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AIRES ABIERTOS

Necesidades

Necesidades

Necesito tu mirada luminosa.
Necesito que me ilumines con tu sonrisa.
Necesito tu abrazo acogedor.
Necesito la suavidad de tus caricias.
Necesito tu apoyo incondicional
Necesito el acompañamiento de tus pasos.
Necesito que me modeles con tus manos.
Necesito que me rodees con tus brazos.
Necesito que me abaniques con tus pestañas.
Necesito que tus pies caminen a la vez que los míos.
Necesito las vitaminas de tus jugos íntimos.
Necesito  perderme entre tus piernas.
Necesito reposar sobre tus pechos.
Necesito que tus curvas ondulen mis días.
Necesito que nuestros corazones latan al unísono.
Necesito saber que estás ahí.
Te necesito…¡a ti!

Cada mañana

Cada mañana

Cada mañana

me despierta tu nombre

engarzado con guirnaldas

a través de la ventana.

 

Bajo a la acera,

me acompañas

y persigues

aunque yo no quiera.

                

Me esfuerzo en olvidarte,

en que te lleve el aire

y desaparezcas,

en no recordarte. 

  

Insistes machaconamente,

las nubes dibujan tu cara,

los árboles tu cuerpo deseoso

y tu aire sensual ahoga mi mente.   

He olvidado tus desprecios,

las muchas espaldas

que me diste

y tus indiferentes silencios.  

  

Sentir tus caricias aún me parece,

el sabor de tus labios,

el rumor de tus palabras en mis oídos

y mi nostalgia que crece. 

¿Por qué este lastre y esta carga?

¿Dónde conseguir un pincel

con que borrar esta ristra de recuerdos

que me atrae y amarga?  

 

Todo el día me acompañas

agujereándome el ánimo.

Y cuando al anochecer

me encuentre con la almohada

sólo espero que al despertar

no vuelva a recordarte,

de nuevo, en la mañana.

Planetas distintos

Planetas distintos

            ¿Sabes cuando me di cuenta que habitábamos en planetas muy diferentes? El día en que insistiendo en que me acariciaras porque me apetecía mucho, me respondiste:

-¡Qué manía con que te acaricie por "debajo"! ¿Y no se pueden sustituir por caricias sólo por "arriba"?

Conociéndote

Conociéndote

          Dicen que la memoria es una de las cosas más necesarias para acariciarnos por dentro cuando sabemos orientar los recuerdos. Entre los recuerdos que guardo de una manera muy especial fue el del día en que nos conocimos. No fue una cita pero tras varios meses de charla y afecto, al fin, sin ni siquiera quedar nos encontramos en un lugar de mucho calor y sumidos en el mismo viento. Rodeados de mucha gente y sin esa intimidad que nos hubiera apetecido en un primer encuentro. Tampoco es muy normal en esta primera vez que nos veíamos el encontrarse uno frente al otro y casi desnudos, con esa piel tuya reflejada por el sol, lanzando destellos que mis ojos se ocupaban de aprehender. Cuando te pusiste de pie y brindaste tu melena al viento todo tu cuerpo se expuso ante mí, me puse a mirarlo con ese descaro que sólo es posible tener, sin que se molesten, en el metro frente al que se sienta enfrente tuya, mientras levantaba la vista de libro que como mera justificación sostenía entre mis manos. También supe que cuando me levanté ante tus ojos era como si me estuviera exhibiendo y bien te encargarías tú, ya me habías avisado, de descubrir sobre mi piel escrita esas palabras que no se dicen en el ordenador. Nuestras sonrisas fueron disparadas a ráfagas y algunas se entrecruzaron por el aire e hicieron diana.

   Fue cuanto te introduciste hacia ese punto de encuentro no marcado, dejando el libro te seguí, mientras mi mirada jugaba con las oscilaciones de tu cuerpo. Era la primera vez que estábamos tan cerca como para que pudiera sentir tu respiración tanto por el sonido como por la visión hermosa de tus pechos que se hinchaban seductoramente al llenarse de aire. El viento me trajo por primera vez el sonido de tu voz, muy distinta a como imaginaba. Pero ¿es que se puede imaginar una voz? Pude ver, entonces, las pecas que adornaban pícaramente tu cara y por un instante, y como buscando una excusa, me hubiera gustado acercarme lo suficiente como para borrarlas una a una con mis labios y que tus brazos se asieran a mi alrededor como los tentáculos de un pulpo. Y en ese momento me sentí flotar.... Me di cuenta, entonces, que estaba terriblemente húmedo, no sólo por abajo sino de pies a cabeza. El sol, entonces, ajeno a todo aquello comenzó a declinar y desapareció ya con sus colores lindamente desvaídos tras el horizonte. Fue cuando abandonaste aquel rincón del mar, y saliste hacia la arena como una sirena, con tus rizos destruidos por el agua acariciando con suavidad tus hombros. Secaste todo tu cuerpo con estudiada parsimonia, deseé ser  tu toalla, y echando una última mirada al mar, en donde yo seguía, recogiendo tus cosas de la arena y poniéndote un escueto vestido te fuiste de la playa. Yo, entonces, en el agua todavía, dejé de flotar y me hundí hasta sentir el fondo bajo mis pies.

 

Despertándome

Despertándome

   "Eres el primero que te despiertas y el último que te levantas", me dijo antes de desaparecer por la puerta del dormitorio. Mi cuerpo quedó desnudo sobre la cama, invadido por el deseo y mutilado por la frustración de no sentir sus caricias. ¿Se puede tener un cuerpo más encendido que el mío? Tantas horas separado del suyo por unos escasos milímetros cuya dificultad en atravesarlo es mayor que cruzar el oceáno Atlántico. Sentir que la pasión te arrastra y sentirte, en compañía, pero paralizado y solo.

   No es extraño, pues, que al encontrarme ahora en verdad solo, pensara en ti. Que sorprendentemente mis sueños se hicieran reales y te sintiera a mi lado acariciándome, liberando esa opresión con tus labios que semejaban amaneceres de los que rompen la oscuridad. Cada vez más a gusto...hasta que un instante antes de desmayarme en una explosión de placer, vi tu cara abrazándome con una sonrisa.

El humo de tu cigarro

El humo de tu cigarro

      No puedo olvidar el humo de tu cigarro como creaba caprichosas volutas de seda en el aire... Mi cuerpo desnudo salpicado de gotas de sudor, exhalando el olor de tu piel, saturado de ti y exhausto de placer, tendido sobre las sábanas arrugadas de una cama deshecha. Mi mano cansada de acariciarte retozaba de manera mimosona por tu cuero cabelludo que se estremecía al contacto con las yemas de mis dedos. La espera para que llegara aquel instante había sido interminable, la llamábamos la espera de Peter Pan, porque era la de "nuncajamás". Y ahora todos aquellos años, tras habernos encontrado, han quedado en mi recuerdo reducido a un leve instante. Siempre imaginé cómo sería el día que nos encontráramos y en que, por primera vez, nuestros cuerpos concluyeran esa larga conversación que hemos derramado en tantas palabras. Pero ni en el mejor de mis sueños supuse que sería algo así.

      Mientras pienso, de tus labios entreabiertos, escapa el humo difuminando como en niebla tu sabrosa lengua, juguetona y placentera con la que me has hecho escalar las inimaginables cimas del placer. Pareces adivinarme el pensamiento y tu lengua recorre el camino del subida del pubis hacia el ombligo, mientras tus ojos destellantes de luz alegre me miran picarones y deseosos, pareces querer desnudarme más de lo que estoy. Me gustan tus manos finas...sobre todo la derecha en la que ahora sostienes el cigarro y hace no mucho tiempo me sostenías a "mí". Tus dedos verdaderos artistas de la caricias acercan el cigarro a esos labios finos, aún siento en los míos como si parte de los tuyos se hubieran despegado y desde ahora, estoy seguro, me acompañaran para siempre.

       Me gusta verte así, boca abajo con tus pechos coronados por esos grandes pezones que tienes, aún enhiestos, debe ser que después de estar tanto tiempo así se han acostumbrado a mantenerse. Y miro ese culo respingón de piel de marfil ondulando curvas hacia tus piernas, esas mismas piernas redondeadamente duras que se agarraban en torno a mi cuerpo como temiendo que me separara de ti. Tu mano libre se pone a escribir palabras de amor sobre mi pecho, mientras noto por abajo tras el esfuerzo que he realizado que aún queda un leve soplo de placer, que estás atrayendo con estos simples gestos.

      El cigarro se va terminando y como tocada por un terremoto toda tú oscilas y te apoyas para levantarte, la visión de tu cuerpo, de pie, deseoso, desnudo, queda impregnado para siempre en mi retina. Aunque siempre he odiado el tabaco, no es extraño que no pueda olvidar nunca el humo de tu cigarro.

Haiku

Dos labios muertos

en el aire se cruzan,

vuelan unidos.

 

Caricias

     Hoy el cambio de hora ha actuado sobre mi cuerpo y al despertar me he sentido invadido por la caricia irresistible de la primavera. Eso ha hecho que mi sensibilidad se crezca como un baobab y mis poros rezumen anhelos de sentir. Me lancé a la calle, ojos encogidos por el brillo irresistible de los rayos solares y, si cabe, el olor penetrante y sensitivo del azahar me abrían aún más el deseo de acariciar y ser acariciado. Te eché mucho de menos y me embargaron deseos de sentir tu piel pegada a la mia, tu cuerpo recogido entre mis brazos, tus labios entrecruzándose con los míos mientras pronunciábamos palabras mudas de amor, mi cara restregándome  contra tu cuello inabarcable y tembloroso, mientras nuestras manos curiosas, atrevidas y juguetonas escriben una larga historia sobre el cuerpo desnudo del otro.

Descorchando

Descorchando

Hoy me gustaría descorchar el tapón que me oprisiona. Sacar fuera a borbotones mi pasión, olvidarme del quedar bien, de mis ataduras, de todo aquello que desde siempre me limita y me impide ser yo mismo. Me gustaría sentirte tal como muchas veces lo he pensado, sólo los dos, tapando con nuestros cuerpos esas hendiduras por la que se escapan nuestros pensamientos. Dejarnos arrastrar por el placer de hacer disfrutar al otro y estallar como un chorro de vida empapando ese futuro  plomizo que nos amenaza.

Invadido...

     Cuando la oscuridad convierte todo en negro y el único brillo es el de las agujas luminosas del despertador, me dejo caer en el colchón. Extiendo mi cuerpo cuan largo soy, intentando que toda su superficie desnuda entre en contacto con la suavidad de la sábana de seda. Acompaso la respiración, parece que tanto inspiraciones como expiraciones se alargan en el tiempo en la noche. Poco a poco esas múltiples ideas que han bailado por mi cabeza a lo largo del día son absorbidas como por un embudo que las hace desaparecer. Imágenes de personas, sensaciones de mil colores, sonidos desintegrados,...todo ello va acumulándose en esa parte de mí de la que desconozco todo. Me dejo abrazar por el aire cálido que rodea la atmósfera de mi cuarto, algunos de mis poros se van abriendo sin que me dé cuenta. Y veo rostros e imágenes grises, extrañas, mientras....casi sin darme cuenta... me siento invadido por el sueño que toma posesión de mí.

Abrazame...

Abrazame...

Abrázame con tus pestañas,

envuélveme en el aire fresco de tu parpadeo

quiero sentir el beso de tus pupilas

y la caricia de tus cejas.

¡Necesito sentir tu mirada!

Aquel descubrimiento

Aquel descubrimiento

     Ha pasado mucho tiempo, el suficiente como para excusarme si los recuerdos se hubieran difuminado, pero te puedo asegurar que permanecerán en mi memoria sobre muchas vivencias posteriores. Nos conocimos en pleno invierno donde sólo dejabas al descubierto esos ojos y manos con los que me envolviste en tu tela de araña y me sedujiste. Cuando llegó el verano y fuimos a la playa y, sobre todo, te vi con tu bikini, entonces fui cuando descubrí tu ombligo y su cercanía a mí, tornó la seducción en locura.

     Bajo aquel sol de julio brillante, tu hoquedad redonda, minúscula y oscura resaltaba en tu vientre atrayéndome de manera irresistible. Disfruté la mañana y mientras soleabas tu barriga blanca, yo te arañaba cariñosamente aquella protuberancia oculta. Sentía pequeños calambres que a través de mis dedos recorrían todo mi cuerpo excitando, incluso, aquello que ocultaba al estar boca abajo sobre la arena. Cuando te fuiste al agua y mientras veía alejarse tu cuerpo oscilante hacia la espuma de las olas, aún sentía mis dedos electrizados. Al volver, con ese brillo nuevo del agua sobre tu piel, a colocarte en la misma posición tu ombligo aparecía, ahora, cubierto de agua salada. Introduje la punta de mi lengua en su interior, originando en la quieta agua de aquél olas de placer, como si retozones peces brujulearan en sus profundidades. Aspiré el fluido e intenté secarte con lametones que sólo conseguían humedecerlo más.

     Tu piel quedó seca menos aquel agujero. Llegó el atardecer y seguía yo en aquella distraída labor. No sé por qué dijiste que estabas harta. Y en un gesto sorprendente. Te quitaste tu ombligo y me lo diste. Para tí, para siempre; me dijiste con unas palabras que se fueron perdiendo contigo mientras te alejabas hacia el lado opuesto al horizonte.

     No, no olvido tu ombligo, lo tengo bien guardado en un cajón y juego con él de vez en cuando, pero no sería capaz de recordar tu cara. Sin embargo, cuando paseo por la playa sé que te reconocería, sólo tengo que fijarme en una que tome el sol con una barriga sin ombligo.

Una caricia nocturna

Una caricia nocturna

         Era de madrugada. Cuando en la calle se escucha el silencio y en la habitación el sonido de las respiraciones. Me desperté cuando sentí unos dedos que introducidos en mi pijama me acariciaban con fruición. Recorrían y ondulaban mi anatomía inferior, mientras yo disfrutaba de la calidez de sus caricias. Yo estaba en duermevela, sacudido por esa alegría, ya casi olvidada, de la caricia a medianoche, del impulso enajenado que provoca el deseo y del sentimiento de intimidad provocado por dos pieles que así interaccionan.

        Callé y con los ojos cerrados seguí disfrutando hasta que otra sacudida, fruto de una repentina ocurrencia hizo que abriendo despacio mis ojos y con la única luz de la penumbra nocturna dirigiera la mirada hacia mis manos. La izquierda se recortaba en el aire, mientras la derecha... un poco colorada, por haberme conducido al engaño, a pesar de la negrura ambiental salió del seguro refugio del pijama y de juguetear como lo había estado haciendo hasta ese momento, oliendo a ese olor que alguien, un día, me dijo que le enloquecía.

Sólo una mirada

Sólo una mirada

         Hay momentos en que sólo necesitaría observar tu mirada iluminada por el deseo derramándose sobre mi cuerpo desnudo. No me haría falta nada más, ni siquiera que me besaras o tocaras,...sólo eso. Pero cuando vi cómo me mirabas lo único que noté fueron tus ojos velados por la más absoluta de las indiferencias.

Transformación

Transformación

Desde que nuestras pieles se encontraron

la mía de color gris y ceniciento

se ha revestido de un tono brillante

que destella mil colores.

Dame...

Dame...

Dame uno de tus besos de primavera,

necesito volar más allá de las estrellas.

¿Nostalgia en el futuro?

¿Nostalgia en el futuro?

              Veía muchas luces que, bajando frente a mí en la oscuridad de la calle, me deslumbraban. Correspondían a coches que pasaban por mi lado conducidos por figuras desvaídas en la penumbra del amanecer. Probablemente también yo era para ellos una figura borrosa con la que se cruzaban. Y mirando a mi alrededor pensaba, preocupado y triste, por qué me envolvía aquella oscuridad nebulosa. Recuerdos de momentos de pasión, de emociones desatadas, en que nos arrastrábamos perdiendo la consciencia, y que ahora, penosamente, se iban desintegrando en el tiempo.

-¿Qué te pasa? – me dijiste y me desperté sobresaltado, mientras tus dedos empezaron a recorrer con suavidad sedosa mi pecho, creando dibujos invisibles en mi pecho que te respondía abriendo sus poros y erizando hasta la última de sus células.
 

-Nada – te respondí – simplemente soñaba en cómo recordaré estos momentos dentro de muchos años.

         Me sonreíste y tu cabeza fue bajando por mi cuerpo, mientras tu mirada se alzaba hacia  mis ojos, salpicándolo de gotas de purpurina. Cuando, delicadamente, tomaste mi miembro entre tus manos y lo hiciste desaparecer en tu boca, mis pensamientos desaparecieron instalando mi mente en blanco.

Cuando tres no son multitud ( y 2 )

Cuando tres no son multitud ( y 2 )

Observaba tu cara, mezclada de placer y ansia, y tus ojos chispeantes que me miraban sin ver, como mirándote hacia dentro para sentir más. Me gustaba ver a tu marido clavándote por atrás con esos movimientos rítmicos y suaves que te impulsaban. Me hiciste acercarme al borde del sillón para atrapar mi pene junto a tus labios, lo metiste en tu boca aprovechándote de sus impulsos para deslizarte con tu boca a su través. Lo noté cómo iba creciendo y cómo lo ibas haciendo desaparecer cada vez que recibías un embate. Llegó un momento que casi no te cabía me hiciste deslizar al suelo y fue entonces cuando los dos os colocasteis adecuadamente para que te pudiera penetrar por tu vagina. Al fin habías conseguido, lo que muchas veces habíamos hablado en nuestras morbosas charlas nocturnas, el ser penetrada por tu marido y por mí. Al principio nos costó un poco ponernos al unísono pero no demasiado. Tu tenías tu cara junto a la mía y tus gemidos hacían que la saliva chorreara de tus labios y goteara sobre mi pecho, saliva que aprovechabas para lamer suavemente con tu lengua. Ya vi que no podías aguantar mucho y disfruté viendo como ponías tus ojos en blanco y su respiración se entrecortaba cuando te llegó el orgasmo. Tu marido y yo, poco después y con un orgasmo simultáneo nos vaciamos en tu interior. Quedamos exhaustos y nos tumbamos uno junto al otro, con olor a sudor y a toda una seductora mezcla de jugos. Como una gatita te acercaste, con una pícara sonrisa y tomaste nuestros penes uno en cada mano, estaban un poco debiluchos y con suavidad los besaste introduciéndolos a la vez en la boca. ¡Qué maravilla sentirme “acompañado” dentro de tu boca! No tardaste mucho en ponerlos otra vez duros y los fuiste acariciando, como en una sana competencia, hasta que se volvieron a vaciar esta vez sobre tu pecho.

¡Qué encuentro más maravilloso! Sólo espero que no tardes mucho en volver a llamarme y a redescubrir ese aspecto novedoso de mi sexualidad.

 

Cuando tres no son multitud (1)

Cuando tres no son multitud (1)

Aquella mañana me sorprendió tu llamada a mi trabajo. Te notaba contenta y a la vez nerviosa. Noté que estabas excitada en cuanto empezaste a soltar frases morbosas y a decirme que estabas ardiendo. Iba yo a hablar cuando me interrumpiste. ¿Te puedo proponer una cosa?, me dijiste. Adelante, contesté. ¿Te gustaría quedar esta tarde en casa con mi marido y conmigo? Era algo con lo que habíamos fantaseado muchas veces, pero nunca imaginé que me lo propusieras. A pesar de mi sorpresa sólo salió de mi boca una palabra antes de colgar: ¡vale!

Sabía el barrio donde vivías pero era la primera vez que me acercaba por allí. Llamé y tú me abriste, sorprendiéndome con un sonoro beso en la boca. Me retuve un poco al ver detrás a tu marido, pero él me hizo el gesto de que siguiera sin problemas y me dejé arrastrar hasta donde quisieron llevarme tus labios. Tu marido me estrechó la mano, era la primera vez que lo veía pero me gustó su mirada franca, era una mano fuerte y acogedora. Sacaste unas copas brindamos, nos reímos con tus chistes, mientras todos íbamos sintiendo como la pasión iba creciendo en el ambiente. Entonces fue cuando os sentasteis uno a cada lado, se ve que lo habíais hablado y empezaron las caricias a ambos lados de mi cara. Mi cohibimiento inicial desapareció al mismo instante que aquellos toqueteos empezaron a dar su fruto. Yo cerré los ojos y me dejé hacer. Sentía vuestras manos ágiles que unas veces desabotonaban y otras aprovechaban la piel que quedaba al descubierto para palparla y acariciarla. A los pocos minutos mi cuerpo desnudo era vuestro objetivo, mientras yo sentía mi que mi pene se iba endureciendo, especialmente cuando sentí en él vuestras manos asidas y disputándolo. Tú te quedaste con tan preciado trofeo, momento que tu marido aprovechó para desnudarse lentamente, me excitaba ver como se despojaba de su ropa y no le perdía ojo. No es muy alto pero su pecho fuerte y velludo le dota, sin duda, de un gran atractivo. Cuando, despacio, se quitó unos minúsculos eslips que portaba un gran pene de color marrón sabrosón pareció saludarnos elevado al aire. Tu marido se sentó a mi lado y me echó el brazo por encima, mientras nuestros penes, relativamente cercas parecían saludarse con sus cabezas húmedas. Y mientras iniciaba una sensual danza, al son de una música muda, te fuiste despojando de tu vestido, dejando al descubierto el brillo de tu piel y tus pechos que se cimbreaban al unísono. Sentí como tu marido agarraba mi pene con su fuerte mano por lo que aproveché para hacer lo propio. Era la primera vez que tenía un pene ajeno en mis manos, me gustó sentir su tacto, sus palpitaciones y disfruté moviendo mi mano en rápidos vaivenes. Mientras tu marido me acariciaba te pusiste en cuclillas y tus labios retozones se pusieron a juguetear con mis testículos, que yo veía como desaparecían una y otra vez en el interior de tu boca. Tu marido no pudo aguantar esa posición y colocándose en la posición adecuada con aquel pene erecto, que aún conservaba el calor de mi mano, te entró por tu agujero trasero.

(continuará...)

Sobre los pies

Sobre los pies

Siempre me han gustado especialmente los pies femeninos. Sus suaves curvas me hacen circular a gran velocidad mi mente por las zonas más atrevidas. Esa colocación tan estudiada de los dedos, acompañados unos a otros y que actúan al unísono desconociendo la palabra soledad. Las uñas tan duras y tan débiles a la vez, con esa capacidad erotizante que le transmite la pintura de uñas, capaz en sus distintos tonos de reflejar el ánimo y la pasión de quien las lleva.

El dedo gordo con esa voluptuosidad que invita a acercarse a los labios para abrazarlo y degustar sus formas, humedeciéndolo con esa languidez de quien no tiene prisas. El meñique, tan pequeño como un apéndice y juguetón, a quien apetece acariciar como a un cachorrillo indefenso. Y entre los dos, los otros tres, más serios, más similares, pero no menos sensuales y que en sus movimientos acompasados siempre me han recordadoal teclado de un piano sobre el que se practica la escala musical. La planta que se nos muestra, siempre con cierta osadía, raramente se ve por casualidad, poderosa, acolchada y con una sensibilidad mutante capaz de tranformar las caricias en cosquillas y viceversa. El puente nueva curva, nuevas seducciones para llegar al talón y completar tan hermosa arquitectura. El cuerpo humano tiene hermosos recovecos, pero sin lugar a dudas uno de los más seductores es el pie. Dadme un pie y el reloj se me parará durante una hora.