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AIRES ABIERTOS

Cosas circulando por dentro

Haciendo tiempo

Haciendo tiempo

Mientras buscaba el amor

me dediqué a tener sexo

como terapia para olvidar los anteriores,

ahora que lo encontré

no tengo sexo

y el recuerdo de todos mis amores,

¡me asfixia!

A un alguien especial

    Podría escribirte por un correo electrónico, como tú lo has hecho, o por un sms, pero prefiero hacerlo por este blog, en el que de alguna forma tienes mucho que ver. Te noto en tu correo algo confusa, con un cierto temor de que nuestra amistad se difumine poco a poco por el aire. Es verdad que últimamente las circunstancias no son las mejores, que el día a día está regado de escollos y que la distancia parece, en estas circunstancias, crecer y hacerse la dueña y señora de lo que nos une.

    Sé que puedes estar tranquila. Es ya mucho tiempo el que nos conocemos y en el que hemos compartido algo más que palabras: sensaciones, sentimientos, ilusiones, intimidades, alegría y lágrimas y hemos caminado junto más allá de lo que nos pudimos imaginar el día que en el aire se cruzaron nuestras sonrisas. Y es que sólo una vez cada muchísimos años suele ocurrir que se conjugaran en ese momento único en que nos cubrió la sombra mágica de un eclipse. Cuando dudes, vuelve a ese recuerdo primigenio que bajo la sombra de los árboles rejuveneció nuestra alegría. Y ten en cuenta que hay amistades de las que no se puede dudar. Hemos compartido mucho, y nos hemos brindado nuestra desnudez más íntima, desprovistos de esos prejuicios, tapaderas y caretas que nos ponemos frente al otro. Debemos saber muy bien lo que sentimos por encima de esas nubes interiores que se empeñan en oscurecernos.

    Te contaré lo que yo siento, por si te sirve de algo, me siento mucho más cerca de ti que el primer día, te conozco mucho más. Y me siento muy feliz de que estés ahí sabiendo que sea de día o de noche, siempre tienes encendida la luz de tu puerta para cuando necesite de ella. Gracias por ser mi amiga.

Vale la pena seguir escribiendo?

Vale la pena seguir escribiendo?

     A veces o especialmente hoy porque el tiempo nublado invita a ello, me pregunto si vale la pena seguir escribiendo en este lugar, perdido en la red, que supone este blog. No sé si alguien lo leerá, sé que alguien entra por las estadísticas, pero como raramente nadie suele dejar señales de vida pienso si esas entradas no serán fruto de una equivocación que se subsana rápidamente volando a otros lugares.

     ¿Para qué seguir escribiendo? Mi vida es como una línea con leves ondulaciones donde mis triunfos no son que digamos sonados ni mis desgracias llegan a la altura de las que tiene la gran mayoría de la gente. No me considero, por tanto, ni un triunfador, ni un desgraciado, sólo uno más. Y siendo uno más, me pregunto : ¿vale la pena seguir escribiendo?

Necesidades

Necesidades Necesito tu mirada luminosa.
Necesito que me ilumines con tu sonrisa.
Necesito tu abrazo acogedor.
Necesito la suavidad de tus caricias.
Necesito tu apoyo incondicional
Necesito el acompañamiento de tus pasos.
Necesito que me modeles con tus manos.
Necesito que me rodees con tus brazos.
Necesito que me abaniques con tus pestañas.
Necesito que tus pies caminen a la vez que los míos.
Necesito las vitaminas de tus jugos íntimos.
Necesito  perderme entre tus piernas.
Necesito reposar sobre tus pechos.
Necesito que tus curvas ondulen mis días.
Necesito que nuestros corazones latan al unísono.
Necesito saber que estás ahí.
Te necesito…¡a ti!

Cada mañana

Cada mañana

Cada mañana

me despierta tu nombre

engarzado con guirnaldas

a través de la ventana.

 

Bajo a la acera,

me acompañas

y persigues

aunque yo no quiera.

                

Me esfuerzo en olvidarte,

en que te lleve el aire

y desaparezcas,

en no recordarte. 

  

Insistes machaconamente,

las nubes dibujan tu cara,

los árboles tu cuerpo deseoso

y tu aire sensual ahoga mi mente.   

He olvidado tus desprecios,

las muchas espaldas

que me diste

y tus indiferentes silencios.  

  

Sentir tus caricias aún me parece,

el sabor de tus labios,

el rumor de tus palabras en mis oídos

y mi nostalgia que crece. 

¿Por qué este lastre y esta carga?

¿Dónde conseguir un pincel

con que borrar esta ristra de recuerdos

que me atrae y amarga?  

 

Todo el día me acompañas

agujereándome el ánimo.

Y cuando al anochecer

me encuentre con la almohada

sólo espero que al despertar

no vuelva a recordarte,

de nuevo, en la mañana.

Conociéndote

Conociéndote           Dicen que la memoria es una de las cosas más necesarias para acariciarnos por dentro cuando sabemos orientar los recuerdos. Entre los recuerdos que guardo de una manera muy especial fue el del día en que nos conocimos. No fue una cita pero tras varios meses de charla y afecto, al fin, sin ni siquiera quedar nos encontramos en un lugar de mucho calor y sumidos en el mismo viento. Rodeados de mucha gente y sin esa intimidad que nos hubiera apetecido en un primer encuentro. Tampoco es muy normal en esta primera vez que nos veíamos el encontrarse uno frente al otro y casi desnudos, con esa piel tuya reflejada por el sol, lanzando destellos que mis ojos se ocupaban de aprehender. Cuando te pusiste de pie y brindaste tu melena al viento todo tu cuerpo se expuso ante mí, me puse a mirarlo con ese descaro que sólo es posible tener, sin que se molesten, en el metro frente al que se sienta enfrente tuya, mientras levantaba la vista de libro que como mera justificación sostenía entre mis manos. También supe que cuando me levanté ante tus ojos era como si me estuviera exhibiendo y bien te encargarías tú, ya me habías avisado, de descubrir sobre mi piel escrita esas palabras que no se dicen en el ordenador. Nuestras sonrisas fueron disparadas a ráfagas y algunas se entrecruzaron por el aire e hicieron diana.

   Fue cuanto te introduciste hacia ese punto de encuentro no marcado, dejando el libro te seguí, mientras mi mirada jugaba con las oscilaciones de tu cuerpo. Era la primera vez que estábamos tan cerca como para que pudiera sentir tu respiración tanto por el sonido como por la visión hermosa de tus pechos que se hinchaban seductoramente al llenarse de aire. El viento me trajo por primera vez el sonido de tu voz, muy distinta a como imaginaba. Pero ¿es que se puede imaginar una voz? Pude ver, entonces, las pecas que adornaban pícaramente tu cara y por un instante, y como buscando una excusa, me hubiera gustado acercarme lo suficiente como para borrarlas una a una con mis labios y que tus brazos se asieran a mi alrededor como los tentáculos de un pulpo. Y en ese momento me sentí flotar.... Me di cuenta, entonces, que estaba terriblemente húmedo, no sólo por abajo sino de pies a cabeza. El sol, entonces, ajeno a todo aquello comenzó a declinar y desapareció ya con sus colores lindamente desvaídos tras el horizonte. Fue cuando abandonaste aquel rincón del mar, y saliste hacia la arena como una sirena, con tus rizos destruidos por el agua acariciando con suavidad tus hombros. Secaste todo tu cuerpo con estudiada parsimonia, deseé ser  tu toalla, y echando una última mirada al mar, en donde yo seguía, recogiendo tus cosas de la arena y poniéndote un escueto vestido te fuiste de la playa. Yo, entonces, en el agua todavía, dejé de flotar y me hundí hasta sentir el fondo bajo mis pies.

 

Despertándome

Despertándome

   "Eres el primero que te despiertas y el último que te levantas", me dijo antes de desaparecer por la puerta del dormitorio. Mi cuerpo quedó desnudo sobre la cama, invadido por el deseo y mutilado por la frustración de no sentir sus caricias. ¿Se puede tener un cuerpo más encendido que el mío? Tantas horas separado del suyo por unos escasos milímetros cuya dificultad en atravesarlo es mayor que cruzar el oceáno Atlántico. Sentir que la pasión te arrastra y sentirte, en compañía, pero paralizado y solo.

   No es extraño, pues, que al encontrarme ahora en verdad solo, pensara en ti. Que sorprendentemente mis sueños se hicieran reales y te sintiera a mi lado acariciándome, liberando esa opresión con tus labios que semejaban amaneceres de los que rompen la oscuridad. Cada vez más a gusto...hasta que un instante antes de desmayarme en una explosión de placer, vi tu cara abrazándome con una sonrisa.

Haiku

Dos labios muertos

en el aire se cruzan,

vuelan unidos.

 

Descorchando

Descorchando Hoy me gustaría descorchar el tapón que me oprisiona. Sacar fuera a borbotones mi pasión, olvidarme del quedar bien, de mis ataduras, de todo aquello que desde siempre me limita y me impide ser yo mismo. Me gustaría sentirte tal como muchas veces lo he pensado, sólo los dos, tapando con nuestros cuerpos esas hendiduras por la que se escapan nuestros pensamientos. Dejarnos arrastrar por el placer de hacer disfrutar al otro y estallar como un chorro de vida empapando ese futuro  plomizo que nos amenaza.

Aquel descubrimiento

Aquel descubrimiento

     Ha pasado mucho tiempo, el suficiente como para excusarme si los recuerdos se hubieran difuminado, pero te puedo asegurar que permanecerán en mi memoria sobre muchas vivencias posteriores. Nos conocimos en pleno invierno donde sólo dejabas al descubierto esos ojos y manos con los que me envolviste en tu tela de araña y me sedujiste. Cuando llegó el verano y fuimos a la playa y, sobre todo, te vi con tu bikini, entonces fui cuando descubrí tu ombligo y su cercanía a mí, tornó la seducción en locura.

     Bajo aquel sol de julio brillante, tu hoquedad redonda, minúscula y oscura resaltaba en tu vientre atrayéndome de manera irresistible. Disfruté la mañana y mientras soleabas tu barriga blanca, yo te arañaba cariñosamente aquella protuberancia oculta. Sentía pequeños calambres que a través de mis dedos recorrían todo mi cuerpo excitando, incluso, aquello que ocultaba al estar boca abajo sobre la arena. Cuando te fuiste al agua y mientras veía alejarse tu cuerpo oscilante hacia la espuma de las olas, aún sentía mis dedos electrizados. Al volver, con ese brillo nuevo del agua sobre tu piel, a colocarte en la misma posición tu ombligo aparecía, ahora, cubierto de agua salada. Introduje la punta de mi lengua en su interior, originando en la quieta agua de aquél olas de placer, como si retozones peces brujulearan en sus profundidades. Aspiré el fluido e intenté secarte con lametones que sólo conseguían humedecerlo más.

     Tu piel quedó seca menos aquel agujero. Llegó el atardecer y seguía yo en aquella distraída labor. No sé por qué dijiste que estabas harta. Y en un gesto sorprendente. Te quitaste tu ombligo y me lo diste. Para tí, para siempre; me dijiste con unas palabras que se fueron perdiendo contigo mientras te alejabas hacia el lado opuesto al horizonte.

     No, no olvido tu ombligo, lo tengo bien guardado en un cajón y juego con él de vez en cuando, pero no sería capaz de recordar tu cara. Sin embargo, cuando paseo por la playa sé que te reconocería, sólo tengo que fijarme en una que tome el sol con una barriga sin ombligo.

Dame...

Dame...

Dame uno de tus besos de primavera,

necesito volar más allá de las estrellas.

¿Nostalgia en el futuro?

¿Nostalgia en el futuro?

              Veía muchas luces que, bajando frente a mí en la oscuridad de la calle, me deslumbraban. Correspondían a coches que pasaban por mi lado conducidos por figuras desvaídas en la penumbra del amanecer. Probablemente también yo era para ellos una figura borrosa con la que se cruzaban. Y mirando a mi alrededor pensaba, preocupado y triste, por qué me envolvía aquella oscuridad nebulosa. Recuerdos de momentos de pasión, de emociones desatadas, en que nos arrastrábamos perdiendo la consciencia, y que ahora, penosamente, se iban desintegrando en el tiempo.

-¿Qué te pasa? – me dijiste y me desperté sobresaltado, mientras tus dedos empezaron a recorrer con suavidad sedosa mi pecho, creando dibujos invisibles en mi pecho que te respondía abriendo sus poros y erizando hasta la última de sus células.
 

-Nada – te respondí – simplemente soñaba en cómo recordaré estos momentos dentro de muchos años.

         Me sonreíste y tu cabeza fue bajando por mi cuerpo, mientras tu mirada se alzaba hacia  mis ojos, salpicándolo de gotas de purpurina. Cuando, delicadamente, tomaste mi miembro entre tus manos y lo hiciste desaparecer en tu boca, mis pensamientos desaparecieron instalando mi mente en blanco.

Cuando tres no son multitud (1)

Cuando tres no son multitud (1)

Aquella mañana me sorprendió tu llamada a mi trabajo. Te notaba contenta y a la vez nerviosa. Noté que estabas excitada en cuanto empezaste a soltar frases morbosas y a decirme que estabas ardiendo. Iba yo a hablar cuando me interrumpiste. ¿Te puedo proponer una cosa?, me dijiste. Adelante, contesté. ¿Te gustaría quedar esta tarde en casa con mi marido y conmigo? Era algo con lo que habíamos fantaseado muchas veces, pero nunca imaginé que me lo propusieras. A pesar de mi sorpresa sólo salió de mi boca una palabra antes de colgar: ¡vale!

Sabía el barrio donde vivías pero era la primera vez que me acercaba por allí. Llamé y tú me abriste, sorprendiéndome con un sonoro beso en la boca. Me retuve un poco al ver detrás a tu marido, pero él me hizo el gesto de que siguiera sin problemas y me dejé arrastrar hasta donde quisieron llevarme tus labios. Tu marido me estrechó la mano, era la primera vez que lo veía pero me gustó su mirada franca, era una mano fuerte y acogedora. Sacaste unas copas brindamos, nos reímos con tus chistes, mientras todos íbamos sintiendo como la pasión iba creciendo en el ambiente. Entonces fue cuando os sentasteis uno a cada lado, se ve que lo habíais hablado y empezaron las caricias a ambos lados de mi cara. Mi cohibimiento inicial desapareció al mismo instante que aquellos toqueteos empezaron a dar su fruto. Yo cerré los ojos y me dejé hacer. Sentía vuestras manos ágiles que unas veces desabotonaban y otras aprovechaban la piel que quedaba al descubierto para palparla y acariciarla. A los pocos minutos mi cuerpo desnudo era vuestro objetivo, mientras yo sentía mi que mi pene se iba endureciendo, especialmente cuando sentí en él vuestras manos asidas y disputándolo. Tú te quedaste con tan preciado trofeo, momento que tu marido aprovechó para desnudarse lentamente, me excitaba ver como se despojaba de su ropa y no le perdía ojo. No es muy alto pero su pecho fuerte y velludo le dota, sin duda, de un gran atractivo. Cuando, despacio, se quitó unos minúsculos eslips que portaba un gran pene de color marrón sabrosón pareció saludarnos elevado al aire. Tu marido se sentó a mi lado y me echó el brazo por encima, mientras nuestros penes, relativamente cercas parecían saludarse con sus cabezas húmedas. Y mientras iniciaba una sensual danza, al son de una música muda, te fuiste despojando de tu vestido, dejando al descubierto el brillo de tu piel y tus pechos que se cimbreaban al unísono. Sentí como tu marido agarraba mi pene con su fuerte mano por lo que aproveché para hacer lo propio. Era la primera vez que tenía un pene ajeno en mis manos, me gustó sentir su tacto, sus palpitaciones y disfruté moviendo mi mano en rápidos vaivenes. Mientras tu marido me acariciaba te pusiste en cuclillas y tus labios retozones se pusieron a juguetear con mis testículos, que yo veía como desaparecían una y otra vez en el interior de tu boca. Tu marido no pudo aguantar esa posición y colocándose en la posición adecuada con aquel pene erecto, que aún conservaba el calor de mi mano, te entró por tu agujero trasero.

(continuará...)

Mi primera cámara

Mi primera cámara

Hoy las cámaras de fotos abundan casi tanto como los móviles, pero hubo un tiempo en que no fue así. Hoy quiero relatar como conseguí mi primera cámara de fotos.

Fue en el viaje del Paso del Ecuador con mis compañeros de Facultad fuimos a Ibiza, un viaje eminentemente “cultural”, en que desayunábamos a la hora de almorzar y nos acostábamos al amanecer. Aquel día me había despertado relativamente temprano y me bajé a tomar un café frente al paseo marítimo. La terraza estaba vacía exceptuando una mujer de pelo muy corto y rasgos nórdicos, que se sentó junto a mi y pidió una coca cola. Llevaba unas gafas absolutamente negras que impedían ver los ojos. Yo sin nada mejor que hacer la miraba de vez en cuando y fue cuando levantó las gafas y sus ojos azules me sonrieron, a la vez que, descaradamente, abría sus piernas, cubiertas por una escueta falda, y dejó al descubierto una espesa mata de pelo oscuro. Me hizo una señal de que si me quería sentar a su lado y como si tuviera un resorte me vi sentado a su lado.

Su piel era clara y cubierta de pecas que le bajaban por el cuello hasta adornar la entrada a sus pechos, francamente hermosos, que aparecían levemente cubiertos por una ajustada camiseta. Me llamaron la atención sus dedos, largos y finos, con unas uñas rojas escrupulosamente cuidadas. Me senté nervioso a su lado y sus uñas me rozaron levemente mi antebrazo, mientras su sonrisa se ampliaba. Me bajó mi mano a su pierna, y mientras ella tomaba su coca cola, como quien no quiere la cosa, mis dedos palpaban unas macizas piernas y se acercaban, como pidiendo permiso, al lugar donde se unen estas. Pude sentir sus pelos chorreantes y cuando mi dedo tocó levemente su entrada, vi como se tomaba el último sorbo de la coca cola. Se levantó de golpe y llamó al camarero para pagar las consumiciones. Me dio la mano y cuando me di cuenta estaba en la habitación de su hotel.

Sin darme tiempo a mucho me quitó los pantalones, ya para entonces tenía mi miembro totalmente duro y poniéndose en cuclillas lo cogió entre sus labios chupando y succionando de una forma que me multiplicó las sensaciones.  Se dio cuenta que me había llevado al límite y me dejó descansar mientras se desnudó delante mía. Tenía un cuerpo bien formado con algo de barriga pero hermosamente adornado con sus pechos de grandes pezones oscuros, por arriba, y una mata negra y abundante por abajo. Era la primera vez que veía desnuda a una mujer y, mi morbo se acrecentaba, al brindarse de la forma que lo estaba haciendo ella conmigo. Se sentó en el sillón y abriéndose de piernas sus dedos largos empezaron a acariciar su coñito de arriba abajo, desaparecían entre sus pelos, no sin dejarme algunas visiones instantáneas de un clítoris brillante y enrojecido. Su excitación fue creciendo a la par que la mía, entonces dejó de acariciarse, se tumbó en la cama y me hizo seña para que la penetrara. Encajamos con una perfección asombrosa, pero aún me asombró más la habilidad de sus músculos que dominaba de maravillas en todo sus movimientos. Sus gritos ininteligibles dieron lugar a un orgasmo que nos sacudió al unísono. Ella pareció detenerse pero, de pronto, recuperó fuerzas y sus contracciones internas sacaron lo mejor de mí. Quedé tumbado con su pezón oscuro rozando mis labios, mientras disfrutaba de olor a sudor y sexo que nos envolvía.

A los pocos minutos se levantó instantáneamente, como todos los movimientos que hacía y sacó una cámara de fotos de un armario. Era una Nikon reflex. Me la tendió y  me indicó que le fotografiara. Se colocó desnuda con ese brillo sudoroso que le resaltaba ahora sus formas y posó desnuda, en distintas posturas, mientras la fotografiaba. Al terminar la sesión nos duchamos y nos perdimos en la espuma. Me vestí para irme y, entonces, fue cuando sacó el carrete de la cámara y me la tendió a la par que sus labios encontrándose con los míos, llegaron  a hacer que mi pene se olvidara que no hacía mucho se había vaciado. Nos despedimos en la puerta, nunca más la vi, pero cada vez que saco la cámara…me la recuerda.

Tocar la guitarra

Tocar la guitarra Me gusta sentir que eres una guitarra. Que te apoyes sobre mis piernas y dejas que mis dedos escarben tu piel para tañer tus cuerdas y arrancarles sonidos de mariposas. Tocar contigo una melodía al unísono en clave de Tú y que tus acordes vibrantes se llenen de mis negras y corcheas. Que tus manos dirijan el concierto, que las mías la ejecuten. Que tus labios reflejen tus goces con sones y que nuestras miradas se abracen en un aire iluminado de rojo.

La ducha

La ducha

Un día más antes de acostarme me voy a dar una ducha. Me he acostumbrado a ella. Poco a poco, intentando disfrutar el momento que se avecina, dejo la ropa cuidadosamente doblada sobre la silla. Me siento a gusto desnudo y abro el grifo. Dejo que caiga el chorro de tus palabras sobre mi cuerpo. Me vaya envolviendo y voy gustándolas.

Me renuevan tras el cansancio del día,

me refrescan tras el abotorgamiento a que son sometidos mis sentidos,

me despiertan sensaciones dormidas,

me hace paladear su choque contra mi cuerpo.

 

Y  poco a poco, me siento feliz, otro, a gusto y temeroso de que llegue el momento en que ese grifo que supone tus ideas se corte de un momento a otro. Cuando eso ocurre, cojo la toalla y me seco. Cojo el bote de crema de tu recuerdo y lo voy impregnando por todo mi cuerpo, disfrutando especialmente en algunos de sus rincones que tan bien conoces. Cuando me meto en la cama y cierro los ojos... no puedo dejar de pensar en mi próxima ducha.

Volviste

Por fin volviste. Ha sido una larga ausencia de tan solo veinticuatro horas, pero en la que he llevado muy mal el estar aislado de ti y no poderme comunicar. Hoy sabiendo que estás ahí he vuelto a llenarme de alegría. Estoy contando los minutos para reencontrarme contigo, para que tu nombre se ilumine en mi pantalla y para saber de ti. Quiero captar de nuevo la sonrisa y la caricia en tus palabras, quiero que me tiemblen los dedos cuando te vea aparecer y que sepas que aunque no me veas espero que notes que te estoy abrazando.

¿SILENCIO?

     ¿A qué viene tanto silencio? Tú me lo preguntas. Ni yo mismo lo sé. No es que no tenga nada que decir. No es que mi corazón esté dormido. Al revés, tengo el corazón loco y no he tenido más remedio que ponerle unas bridas para conducirlo y sujetarlo. De ahí esa limitación en mis palabras. Sé que no estás de acuerdo en eso y me lo criticas, pero no se me ocurre otra forma de no sucumbir a la locura.

     Espero que el tiempo vaya colocando las cosas en su sitio y pueda ir soltando las bridas de modo que pueda seguir escribiendo y tú leyéndome, porque en el fondo, y sobre todo en la superficie, bien sabes que este blog está dedicado a ti.

Gracias...

Gracias por vestir con tu presencia lo mucho que sabía ya de ti.

Gracias por el brillo de tus ojos.

Gracias por agitar las alas de tus manos.

Gracias por ayudarme a distinguir a la amapola del cardo.

Gracias por comprender mis contradicciones.

Gracias por colorearme las despedidas.

Gracias por quitarte, de vez en cuando, las gafas de sol.

Gracias por los recuerdos que me has regalado con nuestros instantes.

Gracias por esos aullidos silenciosos que hiciste brotar de mi interior.

Gracias por aquellos gramos de suavidad que mis dedos sintieron.

Gracias por el rumor de aleteo de mariposas que me brindaste con tus silencios.

Gracias por decirme sólo “hasta luego”.

Gracias porque me entendías hasta cuando yo callaba.

Gracias porque lo último que vi de ti fue una sonrisa.

Gracias porque tus locuras modularon a las mías.

Gracias porque tus dedos adornaron las palabras de tu boca.

Gracias porque con tu presencia sacaste brillo a las hojas de los árboles.

Gracias porque cuando intente hablar despacio me acordaré de ti.

Gracias porque cuatro horas en tu compañía han compensado trescientos días de ausencia.

Gracias porque no me has dejado decirte gracias.

Gracias por:

-malear horarios

-acompasar tus pasos

-prestarme tu tiempo

Sí ya lo sé, podría decirte muchas cosas pero he quedado mudo y en este momento sólo se me ocurre decirte: ¡¡GRACIAS!!Smile