, de pronto las estadísticas empezaron a dispararse y en un día las visitas se multiplicaron por quince. ¿Qué había ocurrido, para que de pronto este recóndito y humilde lugar se atestara de gente como si estuviéramos en la plaza del pueblo en un día de mercado? Hoy navegando por la red, encontré la respuesta a esta pregunta. En un artículo que publica el periódico El Público ha sido citada esta página y, además, hay un enlace a la misma, incluyéndolos en los que llama erotiblogs. Al publicarse en un periódico nacional, este lugar de "aires abiertos" se ha hecho "famoso", por un día...

           Quien decide entrar aquí es como si quitara el vaho del cristal que lo separa del resto de la web, para acercarse y ver en la interioridad de esta página. Pero una duda me sigue quedando, tod@s l@s que entran, lo hacen de manera esporádica y sorpresiva viendo un blog al que nunca entraron, pero ¿qué perspectivas se le han creado tras leer el artículo? ¿Les habrá gustado este rincón o, más bien, les habrá decepcionado?

Contradicciones

Contradicciones

        ¿Por qué serás que basas muchas de tus esperanzas en mis contradicciones?, me preguntabas con esos ojos picarones de quien conoce perfectamente la respuesta.

Capricho

Capricho

         Es sorprendente lo que yo llamaría radiografía del capricho, especialmente en estos días donde la vorágine consumista se apresta, especialmente por esas convenciones sociales, a hacer de las suyas. Convivimos el día a día de nuestra vida con los picos, más o menos soportables, de nuestros deseos, pero...¡sobrevivimos!

          Un día, sin saber cómo, surge y toma formas en nosotros el capricho, puede ser por una recomendación de un amigo, por un anuncio que nos sorprende, por una imagen que se nos evoca, ...y se convierte en un deseo que nos acucia, que nos absorbe,...¡ya no seremos feliz hasta que tengamos ese capricho! Y sin apenas conocerlo sin haber escuchado hablar antes de él, ahora se convierte en la fuente primigenia de nuestros deseos, en el objeto único de nuestros anhelos y en el centro de nuestra vida. Ese algo preside nuestros sueños y, con más razón nuestros despertares. Desconocemos cómo pudimos vivir antes sin ello, porqué ahora se ha hecho tan insustituible, cómo en nuestra vida hay un antes y un después a ese momento.

       Y, cuando me miro al espejo, yo que me creía tan diferente a todos esos que corren en pos de algo que les llene, me he contemplado igual a ellos, incompleto, deseoso,... Podías aconsejarme, probablemente con simpleza, que no me atormente que teniendo en cuenta estas fechas, tengo la ocasión de pedirlo en mi carta a los Reyes, que probablemente no sea tan caro y pueda conseguir colmar y calmar mis ilusiones a partir del día 6 de enero.

           Pero no, ¡es mucho más complicado de lo que imaginas! No es algo que se pueda adquirir, ni siquiera tiene precio y su valor es tan incalculable..., como que ese anhelo... ¡eres tú!

Méceme

Méceme

Méceme,

en la quietud de tus olas.

Envuélveme,

en los besos de tu aire.

Cúbreme,

con la seda de tus caricias.

Dórame,

con los rayos de tu pasión.

Suéñame,

en la mejor de tus fantasías.

Esfúmame,

el rastro de mis miedos.

Confúndeme,

contigo que ya eres yo.

Ámame,

la mitad de lo que yo te quiero.

Y con todo eso, tan simple,

seré inmensamente feliz.

Dos amigas

Dos amigas

        Desde que éramos casi adolescentes mis ojos se fijaron en tu piel, en esa blancura brillante con la que me deslumbrabas. Nuestras miradas empezaron a besarse en el aire sin que supiéramos muy bien el por qué. No estábamos preparadas para ello, ni tampoco para decirnos adiós cuando la vida impulsada por el entorno nos separó. Y sufrimos el desgarro de la distancia unido a esos otros desgarros inconfesables en que nos sumieron los "bienpensantes".

         Pero un día, siempre hay que confiar en esos regalos sorpresas de la vida, nos volvimos a encontrar. Ahora podíamos ser nosotras mismas... Aquella timidez inicial del reencuentro no tardó en ebullicionar todo aquellos sentimientos dormidos durante tantos años. Y las miradas dieron paso a sonrisas, éstas nos acercaron hasta que nuestros cuerpos mutuamente electrizados necesitaron su cercanía. La habitación rebosó de caricias, primero con la levedad con que lo hace las alas de una mariposa, luego con esas otras de  violencia creciente y gustosa que produce la pasión provocando placeres de imposible descripción.

         Nuestros labios mezclaron lo mejor de sus sabores. Mis dedos en lento devenir acariciaron y moldearon tus pechos y me gustó,por primera vez, el sentir entre mis dedos unos pechos tan redondeados y diferentes a los míos, lo que me lo hacían más gustosos. Me excitó el contemplar desde arriba tus piernas abiertas para mí y en medio tu deseada rendija cuya humedad, saliendo al exterior, era reflejada por la luz de la lámpara. Mis labios se acercaron a gustar el dulzor de tus interioridades hasta que sentí como te agitabas con temblores de placer que acompasaron tus gemidos.

         Ahora, sólo nos queda abrazarnos muy juntas, cerrar los ojos y dormirnos sabiendo que el amanecer de mañana será el comienzo de una nueva vida en que vamos a sentirnos mucho más cerca y, probablemente, más vivas.

Hoy es buen momento...

Hoy es buen momento...

...para, aprovechando la luz de la mañana, colarme por ese resquicio, que dejas habitualmente abierto entre las hojas de tu ventana para que entren las ráfagas de aire nuevo. Ayer tu vida se introdujo en la noche hasta esas horas en que los murciélagos ya bostezan y cuando te acostaste el peso, de tan largas horas de vigilia te hundió con rapidez entre las sábanas.

    Es buen momento para colarme en la habitación y disfrutar de la quietud que tu sueño imprime al ambiente. Escuchar el rumor sonoro y lentamente acompasado del aire, que expulsas acariciando la roja carnosidad de tus labios que se descuelgan con levedad. Admirar esas curvas naturales que dibujan mimosas las sábanas y que destacan sobre la planicie del colchón. Acariciar con mi mirada tus hermosos cabellos negros encrespados graciosamente por los involuntarios movimientos del sueño, que trazan líneas oscuras caprichosas sobre tu rostro. En tu cara destacan la galanura de tus pestañas que con abrazo avaricioso se cierran sobre sus colegas  inferiores para proteger con mimo a tus ojos, siempre vivos, de cualquier resquicio de luz.

     Deslizo hacia abajo con movimientos de brisa las sábanas y el espectáculo de tu cuerpo armonizado, desprovisto de esas telas que te atan para dormir, hace tañer toda una melodía en mi interior. Mis manos se acercan a ti y sin tocarte, para no romper el estatismo de tu imagen, te acarician de pies a cabeza, mientras un placer silencioso me devora por dentro. Me deleito mucho tiempo en esta labor, hasta que guarezco de nuevo tu cuerpo bajo el diseño protector de las sábanas.

     ¿Es cosa mía? Pareces sonreirme desde tu sueño...atrapo al instante esa sonrisa y, aprovechando el impulso de sus alas, salgo por el resquicio en que entré, y vuelo hasta más allá de las estrellas.

Caminando juntos

Caminando juntos

         No es extraño que aún me envuelva el aroma almizclado de nuestro encuentro. Un imposible sueño que tomó cuerpo en las líneas de la realidad. Un deseo cumplido en colores que van más allá de los que incluyen el arco iris. Los besos, que inauguraron nuestra ansiada cita, abrazaron nuestras pieles, ausentes durante mucho tiempo del otro. Y durante unas horas, como un islote en medio del océano, el cielo oculto por la niebla se llenó de luminosidad. Nuestras palabras cruzaron el aire, unas en formas de sonido, las más silenciosas, a través de las miradas.

        Caminamos juntos, construimos esperanzas y, sobre todo, disfrutamos lo que es el sentirse bien cuando se está al lado de alguien muy especial. En nuestro adiós nuestros labios parecieron quedarse pegados con esa sensación paradójica de rebosar de alegría y cargar con la tristeza de poner en marcha un reloj que empezará a contar los minutos hasta esa, nuestra, próxima vez, ¿quién sabe cuando?, en que nos volvamos a encontrar.

Frente al tablero

Frente al tablero

            Hace años que nos enfrentamos frente a frente sobre este tablero, tantos que ya los cuadros blancos están amarilleando. Elegiste jugar con las piezas negras, ya en eso debí captar tus aviesas intenciones. Me dejaste las blancas ¿quizás para que destacaran sobre sus colores la siempre oscura finalidad de tus jugadas?

 

            Tus piezas marcaban estrechamente a las mías y cada una de mis jugadas, yo pensaba inicialmente que felices, tarde o temprano las enturbiabas certeramente. Los peones minúsculos pero aparentes los derrotabas sin piedad. Mis alfiles lánguidos y altaneros eran desintegrados por tu pericia. La aparente fortaleza de mis torres las desmoronabas piedra a piedra. Los caballos brincaban con agilidad desplazándose con gráciles movimientos hasta toparse con la altura de tu muro que fueron incapaces de saltar. Mi reina ante la tuya quedó convertida en ilustre fregona. Y mi rey…mi rey es el único que siempre aguanta a tus continuos y persistentes embates. Ese rey resiste, “querida” Soledad porque en mi desnudez es lo único que me queda.

 

            Pero algo ha ocurrido, no te diré qué, para que no puedas prevenirte. No te salvará ni el más hábil de tus enroques. Por primera vez en todos estos años de partida contigo, Soledad, miro tus piezas y por primera vez veo que, para vencerme, las tienes pero que ¡muy negras!

 

Ondulaciones

Ondulaciones

        El cuerpo humano está lleno de curvas y ondulaciones, unas más redondeadas y otras sinuosas, unas son relajantes, otras ayudan a acurrucarse, las hay que despiertan sensaciones ardientes y encienden la pasión, pero otras como éstas hacen brotar mi capacidad oculta de ternura.

Dos tazas

Dos tazas

          Dos tazas circulares, repletas de café humeante, que depositadas sobre sus respectivos platos, semejan dos pupilas oscuras o, si la mente vuela más, dos pezones oscuros que sobresalen acicalando el instante. Tazas que sirvieron de excusa para sentarnos, los dos, en torno a una mesa sin esquinas y en ese determinado instante en que coincidieron nuestras vidas. Dos tazas que parecen imantarnos hacia el centro de la mesa, olvidando todo el resto del mundo que sale de aquellos múltiples círculos. El café humea y sus volutas hacen danzar las líneas de tu rostro en sinuosos movimientos que iluminan la luz con la que tus ojos me enfocan y acompasan la exquisita largura de tus negras pestañas.  

           Mis dedos inician un inaudito viaje por la superficie de la mesa, intentando salvar esa distancia que nos separa, pero antes de llegar al final se encuentran con los tuyos. Tamaños muy diferentes de nuestras manos pero que al sentirse se funden con facilidad, se complementan aderezadas por ese aroma de café que tiñe el aire. No sé que sientes tú, pero yo capto la suavidad de tu piel que eléctricamente sacude todo mi cuerpo. Nuestros labios, a distancia, palpitan de deseos inconfensables, imaginaciones desmedidas, de sentimientos que rebosan. De ellos brotan palabras que se anillan en conversaciones mitad adolescente, mitad adulta; mitad ingenua, mitad sabihonda. Piropos que se besan por el aire y las otras manos que se abrazan ahora. Los dos cafés, en medio, se agitan con tanto movimiento a su alrededor.

         Y el tiempo pasa y ellos quedan hasta que rumor silencioso de unos trinos lejanos nos hacen aterrizar devolviéndonos a la realidad. Y nuestros cuerpos se alzan al unísono, se derraman unas gotas de café sobre la mesa, cuando el tiempo desaparece extenuado. Esta vez se encuentran nuestros labios y un beso intenso los funde arrancándose lágrimas secas de despedida.

          Entonces, es cuando no tienes más remedio que irte, las tazas se quedan solitarias o, mejor dicho, mutuamente acompañadas y es cuando me confiesas que nunca te gustó el café, que prefieres el té.

Manual de instrucciones

Manual de instrucciones

         Hay días en que no estaría de más, para afrontarlos adecuadamente, un manual de instrucciones, aunque fuera tipo Ikea, porque parece que se nos introducen por detrás como si nos metiéramos un gran supositorio, pero, justo, al revés.

Esos dos

Esos dos

-Cuando me decías que los tengo preciosos, pensaba que te referías a mis ojos. Pero ¿por qué, entonces, me lo decías mirándome hacia abajo?

La sombra de ojos

La sombra de ojos

-¡Cómo me mira ese tipo! Y no me extraña, mira que le dije a mi madre que no me regalara esta sombra de ojos, color champagne, tan llamativa...

Fregando

Fregando

                                                                              (dibujo de Angel Arias)

               Disfruto fregando, pero eso no ha sido siempre, sino desde hace seis meses. Aquel día cenamos en mi casa los cuatro, nosotros y nuestras respectivas parejas. Yo no podía quitarte ojo de encima, a pesar de que te miraba sólo a hurtadillas. Estaba terriblemente excitada con ese morbo de comer a tu lado, actuando como si sólo fuéramos buenos amigos. Fue al terminar la cena cuando dije que iba a fregar los platos en la cocina, a lo que tú con un guiño cómplice te ofreciste a ayudarme, siguiéndome a la cocina, mientras nuestros cónyuges quedaron en el comedor charlando y preparando la mesa para el café posterior.

 

            Tras mis pasos por el pasillo escuchaba, con nerviosismo, los tuyos que me seguían envueltos en esa colonia que te había regalado por tu cumpleaños y que me volvía loca como retornaba a mi nariz desde la superficie de tu cuerpo. Llegamos a la cocina y tras dejar los platos en el fregadero, sentí tus brazos que me rodeaban con una ternura que me derretía, a la vez que una lluvia de besos me salpicó mi cabeza hasta que tus labios aterrizaron como un explosivo obús, así los sentí, sobre los míos.

 

No teníamos mucho tiempo…y lo sabíamos. Abrí el grifo y el agua fluyó límpida y salvaje sobre los platos, te apretaste contra mi cuerpo, tampoco había mucho sitio allí y nuestras manos disputaron la suciedad de aquellos platos para terminarlos cuanto antes. Nuestros dedos humedecidos por aquel chorro bailaban sobre la loza, se entrecruzaban, se acariciaron, se arañaban, extrayendo sensaciones concentradas que nuestros cuerpos modulaban para que no se perdieran más allá. La presión de tus manos me hacía sentir tu calor, tu cercanía y tu ternura que inoculabas hasta mis huesos. Aquellas corrientes fluían como meandros por la superficie de tus manos, zigzagueando entre tus venas y desembocando hacia las puntas que trasmitían a las palmas de mis manos que abiertas recibían en ellas el agua con parte de ti.

 

Los platos fueron depositándose brillantes sobre el escurreplatos. En el comedor escuchábamos a lo lejos la charla que se desarrollaba y, al fin, el último salió del fregadero. Entonces como si fuera una señal, tomaste mis dedos con tu poderosa mano y, sin decir una palabra, acercaste mis manos a tus labios. Tus besos mimosos la llenaron de saliva, sin dejar ningún resquicio seco y luego, con suavidad cada uno de mis dedos, muy lentamente fue desapareciendo en el interior de tu boca. Cerré los ojos mientras me excitaba y sentía tus dientes, tu lengua jugosa que se enredaba en ellos, jugueteando. Me sentí a gusto explorando ese sensual lugar, recorriendo tus encías e, incluso, acariciando tu campanilla. Mis dedos salieron con un sabor a ti que me encargué de paladear, mientras tú me ponía de espaldas al fregadero y yo me dejaba hacer. Tu brazo izquierdo me rodeó la cintura y el ruido inequívoco de tu cremallera acarició mis oídos, te había hecho caso y no me había puesto bragas para aquella cena y entonces fue cuando me levantaste la falda y sentí tu sexo poderoso, que como sin buscar encontró con rapidez mi hueco húmedo, que con ansia le anhelaba. Fueron sólo unos instantes, enseguida nos echarían de menos, y en poco más de cuatro leves empujones, me sentí llena de ti y mi sacudida, con silenciador, no evitó que los platos entrechocaran unos con otros en el escurreplatos. Dos minutos después, yo con el pelo atusado y la falda estirada, nos sentábamos los cuatro a tomar café.

Desde aquel día el momento de fregar es un rato “diferente” para mí y, sobre todo, cuando lo hago con agua caliente, no encuentro ninguna diferencia entre la humedad de mis manos y la existente, en ese instante, entre mis piernas.