¡Adiós!
¿Tiene algún sentido decir adiós a una persona querida? Evidentemente no y por eso nunca me han gustado las despedidas, siempre he preferido, simplemente, darme la vuelta, sin alharacas, tras decir adiós.
¿Tiene algún sentido decir adiós a una persona querida? Evidentemente no y por eso nunca me han gustado las despedidas, siempre he preferido, simplemente, darme la vuelta, sin alharacas, tras decir adiós.
Me levanté esta mañana con una idea fija en mi cabeza. Sin desayunar siquiera me puse a revolver cajones. Examiné cada rincón de mi casa, incluso hojeé los libros entre sus páginas. Tras muchas horas de infructuosa búsqueda salí a la calle con ánimo expectante prolongando a las calles mis anhelos. También a su través recorrí muchos kilómetros buscando largo tiempo, pero regresé a casa agotado y exhausto y con el convencimiento de que nunca más volvería a encontrar aquellos años pasados que buscaba y, cuya posibilidad de disfrutarlos, había perdido para siempre.
Desperté en mitad de la noche al escuchar los pasos de tu ausencia. Mi cuerpo desnudo estaba ahogado en sudor por el calor de agosto. Por la ventana abierta escapaban tus besos escarchados en carrozas de negros corceles. Caricias teñidas de rojo pintaban frases en las paredes de mi dormitorio. Estremecimientos y temblores copaban el aire, la tersura de tu piel alfombraba mi pasillo. Entonces fue cuando tu ausencia envalentonada creció tanto que empujándome hacia un lado de la cama, me obligó a coger la sábana y taparme con ella.
cuando nos despedíamos, me perdí en la hoquedad de tu cuello, pero lo suficiente para revivir una montaña de sensaciones dormidas, mucho más gratificantes que otras, largas y penosas, horas haciendo el amor.
...que he hecho el amor, esta es la primera vez que alguien me entiende en el sentido más pleno de ser mujer.
...lo que parecen, compruébalo pulsando AQUÍ.
-Para mí ahora que lo pienso- decías mientras colgabas tus ojos tristes en mí y tus labios amagaban una sonrisa- una de las grandes frustraciones de mi vida es que nunca he hecho el amor con HUMOR. Lo he hecho con pasión, con prisas, porque no tenía nada mejor que hacer, por obligación, por despecho, por necesidad, pero nunca con HUMOR.
A mi me alegró saber que a partir de mañana no podrás decir eso.
-¿Te das cuenta por qué se suele decir que más tiran dos tetas que dos carretas?-me comentó Clara, con una mirada pícara, en cuanto le enseñé terminado el dibujo que le había hecho del natural. No le pude responder porque dando una rápida carrera hasta la orilla desaparecí, tras un salto en el aire, bajo la espuma de una ola.
Siempre he tenido curiosidad por todo e incluyo la profundización en el conocimiento de otras tendencias o costumbres sexuales. Aunque nunca he practicado el sadomasoquismo, hablando con alguna amiga que lo practica he descubierto un aspecto que me ha seducido especialmente. Es esa posibilidad de sentirse totalmente dominado por una mujer. El, por un rato, cesar en esa mente viva que me dirige y organiza y ponerme totalmente en sus manos. Cesar en los pensamientos, en los deseos que tengo en ese momento, en las expectativas que siempre me creo en un determinado momento y olvidarme en las manos de ella. Sabiendo que mi confianza es tan grande que cualquier cosa que me haga me producirá placer y la conoceré más porque sabré que es lo que ella piensa que es lo más placentero para mí.
Sé que vas a leer esto. No pongas esa cara de sorpresa. Alguna vez ya te lo he adelantado. Simplemente quería anunciártelo para esa próxima vez que estaremos a solas. Tú serás mi dueña y haré todo aquello que tú me digas. Piénsatelo bien lo que vas a hacer, porque puede ser mi gran noche...o quizás la más inolvidable de las tuyas.
Venga mujer, intenta sonreirme. Pon ese gesto con los labios. ¡Cómo te haces rogar! Esfuérzate para demostrarme que te han gustado las zapatillas de deporte que te he regalado. Ya casi... ¡Sí! lo conseguiste, es la sonrisa más linda que te he visto nunca. Ahora la vas a poner con los labios de arriba, esa sí que no te supondrá ninguna dificultad... Y así tendrás una doble sonrisa.
Amanece.
Te contemplo. No es la primera, ni será la última noche que pasemos juntos; pero sí es la primera vez que he sentido el mayor de los orgasmos que recuerde: durante unos minutos, más allá del mero placer sexual, me he sentido vacío de mi y totalmente tuyo.
Y me has hecho sentirme inmensamente feliz...
Cuando ella se despertó notó su cuerpo humedecido por gotas de un líquido untuoso. Lo palpó entre sus dedos y acercándoselos a la nariz identificó a aquel, conocido y en otra época tan habitual, fluido blanco. No le costó mucho intuir que aquel día era el principio del final de su relación de pareja.
Comenzaba el sol a declinar su fulgor cuando me dirigí a pasear a la playa. Sentado en la orilla me puse a admirar el espectáculo que se avecinaba. En aquel silencio sólo roto por las lamidas de las olas contra la arena y el graznido de las gaviotas, desde el agua un chapoteo atrajo mi atención y observé a una figura que se estaba bañando. Me di cuenta, cuando surgió del agua, de que era una mujer joven de rasgos perfectamente equilibrados cuyo torso desnudo, que emergía solazado por el reflejo de los últimos rayos de sol, dejaba al descubierto dos hermosos pechos, de lustrosos y minúsculos pezones, que se mecían por el juego caprichoso de las olas. Tras varias inmersiones en las que su cuerpo, lanzando destellos de plata por la luz del atardecer, rompía con esmero las ondulaciones del mar desapareciendo bajo el agua, surgió de nuevo y ayudándose de sus finos dedos deslizó su cabellera dorada hacia atrás, mientras yo hipnotizado seguía el movimiento de las gotas que resbalaban acariciando su piel. El sol se ocultó tras una nube y sus radiaciones pugnaban por encontrar salida a través de sus recovecos convirtiendo todo aquello en un gran escenario en el que de fondo aparecía una hermosa catarata de rayos solares, en que aquella hermosa mujer era la protagonista.
Me miró a los ojos lanzándome una sonrisa inequívoca, de perlas blancas, a la que no pude resistirme. Sin perderla de vista y excitado por su espera dejé mis ropas sobre la ya fría arena y me introduje en el mar para ir a su encuentro. Arropado por el calor del agua a esas horas me dirigí hacia los brazos que se me abrían como refugio acogedor. Mis labios se imanaron hacia los suyos y su encuentro fue el detonante de un baile conjunto y tortuoso surcando las olas. Perdí la noción del tiempo entre visiones de fondo, de cielo plateado y de piel lisamente nacarada. Me sentí arrastrado por ella en todos los sentidos durante minutos sin fin, embriagado de placer y revestido de una excitación imparable.
En este juego estábamos cuando súbitamente me detuve y saliendo dejé mi hueco en el mar, tras de mí. Sin mirar atrás cogí mi ropa y salí de la playa. Sé que ella no entenderá la razón porque no me leerá, bajo el mar no funcionan los ordenadores, pero es que nunca he podido soportar el tacto de las escamas. ¡Me dan dentera!
Mientras buscaba el amor
me dediqué a tener sexo
como terapia para olvidar los anteriores,
ahora que lo encontré
no tengo sexo
y el recuerdo de todos mis amores,
¡me asfixia!
Las vi delante de mí al subir la escalerilla en mi último viaje a Nueva York. Era unas turgentes piernas, perfectamente torneadas con un brillo que les arrancaba el sol del atardecer y de una longitud imposible destacada por la escasez de una falda que se ondulaba avariciosamente en torno a unas sobresalientes nalgas. Aquella ascensión peldaño a peldaño duró lo suficiente para que mis ojos quedaran atrapados por aquella atractiva figura que me precedía por el pasillo. No me gustó que cuando al darmela tarjeta de embarque me asignaran el último asiento del avión, pero al comprobar que ella iba a ser mi compañera de viaje, dejó de importarme. Cuando nos sentamos pude comprobar que por delante su imagen no deslucía su anterior perspectiva. Un cabello negro, largo y rizado, hacían de cortinillas de un óvalo perfecto en que dos ojos almendrados rodeados de largas pestañas flotaban sobre una nariz respingona y unos labios grandes y sinuosos de los que desprenden humedad. Una blusa de cremallera abierta a media altura dejaba atisbar unos hermosos pechos que oscilaban descompasadamente con la vibración de los motores del avión.
Me senté un tanto cohibido por aquella despampanante compañera de viaje. Y, tras abrocharme el cinturón de seguridad, me sumergí en la lectura del periódico. Una lectura que supongo breve, pues cuando desperté, al cabo de casi tres horas, no había abandonado la portada. Cuando entreabrí los ojos me sorprendí con alguno de aquellos rizos sobre mi cara y es que me había quedado dormido apoyado sobre su hombro. Un tanto abochornado levanté la cabeza pero ella con una sonrisa me invitó a seguir allí. No me pasó inadvertido que la cremallera del pecho había descendido unos milímetros los suficientes para que el color uniforme de aquella piel canela se viera interrumpido por el tono marrón oscuro de su aureola coronada por unos pezones grandes, casi negros, que sobresalían como buscando algo. Envalentonado por aquellas señales le miré las piernas con descaro, al sentarse la falda era casi invisible, tomando mi mano me la colocó sobre su muslo. Y fue cuando al tocar mis dedos esa piel suave y, a la vez, musculosa, noté como mi excitación se transformaba en una fuerte erección. Las chispas que brotaron de sus ojos al mirarme me confirmaron que no le había pasado inadvertida y, de alguna manera, me alegré que en aquel momento apagaran las luces del avión. Miré a mi alrededor, todos dormían, salvo la mano de mi compañera de asiento. La sentí como asían mis genitales y en la penumbra pude adivinar esas uñas perfectamente cuidadas, que me arañaban arriba y abajo arrancándome estremecimientos de placer. Me apeteció dejarme llevar por los beneficios de aquel encuentro inesperado y borré cualquier atisbo de resistencia que pudiera haber. Especialmente cuando noté que me abría la cremallera y sacaba mi pene al aire, duro y firme como una piedra, que se sintió como liberado fuera de la opresión del pantalón. Liberación que duró poco porque al punto los rizos negros de su nuca cubrieron toda mi entrepierna, mientras notaba como mi pene era absorbido por aquellos labios, maestros en arrancar placer. No tardé mucho en darme cuenta que iba a eyacular pero a ella, aunque también lo notó, no pareció importarle porque siguió con fruición en aquella ardua labor hasta que me derramé entera en su boca. Tras aquella descarga placentera que había sufrido ella izó su cuello como el de una garza y con un leve sonido de garganta me indicó que aquellos jugos que había exprimido con tanta habilidad habían ido a parar a su estómago. Acercó sus labios a los míos y algunas gotas salpicaron mis labios mientras su lengua intentaba abrazarse con la mía. Tras aquel largo beso me eché hacia atrás en el asiento expectante a lo que se le pudiera ocurrir a aquella Herodías del aire. Y entonces vino lo peor…
Sus largos dedos fueron encogiendo con lentitud pasmosa su faldita. Mi imaginación corría más que sus dedos, esperando la visión de una rajilla húmeda y abierta, cuando de pronto, no sé dónde lo tendría escondido un gigantesco pene, insultantemente duro y mucho más grande que el mío apareció ante mis ojos. Y entonces fue cuando oí su voz por primera vez con un varonil: ¿Gustas?
No recuerdo mucho más, sólo que me entraron unos enormes mareos que hicieron que en décimas de segundos me encerrara en los servicios del avión, no paré de vomitar y me parece que estuve a punto de deshidratarme. Sólo salí el tiempo necesario para atarme el cinturón al aterrizar pero me debió ver tan mala cara, yo miraba hacia otro lado, que no me dijo nada. Antes de irse se volvió y me guiñó un ojo, lo que me produjo un nuevo retortijón en el estómago. Salió delante mía, ahora el cuerpo oscilaba como el de un hombre ¿o era cosa mía? Algo aprendí en aquel viaje: el que unas piernas sean muy hermosas no es un reflejo de lo que se oculta entre ellas.
Miguel y Beatriz se conocieron un día, por casualidad, sus miradas cruzadas en una cola de autobús les ataron en su camino por la vida. Aquel día se saludaron con simple educación. Saludo que a los pocos días les alegró la cara por su mutuo reconocimiento. Empezaron a hablar primero del tiempo y luego de los toros a los que ninguno de los dos había ido nunca. Acabaron ese día hablando de lo malo que era el tabaco, y ella se fue sin atreverse a confesarle que fumaba aunque el vapor nicotínico que la envolvía la delató ante Miguel que calló, también, comprensivo. Sus encuentros se repitieron dominados por un azar incontrolado, que les hacía todos los días guardar el asiento de al lado del autobús por si ese día se subía su compañero de viaje. Y los días que esto ocurría sus ojos se iluminaban y sus lenguas se desataban queriendo lanzar el máximo número de palabras en aquel trayecto que se les hacía brevísimo. Lenguas que dejaron de lamer el exterior para introducirse en el interior y a modo de sacacorchos ir desvelando lo que encerraban bajo esas capas que constituían sus personas. Beatriz, siempre prudente, medía sus palabras con una regla dorada, lo que hacía que sus ojos, en ocasiones, comunicaran más que sus palabras. Miguel, siempre curioso, preguntaba y quería dar pasos de avance tan grande que, a veces, cuando se daba cuenta la había dejado por atrás.
Pero la vida seguía y aquel autobús que no iba a ninguna parte transportaba aquella pareja de corazones como un relicario ambulante. Tanto Beatriz como Miguel, no sabían cómo pero se percataban de que aquellos lazos iniciales se transformaban en nudos. Hasta aquel día...
Miguel volvía desusadamente tarde, cansado y con jirones sin formas atravesándole por entero, cogió ese autobús que hoy, a esas horas vampiresas, imaginaba casi vacío, pero quedó gratamente sorprendido al verla sentada en su asiento. Como si fuera un "decíamos ayer", había transcurrido más de un mes de su último encuentro, ellos empezaron a hablar, desde el principio, con esas palabras que dan un cariño prolongado y a medida que el trayecto siguió aquellos jirones se recompusieron en forma de piel brillante. Llegó el inevitable momento en que llegaron a su destino, Beatriz y Miguel bajaron al unísono cogidos de los ojos y, una vez más, ardiendo por dentro, cosa que ninguno demostraba, se disponían a despedirse. Pero esta vez hubo algo distinto. Beatriz le dijo que quería decirle algo antes de que se fueran. Y de sus palabras salieron sentimientos en forma de palomas que Miguel, alguna vez había supuesto en una burbuja de cristal, pero aquella noche a la luz tenue de una farola aquella burbuja estalló en mil pedazos, las palomas volaron al cielo oscuro compitiendo su blancura con la de las estrellas y muchos de aquellos cristales se incrustaron en la piel de Miguel pero no era dolor, precisamente, lo que le produjeron. La sorpresa hizo que la lengua de Miguel se paralizara, pero Beatriz supo leer el lenguaje de sus ojos y acercándose se despidió con un beso tierno en los labios. Beatriz se dio la vuelta y se alejó despacio mientras Miguel paralizado aún bajo la farola supo que desde ahora todo sería distinto.
Podría escribirte por un correo electrónico, como tú lo has hecho, o por un sms, pero prefiero hacerlo por este blog, en el que de alguna forma tienes mucho que ver. Te noto en tu correo algo confusa, con un cierto temor de que nuestra amistad se difumine poco a poco por el aire. Es verdad que últimamente las circunstancias no son las mejores, que el día a día está regado de escollos y que la distancia parece, en estas circunstancias, crecer y hacerse la dueña y señora de lo que nos une.
Sé que puedes estar tranquila. Es ya mucho tiempo el que nos conocemos y en el que hemos compartido algo más que palabras: sensaciones, sentimientos, ilusiones, intimidades, alegría y lágrimas y hemos caminado junto más allá de lo que nos pudimos imaginar el día que en el aire se cruzaron nuestras sonrisas. Y es que sólo una vez cada muchísimos años suele ocurrir que se conjugaran en ese momento único en que nos cubrió la sombra mágica de un eclipse. Cuando dudes, vuelve a ese recuerdo primigenio que bajo la sombra de los árboles rejuveneció nuestra alegría. Y ten en cuenta que hay amistades de las que no se puede dudar. Hemos compartido mucho, y nos hemos brindado nuestra desnudez más íntima, desprovistos de esos prejuicios, tapaderas y caretas que nos ponemos frente al otro. Debemos saber muy bien lo que sentimos por encima de esas nubes interiores que se empeñan en oscurecernos.
Te contaré lo que yo siento, por si te sirve de algo, me siento mucho más cerca de ti que el primer día, te conozco mucho más. Y me siento muy feliz de que estés ahí sabiendo que sea de día o de noche, siempre tienes encendida la luz de tu puerta para cuando necesite de ella. Gracias por ser mi amiga.
Quiero aproximar mis labios a los tuyos, ponerlos tan cercanos que ese vello, inexistente, de sus superficies se erice atrayéndose eléctricamente. Acercarnos mutuamente poco a poco, como en un camino interminable, donde el deseo se acreciente por momentos hasta que se fusionen en el aire. Sentir la jugosa humedad de tus labios y buscar los surcos de los tuyos intentando acoplarlos con los míos. Chuparlos, pellizcándolos levemente con los míos y así, unidos unos con otros, disfrutando con fruición en el aire de mil posturas. Separar suavemente la hendidura de tus labios y visitar con mi lengua la sensual oscuridad del interior de tu boca. Acomodarme sobre tu lengua, confundiendo nuestras salivas y mezclando nuestros sabores, e iniciando sinuosos movimientos en que a la vez que se anudan se paladean. Recorrer tus encías arriba y abajo, y pulsar tus marfileños dientes, como las teclas de un piano que primero muy tenuemente y luego con fuerza sea capaz de entonar un ritmo que te arrastre como el encantador a la serpiente y te conduzca más allá de las estrellas.
A veces o especialmente hoy porque el tiempo nublado invita a ello, me pregunto si vale la pena seguir escribiendo en este lugar, perdido en la red, que supone este blog. No sé si alguien lo leerá, sé que alguien entra por las estadísticas, pero como raramente nadie suele dejar señales de vida pienso si esas entradas no serán fruto de una equivocación que se subsana rápidamente volando a otros lugares.
¿Para qué seguir escribiendo? Mi vida es como una línea con leves ondulaciones donde mis triunfos no son que digamos sonados ni mis desgracias llegan a la altura de las que tiene la gran mayoría de la gente. No me considero, por tanto, ni un triunfador, ni un desgraciado, sólo uno más. Y siendo uno más, me pregunto : ¿vale la pena seguir escribiendo?