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Secuestrándote

Fue justo ese instante en que el sueño intentaba apoderarse de mí. Hice un último esfuerzo, para secuestrarte y traerte hacia mí desde donde quieras que estuviese. Me resistía a esa soledad de la cama vacía y, no sé cómo, al instante estabas a mi lado. Tu ojos me miraban sorprendido, mientras tu cabello despeinado vestía tu rostro de esa serena belleza tuya que siempre me seduce. Llevabas un camisón corto de escasa tela que dejaba al descubierto las simétricas curvas de tus nalgas, plateadas con la luz de la luna que las coloreaba a través de mi ventana. Te asiste a mis pechos con tus manos, como si temieras caer, mientras tus labios vestían mi piel con el brillo rutilante de tu saliva. Ahora, fueron mis manos las que agarrando tenue la dulce presión de la piel de tus nalgas colocó tu cuerpo sobre el mío. Te acurrucaste entre mis brazos y sintiéndote en tan íntima cercanía, me dejé arrastrar por el sueño, feliz de haberte podido secuestrar de esta manera. Cuando desperté, dudando si lo había soñado, tu camisón descansaba sobre mi cuerpo desnudo.
Fiesta de fin de año

Te gustó el escenario de la fiesta de fin de año. ¡Qué ambiente!¡Qué de ruidos!, me dijiste con ironía. Era el salón más grande que pude encontrar, me salió muy barato. El techo era de altura infinita de color negro tachonado de luminosas estrellas. El suelo de arena, en el que tus pies descalzos, ausente de molestos tacones, dejaban sus huellas, caminando junto a las mías. Los sonidos de los gaviotas alborotaban el cielo y las siluetas desnudas de los tamarindos nos saludaba desde el paseo marítimo.
Caminábamos despacio, solazándonos en el camino, sin necesidad de llegar a ninguna parte. No teníamos reloj, ni sabíamos que hora era. Tampoco importaba, el estar a tu lado era como si el tiempo se hubiera detenido. Nos miramos a los ojos y nos sonreímos contentos de que hubiéramos podido huir de todas esas circunstancias que nos rodean y estuviéramos celebrando el final de año, los dos solos, en aquella playa solitaria. Una luna llena,, sin ojos nos hizo un guiño, ya debíamos estar en el nuevo año. Seguimos andando con esa euforia de comenzar a caminar un nuevo calendario junto a la persona que más amamos.
Despierto de amanecida

Me lo temía. Esto de que no me cueste trabajo madrugar tiene su contrapartida durante el fin de semana, en que en un día como hoy me despierto antes de las siete y no tengo forma de volver a dormirme.
¿Qué puedo hacer durante dos horas en la cama? De buena gana me levantaría, pero el frío que hace en el exterior de las mantas no me invita a ello. Así que decido, moviéndome lo menos posible, el dedicarme a pensar en ti, a sentirte a ti, a traerte a mí. La oscuridad llena la habitación y ahora, que mis ojos empiezan a acostumbrarse a la penumbra, percibo recortados en un gris monocolor los distintos muebles de la habitación. Veo la hora del reloj iluminado, las 07:15 y vuelo por esa rendijita que deja la persiana hasta donde tú estás. Supongo que tú sí que estarás dormida y anhelaría amoldar mi cuerpo en el hueco del tuyo y quedarme así, quieto, sintiendo el aire pausado de tu respiración. Dejo que mis manos se pierdan despacio por mi piel, como si fueran las tuyas de “turista” que recorren admirativa, como tú sola sabes hacerlo, cada una de mis matas de vello o cada uno de los centímetros de mi piel anhelante de caricias.
Cierro los ojos e intento dormir…no puedo, me aparece ¿en sueños? ¿en la realidad? una aguja gigante, que enhebrada sencillamente con el hilo de nuestro mutuo cariño remienda esa distancia que nunca debió existir entre nosotros y que las circunstancias se empeñan en mantener. Al otro lado de la ventana un leve rumor me indica que las gotas de lluvia fluyen por las calles solitarias. Giro la cabeza hasta el reloj que marca las 7:58. ¡Qué largo se hace el tiempo cuando deseas algo con ganas! Todo lo contrario que cuando lo estás disfrutando. Me gustaría saber que ahora has despertado, aunque fuera un instante, y estás deseándome, que en este instante en que la naturaleza, aparentemente duerme, tu pasión está tan viva como la mía. Y me lo quiero creer, tanto que hasta tu aroma lejano y bien aprendido, me invade en sus efluvios y mis manos dejan de ser prudentes, para acelerarse en mi rincón más íntimo. Supuestamente no me muevo, pero mi fuerza interior termina por aflorar con intensidad al exterior…y tras ese sosiego me duermo…¿unos minutos?¿unas horas? Dudo todavía si ya habré despertado.
Abrazados

A esta hora de luz trémula, me gustaría que estuvieras sentada a mi lado, simplemente eso... algo tan sencillo y tan complejo, a la vez. Quisiera rodear tus caderas con mi brazo, degustando tu piel con mis dedos, mientras apoyas tu cabeza sobre mi hombro. Quiero sentir tu aliento cálido mientras avivas mi corazón, escuchar tus palabras y que me cuentes cosas, todo lo que se te ocurra, y yo mientras te escucho, sólo te miro...
Tu mirada

Hoy al despertar, tras una noche de sueño plácido y reparador, abrí los ojos y te vi acostada a mi lado. Tu cabeza descansaba en la almohada, a tan poca distancia, que podía sentir tu aliento, mientras tus ojos abiertos y espabilados me miraban con esa mirada tierna con la que sólo tu sabes envolverme. Tus labios entreabiertos por el que asoman tus dientes con aspecto y sabor a caramelos de menta y sus comisuras levemente arrugadas me envían una sonrisa iluminando mi amanecer con rayos de alegría.
¿Cuánto tiempo llevas así, a mi lado, mirándome? ¡Y yo perdiendo el tiempo, dormido! También a mi me gusta disfrutarte mirándote, lo hago durante un buen rato, hasta que... ya no aguanto más! Alargo mis dedos para acariciar la superficie de tus labios y, entonces, te desvaneces en mi memoria...
Deseos

Quiero dejar de lado todas aquellas trabas que se empeñan cada día en separarnos, sentirte a mi lado y descubrirte totalmente mía. Tengo ganas de rasgar esas telas con las que te empeñas pudorosamente en ocultar tus pechos y dejarlos, al fin, al descubierto de las corrientes y al socaire de mi mirada. Voy a dejar libres mis dedos que anhelan palpar tus pechos, amasarlos con mimo y arrancarles lo más dulces de los deleites, mientras se endurecen a modo de pardo pedernal.
Deseo explorar tu cuerpo con el fuego de mis caricias, saborear todos los sabores que empapan hasta los más recónditos de tus rincones, hasta colmar toda esa necesidad de ti que me atormenta y me persigue en cada instante de mi jornada, mientras hago que toda tú te sacudas con temblores de puro placer.
Esculpe, luego, con tus manos mi sexo, dándole esas formas duras de la que eres verdadera artífice. Engolosínate con él, degustándolo a lo largo y ancho y condúcelo luego hasta tu apetitosa gruta, para que la ilumine con sus “sube y baja” de tiernos roces. Apriétame y exprímeme placenteramente hasta mi última gota que absorbiéndola tú, sirva para apaciguarnos nuestra mutua sed.
A modo de atril

Sus manos suaves y de uñas cuidadas, como si levitaran en el aire, encendieron con mimo unas velas con olor a vainilla, un instante antes de que su pie, de un golpe seco sobre el interruptor apagara la luz del techo y la súbita y aparente oscuridad se recuperara con los brillos tenues de las llamas que crearon sombras danzarinas en las paredes de la habitación.
Los dos estaban desnudos, abrazados por sus miradas y el hechizo de su mutuo deseo. ¿Así?, dijo ella, mientras tras el leve gesto de asentimiento que él hizo al aire con su barbilla, se tumbó, boca arriba, con sus piernas abiertas frente a él.
Él abrió aquel cuaderno de hojas blancas encuadernadas con un gusanillo acercándose a aquella rajita misteriosa que ella le ofrecía con estudiada despreocupación y deslizó su dedo índice de arriba para abajo gustando la suavidad de su intenso depilado, que sólo había dejado sobre su pubis una hilera salvaje de vellos largos, que contrastaban oscuros con su piel nacarada, atrayendo, aún más, a sus ojos. Ahora el dedo deshizo el camino recorrido, ascendiendo, a la vez que adquiría un tono brillante al ir humedeciéndose.
Como hábil prestidigitador, a lo que ella le respondió con una sorprendida sonrisa, sustituyó su dedo por el gusanillo, que tenía unido aquellas hojas, acomodándolo en la vertical de aquella hendidura, mientras las pastas descansaban abiertas, como hojas de mariposa, sobre la suave piel de sus muslos, a modo de atril.
Ella se fue relajando a la par que su cuerpo se hundía más sobre el colchón. él acercando su rostro a aquel cuaderno se recreó en aquel escorzo caprichoso que se le brindaba a la vista y en el que sus orondos pechos, acomodados a ambos lados, le recordó a dos hermosas cúpulas bizantinas coronadas por torretas engalanadas. Se colocó, entonces, boca abajo en el colchón dejando abrazar su, ahora, afilado sexo entre los pliegues de las sábanas y afianzó en aquel atípico lugar al gusanillo anudándolo con destreza marinera mediante aquellos pelos negros.
Mientras intentaba ordenar sus ideas un olor almizclado traspasó los agujeros de su nariz, proveniente del líquido que de ella manaba que empezó a gotear por la parte inferior del gusanillo dibujando humedades en la sábana. Llegó a pensar que aunque nunca llegara a escribir nada sobre aquellas hojas, bastaría el olor a sexo del que se estaban impregnando para ganar cualquier premio de relato erótico. Desprendió el capuchón de su pluma, siempre escribía con pluma de tinta azul, posó su punta brillante sobre el papel y empezó a escribir:
“Sus manos suaves y de uñas cuidadas, como si levitaran en el aire…”
El primor de la letra de estas primeras líneas se fue desluciendo a medida que avanzaba el relato hasta llegar a las últimas que se escribieron temblorosas y desvaídas, debido al creciente temblor que empezó a sufrir el cuerpo de ella, que llegó a tal intensidad que hubieran expulsado aquel gusanillo de no ser por aquellas ataduras. Observó como aquellas dos cúpulas se cimbrearon como si estuvieran agitadas por un terremoto de fuerza ocho, mientras él oía los lastimeros gemidos de ella, hasta que con tales movimientos le resultó imposible escribir. De pronto, aquel “atril” se detuvo súbitamente, lo que él aprovechó para poner en esta historia este punto final.
Labios secos

Tengo mis labios agrietados
del dolor de tu ausencia,
sueño...
para sanarlos con la saliva
del recuerdo de los tuyos.
Unos cafés a dos

Era una tarde tan calurosa y caliente, como puede ser ésta, el segundo calificativo lo pensaba más bien ella. Estaban tomando una taza de café, mejor dicho dos, eso hubiera querido ella, el que la taza fuera compartida por sus labios y los de él. Esto lo pensaba mientras sus dedos finos sostenían su taza y observaba con una mirada ahíta en lascivia los labios de él. Ansiaba besar esos labios espléndidamente carnosos que apoyaban su bigote negro. Y no le era difícil imaginarse su sabor. El interior de su boca se iba llenando de una saliva que deseaba introducir en aquella boca. Quería sentir sus labios posándose en aquellos otros, recorrer con la punta de su lengua aquel rostro curtido y disfrutar del cosquilleo, en sus papilas, de los pelillos del bigote. Entrechocar y retorcer sus labios con el otro y sentir como la lengua de él se introducía en su boca y con ella el que intuía uno de sus más deliciosos sabores masculinos. Que le profundizara todo lo dentro que pudiera, hasta el interior de su garganta y ella quedara, casi, sin respirar de puro placer. Que sus lenguas se anudaran y pudiera recorrer los dientes de él adivinándole las formas. Y poco a poco dejar que esa humedad mezclada de sus bocas, contagiara todo su cuerpo, haciéndolo temblar y encontrando su salida natural entre sus piernas… Ella seguía mirándolo con ojos cargados de apetito, él consciente de su mirada le sonrió. En aquel momento él acercó su cabeza. Fue, entonces, cuando ella cerró los ojos y él en un movimiento súbito… él alzó la taza a sus labios para probar el café. Ella de un solo trago deglutió toda la saliva que había producido dentro de su boca.
Ladrón de sueños

"Acercaste tu paso hacia donde yo estaba, mientras notaba, por llamativas señales, que todo mi cuerpo celebraba tu cercanía. Me gusta verte con tu camisa desabotonada ¿te lo he dicho?, de modo que mis dedos rasguen con facilidad esa apertura, dejando al descubierto tu pecho. Me lanzo con agilidad felina sobre él cubriéndolo a besos, ayudándome de mis uñas que se cuelgan de él, abriéndose paso, atravesando tu mata de pelillos, con estudiada ternura. Mi acercamiento se convirtió pronto en desesperado y con agilidad desabotoné tu pantalón que huyó, como una exhalación, hacia tus piernas. Tu calzoncillo hinchado parecía querer reventar, lo bajé con el descaro acorde al momento que vivíamos y tu sexo enhiesto apuntó hacía mis labios…”
De acuerdo, ya sé que eso no ha salido de mi mente, pero no pude aguantar. La pasada noche me introduje en tu cuarto mientras dormía, disfruté la visión de tu desnudez y atrevido hice algo que nunca se me había ocurrido: robarte tus sueños. Sí, me he convertido en un vulgar ladrón…de tus sueños y eso es lo que he plasmado aquí con mis palabras.
Al caer la noche

Mi cuerpo ajado por el cansancio del día, camina con paso y ánimo trastabillado hasta la cama. El día ha sido largo y el deseo de tumbarme llega a hacerse doloroso. Otra noche más de calor, al que parece que contribuye el canto de un grillo gorgojeante que suena en el exterior de mi ventana. Me quito el pantalón corto que me cubre con errático pudor, cuando entro en la penumbra del dormitorio, y dejo que todo mi cuerpo se deje acariciar con el aire antes de caer, como un pesado saco sobre el colchón. Noto el leve vaivén que los muelles del colchón imprimen a mi cuerpo y al fín éste queda totalmente estático.
Acomodo mi postura, como si la superficie del colchón ya conociera mi cuerpo. Y mis ojos, a pesar de mi cansancio muy abierto, se abren a la oscuridad de mi habitación. La luz del despertador eléctrico, juguetona, cada vez que lo miro tiene números distintos, parece cosquillear mi mirada. Y, entonces, mirando sin ver nada al techo, tan gris como veo mi vida a veces, te veo muy bien dentro de mí.
Siempre te necesito a esta hora, traerte a mi lado y contemplar ese rostro que tanto me ilumina. Tu presencia cercana e íntima hace resplandecer la habitación, soy capaz de sentir tus manos, tan mías como amorosas, perdiéndose o más bien, encontrándose con este cuerpo mío al que tanta vida le das. Me dejo empapar por la ternura recordada y ahora plenamente sentida de tus besos y voy dejando que mi cuerpo se relaje mientras mi cabeza se inclina a la izquierda buscando un hueco en la almohada, como si fuera ese hueco, que aún puedo oler y percibo, que tienes en tu cuello. En pocos segundos, acompañas mis sueños.
Durmiendo la siesta

Hoy después de comer, me tumbé en la cama desnudo, para dormirme como medio de combatir el calor. Era la hora en que en la calle solitaria y desierta, sólo se escuchaba el rumor de una cigarra o la oscilación de una araña que pendía de un hilo de su tela. Me dejo invadir lentamente por el sopor, a la par que siento como me va invadiendo el deseo de ti.
Y como si los deseos se cumplieran en ese medio sueño oigo, a mi espalda, tus pasos descalzos que golpetean mimosamente el suelo del dormitorio. Mi cuerpo se hunde levemente hacia el centro del colchón cuando tu cuerpo se deja caer sobre él. Me cimbreas con tus movimientos mientras te acercas por detrás de mí. Sin moverme, disfruto como tu cuerpo va cubriendo el mio a todo lo largo. Siento tu boca que paladea mi cuello. Tus pechos apretados contra mí, mientras tus pezones sobresalientes se clavan, hiriéndome mimosamente en mis omóplatos. La suavidad de tu barriga se pierde en mi espalda, mientras el suave cosquilleo de tu pelillos revolucionan las hondonadas deseosas de mis nalgas. Tus piernas rodean amorosamente a las mías. Tu brazo izquierdo termina de hacerme tuya. Me rodea, me acaricias el pecho y una vez acomodada toda tú, se relaja sobre mi sexo y lo cubre con la palma de tu mano, quedando allí como una dulce capucha.
No conozco mejor manera de dejarme arrastrar por el sueño y me voy con él, me voy contigo. Cuando despierto, empapado en sudor, ya no estás tú. Estoy sólo sobre la cama, intentando espabilar mis anhelos. Noto mi cuello mojado, al tocarlo con la yema de mis dedos y llevarlos a mi nariz, el olor inconfundible de tu saliva me habla de ti, provocando que todo mi vello se erice.
El mapa de tu cuerpo

Hoy quiero explorar el mapa de tu cuerpo, perderme en la aventura de tu piel y hacer los más recónditos descubrimientos. Tantearé el terreno, saboreando su distintas texturas, suaves unas, mullidas otras. Caminaré despacio, pero sin detenerme, tanto por carreteras grandes como por caminos intrincados. Rodearé tus curvas y escalaré hasta lo más alto tus cimas enhiestas alzadas hacia las alturas. Seguiré tus surcos hasta descubrirte esas misteriosas grutas que encierran lo mejor de tus tesoros. Saciaré mi sed en el punto de origen de tus manantiales y no pararé hasta ocasionar un terremoto en tu cuerpo y hacer que brote fuera, con toda su violencia, la lava de tu volcán.
Volviendo

La vida es como un ciclo en la que las personas y las circunstancias vienen y van e internet no se libra de ello. Tras andurrear por esos otros lares por los que las musas literarias me tentaron vuelvo a encender este lugar, con las que quieren ser luces de mis letras.
Ni siquiera sé si alguien de los que antaño me leían o de los que después del cierre entraron, se ha vuelto a detener por alguno de estos rincones. Si ha sido así debe haber sido en silencio, porque hace meses que ningún comentario o señal de vida aterriza por aquí. No me importa yo y mis letras nos movemos por pura necesidad. Siempre gustan que te lea, pero si no es así, bastaría el mero gusto de escribir sobre el muro virtual de este blog, para tener una razón para volver a plasmar mis letras por aquí.
Un cambio de Aires

Cuando nos convertimos en seguidores de algún blog, no solemos tener muy clara la razón que nos ha conducido a ello, aunque en la mayoría de las veces es por "culpa" de unas letras, que sin saber cómo nos han seducido.Todos los que nos movemos por este peculiar mundo de la blogosfera, vemos como los blogs van apareciendo y desapareciendo y con ellos esa peculiar faceta que le imprime a sus letras quien lo escribe. Algunos blogs permanecen durante años y otros son efímeros, pocos post que luego nunca llegaron a tener continuidad. Faltan pocos días para que este blog cumpla cuatro años y creo que ha llegado el momento de "un cambio de Aires", en el doble sentido de la palabra. Sí, voy a cerrar este blog. Sus letras seguirán mientras por aquí, quizás hasta que un día decida enterrarlas del todo.
Aunque muchos de sus post están cargados de sexualidad, siempre he procurado "asexuarlos", es decir no dejar muy claro el sexo de quien escribe, quizás porque lo que he escrito es válido para los dos sexos. En todo lo que se escribe siempre hay gran parte de lo que se lleva por dentro, en mis post aparte de trenzar letras en su fondo se mezclan frustraciones y fantasías, una carga y un escape de lo mucho que durante estos años me han acompañado. Pero en algunos momentos la vida real influye sobre la virtual y distintas circunstancias vividas han hecho que las frustraciones se hayan disuelto y las fantasías hayan tomado corporeidad, de algún modo que lo que eran simples fantasías oníricas hayan pasado a formar parte de la realidad e instalándose en el mundo de la memoria...por eso creo que ha llegado el momento de que estas letras, a su vez, desaparezcan.
Gracias a l@s que habéis seguido mis letras y mis dibujos de trazos negros en los que he querido expresar lo que llevo por dentro, también a los que habéis dejado comentarios y, en especial, a los que a través de estas letras os habéis convertido en buen@s amig@s. Espero que aunque estas letras callen, la amistad siga hablando.
Seguro que nos volvemos a ver, dentro de un tiempo, por entre los blogs, Aires se marcha, pero quien disfruta escribiendo raramente puede callar, lo que no tengo muy claro es como aparecerá, tal vez sea en forma de un hada romántica o de un erotómano compulsivo, quizas como una jovenzuela enamorada o, tal vez, como aventurero incansable. Hasta siempre, cambio de Aires, pero quien me conoce, estoy seguro que no le costará reconocerme en esas letras que en cualquier otro momento, aparecerán por algún lado.
Culpable

El hueco de la ventana se pierde en su angostura pero me inunda la luz. Las paredes rugosas en piedra acolchan el apoyo de mi espalda. Condenada he sido, dicen, por un terrible delito. ¿Cómo se me ocurrió, me dijo el fiscal, proceder con tu ayuda a aquel terrible e incruento asesinato? No figuró como atenuante el que estuviera harta de ella que no me dejaba ni a luz ni a sombra, ni que su presencia me agobiara, me doliera o me frustrara, ni que empezara a odiar aquella mala compañía hasta extremos insoportables. Me preguntó por ti, pero yo me negué en mi derecho a no contestar. Él insistía: cuando te conocí, en que consistió nuestra relación y que cuando fue que decidimos unirnos en aquella planificación para el crimen. Yo callaba, mientras pensaba en ti y lo miraba sin ver.
Se volvió hacia aquel público morboso, ávido de sensaciones, y reconstruyó, con esa óptica de no entender nada, cómo debió ocurrir. Cómo por esa malévola combinación de nuestras culpas, dejó de seguirme para quedarse aniquilada. Lo peor, seguía diciendo, es que no se volvió a saber de ella que se perdió en el aire o en la tierra ¿quién sabe dónde? sin que nadie se pudiera compadecer.
El juez convencido de aquellos argumentos me condenó a cadena perpetua, no era justo, para él, que hubiéramos suprimido a quien estaba predestinada a acompañarme de por vida. No sé si atisbé en sus ojos una llamarada envidiosa, lo que no impidió que me enviara para siempre a este rincón perdido, en el que, sin que él lo sepa, me acompañas y en el que juntos recordamos, tu y yo, el día en que me ayudaste con tu ternura a eliminar para siempre a esa dichosa e insistente soledad.
Dolor de primavera

Abre el día estallando en luces de amanecer, mientras por mi ventana se cuelan, en ráfagas desordenadas, aromas de azahar, el color de los geranios que escalan la ventana y el gorjeo bullanguero de los pájaros. En pocos instantes, los últimos resquicios de sueño, quedan abandonados sobre la almohada, aún caliente que guarda las formas onduladas de la cabeza. El aire con calidez de solsticio abriga mi piel desnuda, despertando exquisitamente su sensibilidad. Un roce leve de la tela de la camisa sobre mi pecho, lo endurece con cierta delectación. Esa y otras sensaciones que me van recorriendo parecen concentrarse en mi sexo, que espabilado se alza sobre sí mismo adquiriendo consistencia placentera.
Todo ello, finalmente, torna en sufrimiento, en ese dolor de primavera, como si tuviera el corazón en carne viva, que me atraviesa e impregna cada célula de mi cuerpo. Y lo peor es que no hay un remedio sencillo para el mismo. Sólo conozco una forma de atenuarlo: tu presencia cercana, el contacto íntimo de tu piel, el que me sanes con la dulzura de tus caricias y que nuestros labios se encuentren y se comuniquen con esa húmeda, y rabiosamente ansiada, vecindad del beso.
Puedo imaginarme...

-dando saltos en una nube
-un unicornio azul
-un árbol con hojas rayadas
-palabras con sabor a caramelo
-un atardecer que se alarga con el sol dando botes en el agua
-una vaca volando...
Lo que me resulta imposible imaginar es mi vida si me faltaras tú.
Pintando al óleo

Tú te empeñaste en que te pintara al óleo. Parecía como si quisieras contradecirme cuando yo te decía que semejabas una imagen en blanco y negro con el contraste de tu melena negra sobre tu piel blanca y esos lunares ambarinos que salpìcaban primorosamente tu epidermis. No querías que te pintara en blanco y negro querías verte brotar en colores desde mis dedos.
Acudí a tu casa con el lienzo y las pinturas y mientras preparaba la paleta te tendiste en el sofá a modo de la maja vestida. Pero sólo fue un instante porque segundos después con tu ropa arrojada a mis pies ya semejabas a la otra maja. La paleta quedó estática en mi mano izquierda mientras yo contemplaba alborozado tu figura de músculos torneados que tumbada sobre el sofá empezaba a agitarse. Tus dedos finamente afilados se abrían paso a través de una mata espesa y recortada de pelo negro y horadaban mimosamente aquella hendidura, cuyo olor a sexo emanado al aire, llegaba a mi nariz confundido con el de mis pinturas. Tú seguías acariciándote con la misma tranquilidad que si estuvieras sola, pero sin dejar de mirarme con unos ojos mitad deseosos, mitad desafiantes. El movimiento oscilante de tus pechos atraía mi mirada y no digamos de esa sinuosa línea que parece separar tu escultural barriga en dos partes y que se cimbreaba con el ritmo que lo hace el oleaje en un día de marea agitada. Tu ombligo estirado pero nada presumido, semejaba un párpado que me guiñaba en cada una de tus oscilaciones. Y esa respiración inicialmente silenciosa, fue trocándose en crecientes gemidos que parecían rasgar tu garganta y arañaban mis oídos de puro placer.
No pude aguantar más la excitación que me atenazaba y cogiendo el pincel entre mis manos, cuidando de mantenerlo en la posición adecuada, realicé el cuadro más maravilloso que nunca había hecho, eso me dijiste. Lo más curioso es que cuando marché de tu casa el lienzo seguía tan blanco como lo había llevado y ahora era en ti, en aquel cuerpo blanco tachonado de lunares, a modo de perlas negras, donde mi pincel te había teñido con la más dulce y maravillosa de las blancuras.
Uno de marzo

Nunca le había gustado el invierno, no tanto por él, sino por ella. Siempre había sido muy friolera, y en esos meses, sus manos y su nariz parecían carámbanos y hasta sus palabras se helaban en los vahos sinuosos del aire. Siempre iba abrigada hasta extremos inconcebibles: camiseta termolactil de manga larga, blusa de franela y jersey de lana gorda, por no decir esos días en los que además se colocaba el pijama. Por debajo aparte de las bragas grandes, faja gruesa, pantalón interior ceñido sobre el que se ponía un pantalón de pana que acababan en pies con calcetines de nieve que desaparecían en gruesas botas. Todo eso implicaba que el acceso al cuerpo de ella fuera tan trabajoso, que se convertía en tarea tan imposible como el conseguir un préstamo bancario en época de crisis.
No era extraño que durante esa época los días le parecieran grises y tupidamente opacos con un tono de penalidad que se solía iniciar en el otoño. Pero aquel día se presentaba diferente. Era el uno de marzo y se había despertado optimista. Hoy el barrio se engalanaría con colores. Tras dos largos meses de rebajas en que los escaparates exponían sus ropas de invierno, grises, pardas y negras, la vista ya estaba hastiada de tanta cerrazón acrílica y algodonosa. Al fin, habían terminado las rebajas de invierno y como si aquella noche un hada hubiera transformado luminosamente el barrio con un amanecer de arco iris, ahora, tras los cristales de las tiendas asomaban seductores vestidos de finas tiras y escotes tentadores de sugerentes tonos primaverales: colores pasteles, amarillos, rosas, verde pistacho…
Entró en la lencería donde largos camisones de paño y pijamas gigantescos, habían dejado paso a escuetos camisones de seda transparente y conjuntos de hermosos y elaborados encajes. Pidió uno de color champagne que había atraído sus ojos. Recién llegado de la temporada, le dijo la dependienta.
Cuando llegara a su casa, ella lo estaría esperando, eso sí aparte de las velas que diseminaría por todo el dormitorio, situaría tres calefactores encendidos apuntando hacia la cama. Pero a él no le importaba sudar, porque esa era la fecha en que su prima, de quien tan primitivamente estaba enamorado, le estaría esperando y se dejaría dibujar su cuerpo con aquel regalo que todos los años le hacía en este día: el primer primor de la primavera.
Figuras literarias

Hablábamos sobre figuras literarias y le dábamos formas con palabras inusuales a distintos objetos.
-Por ejemplo tu cama- dije espontáneamente-se podría definir como un manantial solitario de lágrimas secas.
Me miraste silenciosa, mientras yo me estremecí al ser consciente de que tu cama es exactamente la misma que la mía.
El museo

Nunca me ha gustado visitar los museos por lo que tienen de observación descarada de lo ajeno. Pero este museo era diferente, disfrutaba en él, ya que su interior encerraba cosas que, de alguna forma, han ido formando parte de mí:
-la colección completa de miradas deseosas con las que siempre vestías mi desnudez
-el catálogo de caricias con que descubrías cada uno de mis rincones
-esa sala sin luz artificial, perennemente iluminada por la luz de tus ojos
-tus palabras envueltas en sobres de papel que yo esperaba ansiosa a la llegada del cartero
-esos escalofríos que recorrían mi cuerpo cuando que te veía
-ese puñal brillante con el que hábilmente aniquilabas, cada vez que lo necesitaba, a mi soledad.
-los frascos con el sabor meloso de tu saliva
-esos torbellinos invisibles de ánimo que a modo de collares preciosos me imponías cada mañana para seguir el día
-los relojes cuyas agujas deteníamos cuando estábamos juntos
Me gustaba pasear por aquellas salas, siempre solitarias y dejar que el eco de mis tacones al rebotar con aquellas paredes me hicieran sentir aparentemente, cómo cuando estaba contigo, acompañada. Al principio acudía a aquel rescoldo del recuerdo de una manera habitual, la entrada a aquel edificio era gratis. Me sentía a gusto en su interior, en el invierno me protegía del frío y en el verano del sofocante calor. Pero un día empezaron a cobrar la entrada y aquellas visitas se fueron espaciando, hasta que se redujeron a algún aniversario o momento esporádico del año.
Con el tiempo pensé que mis derechos sobre aquel museo aumentarían y, efectivamente, conseguí una llave para abrir la puerta. Ahora el problema es otro, tengo la llave, pero ha desaparecido la puerta y todo su exterior está rodeado de un muro sin fisuras. Ya no tengo forma de entrar a visitar el que se ha convertido ya en un añorado e inalcanzable museo.
Me has dado alas...

..esa vez que me miraste, al rato de hacer el amor, para decirme que ya se me veía “mayor”, que qué hacía todavía desnuda y me pusiera “algo”
…cada vez que esperándote me he desesperado y no me cogías el móvil, llegando a casa con ese olor a perfume que yo nunca me habría puesto
…cuando en el día de nuestro aniversario, que olvidaste, hemos salido a comprar contigo un detalle para una compañera que era su cumpleaños
…esas mañanas que despertaba anhelando tus caricias y con un beso al aire, saltabas de la cama porque tenías muchas cosas que hacer
…esas noches que me hubiera gustado desparramar el peso de mi cuerpo sobre el tuyo y te girabas, dejando a la vista manchas de carmín, porque había sido un día agotador
…cuando el deseo de que tuvieras unos oídos atentos se transforma en observar unas simples orejas que están taponadas ante tu indiferencia
….en esos extraños ratos que hemos estado pegados uno junto al otro y bostezabas diciendo,…ya me estoy aburriendo, vamos a terminar
…cada vez que abres la boca para no decirme nada
En cada uno de esos momentos he ido trezando, con paciencia artesana, el plumón y preparándome estas alas invisibles que ahora llevo colocadas a mi espalda Ya estoy preparada para saltar al vacío y volar más alto de lo que nunca imaginé. ¿Y tú te extrañas? Cuando has sido tú, precisamente, quien me ha dado alas.
La foto

Me gusta esa forma que tienes de contemplarme con la mirada deseosa desde tus ojos dulces y escucharte esas palabras tiernas que tu voz de cadencia suave emite al aire. Admiro la forma en que intentas acariciar el aire en búsqueda de mi cuerpo invisible y como gestualizas tus labios para atrapar aquellos labios míos, entonces tan deseosos como ahora imposibles.
Lo único malo es que no puedo hablarte desde donde estoy, para poder decirte, cómo lamento tanto, el que perdieras la oportunidad de hacerme todo eso, que haces ahora con mi foto, mientras yo estaba viva.
Estoy hastiada

(dibujo de Aires)
…de vivir de esta manera. De no poder enseñar tu foto en mi cartera, ni poder posarla en la mesa de mi oficina. De verte siempre acicalado y nunca en zapatillas. De no poder celebrar nunca contigo los cumpleaños. De que el reloj dirija dictatorialmente nuestros encuentros. De no poder disfrutar de ti cuando llegan tus vacaciones. De esas desapariciones, casi fantasmales, cuando estamos chateando. De dudar tres veces siempre que te llamo al móvil y…al final no poder hacerlo. De que cada vez me hieran más tus adioses de lo que me sanan tus holas. De anegar con mis lágrimas las largas épocas de tus obligadas ausencias.
Ya sé que soy la “otra”, y que quien manda es la “jefa”, pero ya he sufrido bastante para no tener culpa más que de dos cosas: la primera es amarte demasiado y la segunda el haber subido con retraso al tren que me condujo a la estación de tu vida. Esto no puede seguir así… Sí, estoy terriblemente harta, pero… sigo esperándote que me llames ¿podrás esta noche?
Besuqueos

Hoy he necesitado traer el recuerdo de nuestro primer beso. ¡Qué diferente es dárnoslo ahora cuando ya el peso del tiempo ha ondulado nuestras arrugas, que llevamos con orgullo. de aquellos primeros besos que dimos a otros, cuando el acné intentábamos ocultarlo de nuestras mejillas! La vida ha ido dibujándonos el ánimo y nuestra capacidad de cariño con los años y aquel día en que, por fin, nuestros labios se encontraron frente a frente, no dudamos ni un solo instante.
Nuestros ojos se abrazaron mutuamente, mientras nuestros cuerpos se acercaban. Estábamos tan cerca que era capaz de saborear el aire que expulsabas por la boca. Nos sentíamos envueltos en mutuo cariño, cuando un halo de ese perfume que usas y me enloquece pareció darme el último empujón hacia ti. Mis brazos rodearon tu cuerpo y mis manos escarbaron tu blusa para que las yemas saborearan esa deseosa piel. Cada apretón excitaba todos mis rincones y deseaba que esa adherencia mutua se prolongara en el tiempo sin medida.
Y fue, entonces, cuando paladeé el más maravilloso sabor que jamás había probado: el de la humedad de tus labios. El contacto fue inicialmente suave, como si temiéramos romper un cristal muy frágil. Saboreamos superficialmente cada milímetro y la humedad producida se entremezcló en una sinfonía de sabores. Nuestros labios se apretaron y, abriéndose, buscaron respirar en la boca ajena. Aquel primer roce leve se convirtió en un choque pasional en que nuestros labios estuvieron a punto de ahogarse placenteramente en saliva. Sentí entonces tu lengua que exploraba el interior de mi boca...
Lo siguiente que recuerdo es la mascarilla de oxígeno puesta en mi boca y los sanitarios preguntándome si estaba bien....¡Hacía demasiado tiempo que no me daban un beso como ése y se ve que había perdido la costumbre!
Dejaros de pamplinas...

(dibujo de Aires)
..."yo no quiero que me regaléis nada! ¿Para qué quiero esos guantes? No necesito cubrir mis manos, sino la ansiada piel del hombre que quiero para acariciarla con ellas. ¿Otro pañuelo para el cuello? Tengo mi armario lleno de ellos, prefiero lencería fina que adorne mi cuerpo y que él me arranque con los dientes. ¿Un mp3? Prefiero dejar mis oídos libres para cuando pueda llegarme el tono mimoso de sus palabras. ¿Un libro lleno de letras? Luego las borraré todas y me dedicaré a escribir en sus páginas en blanco todo lo que me gustaría decirle si lo tuviera delante. ¿Un aceite corporal? Nunca será la misma sensación si yo me lo pongo que si él me lo unta con sus caricias. Me da coraje rasgar tanto inútil papel de regalo, deseo más dejar su cuerpo al aire y a la vista de mi mirada ávida..
Y encima, después de darme esta porquería de regalos, brindar con champagne. ¿Para qué? No tengo motivos, porque él se encuentra lejos, pero lo que sí sé es que el día que estemos juntos , para celebrar esa "fiesta", bastará brindar con nuestras salivas meladas y mezcladas..."
Todo esto estaba dispuesto a decir, este año, en voz alta Sonia cuando le dieron sus regalos, pero de su boca solo escuchó que salía un tenue: "Muchas gracias". A continuación dejando los paquetes allí mismo se dirigió a su cuarto y tras cerrar las puertas lloró con amargura.
A tu "lado"

Tu presencia silenciosa quebró mi sueño y el rumor próximo de tu respiración excitó mi amanecer. Torpe, acostumbrada a tantas frustraciones mis dedos trataron de encontrarte a mi lado...aún sintiéndote tan lejos. Pero sí, estabas allí, tumbado junto a mí, cuando alargando, levemente,mi brazo exploré bajo tu pijama el tacto anhelado de tu piel. Mis uñas, arregladas la noche anterior, para ese encuentro que nunca se da, arañaron con suavidad tu pecho, perdiéndose en su maraña de pelos, agitaron tus tetillas y danzaron sobre tu barriga, bajaron por tu pubis, ¡buscándote! Pero tu sexo permanecía despistado pendiendo, displicentemente aburrido y desinflado, sobre tu muslo.
Permanecías estático, a pesar de que yo estaba atenta a la mínima de tus reacciones de respuesta, siempre esperanzada una vez más decepcionada. Mi cuerpo empezaba a arder de un deseo no satisfecho y aburrida del esfuerzo y del desperdigado empeño, abandoné el contacto del tuyo. Mis manos volaron sobre mi piel posándose en su tersura e intentando calmarla, sin importarme si tú eras consciente de ello. Acaricié mis pechos, redondeando sus formas con mis dedos y apretando con fuerza mis pezones. Sentí que mi respiración se aceleraba, la tuya permanecía quieta. Me gustó recorrer la suavidad de mi piel y sentir como los dedos resbalaban como por un cauce hasta mi mágica hendidura. Agité mis recovecos, mientras tú, ausente del todo, te levantaste sin decir nada al cuarto de baño. Coincidió el sonido del grifo con la intensa sensación de humedad que se me deslizó entre los muslos, mitad placer físico, mitad desangrado síquico. Y mientras mi cuerpo se agitaba , ahora mucho más libre en la soledad de aquel colchón, con movimientos desenfrenados, un gemido largo y de placer brotó de mi garganta, acallado por el ruido del agua de la cisterna que acabas de pulsar.
Mis lágrimas empezaron a teñir tu lado del colchón, una humedad que no percibirías porque cuando te acostaras, por la noche, volvería a estar seca.
De lágrimas

¡Los hombres no lloran!, me decían cuando era niño y lo aprendí tan bien que no he llorado casi nunca, sólo en aquellos momentos en que la vida se me hizo especialmente difícil de vivir. Y la mayoría de las veces lo hice en esa intimidad solitaria, casi vergonzante, en la que nadie me veía. Hubo alguna otra ocasión en que el fluir de lágrimas se hizo irreprimible y los que las veían lo hacían como algo ajeno a sí, lo que me hacía sentirme más triste.
Pero ahora es distinto, las cosas han cambiado la mayoría de las veces que lloro es de alegría y por primera vez en mi vida sé que dispongo de tu hombro donde apoyar la cabeza cuando me apetezca derramar mis lágrimas. Y lo más maravilloso es saber que ese día, en que eso ocurra, el fluido lento de mis lágrimas deslizándose por mi mejilla se mezclarán con la dulzura acogedora de la saliva que posará en ella tus labios.
Sobre la rama

(dibujo de Aires)
Invítame a dejar este aletear nervioso que surca el viento y a posarme sobre la rama de tu piel. Sosiega mi espíritu inquieto con la cercanía de tu cuerpo. Quiero aprehenderme con ternura a las líneas que trazan tus formas en el aire. Que el murmullo de mi corazón contagie cálidamente la savia de tu interior. Déjame protegerte del sol y la lluvia, acurrucándote en la sombra de mis plumas. Y así, que cada mañana la melodía de mis trinos sea capaz de anunciarte la llegada de una nueva primavera.
De la mano

(dibujo de Aires)
Me gusta sentir tu mano agarrada a la mía, cómo revistes mis desnudeces, y cómo tus dedos la rodean y la aprietan con esa mezcla de fuerza y ternura. Sentir el calor amigo de tu piel, tu presencia cercana anclada, a través de nuestras palmas y dedos, a mi persona. Andar a tu mismo paso, aunque mis piernas sean de distinto tamaño a las tuyas, ver como nuestras velocidades se acomodan hasta igualarse en nuestro paseo por la vida. Escuchar como el chapoteo de nuestros pies se confunden en los mismos sonidos. Sentir como la presencia de tu cariño ha desterrado mis soledades.
Y sobre todo, ¿sabes que es de lo que más disfruto? De saber que desde hace mucho tiempo caminamos por la vida, juntos, sin desviarnos un ápice, y en la misma dirección.
Nuestro rincón

Hoy quería hablarte de nuestro rincón... No tiene puertas por las que entrar, ni ventanas por las que asomarse. Su techo son las estrellas. Su suelo es un manto de colores de primavera que alterna con tonos otoñales. En su aroma se mezcla el aroma del azahar con los olores del almizcle y las fragancias del Iguazú. No hay lugar donde sentarse ¿para qué si cuando estamos allí nunca estamos cansados? La sonrisa de tus labios me permite acunarme en sus formas. En vez de oxígeno el aire está cubierto de ternura y la luz que ilumina, hasta los últimos resquicios, procede de tus ojos. Allí no hay nunca gestos equivocados, sino siempre adornados por mimos. No se fabrica nada útil, sólo caricias que se pierden en la piel del otro nada más brotar. Es un lugar donde no existen el tiempo, los relojes están prohibidos; en el que un silencio expresa más que mil palabras; es el sitio donde más a gusto me siento y en el que el resto del mundo está al otro lado...
Allí acudo si alguna vez me siento solo y saboreo lo que de ti hay siempre.Te podría contar muchas más cosas sobre él, pero ¿para qué?... si tú mejor que nadie conoces nuestro rincón.
Con mi escritura...

...quiero combinar letras, elaborar palabras y trenzar ideas que se abracen en torno a ti. Me gusta que reposes en ellas, desprendida de esos lastres que enmarañan tu vida cotidiana, y remansen suave y dulcemente tu ánimo. Ojalá que encuentres en ellas ese rincón que alivie tu tensiones, despierte tu imaginación, avive tus ilusiones, excite tus rutinas y alimente tus deseos...incluso esos que mantienes más recónditos.
Anhelo que en mis palabras escuches mi corazón que te habla , sólo a ti transformando nuestra conexión en íntimo diálogo y en un cauce fluido que vaya directamente a tu yo más profudo y sustituya, en lo posible, a toda esa comunicación de miradas, gestos, sonrisas, caricias...que la distancia nos impide. Con tus palabras, así mismo, vas logrando convertirme en parte de ti y te puedo asegurar que ese beso con el que siempre me despides es mucho más cálido y apasionado que esos otros cotidianos, casi forzados, que quedan prendidos en mis labios por efímeras pinzas, lo que produce que en seguida se desprendan.
Cara limpia

Hacía mucho tiempo que no nos veíamos y cuando te vi me llamó la atención ver tu "cara limpia", sin rastro de maquillaje ni pintura. Pareciste advertir mi relativa sorpresa porque me dijiste:
-Aunque me suelo pintar habitualmente un poco, hoy decidí que era mejor no hacerlo porque al quedar contigo, preferí que cuando nos despidiéramos tú siguieras con tu cara limpia.
No pudo menos que sorprenderme gratamente tu ocurrencia y cuando, tras doce horas inolvidables, nos despedimos comprobé que tenías razón...a pesar de todo yo seguía con la "cara limpia".
Agradeciéndote

Sí, son muchas las cosas que tengo que agradecerte en estos años en que la vida ha consentido en engranarnos, pero hay un par de ellas que quería destacarte especialmente: desde que te conocí, no he vuelto a saber lo que es la sequedad en mis labios ni la soledad en mi corazón.
Déjame en tus brazos...

...que me acomode en ellos. No digas nada. Estoy harta de todo y no quiero pensar. Quiero olvidarme de esos dolores que me acechan por la mañana y profetizan mi desgaste. No quiero pensar en la comida que tengo que preparar, ni en todo lo que tengo que planchar, ni en las historias de mi trabajo, ni en qué cara traerá mi marido cuando vuelva por la noche. Hoy no quiero lamentarme de un pasado gris, ni conjeturar un futuro que, hoy por hoy, lo veo negro; sólo quiero vivir este rato del presente...a tu lado.
Desprendámonos de todo ese mundo que está fuera de nosotros, empezando por nuestras ropas en las que llevamos prendidas tanto de la costumbre y de nuestra mediocridad. Una vez que te abrace con mi mirada, que haya provocado tu deseo, déjame que cierre los ojos...¡estoy tan cansada de sostener este corazón de a medios latidos! Y conviérteme en títere de tus dedos. Hoy no me resistiré a nada, todo lo contrario. Haz de mí lo que quieras, no lo que creas que a mí me gustaría, simplemente lo que a ti te apetezca hacer de mí y de mi cuerpo. Espolvoréame con el olor a melocotón dulce que desprende tu sexo y arráncale a mi piel, acezante de tus caricias, estertores placenteros. Estoy seguro de que así, dejándome laxa en tus brazos, como si fuera sólo parte de ti, voy a disfrutar como nunca hubiera imaginado. Abre tus brazos...¡soy toda tuya!
Discrepancia

Sabes que coincido contigo en casi todo, lo que no evita el que tengamos alguna discrepancia. Por ejemplo, cuando tienes esa seguridad tan grande de a donde nuestros caminos nunca nos llevarán. Yo cada vez estoy menos seguro de todo, a estas alturas sólo lo estoy de ti y de mí.
Junto a ti

Estoy tan acostumbrado a tenerte en la distancia, que esos escasos momentos que disfruto contigo se convierten en fragmentos de eternidad.
Tras tu estela

Ya que no pude recrear la almibarada dulzura de tu piel entre las yemas de mis dedos, déjame al menos arrastrarme en esa estela cálida que ha producido tu melena, agitándose en el aire, cuando comenzaste a alejarte de mí.
No puedo olvidarte

No puedo olvidarte… desde que esta mañana estuve a tu lado y disfruté de la vista de tus redondeces, perfectas y doradas por el sol. Te descubrí por casualidad y la sinuosidad preciosista de tus formas, sin rugosidades que interfieran la caricia deseosa de mi mirada, ha disparado todas mis ansias y excitado cada una de mis células sensitivas. Me atrae especialmente esa sutil hendidura, oscura y atrevida, que atisba la entrada al “no se sabe qué” y que está ornada a ambos lados por esos dos curvos, atractivos y apetitosos abultamientos.
No creo que durante mucho más tiempo pueda reprimir esos impulsos de hacerte mío, mi inclinación por ti toma aspectos tan acuciantes que deforman mi quietud.
Te deseo… (sigue)
Algo de ti

(Fotografía de Chris Maher)
Ya sé que no me pertenecía, pero no pude remediarlo y tras estar a tu lado y degustar tu dulzura me llevé conmigo una parte de ti, probablemente la más sabrosa. No intentes recuperarla, porque para ello tendrías que venir hasta donde estoy y no te aseguro, entonces, que esa parte que me llevé de ti no aumente todavía más.
Aquel rincón

Nunca pensé que al volver a pisar aquel rincón, después de todos estos meses, en el que aún se respiran brozas de nuestra antigua presencia, pudiera disfrutar de la sombra acogedora de esos árboles frondosos. Tus lágrimas, derramadas aquel día, regaron la tierra, vigorizando sus ramas que, desde entonces, se alzan anhelantes hacia el cielo.
Con alas

He desempolvado esas alas que me regalaste y les he sacado brillo. Todos los días las uso un poco para sobrevolar los malos ratos, las inquietudes adheridas, los inconvenientes cotidianos y las ilusiones fallidas. Las cuido y las mimo como un precioso regalo, pero mañana todo será diferente, me desnudaré, dejaré aquí todos mis lastres y armada sólo con ellas volaré hasta ti. Quiero que me acunes en tus brazos y llevar a cabo todos esos deseos desarrollados durante todo este tiempo en que la distancia ha sido nuestra principal enemiga.
Olvidaremos, por unas horas, el pasado y no pensaremos en el futuro, aceptaremos el regalo del presente y disfrutaremos el que nuestros corazones vibren al unísono a la sombra de mis alas.
Visitando nuestro jardín

Hoy acompañando a mis pasos he llegado hasta nuestro jardín, ese en el que dejaste colgada tu presencia el dia que lo visitamos. Esa luz brillante que precede al atardecer arrancaba destellos por todos sus rincones y me volví a sentar en el mismo sitio donde la última vez estuvimos sentado. Mientras tomaba un café preparé mi mente para enhebrar sueños. La sombra del naranjo me protegía de los rayos solares mientras sus hojas parecían estornudar con el movimiento del aire. La brisa acarició mi piel y yo entrecerré mis ojos...
Podía distinguir tus formas ausentes sentada a mi lado y el olor que desprendía tu piel que competía, venciendo, al olor de los jazmines y el brillo de tus ojos vistiendo la desnudez de mis sentimientos abiertos ante ti en canal. Al agitar mis dedos podía sentir la piel suave de tus manos que en aquella tarde de caricias quedó adherido a ellos. Y mis ojos...
Mis ojos se repartían entre tu escote y tus labios. Aquella abertura preciosa que dejaba al descubierta tu piel morena y que tus movimientos cadenciosos hacían oscilar graciosamente tus hermosos pechos, adornados con apetitosos lunares, que parecían dar ritmo a nuestro encuentro. Tus labios, abullonados, brillantes por la dulce pátina de tu saliva se curvaban continuamente en una sonrisa que dejaba entrever tu hilera de dientes. Un sorpresivo impulso atrajo mis labios hacia los tuyos, se creyeron osados robándoles su dulzor, pero se sorprendieron cuando lo entregaste, generosa, sin resistencia alguna.
Un leve campanilleo proveniente del alegre cimbreo de las flores de un pacífico, me despertó de mi ensismamiento. Apuré la taza de café, ya frío, y salí del jardín despacio, como para no romper el encantamiento, y con esa sensación vespertina de que habías roto mi soledad. Al paladear mis labios, todavía podía notar el sabor intenso de los tuyos...
Estoy deseando...

...que llegue ese instante del día en que alborotas mi atardecer con la llegada de tus pies descalzos. Disfrutar de cómo disuelves su cansancio en el agua y los mimas con la suavidad de la toalla. Sentarte a mi lado, en el sofá, y mientras reclinas la cabeza dejando pender tu melena, engalanada por esas primeras canas reflejo de todo lo ya vivido, recibirlos sobre mis piernas y dejar que mis manos lo acaricien sin prisas, juguetear con esos dedos y vestir su desnudez con mil sensaciones. Notar como tu cuerpo va perdiendo sus tensiones y te vas desprendiendo de todo aquello que enturbia tu ánimo, mientras tu espíritu se barniza por el sosiego. Captar como, poco a poco, te vas abandonando al leve zigzagueo de mi caricia hasta caer rendida por el sopor embriagador del reposo. Y, finalmente, dejar que ese silencioso rumor me contagie y me introduzca en el sueño para fundirme contigo en medio de él.
Fusión

Arrojó su vestido, de cualquier manera, sobre una silla. Su cansancio no le daba para más. Y desnuda se tendió sobre la hierba del jardín que, en esta noche de luna llena, pareció abrazarla tomando sus formas. No había parado en todo el día y su cuerpo se resentía del esfuerzo realizado.
Hacía calor, a través de sus pestañas semicerradas pudo atisbar las gotas brillantes de sudor que, a semejanza de pequeñas perlas, cubrían todo su cuerpo. Era la hora, ella estaba preparada…Él debía estar a punto de llegar y el anhelo de que llegara cuanto antes se tornó en desesperación. ¿Por qué tardaba tanto? Ella cerró los ojos y como queriendo atraerlo antes de tiempo, deslizó muy suavemente sus dedos en torno a sus pechos.
Sin hacer ruido, el entró en tan silencioso como la brisa y, casi sin darse ella cuenta, fue deslizándose, invisible, hasta esa figura deseosa. Poco a poco fue relajando aquel cuerpo, sus extremidades quedaron laxas, una extraña sensación la recorrió por entero hasta que al fin, la penetró profundamente haciéndola suya. Fue, entonces, dominada y fusionada por ese sueño que, era a quien ella esperaba, cuando quedó profundamente dormida y respiró suavemente.
Cansancio

No, no es que haya dejado de quererte sino, que tras tantos años en que mi esfuerzo chocó contra el muro de tu indiferencia, desencantado, he cesado de demostrártelo…
Paseo por la playa

Se dieron la mano y se miraron a los ojos.
-¿Dónde vamos esta mañana?
-¿Vamos a la playa?
-De acuerdo...
Y en poco tiempo se encontraron allí. Disfrutaron de un día maravilloso en aquella playa desierta, en el que el sol revitalizó sus cuerpos desnudos. Se enfrentaron en luchas sin cuartel sobre olas espumosas y se dejaron envolver, al unísono, por la envoltura delicada y sensual de la piel ajena. Cabalgaron sobre las nubes, caminaron sobre el agua y se enfrentaron en caricias inimaginables. Al fin con esa húmedad ambarina que las gotas saladas, mezclas de sudor y sal, vestían sobre su cuerpo se tumbaron cuan largos eran sobre la arena y se dejaron acariciar melosamente por los rayos de sol... pero la mañana terminó.
Dos figuras blancas aparecieron tras ellos, apartaron aquellas sillas ortopédicas de la ventana y las condujeron, mientras ellos seguían de la mano, al comedor del asilo.
-¡Qué le gusta a esta pareja pasarse la mañana mirando por la ventana! Y eso que sólo se ven pasar coches por aquí delante.
Mientras servían sus platos, ellos uno a lado de la otra, se miraban y sonreían.
Dulce de leche

Tras verla, cuando regresó de sus vacaciones el tono monocorde, pero de sedoso brillo, de su piel le recordó al dulce de leche, despertándole una intensa imantación. Al decírselo, ella, cual caramelo, se deshizo con pausas seductoras del "papel" que la envolvía. Gratamente sorprendido se percató de que aquel color se extendía por cada centímetro de aquella piel sin ninguna zona con alguna pátina desvaída que la manchara.
Pero fue al paladear aquella superficie, cuando se dio cuenta de que su sabor era mucho más delicioso de lo que su encantador aspecto, en un principio, había presagiado.
Despertar

Hoy quiero que me despierten tus labios con sabor a miel, posándose sobre los míos. Que tus caricias alboreen mi mañana iluminando mis oscuridades. Quiero sentirme un títere entre tus dedos, nadie como tú ha movido mi cuerpo arrancándome tanto placer.
Aprovecha mi desnudez y vístela con tu saliva, no hay prisas... Cubre mi piel de brillo y humedad en la que tus dedos se deslicen y vayan espabilando mis sentidos. Quiero que, una vez despiertos, los haga crecer hasta desbocarlos, sentirlos sin ataduras ni límites. Confundir nuestros cuerpos hasta que el sol, ya, nos bañe con su luz.
Y luego...dormirme otra vez...pero con tus brazos, en torno a mí, rodeando mis ausencias y mis soledades.
Advertencia no tenida en cuenta

Mira que te lo advertí, recuerdo que fue casi al principio de conocernos. Sé como soy y yo sabía que podría ocurrir. No sé la causa, pero no tuviste en cuenta aquel aviso, continuaste adelante y preferiste seguir tus apetencias. Entonces fue, cuando hiciste aquello, que yo te advertí, que tuvieras cuidado de no hacerlo: ¡me acariciaste!
Y desde ese instante...¡ya no me he podido separar de ti, ni tú desprenderte de mí!
Té para dos

El camarero depositó sobre la mesa las dos jarras humeantes con el té y las dos tazas con la rodaja de limón, mientras el ambiente estaba envuelto en sonrisas. Ella cogió una jarra tras otra y llenó las dos tazas, empezando por la de él. Sus movimientos, suaves, acariciaban el aire y ambos disfrutaron de esos segundos en que el rumor del líquido arañó en un fa sostenido la superficie de loza fina de las tazas.
El no perdía comba de aquellos dedos ágiles, finos y hermosos que se movían con destreza. Vio como, ahora, mimaban la piel del limón y su memoria revivió el contacto de aquellos dedos con su propia piel. Mientras las agrias gotas exprimidas creaban minúsculas ondas en la superficie del té siguió recordando cuando aquellas sedosas yemas arrancaron el placer de su epidermis. El azúcar se deslizó grano a grano hasta salpicar invisiblemente en su contacto con el té. Terminó este ritual, ella era la experta, disfrutaba con el té. Él era su primer té, pero durante los meses que tardaron en encontrarse, soñó con este momento de compartir con ella algo que sabía que le encantaba.
Cogieron sus tazas en sus manos, cruzando sus miradas luminosas sobre los bordes de ella. El humo desdibujaba oníricamente la escena. Sus labios a pares sorbieron el líquido con esa fruición, comparable a que estuvieran topándose con los labios del de enfrente. Y muy lentamente, gota a gota, el té se extendió por sus lenguas, disparándose sus papilas gustativas y rebosando hacia la garganta las acarició como si fuera el más excelso de los jugos.
Mientras sus lenguas lamían los restos húmedos que habían quedado en sus labios, ella pensó que era el té más exquisito que nunca había tomado, mientras él pensaba que estaba mucho mejor de lo que nunca imaginó y que difícilmente volvería a tomar, en toda su vida, un té como ése.
Mi piel tiene sed

Mi piel tiene sed…
-de despertarme a tu lado y saborear juntos el alboreo del amanecer
-de tu mirada de deseo, llameante, que acreciente mis ilusiones
-de la humedad viva de tu lengua que zigzaguee refrescando mi pasión
-de tus besos que compitan con los míos en la construcción de torbellinos a nuestro alrededor
-del roce de tu cabello alborotado que cual hilos de seda hormiguee todo mi ser
-de tu mano que rodeando la mía nunca me deje sentir la soledad
-de las caricias entrelazadas de tus dedos que transiten sin pausa por toda mi piel
-del cosquilleo casi imperceptible de tus pestañas sobre mi pecho que endurecen sus crestas
-de tu abrazo que me rodee, me acoja, me acurruque y me haga sentir tuya
-de tu cuerpo que ambiciono sentirlo próximo y que tome posesión del mío
-de sentir el saboreo complaciente de mis labios descendiendo por las firmes curvas de tus nalgas
-de tu sexo que me horade estremeciéndome en deleitosas sensaciones
-de tu voz que mime mis oídos con palabras dulces
-del sabor y el olor de tus jugos que sacien mi deseo desenfrenado
-del aire de tu respiración que abrigue cálidamente mis recovecos desprotegidos
-del latido de tu corazón que musique el ritmo de mi vida cotidiana
-del sonido mudo de tus pisadas, acompasándose a las mías
-de desprenderse de su voluntad y abandonarse en tus brazos
¡Mi piel tiene sed de ti!
Visita al cementerio

No era un dia aparentemente adecuado para visitar ese cementerio, no hacía viento, el sol brillaba en lo alto y la goma de mis suelas chasqueaba contra la rugosidad de la piedra que cubría el suelo. A mi alrededor sólo silencio, roto levemente por el murmullo macilento, que crea la nostalgia, prendido de las ramas de los árboles que me rodeaban.
Caminaba con ese andar que marcamos cuando no vamos a ningún sitio, por entre las lápidas grises y negras que me rodeaban. La imaginación imantada hacia el pasado y la pena pesando en el presente. Me acercaba a aquellos túmulos tan lisos como fríos, a pesar de la alta temperatura, y mis dedos trataban de arrancarles esos restos de vida que un día hubo y ahora, por mucho que me empeñara, ya no existía. Flores desnudas de pétalos se arremolinaban por los rincones y, en un determinado momento, empecé a arrepentirme de esta visita al cementerio de las "palabras muertas".
Sí, aquí yacían, aquellas palabras que un día brotaron espontáneamente de mi yo profundo y formaron ristras de ideas, en el aire o el papel, vivas, almibaradas y tiernas. Palabras que derribaron muros, que ardonaron ideas o socavaron corazones; que incluso jugando sólo con veintiocho letras producía combinaciones inimaginables recreadas en ternura e ilusión. Pero el tinte ocre del tiempo las decoloró y se fueron lastrando hasta que murieron en sí mismas y quedaron depositadas en este lugar.
El paseo termina y mientras salgo de este recinto, me engaño con la idea de que sorpresivamente un "terremoto" recorra este desmadejado paraje y quebrando la firmeza de estas losas, dejen salir por sus resquicios, otra vez vivas todas las palabras que allí se encierran.
Al despertar...

...me puse a soñar, con ese deseo siempre frustrado de, que alguna mañana me rescatarías del sueño, rodeando mi cuerpo, con un abrazo tuyo empapado en ternura...
Giré la cabeza y dormías a mi lado. ¿Con qué estarías soñando tú?
En el sofá

Estaba tumbado en el sofá, sumido con un libro entre mis manos, cuando al pasar la hoja, mi mirada se distrajo hacia la ventana y se perdió más allá de las nubes. Cerré los ojos y apoyé el libro sobre mi pecho. Fue cuando sentí la puerta que se abría y el aire me trajo el aroma de tu presencia, cuando intenté decir algo tu dedo delante de tus labios reclamó mi silencio. ¿Cuándo habías llegado?
Te acercaste a mí con tus andares de gacela, mientras te desprendiste de tu vestido, todo lo que tenías sobre tu cuerpo, que voló sin alas hasta la silla. Seguí estático sobre el sofá mientras que tus rodillas se aposentaban a ambos lados de mis caderas. Inclinaste tu cuerpo con lo que tus pechos se me acercaron, por el aire, con una seductora, pero descompensada oscilación. Intenté apresar tu pezón con mis labios, pero me dijiste que hoy querías mandar tú. Quedé quieto mientras tus dedos con habilidad artesana fueron separando cuantos botones y ojales se encontró en la exploración que realizó desde mi pecho hasta mis pies.
Te volviste a sentar sobre mi barriga, ahora sin telas que separaran nuestras pieles y tu alfombrilla de pelos cortos cosquilleó mi ombligo. Tus manos iniciaron caminos variados sobre mi pecho y hasta escalaron las cimas placenteras de mis tetillas. Deslizaste tus nalgas hacia atrás, con lo que dibujaste una línea de aromática humedad sobre mi pubis. Tus brazos rodearon mi cuello y tus labios empezaron a producir besos que se repartieron por todo mi cuerpo y extrayeron más de uno del interior de mis labios. Con un hábil movimiento sin manos me colocaste en tu interior. Tus movimientos vivos y hábiles hicieron que tu cuerpo se sacudiera en el aire en pocos segundos y que, seguidamente, todo mi placer acumulado fluyera...
Aquella humedad inferior me despertó. El libro estaba caído sobre mi pecho, tras la ventana habían aparecido las estrellas. Tal vez fuera cosa mía, pero el aire de la habitación estaba teñido de ti.
¿Viaje a ninguna parte?

Te montaste en un vuelo con destino incierto, ibas sin miedo, intuías que el piloto era diestro y avezado. El trayecto fue mucho más maravilloso de lo que nunca imaginaste. Disfrutaste de piruetas del todo desconocida y sentiste como la adrenalina subía más arriba de la mayor de tus cimas, mientras sobrevolabas, cosquileándolas, nubes de algodón y dejabas atrás todas tus tormentas. Paisajes maravillosos cruzaron ante tu vista, que hicieron brotar en tu interior ilusiones de seda que acolcharon tu espíritu. El aterrizaje fue suave sobre terrones mullidos de hierba con olor a primavera recién regada.
De pronto pareció que habías despertado de un sueño y la vida a empellones te sacó con prisas de aquel aparato, sin tiempo para mecerte en los recientes recuerdos y durante unos minutos todo pareció acelerarse ante tus ojos. Al fin llegaste a ninguna parte, tus pies se detuvieron, el tiempo cesó y hasta el canto de los pájaros enmudeció. Fue, en ese momento, cuando te diste cuenta de que lo más maravilloso de todo ese viaje es que te habías acercado, sin darte cuenta, al centro de ti.
Larga espera

Sí, llevaba aguardando mucho tiempo, apartando el visillo para observar tu llegada y esperándote mientras mi deseo creciente despertaba al máximo mi sensibilidad. He tenido tiempo en todos estos años de que esa coraza, que asfixiaba mi personalidad, se desprendiera y he perdido la ropa que me cubría quedando desnuda frente al mundo y delante de ti.
Apareciste cuando menos lo esperaba y mucho más maravilloso de lo que nunca imaginé: tu pelo alborotado coronando un rostro impregnado de ardiente sosiego, tu cuerpo deseoso semejó un caramelo dulzón que no me aburría de paladear, tus caricias compitiendo en ternura y pasión me arrancaban los más sabrosas sensaciones. Pero lo más maravilloso fue dejarme conducir de tu mano por aquellos desconocidos laberintos y cerrar los ojos, olvidándome de todo lo demás y pensando que para llegar a esto, bien valió la pena tanto tiempo de espera tras esos visillos.
Echar de menos

Tras vanos esfuerzos de que tus caricias fueran respondidas, pusiste fin a tus intentos con aquel beso que recibiste...casi imperceptible, escrito trabajosamente en el aire, desnudo de pasión, de sentimientos invisibles...entonces...no pudiste dejar de echar de menos aquellos otros besos...encendidos en ternura, luminosos, que cada uno pedía otro y en que los labios se fusionaban como llamas encendidas. Fue cuando cerraste tus ojos y tus labios, y pudiste encontrar en tu saliva rastros de aquel inolvidable y maravilloso sabor, que aún tenías reciente.
Tardes de junio

Tardes de junio de color de melocotón, aromas a azahares tardíos y playas, aún, gratamente solitarias. Transición entre el recio frío y el calor sofocante, donde la prisa se detiene y prepara el ánimo para esa época venidera del solaz de los minutos lentos en que ni reloj hace falta, tal vez sólo el de arena en que la lenta caída de sus granos sirve de distracción para la vista. Luces que se alargan en el cielo, ahuyentando la noche hasta madrugadas imposibles. Trastoque de armario, acopio de libros. Y cuando los primeros lametones veraniegos entreveran sus caricias alrededor de mi cuerpo, yo, desnuda en esta tarde, mientras sueño, me dejo mecer, sin prisas, en los brazos amorosos de la siesta.
Unas gotas de lluvia sobre mi cabeza

Amanecía, cuando caminaba el otro día bajo la lluvia. Las gotas marcaban un compás de La mayor sobre la tela del paraguas y el viento frío me acariciaba con un des-abrigo invisible. Mi mente iba ocupada en esa cocina de sentimientos que tu recuerdo produce cual hábil cocinero, cuando al girar una esquina una ráfaga desatada tronchó limpiamente mi paraguas. Cayó en un charco y me quedé con el extremo en mis manos, que perdida su utilidad acabó chapoteando junto con otras basuras en una papelera. Me alegré que en la calle solitaria nadie hubiera sido testigo de aquel incidente.
¿Nadie? A través de un portal tu mirada picarona iluminó el chapoteo brillante de las gotas de lluvia que, ahora iban pegando la tela humedecida a mi piel. ¿Qué hacías por allí a aquellas horas? Y como si la cocina de sentimientos hubiera ya producido su primer plato, sin decir nada, te acercaste a mí y amoldaste tus labios a los míos. Mis labios distinguieron esa humedad cálida, sabrosa, de esa otra que iba impregnando todo mi cuerpo. Y como queriendo protegerte de esos chorros comunes que se deslizaban en correntías a través de nuestra piel, mis brazos se cerraron en torno a ti. El contacto de tu piel húmeda atravesó las telas que nos separaban...
Un portazo de la ventana terminó por despertarme. No paraba de llover. El suelo del dormitorio estaba mojado y tu lado del colchón estaba ocupado por una silueta húmeda que dibujaba tu ausencia sobre la sábana.
Vacaciones caribeñas

¡Qué a gusto me siento aquí! Apoyada, en este árbol de la playa, con los ojos cerrados, mientras me dejo acariciar por la brisa tropical y el rumor de las olas que bañan la orilla. Está buenísimo este daiquiri. Necesitaba estos días de descanso, por un lado, para no hacer nada y por otro, para dar rienda suelta a la pasión. Aún me tiembla la piel al pensar en el revolcón que tuve anoche aquí en la playa con aquel mulato que acababa de conocer, teniendo como único testigo a la luna. Nunca creí que en un encuentro se pudiera disfrutar tanto...
-¡Eh, “chochito” despierta y deja de sobar! ¿Otra vez t’as quedao dormía? ¡Qué poco acostumbrá estás a madrugá! Date prisa que tenemos que acabá de limpiá. Ya no quea ná pa que llegue la gente de la Agencia de Viajes y se abra al público.
Rumor de ausencia

Me duele, a esta hora en que alborea, el rumor rabioso de tu ausencia, el recuerdo de tu cuerpo que presiento solitario tendido en el colchón que encrespas levemente creando caprichosas arrugas en su superficie. Veo las sábanas, que protegen tu desnudez, moldeadas sus formas por las ondulaciones de tu cuerpo. De las honduras de la tela surgen esas líneas tuyas, tan sensualmente vivas, que se avivan en mi memoria despertando mis deseos. Puedo imaginar la seducción visual de tu melena azabacheña, cubriendo alborozada y mimosamente tu nuca, que reposa, acogedora y con formas leoninas, sobre la almohada.
Mantengo vivas en mí las caricias que me diste, esas sensaciones cargadas de pasión y ternura en las que te revelaste como verdadera artífice y ansío ese momento en que puedan volver a repetirse.
Quisiera quebrar la quietud de esa escena revivida, hurtarte espacio de tu colchón socavando su superficie con el peso de mi cuerpo, que uniéndose al tuyo te haga disfrutar de mi piel ardiente, mientras jugando en el aire, fusionamos nuestros labios y confundimos nuestros alientos.
Sueños imposibles

(Fotografía de Concha Arias)
Hoy quisiera hurgarte en los que tú llamas sueños imposibles, en esos que encierras dentro de ti cuando haces de tu intimidad una hermética fortaleza. Esos sueños que disfrutas, liberada de prejuicios de cualquier tipo, y en los que das rienda suelta a tus fantasías y a tus deseos más profundos, en que se mezclan, sin orden ni concierto, la pasión desbocada con la ternura contenida. Los gozas con esa libertad que te da el estar liberados de cualquier clase de críticas y sometidos, exclusivamente, a tu arbitrio.
No te asuste mostrar lo más primitivo de tus ansias en ese punto en que la mente sucumbe en la atávica batalla ante la fuerza arrolladora del corazón, esa faceta tuya que al descubrírmela acabará por seducirme. Quiero entrar ahí, con tu permiso, para paladear contigo esa felicidad que anida en tu paraíso.
Hazme partícipe de ellos, para que podamos cabalgar a pelo a lomo, cabellera al viento, de las mismas fantasías, recorriendo paisajes infinitos mientras compartimos sensaciones inenarrables. Instalarme en esos oscuros pero dulces recovecos donde esos sueños, que te parecen imposibles y utópicos, vividos a dos pueden convertirse en sueños impregnados con la esperanza de que un día…
…se hagan realidad.
Colchón y marejada

El colchón cuan inmenso océano se extiende más allá del infinito. Los desimantados cuerpos de la pareja, se posan descompasadamente, sobre él y son agitados por un temporal, que inicialmente se abate imperceptible y más tarde se encrespa, debido a la soterrada monotonía cotidiana.
Se cimbrean sobre las crestas de las olas azotados por látigos de espuma, hundiéndose hasta hoquedades impensables. Pasado un tiempo, ambos se pierden de vista en aquella inmensa amplitud.
Movimientos de serpiente

Me recuerdas a una serpiente. Te acercas sigilosa, deslizando las plantas desnudas de tus pies descalzos, lamiendo el suelo, hasta donde estoy, como si yo fuera una presa a devorar.
Los resplandores nacarados de tu piel iluminan la habitación con sus destellos. Te detienes frente a mí y como si mi mirada detonara las curvas de tu cuerpo, éstas oscilan en un singular baile que traza eses en el aire. Estos movimientos cadenciosos hacen que tus pantalones vaqueros fluyan hacia la parte inferior de tus muslos. Dejan al descubierto el acceso a la gruta de tus placeres, que destaca ornamentada por esos minúsculos rizos azabaches, especialmente brillantes, debido a las salpicaduras de las gotitas húmedas que de ti manan.
Cuando los pantalones han llegado a tus tobillos, un movimiento ágil de éstos, los lanza por el aire, brindando tu piel con todo su esplendor a las caricias de mis ojos. Te acercas a mí y te enroscas con delicadeza manifiesta en torno a mi cuerpo, rodeando mis caderas con tus piernas y mi cuello con tus brazos. Mi sexo sintiendo la proximidad del tuyo, lo busca, lo encuentra y lo besa con gustosa facilidad hasta esas profundidades insondables en las que se detiene y saborea hasta la última gota de tu “veneno”.
La llave mágica

Cada mañana, me pregunto, en dónde conseguiste esa llave mágica con la que lograste abrir el cofre en el que yo encerraba toda mi capacidad de ternura.
El espejo

Quiero volver a mirar
nuestra imagen esculpida a fuego,
en ese abrazo inolvidable
grabado en el espejo.
Contemplar en su cristal
la parálisis del tiempo
y cómo a pesar de los años
sigue vivo ese reflejo.
Tu regalo

Cuando la distancia física, entre nosotros, volvió a convertirse en algo habitual, me dijiste que te dolía no haberme hecho un regalo. ¿Qué no? No tuve que pensar mucho para decirte cuál era el maravilloso regalo que me habías hecho durante el tiempo que disfrutamos juntos: me hiciste descubrir lo mejor de mí mismo.
La ternura de tus dedos y las caricias de tus labios rasgaron mis murallas, y de mi interior afloraron, hacia ti, todas aquellas cosas que, sin yo saberlo, tenía guardadas celosamente para cuando apareciera la destinataria adecuada: ¡TÚ!
La felicidad...

...es simplemente, muchas veces, el vivir en la realidad esos sueños que nos acompañaron durante mucho tiempo.
Y esto no me lo ha contado nadie...
Mi silencio

No creas que mi silencio de los últimos días era fruto de la pena o el olvido. No creas que mi rumor interior se ha estrellado contra muros invisibles. No creas que todas las palabras que durante este tiempo han florecido en mí se han disuelto en lagunas grises.
Sólo están sufriendo una transformación, dentro de mí, para que cuando nos encontremos, se desparramen sobre tu cuerpo en forma de besos.
Las dos

Me gustan tus dos columnas, turgentes, envueltas en carnes, que se alzan, perpendiculares al suelo. Su visión engalana mis sentidos. Me gusta contemplar sus líneas vivas que serpentean creando una imagen atrayente y seductora. Me gusta ver como las formas de tus muslos se encogen sobre sí mismas a medida que descienden hasta diseñar con maestría artesana tus tobillos. Me gusta ese brillo envidiable que desprenden, el reflejo en ellas del sol del verano, su color de caramelo que excita mis papilas, la suavidad de su tacto que enciende la lumbre de mi deseo. Sentir cuando se abren para acoger mi cuerpo y me ciñen la cintura, sintiendo como su íntimo contacto me alborota, mientras me pierdo por tus lindes.
Me gusta cómo se alzan elegantes y prietas sobre tus zapatos y ese movimiento sensualmente oscilante que provocan a tu cuerpo cuando te acercas a mí. Me gusta como al desprenderte de los tacones, tus talones descienden sobre el suelo arrastrando, tras de sí, a tu cuerpo; admirar tus pies y acariciar muy lentamente tus dedos, sorberlos en mis labios de uno en uno, mientras mis manos palpan tus extremidades de arriba abajo…
Sí, decididamente, me encantan tus piernas…¡las dos!
Despertar de cristal

El canto de un gallo lejano y desconocido la despertó. Semiabrió los ojos mientras era consciente de, que aunque había dormido bien, maniobras nocturnas de su insconsciente le habían marcado un dolor que se extendía por todo su cuerpo. Tuvo esa tentación, con sabor a vieja reminiscencia, de buscarle a Él por la cama, para que le aplacara aquel sufrimiento, pero el sonido lejano de la televisión, indicándole que ya había Él resbalado de la cama, le hizo cesar en aquella búsqueda imposible.
Su cuerpo se desparramó por el colchón, sediento de sensaciones y perdido en aquella cama sin rincones ni recovecos. De su interior salieron gritos silenciosos, que nadie podía oír, pero que atronaban sus oídos provocándole ramalazos de desesperación. Se desprendió del camisón, que parecía quemarle al contacto con aquella piel que semejaba estar en carne viva y se sintió mejor al percibirse desnuda en la penumbra del amanecer.
Poco a poco sus poros se fueron abriendo y aprehendiendo todas las sensaciones de que era capaz. Primero del aire que la envolvía, después de esos variados momentos dulces, atrapados en su recuerdo, y al fin de dedos invisibles, dedos sanadores, que atenuaban, aunque fuera de manera imperfecta, esa ansia de su piel.
Optó por evadirse por aquel resquicio que su imaginación le brindaba y mientras los dedos dibujaban figuras de seda a lo largo de toda su piel, su mente viajaba a ojos luminosos, a labios jugosos, a manos hábiles y a un miembro inolvidable, reales o imaginarios, con nombres o anónimos ¿qué más daba? Los dedos seguían caminando, por sus caminos epidérmicos, sin prisas, reconociendo sus resaltes y deteniéndose en sus honduras, creándole una impresión, al principio levemente agradable que como una bola de nieve que se desliza por una montaña, finalmente le provocó un alud de temblores que se transmitieron hasta el suelo por las patas de la cama.
Dio dos respiraciones profundas, mientras aquel dolor calmado se transformaba en secreciones de distintos aspectos. Por un lado la que ahora pendía de sus dedos húmedos con olor a ella, por otro el sudor que afloraba y salaban sus labios y unas lágrimas que, entre dulces y amargas, como perlas de cristal estallaban al caer al suelo.
Se levantó de la cama, ahora su cuerpo desnudo, le parecía estar cubierto de telas. Se lavó la cara y se observó al espejo esbozando una sonrisa en la que no le pasó desapercibida un rictus de amargura. Se peinó y salió del cuarto de baño dispuesta a afrontar ese nuevo día.
Reflejos

Quiero sentarme a tu lado
resbalándote mi cuerpo,
deseoso y desnudo
por tu piel de caramelo.
y despertar tus sentidos
con mis brasas tu fuego.
Rescatar mi vista,
de ti mi reflejo,
saborear los dulzores
de todos tu recovecos.
Meciéndonos en el aire
entre minutos eternos,
esos que paran las horas
y nos detienen el tiempo.
Mis regalos

Es tiempo de regalos y dádivas, de sorprenderte con algo que te guste y te alegre. Difícil empeño y es que no suele ir parejo a su precio en euros sino a su valor en cariño y este es difícil de medir. .De todas formas, intentaré acertar contigo, he aquí mi lista de regalos:
-Un frasco de aroma de azahar de una tarde de primavera andaluza.
-Un arrumaco como sólo sabe darlo la brisa cuando navegas en aguas plateadas.
-Unos pasos, que consigan caminar sincronizados junto a los tuyos, ni más rápidos ni más despacio.
-Una cinta que se pueda rebobinar a voluntad, donde están impresas aquellas sensaciones que brotaron en ti con mis primeras caricias.
-Un despertador, que nunca atrasa, y que te despierte con besos suaves que se extienden por tu cuerpo.
-Un vestido de fiesta, de color amarillo otoño, para ponértelo cuando nos veamos.
-Un libro con las hojas en blanco en el que podamos escribir y compartir nuestras líneas cotidianas.
-Un muñeco de nieve de los que no se descongele con la sonrisa perennemente congelada en la que se refleje la tuya.
-Un bote de “limpiatodo”, presto a quitar esas inevitables manchas oscuras que aparecen en tu horizonte cuando las circunstancias te son adversas.
-El murmullo melodioso del chorro de una fuente en una noche de verano de luna llena.
-Una mano, que detecte cuando tienes la necesidad de que agarre a la tuya.
-Un boleto de entrada, a esa fiesta continua que originas en mi corazón
-Y un regalo repetido, pero con el que estoy seguro de acertar, una caja donde he depositado trescientos sesenta y seis besos, en forma de mariposas, de distintas formas y colores para que durante todo este año y diariamente, aunque yo esté lejos, puedas en cada uno sentir mi cercanía.
Contradicciones

¿Por qué serás que basas muchas de tus esperanzas en mis contradicciones?, me preguntabas con esos ojos picarones de quien conoce perfectamente la respuesta.
Capricho

Es sorprendente lo que yo llamaría radiografía del capricho, especialmente en estos días donde la vorágine consumista se apresta, especialmente por esas convenciones sociales, a hacer de las suyas. Convivimos el día a día de nuestra vida con los picos, más o menos soportables, de nuestros deseos, pero...¡sobrevivimos!
Un día, sin saber cómo, surge y toma formas en nosotros el capricho, puede ser por una recomendación de un amigo, por un anuncio que nos sorprende, por una imagen que se nos evoca, ...y se convierte en un deseo que nos acucia, que nos absorbe,...¡ya no seremos feliz hasta que tengamos ese capricho! Y sin apenas conocerlo sin haber escuchado hablar antes de él, ahora se convierte en la fuente primigenia de nuestros deseos, en el objeto único de nuestros anhelos y en el centro de nuestra vida. Ese algo preside nuestros sueños y, con más razón nuestros despertares. Desconocemos cómo pudimos vivir antes sin ello, porqué ahora se ha hecho tan insustituible, cómo en nuestra vida hay un antes y un después a ese momento.
Y, cuando me miro al espejo, yo que me creía tan diferente a todos esos que corren en pos de algo que les llene, me he contemplado igual a ellos, incompleto, deseoso,... Podías aconsejarme, probablemente con simpleza, que no me atormente que teniendo en cuenta estas fechas, tengo la ocasión de pedirlo en mi carta a los Reyes, que probablemente no sea tan caro y pueda conseguir colmar y calmar mis ilusiones a partir del día 6 de enero.
Pero no, ¡es mucho más complicado de lo que imaginas! No es algo que se pueda adquirir, ni siquiera tiene precio y su valor es tan incalculable..., como que ese anhelo... ¡eres tú!
Méceme

Méceme,
en la quietud de tus olas.
Envuélveme,
en los besos de tu aire.
Cúbreme,
con la seda de tus caricias.
Dórame,
con los rayos de tu pasión.
Suéñame,
en la mejor de tus fantasías.
Esfúmame,
el rastro de mis miedos.
Confúndeme,
contigo que ya eres yo.
Ámame,
la mitad de lo que yo te quiero.
Y con todo eso, tan simple,
seré inmensamente feliz.
Dos amigas

Desde que éramos casi adolescentes mis ojos se fijaron en tu piel, en esa blancura brillante con la que me deslumbrabas. Nuestras miradas empezaron a besarse en el aire sin que supiéramos muy bien el por qué. No estábamos preparadas para ello, ni tampoco para decirnos adiós cuando la vida impulsada por el entorno nos separó. Y sufrimos el desgarro de la distancia unido a esos otros desgarros inconfesables en que nos sumieron los "bienpensantes".
Pero un día, siempre hay que confiar en esos regalos sorpresas de la vida, nos volvimos a encontrar. Ahora podíamos ser nosotras mismas... Aquella timidez inicial del reencuentro no tardó en ebullicionar todo aquellos sentimientos dormidos durante tantos años. Y las miradas dieron paso a sonrisas, éstas nos acercaron hasta que nuestros cuerpos mutuamente electrizados necesitaron su cercanía. La habitación rebosó de caricias, primero con la levedad con que lo hace las alas de una mariposa, luego con esas otras de violencia creciente y gustosa que produce la pasión provocando placeres de imposible descripción.
Nuestros labios mezclaron lo mejor de sus sabores. Mis dedos en lento devenir acariciaron y moldearon tus pechos y me gustó,por primera vez, el sentir entre mis dedos unos pechos tan redondeados y diferentes a los míos, lo que me lo hacían más gustosos. Me excitó el contemplar desde arriba tus piernas abiertas para mí y en medio tu deseada rendija cuya humedad, saliendo al exterior, era reflejada por la luz de la lámpara. Mis labios se acercaron a gustar el dulzor de tus interioridades hasta que sentí como te agitabas con temblores de placer que acompasaron tus gemidos.
Ahora, sólo nos queda abrazarnos muy juntas, cerrar los ojos y dormirnos sabiendo que el amanecer de mañana será el comienzo de una nueva vida en que vamos a sentirnos mucho más cerca y, probablemente, más vivas.
Hoy es buen momento...

...para, aprovechando la luz de la mañana, colarme por ese resquicio, que dejas habitualmente abierto entre las hojas de tu ventana para que entren las ráfagas de aire nuevo. Ayer tu vida se introdujo en la noche hasta esas horas en que los murciélagos ya bostezan y cuando te acostaste el peso, de tan largas horas de vigilia te hundió con rapidez entre las sábanas.
Es buen momento para colarme en la habitación y disfrutar de la quietud que tu sueño imprime al ambiente. Escuchar el rumor sonoro y lentamente acompasado del aire, que expulsas acariciando la roja carnosidad de tus labios que se descuelgan con levedad. Admirar esas curvas naturales que dibujan mimosas las sábanas y que destacan sobre la planicie del colchón. Acariciar con mi mirada tus hermosos cabellos negros encrespados graciosamente por los involuntarios movimientos del sueño, que trazan líneas oscuras caprichosas sobre tu rostro. En tu cara destacan la galanura de tus pestañas que con abrazo avaricioso se cierran sobre sus colegas inferiores para proteger con mimo a tus ojos, siempre vivos, de cualquier resquicio de luz.
Deslizo hacia abajo con movimientos de brisa las sábanas y el espectáculo de tu cuerpo armonizado, desprovisto de esas telas que te atan para dormir, hace tañer toda una melodía en mi interior. Mis manos se acercan a ti y sin tocarte, para no romper el estatismo de tu imagen, te acarician de pies a cabeza, mientras un placer silencioso me devora por dentro. Me deleito mucho tiempo en esta labor, hasta que guarezco de nuevo tu cuerpo bajo el diseño protector de las sábanas.
¿Es cosa mía? Pareces sonreirme desde tu sueño...atrapo al instante esa sonrisa y, aprovechando el impulso de sus alas, salgo por el resquicio en que entré, y vuelo hasta más allá de las estrellas.
Nuestra primera vez

Recuerdo nuestra primera vez, en que sin telas que dificultaran el contacto te acercaste a mí. Tus movimientos lentos de núbil gacela edulcoraban el aire y cada décima de segundo transcurrido añadía un gramo de alegría a mi gozosa espera. Sentí el abrazo de tu mirada y el roce de tus pestañas y ese impulso cariñoso de tus dedos que impulsaron mi cuerpo hasta que mi espalda buscó acomodo sobre el colchón. Sentí la calidez de las palmas de tus manos sobre mi pecho, mientras te arrodillabas sobre el colchón y aterrizabas tu sexo empapado con los labios hinchados, que abriéndose como una corola en primavera, abrazaron mi pene, endureciéndose por momentos, con intensidad.
Tu cuerpo se inclinó a través del aire y con la levedad de la seda se posó suavemente sobre el mío. Cada centímetro de mi piel se fue adhiriendo a la tuya, y se acentuó ese contacto placentero cuando las durezas de tus pezones, al contactar con los míos, le contagiaron dicha textura. Tu melena cosquilleó mi rostro, mientras quedé envuelto del aire cálido de tu respiración. El tacto suave de la piel de tu cara contrastó contra la mía más rugosa, y simultáneamente al cerrar los ojos gusté a tus labios que ansiosos y desesperados buscaban los míos. Nuestras dos parejas de labios se enzarzaron en un sensual baile por pistas deslizantes de saliva, a ratos lento, a ratos brusco, pero tierno y apasionado a la vez.
Sentía tus manos que recorrían todo mi cuerpo y con la habilidad de un virtuoso músico me extraías notas de variadas octavas en una sinfonía que me hacía volar a ras de las estrellas. El roce de tu cuerpo, que se deslizaba una y otra vez sobre el mío, erizaba mis vellos y tus pezones cimbreados como badajos acariciaban mi pecho de manera certera.
Mis dedos escapados a la acción de mi cabeza amasaban tus nalgas y delineaba sus curvas a la búsqueda de tus placenteros recovecos. Todo mi cuerpo oscilaba casi imperceptiblemente, hasta que, en un determinado momento, aquellos labios tuyos que abrazaban mi pene, lo engulleron hasta dentro. Entonces aquella vibración se convirtió en conjunta y sentí un placer indescriptible hasta que noté como tus movimientos se aceleraban hasta que sufrí, simultáneo a tus gemidos, el estallido más grande que nunca había sentido.
Nuestros brazos nos rodearon mutuamente, apretando nuestros cuerpos a la mayor proximidad posible. Después, relajada, cerraste tus ojos y respirando suavemente te dormiste sobre mí…
Me da miedo...

-que se me pierdan las palabras y no tener forma de encontrarlas
-el aislamiento por el hecho de ser diferente
-quedar teñido en algún momento por la desesperanza
-vivir lejos de aquello que deseo profundamente
-que caduquen las caricias que guardo dentro
-ser invisible
-ese día en que al despertar esté deseando que llegue la noche
-el silencio culpable incapaz de traducirse en palabras
-que el asombro se convierta en un sentimiento extraño
-que un día desaparezcas sin decir por qué
-perder la capacidad de soñar
-que mis besos se queden colgados en el aire
-las palabras vacías en un tálamo compartido
-quedar sordo al trino de los pájaros
-que mis sábanas dejen de arrugarse
-que el dolor en los pies no me permita salir corriendo de la realidad
-el depender de otros para las cosas cotidianas
-no solo el convivir con la soledad, sino no ser consciente de ella
-que los muros me bloqueen el camino
-que cuando logre llegar a ti se te haya quedado tu mano fría
Y tú ¿de qué tienes miedo?
Maquillaje

Nunca había sido partidaria de usar maquillaje, siempre se enorgulleció de llevar una cara fresca, lejos de aquellas máscaras de carnaval que se ponían sus compañeras de colegio para ir a trabajar. Pero aquella mañana, al levantarse y reflejarse en el espejo no le pasó inadvertida que su cara había cambiado. Le costó reconocerse ¿era ella? Su piel, sorprendentemente cuarteada, parecía que de pronto se hubiera plegado en mil caminos sobre sí misma, en arrugas múltiples que le recordaba el tema de las fallas tectónicas que había explicado en clase el día anterior. ¿Qué le había ocurrido de pronto? Le echó las culpas, inicialmente, a la pésima tutoría con que le había “obsequiado” este año el jefe de estudios, pero en seguida no tardaron en añadírseles nuevas excusas: esos cuarenta y cinco años que el mes pasado se había posado sobre sus espaldas, esa soledad que tanto le atenazaba y le hacía creer que había muerto definitivamente para los quereres, ese color gris que veía todas las mañanas a través de su ventana independientemente del color del cielo…
Y aquel día, en el colegio, trató de pasar lo más inadvertida posible, pasó casi todo el tiempo explicando de cara a la pared, prefería mostrar las ondulaciones de su culo, protegidas por su falda que aquel rostro que, de pronto, sentía tan pornográficamente al desnudo. Ese día para goce de sus alumnos, dijo que el tema de las fallas tectónicas se lo iba a saltar y les dejó tiempo para el estudio. Y mientras, ella reflexionaba que aquel rostro, al fin y al cabo, sólo reflejaba aquella alma dolorida con que transitaba por la vida. Entonces fue, cuando decidió que si no podía cambiar el alma, al menos, la disimularía.
Esa tarde fue a un salón de estética, la recibió una recepcionista de esas que nunca han tenido que ser cliente del mismo y tras tomarle los datos la reconvino, de “cómo a su edad no se le ocurría maquillarse”, dejándola en las manos expertas de una joven esteticista. Ésta tenía unos dedos hábiles y un peculiar gracejo andaluz, por eso no acabó de entender muy bien cuando le dijo aquello de “con los años el cutis tiende a ser más seco y aparecen las arrugas, por eso es necesario darle unas bases ansiedad que mejoren el rostro y lo hidraten, algo muy necesario en las caras maduras” ¿o había dicho “más duras”? Tras darle la base, para ir cubriendo imperfecciones, parece que le estaba retransmitiendo un partido, viene el corrector. Primero uno más oscuro para contornear y definir rasgos y luego otro con tonos más claros para resaltar. No hay que olvidar el iluminador dando un efecto bocadillo, primero se pone un poco bajo los ojos, luego el corrector y de nuevo el iluminador para dar más brillo a los ojos. Para las cejas se aplica primero un polvo y luego cera para peinar y moldear el vello. Ahumar los ojos primero con una sombra y suave en el párpado, luego trazar una línea negra en la base de las pestañas. Difuminar la línea con los dedos y potenciar el efecto con la ayuda de una sombra del mismo tono. Aplicar capas de máscara negra en las pestañas superiores e inferiores para reforzar la mirada, luego peinarlas. El truco en los labios consiste en exfoliarlos antes de maquillarlos con lo cual se convertirán en frescos y deseables.
Ella iba tomando nota mental de todo lo que hablaba aquella charlatana muchacha, pero las consecuencias de su madrugue y aquel momento de relajamiento tras el cansancio del día, se abatió sobre ella y se quedó dormida, sobre el sillón. No sabía que tiempo habría transcurrido cuando despertó, pero lo hizo tras un leve golpe que le dio en el hombro: “ya hemos terminado”. Se miró al espejo…y ¡quedó asombrada! Ahora era una verdadera belleza, ¡aquella chica era una verdadera artista! Había desaparecido todas aquellas arrugas que le habían horrorizado por la mañana y su piel aparecía nueva y reluciente.
Salió a la calle pisando con más fuerza y aquel día no se tocó la cara. Al dia siguiente al despertar descubrió que no había sido un sueño y su rostro se iluminó con una luz especial. Cuando salió a la calle no le pasaba inadvertida la expectación que despertaba a su paso y en el colegio todos se sorprendían con su nuevo rostro. Su mayor sonrisa interior fue cuando el Orientador, a quien el curso pasado le había lanzado ella los tejos, sin acertar en el blanco, le dijo que estaba hoy especialmente guapa. Aquella experiencia terminó de subir su autoestima y empezó a pisar con más fuerza. Eso sí, todas las mañanas le suponía levantarse un par de horas antes para seguir las instrucciones de aquella hábil maquilladora con aquellos productos que le ocupaban toda la estantería. Pero cuando salía a la calle se sentía renacida.
El colmo de aquel renacimiento fue el día que el interino de educación física, un joven que acababa de entrar en la treintena, musculoso y que a ella siempre le había gustado porque le recordaba a Harrison Ford cuando rodó la guerra de las galaxias, se acercó a ella con indudables ganas de cortejarla y le propuso invitarla a cenar el sábado. Ella consciente de su nuevo poderío, se resistió un poco, aunque no demasiado para no estropear aquella primera cita en varios años.
Aquel sábado estaba radiante, fue lo que le dijo él, pero, además ella lo sabía, desde que terminó de comer había iniciado un arduo arreglo en su rostro que había culminado con un vestido recién comprado el viernes anterior y que le dibujaba con lujosa delicadeza sus curvas. En la cena comió poco sobre todo los ojos azules de aquel deseado gimnasta y cuando terminaron le invitó a tomar en su casa una copa. La fuerza erótica se cortaba en el aire, sobre todo a partir de que se dieran su primer beso a la salida del restaurante.
Al llegar a su casa, el ascensor fue testigo mudo de labios encontrados y cuando atravesaron la puerta, ella se fijó deseosa en aquel bulto excesivo que destacaba en el bajo vientre de su acompañante. Ella le sirvió una copa y le dijo que mientras se duchaba, dándole una cierta musiquilla a sus palabras, “se pusiera lo más cómodo posible”. Se puso bajo el agua sintiendo como la revitalizaba mientras sus dedos espumados en jabón con su tacto, semejaban adelantar ese otro deseoso. Se secó la cara, sin poder mirarse en el espejo, turbio por el vapor. Y colocándose el albornoz abrió muy lentamente la puerta, a través de la rendija pudo ver que, efectivamente, se había puesto muy “cómodo”. Su ropa estaba hecha un amasijo sobre el sofá y aunque no lo veía, si distinguía su sombra de pie en la habitación con el vaso en la mano y el perfil de su miembro erecto más que destacable. A pesar de su humedad externa, sintió otra más interna y salió deseosa a buscar sus labios.
Pero, entonces, ocurrió algo inesperado. El levantó los ojos hasta ella y al verla su rostro quedó demudado y lívido, como si hubiera visto un fantasma, hizo ademán de decir algo, pero sus palabras se extraviaron antes de que pudieran salir de su boca. En un gesto rápido cogió el hatillo de ropa entre sus manos y acompañado de su miembro, ahora súbitamente casi invisible, desnudo tal como estaba salió corriendo escaleras abajo gritando: "esta se ha escapado de Shangri-la".
Ella se quedó quieta y al punto comprendió que tardaría mucho en tener otra cita, para que si alguna vez volvía a tenerla, algo tenía muy claro no se ducharía antes y mucho menos…se quitaría aquel mágico maquillaje que le había ocultado las arrugas, que ahora tras la ducha habían convertido su cara en la superficie de un viejo papiro.
Senta-2

Hoy en distintos momentos del día he tenido ese deseo irrefrenable de estar sentado tan próximo a ti, como te siento de cerca.
Tus/mis caricias

Hoy recibí tus caricias
prendidas en mis dedos.
El aire vivo agita
los mechones de tu pelo,
que escriben finas líneas
avivando mis recuerdos.
Sentí tu alegre presencia
imaginada en besos
que ágiles y vivarachos
trazan por mi piel senderos.
Quiero quedarme en tus brazos
sin hacer esfuerzos
que ellos me guíen
más allá del viento.
Mil veces he deseado
ese momento eterno
en que mi sexo empapado
y ahíto de deseo
tiemble y funda
tierra y cielo.
Hoy recibí tus caricias
prendidas en mis dedos.
Besos

Sólo son cinco letras, que en la distancia son repetidamente escritas y enviadas continuamente por el aire, surcando los cielos e intentando llevar en ellas todo lo que se pueda encerrar de ilusiones, sentimientos, colores, sonrisa, esperanzas, encuentros,... Palabras que se intercambian repitiendo una y otra vez, pretendiendo y consiguiendo que siempre huelan a nuevas. Cosquillas del espíritu y regocijo del corazón.
Pero cuando la distancia entre dos corazones anhelantes, al fin, disminuye y se colocan a unos pocos centímetros, estos se encuentran con que aquellas cinco letras cobran vida, florecen, toman cuerpo y se hacen diferentes, mucho mejor a lo que nunca pudieron haber imaginado. Aquel instante se convierte en uno de esos tesoros que la vida ofrece como premio por el hecho de aguantar vivo hasta que se llega. Entonces, aquella palabra florece y las letras pierden su color negro, sus semejanzas con pequeñas hormigas, para cobrar vida y disolverse en la mezcla creada entre los jugos de aquellos labios que se abrazan.
Diferencia

La única diferencia en que al tocar una misma barba sea suave y su tacto acaricie o, por el contrario, pinche y moleste, depende única y exclusivamente de con qué actitud se acerque ella a la misma.
Descanso

-¡Qué cansada estoy!- dijiste estirando tus, bien acabadas, piernas mientras colocabas tus pies sobre un banquito.
Me arrimé a ti y con una delicadeza sólo comparable a la que usó el que probaba los zapatos a Cenicienta, te descalcé lentamente. Los dedos de tus pies, se separaron con la comodidad que les daba el estar calzados, exclusivamente, por el aire. Acerqué mi mano y mis dedos acariciaron tu empeine con lentitud de caracol, captando, en su superficie, el temblor de un vello invisible que se erizaba.
- Llevamos todo el día paseando. Tengo los pies llenos de sudor y polvo. -parecías excusarte.
-¿De verdad crees que eso, a estas alturas, me importa algo?- te respondí a la vez que mi mirada cazaba chispas en la tuya.
Incliné la cara y mi lengua, deseosa, se dedicó a dibujar adornos de saliva cubriendo todos tus pies. Disfruté de aquel periplo lingüístico mientras, como si de un tobogán se tratara, la deslizaba juguetona por las ondulaciones sinuosas de tu pie. Tus dedos se agitaron gustosos durante todo aquel proceso, hasta que mi boca los fue engullendo uno por uno e iban desapareciendo en su interior. Al introducirlos dentro quedaban en una lacitud placentera, pero no por eso perdían la curiosidad de explorar la humedad intensa de mis dientes, mis encías, mi paladar…y se dejaban abrazar, a la vez que los saboreaba, mimosa y hábilmente por mi lengua. Aquel baile múltiple con tus dedos, uno tras otro, duró un tiempo que no sabría medir, como tampoco el intenso placer que me produjo. Lo que sí me di cuenta es que, aquella relajación, se transmitió a tus piernas y un vivo sosiego pareció rodear todo tu cuerpo. Cuando terminé con los dos pies me recompensaste con un suspiro de placer y una mirada golosa. Te pusiste, entonces, de pie, estiraste la falda y, dándome una mano, me dijiste:
-Ahora soy capaz de ir, caminando contigo, hasta la muralla China.
Olvidándote

Existen muchas actividades para ejercitar la memoria, pero, sin embargo, nadie me ha enseñado, ni he visto métodos para olvidar. Pero con respecto a tu recuerdo, después de muchos años, ya casi lo he conseguido. Quizás, no debería ser así, pero te compadezco y ¿sabes por qué?
Porque yo podré encontrar a muchas personas que me quieran como tú, pero de lo que estoy seguro es que nunca encontrarás a nadie que te quiera tanto como yo te he querido a ti.
Un por qué
¿Por qué si me siento para escribirte no eres capaz de escribirme cómo te sientes?A un GPS

Hoy quiero dedicar mi agradecimiento a un GPS muy especial, incluso antes de que se inventaran los mismos, guió mis pasos, habilidosamente, superando obstáculos, socavones y dificultades hasta conducirme a ti.
Desde entonces el giro monótono de la tierra se transformó en el de un Tiovivo divertido en que disfruto contigo; el aire, incluso en el más crudo de los inviernos, tiene olor renovado a primavera; y el corazón en algo más que un músculo que late para convertirse en ese sano esfuerzo cotidiano de conseguir que palpite a la vez que el tuyo.
Descubrimiento

Hoy yendo de excursión por el campo tuve la ocurrencia de luchar contra esa pared de granito a pecho descubierto, mientras me acariciaba un sol rugiente. Mis manos ayudadas de mis pies y en ocasiones de mi pecho se aferraban al granito. En un momento determinado estuve a punto de soltarme cuando, lúcidamente y no exento de cierto espanto, descubrí que el granito respondía al contacto de mis dedos y de mi piel con una pasión mucho más viva, que la que tu me habías devuelto, aquella mañana, al despertarnos.
Ausencia

Tras ese parpadeo que rompe la placidez del sueño, miré con nostalgia ese lado vacío de mi colchón. Sumido en las tinieblas del amanecer, éstas se transmitían a mi interior sintiendo esa ansia desesperada de tu presencia. Mis ojos intentaron esbozar tu cuerpo, dibujarlo en el aire con líneas de vida, lleno de pálpitos e ilusiones con esa mirada única con que sólo te conoce mi corazón. Mi lamento interior y silencioso se tornó en una sonrisa que iluminó mi cuerpo de pies a cabeza cuando aquella figura tuya, tan conocida, cobró vida y abandonando la superficie del colchón, en el que minutos antes habías brotado se depositó en mi cuerpo. Y tu cuerpo se confundió con el mío y la sangre de tus piernas circuló por las mías, nuestros brazos se unificaron, mi cintura buscó su lugar entre tus caderas, nuestros sexos encontraron su natural acomodo, nuestras barrigas se amoldaron, mis pechos con cierta dificultad se abrazaron a tus sonoras turgencias, nuestros cuellos se cruzaron en el aire y nuestros labios, nacidos para acoplarse, hicieron que nuestras salivas fueran una.
Cuando abrí los ojos maldije a ese reloj, sin agujas, de arena de roca que con su lentitud premeditada alarga el tiempo en que ese anhelante deseo se convierta en realidad y ese presente, tras su transcurrir, se transforme en un grato recuerdo para toda la vida.
La vieja foto

Nunca imaginé que esa referencia a la memoria del post de ayer, atrajera esta foto a mi buzón de entrada. Sé que me lees habitualmente, desde tu rincón, tan distante de aquí, pero algo debieron despertar en ti mis palabras que desempolvaste esa foto, que nunca me habías mostrado, para enviármela.
Recuerdo bien aquel instante, fue en aquellos días en que nos preparábamos para la selectividad y habíamos estado, los tres, estudiando en tu casa toda la tarde. Tú llevabas colgada al cuello tu cámara Yashica, que tu padre te había traído recientemente de Canarias como premio por haber aprobado COU, y dijiste que querías probarla haciéndole fotos al atardecer. Las hiciste y recuerdo que muy buenas, pero esta foto la ocultaste premeditadamente.
Me has alegado en tu correo, que no pudiste resistirte a hacerla, a atrapar a tus dos amigos en ese instante mágico previo a la puesta de sol e inmediatamente antes de que los protagonistas, en aquella fogosidad primitiva que entonces nos acompañaba, uniéramos nuestros labios en aquel beso torpe y primerizo. Nunca supe de aquella foto, ni siquiera imaginé que, aquella imagen, pudiera haberte provocado aquel dolor tan lacerante que hizo que la guardaras, en ese silencio provocado por un aparente olvido, hasta el día de ayer.
Tu correo, en el que hacías una nostálgica referencia a aquel día de, hace ya, casi treinta años, terminaba con una pregunta:
-¿Te imaginas que en vez de hacer esa fotografía yo hubiera sido quien hubiera acabado con los labios mojados en saliva ajena?
No sólo ahora, sino que a lo largo de todos estos años me lo he imaginado muchas veces, y estoy seguro que de haber sido así, nuestras tres vidas serían muy diferentes a las que tenemos actualmente.
Memoria selectiva

Me gusta ejercitar y refrescar habitualmente mi memoria. Hago sudokus y crucigramas, resuelvo ecuaciones diferenciales, recito de memoria poemas aprendidos, desarrollo problemas de lógica, incluso, en ocasiones recito la lista de los reyes godos,..
Y sea por eso o por cuestiones genéticas tengo una memoria excepcional. Soy capaz de reconocer un rostro al que vi hace muchos años o recordar acontecimientos, por muy enterrados que estén en la distancia del tiempo. Lo que me duele porque me resulta del todo imposible, por mucho que me esfuerzo, es el revivir las viejas emociones, especialmente aquellas que alguna vez me licuaron los ojos o me los hicieron brillar.
Como una guitarra...

Soy una vieja guitarra de madera carcomida, agrietada por el devenir de los años, con hendiduras abiertas y arrumbada contra la pared. De cuerdas herrumbrosas y destensadas incapaces de armonizar la más sencilla melodía. De piel opaca por una pátina de polvo acumulado por el lamento continuado del aire, sobre la que caminan arañas laboriosas que me enredan en hilos pegajosos.
Pero aún me sobran fuerzas para soñar contigo y en ese día que me arranques de este destino aciago, me untes con mágico barniz, abrillantando mi epidermis y cauterizando mis quebrantos.
Deseo crecientemente que tus manos, artesanas de las delicias, actúen sobre mí para que seamos capaces de entonar al mundo esa sinfonía que siempre anhelé.
Post cumpleaños

Una vez más al caer una determinada hoja del calendario, de hace unos días, debo acostumbrarme a sumar un año al que he tenido durante los trescientos sesenta y cinco días anteriores. Nunca me ha costado cumplir años, la experiencia hace que esta peculiar actividad se convierta en una costumbre que desarrolle cada doce meses con cierta elegancia.
Lo único malo es el amargor que me quedó en los labios, al finalizar el día, por esa insulsa y oculta pretensión, y probablemente inevitable, de que fuera un día distinto al resto de los del año.
Cansados

Tengo mis pies cansados
de seguirte todo el día,
en busca de una estela
que haga sonar mi lira.
Ando unas veces rápida,
otras con armonía.
Siempre voy buscándote
con mi ilusión perdida.
Mis pies encallecidos
sangran en correntías,
buscando un descanso
que les niega mi vida.
Cuando llega la noche
necesitan tus caricias,
como carecen de ellas
se quedan con las mías.
Sin palabras

Estoy deseando que llegue ese día en que esa distancia, que nos separa y tortura, se diluya y pueda darte las buenas noches, no en un sms con las letras contadas, sino sin palabras, simplemente acercando mis labios a los tuyos y sintiendo esa humedad que anhelo para revitalizarme y sentirte más cerca.
Escribiendo sobre ti...

Acomódate, para que pueda ir trazando sobre las líneas de tu cuerpo el argumento de nuestra gozosa historia…sin final.
Laberinto

Hay momentos en el día en que más que tener nostalgia de que tus besos de pasión rompan en olas contra mí, me gustaría perderme por el meloso laberinto de tus besos suaves y, sobre todo, que una vez dentro, se cerraran todas las salidas.
Modelando el deseo

Su cuerpo, desnudo y hambriento de sensaciones, se dejó acariciar por el aire, impregnado de ausencia, de aquella habitación. Se colocó frente al espejo para simular una presencia que no le acompañaba y con una lentitud pasmosa sus dedos suaves, ella anhelaba unas manos más rugosas, fueron modelando su figura con esa exquisitez que sólo una se sabe dar.
Dibujó su cuello de grandes líneas que se agitaba acompasando los movimientos de su pelo negro que caía acariciando sus hombros. Trazó líneas invisibles alrededor de su ombligo, mientras hormigueos incesantes se alzaban en torno a su barriga. Dirigió su mirada hacia sus pechos que parecían haber superado, por unos momentos, la habitual caída que les imponía la fuerza de la gravedad. Sus pezones oscuros atraían su mirada como si estuviera mirándolos con ojos ajenos, saludando la presencia cercana de los dedos, que amasaban aquellas protuberancias carnosas, tan necesitadas de caricias ajenas, como si estuvieran dándoles formas. Se acercaron sus dedos en varias ocasiones, como quien no quiere la cosa, a aquellos pezones coronados que, ahora endurecidos como pedernal, sobresalían de puro deseo. No resistió más aquel juego y sus uñas brillantes, cual pinzas afiladas de langosta, se cerraron a la par sobre sus pezones. Dolor y placer se fundieron en un solo gesto que hizo que una sacudida en forma de “S” sacudiera todo su cuerpo. Se derrumbó sobre el colchón con una respiración agitadas que empujó las manos hacia su más gustosa y solitaria de sus hoquedades.. Sus dedos gustaron el tacto sedoso de aquel pubis desnudo absolutamente de vello y se hundieron en el líquido viscoso que segregaban aquellos excitados labios. Acercó su mano derecha chorreante a sus otros labios para saborear en ellos el sabor agridulce de su sexo, con el que soñaba saciar la sed ansiosa de una boca rebosante de deseo. Sus dedos volvieron presurosos a recorrer aquellas lindes inferiores y con su mimosa caricia abrieron al deseo cada poro de su piel. Abrió la caja que tenía a su lado y sacando aquel objeto metálico que le había consolado en tantas soledades, se abrió de piernas, introduciéndolo hasta lo más profundo, Le gustó el sentirlo abrazado por su interior, pero aún más cuando lo fue sacando y metiendo al ritmo que se lo pedía su cuerpo, primero más despacio y luego acelerando hasta que llegó un momento en que no parecía ser su mano la que dirigía aquellos movimientos. En ese instante, el corazón pareció subirle a la parte superior del pecho, su respiración se aceleró, hasta que un fuerte suspiro pareció romper la tensión estirada de un hilo invisible. Se derrumbó sobre el colchón, pero aún su cuerpo dio dos o tres sacudidas más, involuntarias.
Se colocó, entonces, boca abajo y escondiendo su cabeza entre sus brazos, sollozó durante largo rato, bañando las sábanas en lágrimas de soledad.
Son...risas

Hoy vi la más hermosa de tus sonrisas. Aquella que brotó producida por las cosquillas de mi bigote en tus labios. Después, cuando las humedades de nuestras bocas se atrajeron, mejorándose en una sola, dejé de verla…porque cerré los ojos.
De lo dulce a lo salado

Tras una hora en que mis dedos, artesanalmente moldearon, sin dejar un resquicio exento de configurar, de esos dos hermosos y simétricos cántaros que adornan tu cuerpo, ellos respondieron con la dureza de la posición enhiesta de sus pequeños y oscuros torreones- del homenaje- decías, salpicándome con ramalazos de tu sonrisa.
Mi lengua serpenteó hasta encontrarse, primero con uno y, tras recorrerlo lentamente, con el otro. Mi excitación creciente hizo que con ese contacto se hincharan mis papilas por el dulzor que transmitían.
-Están riquísimos- te dije con ojos pícaros- a pesar de que siempre me gusta más lo salado que lo dulce.
Tu cuerpo se sacudió por un casi imperceptible temblor y tus ojos se iluminaron por el brillo de una lágrima que rebosando tus párpados, se deslizó muy lentamente dejando su huella por tu rostro y por tu afilado cuello. Siguió redondeando tu orondez hasta que aquel peciolo se sumergió en su transparencia, entonces, mis labios como una corola se cerraron a su alrededor saboreándolo hasta la más íntima de sus profundidades.
-Y ahora ¿cómo está? -dijiste con voz inequívocamente placentera.
-Exquisitamente salado-respondí. Estas dos palabras fueron el detonante para que nuestros cuerpos se confundieran hasta escalar al unísono la cima del deleite.
Déjame...

Déjame pasear contigo a la sombra de esas calles empedradas, de muros amarillentos, casi eternos y parras renovadas. Transitar por caminos mil veces recorridos, que se convierten ahora en aventura apasionada. Escrutarte el rostro y solazarme en tu mirada, acompañando tus pasos del sonido de mis pisadas. Escalar con mi ánimo tu inquebrantable sonrisa que durante tanto tiempo reservabas. Con los besos de mis labios envolver esos oídos, que antes acariciaron mis palabras. Sentir mi brazo en torno a tu cuerpo y cómo éste se derrama, cuando rodeo completamente tu espalda. Tañer tus cuerdas con las yemas de mis dedos y arrancarte una balada; que tiembles, que sudes, que sientas escalofríos desde los pies a tu parte más alta. Y que el entrelazar de nuestras manos, con unos cuerpos tan próximos que entre ellos no haya nada, sea el inicio de un baile que dure desde el alba hasta la madrugada.
Mostrándose

Creo que iríamos por el séptimo café de la noche, la madrugada se enganchaba sobre mis ojos mientras bocetos y papeles se acumulaban sobre la mesa. Mi socia de la empresa de publicidad y yo llevábamos horas intentando esbozar una campaña publicitaria, que nos habían encargado, para un champú. De pronto, ella pegó un golpe en la mesa que me hizo reaccionar sacudiendo mi sopor.
-Tengo una idea, tendríamos que enseñar “algo” de lo que no es habitual mostrar del cuerpo de una mujer, que llame la atención.
-Primero-respondí- no creo que enseñar nada tenga que ver con un champú, ni segundo creo que eso llame “tanto” la atención.
Entonces fue cuando, sin decir nada, como empujada por un impulso, ella se puso en pie y subiéndose hasta extremos inenarrables su vestido turquesa dejó al descubierto sus hermosísimos pechos, y no es que me atrajeran la atención, sino que parecieron vociferarme. Su escueta braga rosa rodeada de carne por todos sitios acabó por despertarme no sólo del sueño sino también mis más profundos instintos. En los minutos siguientes, tal vez relajados por haber encontrado la solución a aquel encargo que nos preocupaba hace meses, rodamos juntos por el suelo mezclados con papeles, clips, notas y bolígrafos. Durante no sé cuanto tiempo, me encontré perdido entre aquellos pechos ahora, además de hermosos, sensibles y jugosos y nuestros cuerpos que siempre se habían mantenido a una cierta distancia de seguridad, derramaron en aquella proximidad todo la tensión acumulada. Cuando acabamos, gozosos y exhaustos, estaba tan eufórico que le dije:
-Hay que ver todo lo que has armado mostrándome tus dos limones…del Caribe.
-¡Sí!, ese podría ser un buen lema- dijo ella todavía desnuda mientras se atusaba el pelo y con la otra mano empuñaba bolígrafo y papel rescatados del suelo, como si nada hubiera pasado, y retomaba el trabajo.
Hoy veinte años más tarde, aquellos pechos, lógicamente, han perdido aquellas formas escultóricas, lo puedo asegurar que los veo, en nuestra casa, todos los días…todavía me sigo preguntando si fue una buena idea aquella de que me los enseñara de aquella manera.
Me gustaría soñar...

Me gustaría soñar…soñar contigo pero hoy de una manera especial: ¡sin límites! Quitarme esas ataduras que las buenas maneras o los prejuicios me imponen hasta en los sueños y eso que nadie los ve…
Me gustaría soñar cómo me acercaría a ti, modelando cada paso y dividiendo el tiempo en mil instantes que haga saborear las décimas de segundo. Dejarme acariciar por el brillo de tu mirada mientras nuestras caras se aproximan y tu pelo, como hilos de seda negra se cimbrea con el aire.
Me gustaría soñar que tu aroma me envuelve mientras mis labios aterrizan sobre tu frente y empiezan a modelar tu rostro con habilidad. Sentiría la cosquilla de tus pestañas mientras me deslizo despacio por toda tu cara, atrevido, travieso,…sintiendo como poco a poco tu deseo va brotando al exterior, hasta que tus labios ávidos de compañía busquen los míos y bailen en una sensual danza, mientras se hablan sin palabras y se extraen los más íntimos sabores.
Me gustaría soñar como desabotono tu vestido y ver como se desliza lamiendo tu cuerpo y dejando que éste vaya brotando de su interior. Ver, al fin, tu cuerpo mil veces soñado y sentir su contacto bajo mis brazos que te rodean. Crear mil besos sobre tu cuello esculpiéndolo con mi saliva y rodearte con mis dedos que extraigan de cada centímetro de tu piel la más hermosa de las melodías. Iniciar con las yemas de mis dedos una excursión sin prisas por todo tu cuerpo: hacer ondear como banderas, resaltando tras las caricias de tus pechos, tus pezones oscuros; modelar las ondulaciones de tus nalgas y sentir nuestros sexos en contacto y latiendo al unísono.
Me gustaría soñar como me agacho siguiendo el camino de tu barriga, horadar tu ombligo con mi lengua y ahogarlo en mi saliva, hasta descendiendo por tu pubis libar tus jugos más dulces hasta dejarte satisfecha.
Me gustaría soñar con tus piernas, estirándose hasta el suelo y conduciéndome hasta tus pies, donde con la ayuda de mi boca iría haciendo desaparecer, lentamente, dedo a dedo, el cansancio acumulado en tantos años de camino.
Me gustaría soñar que cuando me despierte, estarás delante de mí, mirándome como abro los ojos y diciéndome con tu mirada que nunca más me hará falta soñar porque te tendré desde ahora, para siempre, a mi lado.
La sirena enojada

Mirabas al mar, en aquella playa solitaria, como si tuvieras nostalgia del vientre materno, mientras tu cuerpo desnudo se recortaba sobre aquel brillo azulino. Te hubiera confundido con una sirena, sino hubiera tenido delante de mí, en la orilla, aquellos hermosos pies lamidos con dulzura por la espuma blanca. Sobre ellos, como dos esbeltas columnas se alineaban tus piernas. ¿Qué mejor comienzo para ellas que aquellas curvas turgentes y primorosamente redondeadas que daban formas a tus nalgas y que el sol parecía acariciar con sátiro embeleso? Tus vértebras se alineaban a lo largo de tu espalda morena y sobre ellas, a modo de penacho, tu melena castaña, rizada sobre sí misma, oscilaba dulcemente al compás del viento.
No pude reprimir mis ganas de plasmar aquella estática escena sobre el papel y sentándome en la arena saqué el cuaderno y el bolígrafo y empecé a trazar líneas que de alguna forma fueron despojándote, de manera imperceptible o al menos eso creí yo, de parte de tu figura. Ya que en un determinado momento, como si te dieras cuenta de mi observación, volviste la cabeza y con cara curiosa te fuiste acercando hasta mí. Ya había trazado el contorno de tu cuerpo y estaba ahora ocupado en sombrearlo. Te moviste alrededor de mi colocándote detrás y observándome desde tu altura. Y sentí como te agachabas para observarlo mejor. Te sentaste en cuclillas, pegándote a mí y abriendo tus piernas con las que atrapaste mis caderas. Pude sentir el ruido de tu respiración muy próxima a mi oído y cómo, ahora más cerca, tus pechos duros y enhiestos se posaban como dos mariposas sobre mi espalda. Tu olor almizclado se combinó con el procedente de mi excitación y eso me hizo trazar una línea más oscura de lo deseable. En la parte baja de mi espalda sentí el cosquilleo producido por el roce de tu pubis suave y que, anteriormente no me había pasado desapercibido, estaba absolutamente rasurado. Tus brazos rodearon mi cuello antes de sentir que tus labios lo saboreaban con exquisitez. Sentí la caricia suave producida por el parpadeo de tus negras y largas pestañas y por primera vez hablaste:
-Me encanta tu dibujo.
Te dije que enseguida lo terminaba, en ese momento dibujaba el mar. Aunque era difícil empeño esto de proseguir teniéndote en esa postura pero, un rato después, dibujé la última línea. Justo en ese momento giraste la cabeza en torno a mi cuello, tus rizos me cosquillearon mi cara y la jugosidad de tus labios se mezcló con los míos en un beso largo y hondo en el que se acalló hasta el murmullo de las olas. A continuación te tendí el papel y me correspondiste agradecida con una linda sonrisa.
Entonces fue cuando se desencadenó el temporal, simplemente cuando te dije que, por ser para ti, te lo podría dejar en doce euros.
-¿Cómo?-gristaste.
Tu cara mudó de color y en un instante mi dibujo desapareció bajo tu mano y la bola formada por el papel la lanzaste con furia sobre la arena. Te diste media vuelta y te alejaste de mí, sin volver la vista atrás. Tu olor a almizcle se alejó de mí a la vez que dejaba de ver el sinuoso movimiento de tus caderas.
He rescatado lo que ha quedado de aquel dibujo, para colocarlo aquí por si quieres volver a verlo. siento tu enfado. No sé si leerás esto, pero tienes que comprender algo: con tu hermoso cuerpo no tendrás problema en ganarte la vida, en cambio yo…¡de algo tendré que vivir!
Sol-edad

¡Qué bien le venía aquel nombre que un día le puso su madre! Hacía varios años que los recuerdos se habían ocultado tras el tiempo y su piel, no hace mucho, tersa empezaba, cada vez más, a rasgarse por arrugas. Aquella larga etapa, según el calendario, la percibía ella trasncurrida en un suspiro, aunque ese devenir del almanaque nunca había mermado un ápice la pasión que encerraba en los límites curvilíneos de su cuerpo. Había tenido mala suerte o quizás ella nunca había sido capaz de encandilar a un hombre. Las dos experiencias que había tenido, o mejor dicho sufrido, le había dejado con un armargor interno que, desde la última vez, le hacía huir de todo el que tuviera un apéndice pendiendo entre sus piernas.
En aquella primera fase solitaria, empezó a sentir su interior desgarrado por una pasión que no encontraba salida. Hasta que un día, en que se bañaba y espumaba con cuidado su pubis empezó a arañar su piel con la fina hoja de la cuchilla, en un momento determinado, tal vez por el calor del agua empezó a sentir como si todos los poros de su piel estuvieran abiertos y su sensibilidad creciera varios enteros. Tras el paso de la cuchilla inspeccionó la suavidad de su pubis con la yema de sus dedos y como si estuviera electrizado éste le transmitió una gozosa sacudida. Los acercó de nuevo, con cuidado, y como si una mano invisible condujera su otra mano se puso a acariciarse muy lentamente su pecho, primero alrededor, como si estuviera dibujando su contorno, y acompasando sus sensaciones con los otros dedos que empezaban a horadar aquella abertura placentera. Su pecho empezó a temblar internamente, sobre todo cuando su mano de artista siguió dibujando una línea en espiral que la condujo a su cúspide más alta. Una cima parda, sobresaliente y dura, que destacaba como si pretendiera lanzarse hacia delante. En aquel instante se olvidó de todo, de sus penas y su pasado y sus dos manos la introdujeron en un presente que si no fuera porque estaba en el agua le hubiera hecho sudar de felicidad. Se sentía a gusto, envuelta en unas caricias que, por primera vez en su vida, eran las que le gustaban sin depender de la mano inexperta de un hombre. No supo cuanto tiempo estuvo así, sólo que en un determinado momento, cual si de un ataque epiléptico se tratara todo su cuerpo se vio violentamente sacudido, mientras la respiración se le entrecortaba y disfrutaba como nunca lo había hecho. Hasta tres veces se repitió esa sensación cada vez más violenta.
Finalmente sus manos se soltaron a lo largo de su cuerpo y se hundieron en el agua y arrastrando, con ellas,su cuerpo hasta el fondo de la bañera, y por unos minutos su cabeza desapareció bajo la espuma que cubría la superficie del agua y creyó sentir esa sensación placentera y olvidada de cuando estaba en el seno materno.
Me gustaría...
... ahora que estamos tan lejos, que estos besos que te envío incidieran en ti con la misma fuerza que un tsunami.Entre las sábanas

Brillantes y minúsculas gotas de sudor salían por cada uno de los poros de mi cuerpo, cuando me acerqué a ella y la tomé entre mis brazos, deslizándome en su interior con la suavidad dulzona de la mutua excitación. Ajustamos deliciosamente nuestras formas y con agilidad felina sincronizamos nuestros movimientos. Durante largo minutos garrapateé temblores en la blanca pizarra de sus curvas. El súbito estallido placentero que me humedeció hizo que me despertara.
A mi lado, dormida, estaba ella con las sábanas modelando su cuerpo desnudo. Intenté aproximarme pero ese muro invisible, tan habitual en los últimos tiempos, me lo impidió. Triste y empapado me quedé dormido y soñé que, al menos, nuestras respiraciones sí se acompasaban.
No me des la espalda

No me des la espalda cuando te necesite. Tu espalda bien formada de curvas luminosas y sombreadas, que las yemas de mis dedos muchas veces han recorrido intentando extraerte tus mejores notas como si de un arpa se tratara. Caricias que derrumbaban tus tensiones, que lograban embellecer tus líneas y que hacía estilizar ese vello leve y rubio que la recorría de arriba a abajo. Mis dedos, a los que tantos piropos echabas, cuando te arrancaban en esa pizarra que me brindabas caricias jugosas y siempre nuevas. Especialmente cuando la espalda se acababa por falta de espacio y seguían su camino por la autopista de tu columna hasta llegar a ese lugar donde las hondonadas se transformaba en una cueva profunda y oscura que exponías delicadamente para que yo la explorara hasta su interior y descubriera placeres exquisitos nunca por ti soñados.
Ya lo sé que te gusta...pero ahora soy yo el que te necesito, no me des sólo la espalda, date la vuelta y entrégame tu cuerpo deseoso para que siga experimentando y descubriéndote para que llegue hasta ese punto en que tan próximo a ti, me confunda contigo.
Mi fantasía

-¿Cuál es tu fantasía? – me preguntaste mirándome a los ojos mientras las volutas de humo de tu cigarro llenaban el aire.
Nuestros cuerpos desnudos y exhaustos, de tanto goce tras aquella noche, yacían sobre la cama. Tus uñas primorosamente afiladas arañaban mis tetillas, ya agotadas e incapaces de reaccionar tras tantas horas de pasión desatada. Era nuestra última noche juntos en mucho tiempo, te ibas al otro lado del mundo y de alguna forma con aquellas locas horas quisimos compensar la futura y desgarradora lejanía. El hartazgo de placer, si es que tal existe, nos envolvían en aquella habitación.
-Me apetecería dibujarte desnuda – le contesté.
-De acuerdo – me sonrió- pero no dibujes mi rostro.
Y de un salto tu cuerpo ahíto de placer y con los poros abiertos se plantó ante mí. Saqué del armario un rollo blanco de papel de envolver y como si te cubrierara pudorosamente lo dejé caer a lo largo de tu cuerpo y fui señalando con el lápiz algunos puntos de referencia: cuello, hombros, pechos, ombligo, cadera, piernas y brazos. Coloqué el papel sobre el suelo y uniendo aquellos puntos fui esbozando aquel dibujo de tamaño natural. El trazado de aquel boceto duró una hora en la que posaste pacientemente con tu sonrisa traviesa colgada de tu rostro. Tuviste el tiempo justo de ducharte y de dejar el sabor de tus labios de caramelo mezclado con los míos, antes de que tu figura fuera empequeñeciéndose al descender por la escalera. No quise mirar más y con un suave movimiento cerré la puerta para que no vieras mis ojos empañados por las lágrimas.
Desde entonces nuestro contacto se ha reducido a Internet…y a tu dibujo. Sí, porque me he llevado varios meses con él y le he dedicado decenas de horas. Ha sido prácticamente el único ocio al que me he dedicado. En cuanto volvía de trabajar y los fines de semana, desnudo para sentirme más cerca tuya, me inclinaba sobre aquella especie de alfombra que ahora cubría mi salón e iba depositando sobre el papel, con la ayuda del lápiz, tus formas bien conocidas y ahora dichosamente recordadas. Tras las primeras semanas reconocí tu cuerpo brotando del papel. Posteriormente aquellas líneas trazadas a lápiz fueron enmascaradas por el bolígrafo negro, líneas oscuras que para que resaltaran había que pasar varias veces sobre ella. Cuando ya estaban trazadas las líneas principales con varias gomas de borrar fueron desapareciendo los trazos de lápiz. Y entonces fue cuando vino lo peor… el sombreado con el bolígrafo negro. El transformar aquella figura bidimensional a las tres dimensiones, el hacer que las finas líneas negras, acumuladas unas con otras fueran arrancando luces y sombras al dibujo. Un trabajo paciente y que, en ocasiones, por su monotonía me producía hastío y eso que mi mente hacía que aquellas rayas semejaran caricias sobre tu cuerpo. Caricias suaves que, cuando daban forma a tu pecho o lineaban la entrada a esa oquedad tuya tan placentera, hacían que me excitara conformando sobre mí aquellas lejanas sensaciones. Muchas horas, muchas líneas cruzándose caprichosas sobre el papel, cinco bolígrafos negros consumidos, en definitiva muchas horas de placer compartido en esta peculiar compañía tuya; hasta que tras el enésimo retoque lo di por terminado.
Lo he fotografiado para poder colgarlo en este rincón tan nuestro, tan íntimo y que puedas ver el resultado final, tras estos meses, desde que te fuiste, en que he estado en silencio. Espero que te guste el resultado. En cuanto al original lo he colgado en la puerta, frente a mi cama, y, todos los días, es lo primero que veo al abrir los ojos. No sé que tiempo tardaré en volver a verte, pero tu cuerpo ahora, tal como lo recuerdo, lo tengo frente a mí en tamaño natural y, aunque pasen los años, sé que las arrugas no se cebarán con él.
¡Adiós!

¿Tiene algún sentido decir adiós a una persona querida? Evidentemente no y por eso nunca me han gustado las despedidas, siempre he preferido, simplemente, darme la vuelta, sin alharacas, tras decir adiós.
Búsqueda infructuosa

Me levanté esta mañana con una idea fija en mi cabeza. Sin desayunar siquiera me puse a revolver cajones. Examiné cada rincón de mi casa, incluso hojeé los libros entre sus páginas. Tras muchas horas de infructuosa búsqueda salí a la calle con ánimo expectante prolongando a las calles mis anhelos. También a su través recorrí muchos kilómetros buscando largo tiempo, pero regresé a casa agotado y exhausto y con el convencimiento de que nunca más volvería a encontrar aquellos años pasados que buscaba y, cuya posibilidad de disfrutarlos, había perdido para siempre.
Ausencia

Desperté en mitad de la noche al escuchar los pasos de tu ausencia. Mi cuerpo desnudo estaba ahogado en sudor por el calor de agosto. Por la ventana abierta escapaban tus besos escarchados en carrozas de negros corceles. Caricias teñidas de rojo pintaban frases en las paredes de mi dormitorio. Estremecimientos y temblores copaban el aire, la tersura de tu piel alfombraba mi pasillo. Entonces fue cuando tu ausencia envalentonada creció tanto que empujándome hacia un lado de la cama, me obligó a coger la sábana y taparme con ella.
Sólo un instante...
cuando nos despedíamos, me perdí en la hoquedad de tu cuello, pero lo suficiente para revivir una montaña de sensaciones dormidas, mucho más gratificantes que otras, largas y penosas, horas haciendo el amor.Forma peculiar de hacer el amor

-Para mí ahora que lo pienso- decías mientras colgabas tus ojos tristes en mí y tus labios amagaban una sonrisa- una de las grandes frustraciones de mi vida es que nunca he hecho el amor con HUMOR. Lo he hecho con pasión, con prisas, porque no tenía nada mejor que hacer, por obligación, por despecho, por necesidad, pero nunca con HUMOR.
A mi me alegró saber que a partir de mañana no podrás decir eso.
Una sonrisa muy especial
Venga mujer, intenta sonreirme. Pon ese gesto con los labios. ¡Cómo te haces rogar! Esfuérzate para demostrarme que te han gustado las zapatillas de deporte que te he regalado. Ya casi... ¡Sí! lo conseguiste, es la sonrisa más linda que te he visto nunca. Ahora la vas a poner con los labios de arriba, esa sí que no te supondrá ninguna dificultad... Y así tendrás una doble sonrisa.Haciendo tiempo

Mientras buscaba el amor
me dediqué a tener sexo
como terapia para olvidar los anteriores,
ahora que lo encontré
no tengo sexo
y el recuerdo de todos mis amores,
¡me asfixia!
A un alguien especial
Podría escribirte por un correo electrónico, como tú lo has hecho, o por un sms, pero prefiero hacerlo por este blog, en el que de alguna forma tienes mucho que ver. Te noto en tu correo algo confusa, con un cierto temor de que nuestra amistad se difumine poco a poco por el aire. Es verdad que últimamente las circunstancias no son las mejores, que el día a día está regado de escollos y que la distancia parece, en estas circunstancias, crecer y hacerse la dueña y señora de lo que nos une.
Sé que puedes estar tranquila. Es ya mucho tiempo el que nos conocemos y en el que hemos compartido algo más que palabras: sensaciones, sentimientos, ilusiones, intimidades, alegría y lágrimas y hemos caminado junto más allá de lo que nos pudimos imaginar el día que en el aire se cruzaron nuestras sonrisas. Y es que sólo una vez cada muchísimos años suele ocurrir que se conjugaran en ese momento único en que nos cubrió la sombra mágica de un eclipse. Cuando dudes, vuelve a ese recuerdo primigenio que bajo la sombra de los árboles rejuveneció nuestra alegría. Y ten en cuenta que hay amistades de las que no se puede dudar. Hemos compartido mucho, y nos hemos brindado nuestra desnudez más íntima, desprovistos de esos prejuicios, tapaderas y caretas que nos ponemos frente al otro. Debemos saber muy bien lo que sentimos por encima de esas nubes interiores que se empeñan en oscurecernos.
Te contaré lo que yo siento, por si te sirve de algo, me siento mucho más cerca de ti que el primer día, te conozco mucho más. Y me siento muy feliz de que estés ahí sabiendo que sea de día o de noche, siempre tienes encendida la luz de tu puerta para cuando necesite de ella. Gracias por ser mi amiga.
Vale la pena seguir escribiendo?

A veces o especialmente hoy porque el tiempo nublado invita a ello, me pregunto si vale la pena seguir escribiendo en este lugar, perdido en la red, que supone este blog. No sé si alguien lo leerá, sé que alguien entra por las estadísticas, pero como raramente nadie suele dejar señales de vida pienso si esas entradas no serán fruto de una equivocación que se subsana rápidamente volando a otros lugares.
¿Para qué seguir escribiendo? Mi vida es como una línea con leves ondulaciones donde mis triunfos no son que digamos sonados ni mis desgracias llegan a la altura de las que tiene la gran mayoría de la gente. No me considero, por tanto, ni un triunfador, ni un desgraciado, sólo uno más. Y siendo uno más, me pregunto : ¿vale la pena seguir escribiendo?
Necesidades
Necesito tu mirada luminosa.Necesito que me ilumines con tu sonrisa.
Necesito tu abrazo acogedor.
Necesito la suavidad de tus caricias.
Necesito tu apoyo incondicional
Necesito el acompañamiento de tus pasos.
Necesito que me modeles con tus manos.
Necesito que me rodees con tus brazos.
Necesito que me abaniques con tus pestañas.
Necesito que tus pies caminen a la vez que los míos.
Necesito las vitaminas de tus jugos íntimos.
Necesito perderme entre tus piernas.
Necesito reposar sobre tus pechos.
Necesito que tus curvas ondulen mis días.
Necesito que nuestros corazones latan al unísono.
Necesito saber que estás ahí.
Te necesito…¡a ti!
Cada mañana

Cada mañana
me despierta tu nombre
engarzado con guirnaldas
a través de la ventana.
Bajo a la acera,
me acompañas
y persigues
aunque yo no quiera.
Me esfuerzo en olvidarte,
en que te lleve el aire
y desaparezcas,
en no recordarte.
Insistes machaconamente,
las nubes dibujan tu cara,
los árboles tu cuerpo deseoso
y tu aire sensual ahoga mi mente.
He olvidado tus desprecios,
las muchas espaldas
que me diste
y tus indiferentes silencios.
Sentir tus caricias aún me parece,
el sabor de tus labios,
el rumor de tus palabras en mis oídos
y mi nostalgia que crece.
¿Por qué este lastre y esta carga?
¿Dónde conseguir un pincel
con que borrar esta ristra de recuerdos
que me atrae y amarga?
Todo el día me acompañas
agujereándome el ánimo.
Y cuando al anochecer
me encuentre con la almohada
sólo espero que al despertar
no vuelva a recordarte,
de nuevo, en la mañana.
Conociéndote
Dicen que la memoria es una de las cosas más necesarias para acariciarnos por dentro cuando sabemos orientar los recuerdos. Entre los recuerdos que guardo de una manera muy especial fue el del día en que nos conocimos. No fue una cita pero tras varios meses de charla y afecto, al fin, sin ni siquiera quedar nos encontramos en un lugar de mucho calor y sumidos en el mismo viento. Rodeados de mucha gente y sin esa intimidad que nos hubiera apetecido en un primer encuentro. Tampoco es muy normal en esta primera vez que nos veíamos el encontrarse uno frente al otro y casi desnudos, con esa piel tuya reflejada por el sol, lanzando destellos que mis ojos se ocupaban de aprehender. Cuando te pusiste de pie y brindaste tu melena al viento todo tu cuerpo se expuso ante mí, me puse a mirarlo con ese descaro que sólo es posible tener, sin que se molesten, en el metro frente al que se sienta enfrente tuya, mientras levantaba la vista de libro que como mera justificación sostenía entre mis manos. También supe que cuando me levanté ante tus ojos era como si me estuviera exhibiendo y bien te encargarías tú, ya me habías avisado, de descubrir sobre mi piel escrita esas palabras que no se dicen en el ordenador. Nuestras sonrisas fueron disparadas a ráfagas y algunas se entrecruzaron por el aire e hicieron diana. Fue cuanto te introduciste hacia ese punto de encuentro no marcado, dejando el libro te seguí, mientras mi mirada jugaba con las oscilaciones de tu cuerpo. Era la primera vez que estábamos tan cerca como para que pudiera sentir tu respiración tanto por el sonido como por la visión hermosa de tus pechos que se hinchaban seductoramente al llenarse de aire. El viento me trajo por primera vez el sonido de tu voz, muy distinta a como imaginaba. Pero ¿es que se puede imaginar una voz? Pude ver, entonces, las pecas que adornaban pícaramente tu cara y por un instante, y como buscando una excusa, me hubiera gustado acercarme lo suficiente como para borrarlas una a una con mis labios y que tus brazos se asieran a mi alrededor como los tentáculos de un pulpo. Y en ese momento me sentí flotar.... Me di cuenta, entonces, que estaba terriblemente húmedo, no sólo por abajo sino de pies a cabeza. El sol, entonces, ajeno a todo aquello comenzó a declinar y desapareció ya con sus colores lindamente desvaídos tras el horizonte. Fue cuando abandonaste aquel rincón del mar, y saliste hacia la arena como una sirena, con tus rizos destruidos por el agua acariciando con suavidad tus hombros. Secaste todo tu cuerpo con estudiada parsimonia, deseé ser tu toalla, y echando una última mirada al mar, en donde yo seguía, recogiendo tus cosas de la arena y poniéndote un escueto vestido te fuiste de la playa. Yo, entonces, en el agua todavía, dejé de flotar y me hundí hasta sentir el fondo bajo mis pies.
Despertándome

"Eres el primero que te despiertas y el último que te levantas", me dijo antes de desaparecer por la puerta del dormitorio. Mi cuerpo quedó desnudo sobre la cama, invadido por el deseo y mutilado por la frustración de no sentir sus caricias. ¿Se puede tener un cuerpo más encendido que el mío? Tantas horas separado del suyo por unos escasos milímetros cuya dificultad en atravesarlo es mayor que cruzar el oceáno Atlántico. Sentir que la pasión te arrastra y sentirte, en compañía, pero paralizado y solo.
No es extraño, pues, que al encontrarme ahora en verdad solo, pensara en ti. Que sorprendentemente mis sueños se hicieran reales y te sintiera a mi lado acariciándome, liberando esa opresión con tus labios que semejaban amaneceres de los que rompen la oscuridad. Cada vez más a gusto...hasta que un instante antes de desmayarme en una explosión de placer, vi tu cara abrazándome con una sonrisa.
Haiku
Dos labios muertos
en el aire se cruzan,
vuelan unidos.
Descorchando
Hoy me gustaría descorchar el tapón que me oprisiona. Sacar fuera a borbotones mi pasión, olvidarme del quedar bien, de mis ataduras, de todo aquello que desde siempre me limita y me impide ser yo mismo. Me gustaría sentirte tal como muchas veces lo he pensado, sólo los dos, tapando con nuestros cuerpos esas hendiduras por la que se escapan nuestros pensamientos. Dejarnos arrastrar por el placer de hacer disfrutar al otro y estallar como un chorro de vida empapando ese futuro plomizo que nos amenaza.Aquel descubrimiento

Ha pasado mucho tiempo, el suficiente como para excusarme si los recuerdos se hubieran difuminado, pero te puedo asegurar que permanecerán en mi memoria sobre muchas vivencias posteriores. Nos conocimos en pleno invierno donde sólo dejabas al descubierto esos ojos y manos con los que me envolviste en tu tela de araña y me sedujiste. Cuando llegó el verano y fuimos a la playa y, sobre todo, te vi con tu bikini, entonces fui cuando descubrí tu ombligo y su cercanía a mí, tornó la seducción en locura.
Bajo aquel sol de julio brillante, tu hoquedad redonda, minúscula y oscura resaltaba en tu vientre atrayéndome de manera irresistible. Disfruté la mañana y mientras soleabas tu barriga blanca, yo te arañaba cariñosamente aquella protuberancia oculta. Sentía pequeños calambres que a través de mis dedos recorrían todo mi cuerpo excitando, incluso, aquello que ocultaba al estar boca abajo sobre la arena. Cuando te fuiste al agua y mientras veía alejarse tu cuerpo oscilante hacia la espuma de las olas, aún sentía mis dedos electrizados. Al volver, con ese brillo nuevo del agua sobre tu piel, a colocarte en la misma posición tu ombligo aparecía, ahora, cubierto de agua salada. Introduje la punta de mi lengua en su interior, originando en la quieta agua de aquél olas de placer, como si retozones peces brujulearan en sus profundidades. Aspiré el fluido e intenté secarte con lametones que sólo conseguían humedecerlo más.
Tu piel quedó seca menos aquel agujero. Llegó el atardecer y seguía yo en aquella distraída labor. No sé por qué dijiste que estabas harta. Y en un gesto sorprendente. Te quitaste tu ombligo y me lo diste. Para tí, para siempre; me dijiste con unas palabras que se fueron perdiendo contigo mientras te alejabas hacia el lado opuesto al horizonte.
No, no olvido tu ombligo, lo tengo bien guardado en un cajón y juego con él de vez en cuando, pero no sería capaz de recordar tu cara. Sin embargo, cuando paseo por la playa sé que te reconocería, sólo tengo que fijarme en una que tome el sol con una barriga sin ombligo.
Dame...

Dame uno de tus besos de primavera,
necesito volar más allá de las estrellas.
¿Nostalgia en el futuro?

Veía muchas luces que, bajando frente a mí en la oscuridad de la calle, me deslumbraban. Correspondían a coches que pasaban por mi lado conducidos por figuras desvaídas en la penumbra del amanecer. Probablemente también yo era para ellos una figura borrosa con la que se cruzaban. Y mirando a mi alrededor pensaba, preocupado y triste, por qué me envolvía aquella oscuridad nebulosa. Recuerdos de momentos de pasión, de emociones desatadas, en que nos arrastrábamos perdiendo la consciencia, y que ahora, penosamente, se iban desintegrando en el tiempo.
-¿Qué te pasa? – me dijiste y me desperté sobresaltado, mientras tus dedos empezaron a recorrer con suavidad sedosa mi pecho, creando dibujos invisibles en mi pecho que te respondía abriendo sus poros y erizando hasta la última de sus células.
Me sonreíste y tu cabeza fue bajando por mi cuerpo, mientras tu mirada se alzaba hacia mis ojos, salpicándolo de gotas de purpurina. Cuando, delicadamente, tomaste mi miembro entre tus manos y lo hiciste desaparecer en tu boca, mis pensamientos desaparecieron instalando mi mente en blanco.
Cuando tres no son multitud (1)

Aquella mañana me sorprendió tu llamada a mi trabajo. Te notaba contenta y a la vez nerviosa. Noté que estabas excitada en cuanto empezaste a soltar frases morbosas y a decirme que estabas ardiendo. Iba yo a hablar cuando me interrumpiste. ¿Te puedo proponer una cosa?, me dijiste. Adelante, contesté. ¿Te gustaría quedar esta tarde en casa con mi marido y conmigo? Era algo con lo que habíamos fantaseado muchas veces, pero nunca imaginé que me lo propusieras. A pesar de mi sorpresa sólo salió de mi boca una palabra antes de colgar: ¡vale!
Sabía el barrio donde vivías pero era la primera vez que me acercaba por allí. Llamé y tú me abriste, sorprendiéndome con un sonoro beso en la boca. Me retuve un poco al ver detrás a tu marido, pero él me hizo el gesto de que siguiera sin problemas y me dejé arrastrar hasta donde quisieron llevarme tus labios. Tu marido me estrechó la mano, era la primera vez que lo veía pero me gustó su mirada franca, era una mano fuerte y acogedora. Sacaste unas copas brindamos, nos reímos con tus chistes, mientras todos íbamos sintiendo como la pasión iba creciendo en el ambiente. Entonces fue cuando os sentasteis uno a cada lado, se ve que lo habíais hablado y empezaron las caricias a ambos lados de mi cara. Mi cohibimiento inicial desapareció al mismo instante que aquellos toqueteos empezaron a dar su fruto. Yo cerré los ojos y me dejé hacer. Sentía vuestras manos ágiles que unas veces desabotonaban y otras aprovechaban la piel que quedaba al descubierto para palparla y acariciarla. A los pocos minutos mi cuerpo desnudo era vuestro objetivo, mientras yo sentía mi que mi pene se iba endureciendo, especialmente cuando sentí en él vuestras manos asidas y disputándolo. Tú te quedaste con tan preciado trofeo, momento que tu marido aprovechó para desnudarse lentamente, me excitaba ver como se despojaba de su ropa y no le perdía ojo. No es muy alto pero su pecho fuerte y velludo le dota, sin duda, de un gran atractivo. Cuando, despacio, se quitó unos minúsculos eslips que portaba un gran pene de color marrón sabrosón pareció saludarnos elevado al aire. Tu marido se sentó a mi lado y me echó el brazo por encima, mientras nuestros penes, relativamente cercas parecían saludarse con sus cabezas húmedas. Y mientras iniciaba una sensual danza, al son de una música muda, te fuiste despojando de tu vestido, dejando al descubierto el brillo de tu piel y tus pechos que se cimbreaban al unísono. Sentí como tu marido agarraba mi pene con su fuerte mano por lo que aproveché para hacer lo propio. Era la primera vez que tenía un pene ajeno en mis manos, me gustó sentir su tacto, sus palpitaciones y disfruté moviendo mi mano en rápidos vaivenes. Mientras tu marido me acariciaba te pusiste en cuclillas y tus labios retozones se pusieron a juguetear con mis testículos, que yo veía como desaparecían una y otra vez en el interior de tu boca. Tu marido no pudo aguantar esa posición y colocándose en la posición adecuada con aquel pene erecto, que aún conservaba el calor de mi mano, te entró por tu agujero trasero.
(continuará...)
Mi primera cámara

Hoy las cámaras de fotos abundan casi tanto como los móviles, pero hubo un tiempo en que no fue así. Hoy quiero relatar como conseguí mi primera cámara de fotos.
Fue en el viaje del Paso del Ecuador con mis compañeros de Facultad fuimos a Ibiza, un viaje eminentemente “cultural”, en que desayunábamos a la hora de almorzar y nos acostábamos al amanecer. Aquel día me había despertado relativamente temprano y me bajé a tomar un café frente al paseo marítimo. La terraza estaba vacía exceptuando una mujer de pelo muy corto y rasgos nórdicos, que se sentó junto a mi y pidió una coca cola. Llevaba unas gafas absolutamente negras que impedían ver los ojos. Yo sin nada mejor que hacer la miraba de vez en cuando y fue cuando levantó las gafas y sus ojos azules me sonrieron, a la vez que, descaradamente, abría sus piernas, cubiertas por una escueta falda, y dejó al descubierto una espesa mata de pelo oscuro. Me hizo una señal de que si me quería sentar a su lado y como si tuviera un resorte me vi sentado a su lado.
Su piel era clara y cubierta de pecas que le bajaban por el cuello hasta adornar la entrada a sus pechos, francamente hermosos, que aparecían levemente cubiertos por una ajustada camiseta. Me llamaron la atención sus dedos, largos y finos, con unas uñas rojas escrupulosamente cuidadas. Me senté nervioso a su lado y sus uñas me rozaron levemente mi antebrazo, mientras su sonrisa se ampliaba. Me bajó mi mano a su pierna, y mientras ella tomaba su coca cola, como quien no quiere la cosa, mis dedos palpaban unas macizas piernas y se acercaban, como pidiendo permiso, al lugar donde se unen estas. Pude sentir sus pelos chorreantes y cuando mi dedo tocó levemente su entrada, vi como se tomaba el último sorbo de la coca cola. Se levantó de golpe y llamó al camarero para pagar las consumiciones. Me dio la mano y cuando me di cuenta estaba en la habitación de su hotel.
Sin darme tiempo a mucho me quitó los pantalones, ya para entonces tenía mi miembro totalmente duro y poniéndose en cuclillas lo cogió entre sus labios chupando y succionando de una forma que me multiplicó las sensaciones. Se dio cuenta que me había llevado al límite y me dejó descansar mientras se desnudó delante mía. Tenía un cuerpo bien formado con algo de barriga pero hermosamente adornado con sus pechos de grandes pezones oscuros, por arriba, y una mata negra y abundante por abajo. Era la primera vez que veía desnuda a una mujer y, mi morbo se acrecentaba, al brindarse de la forma que lo estaba haciendo ella conmigo. Se sentó en el sillón y abriéndose de piernas sus dedos largos empezaron a acariciar su coñito de arriba abajo, desaparecían entre sus pelos, no sin dejarme algunas visiones instantáneas de un clítoris brillante y enrojecido. Su excitación fue creciendo a la par que la mía, entonces dejó de acariciarse, se tumbó en la cama y me hizo seña para que la penetrara. Encajamos con una perfección asombrosa, pero aún me asombró más la habilidad de sus músculos que dominaba de maravillas en todo sus movimientos. Sus gritos ininteligibles dieron lugar a un orgasmo que nos sacudió al unísono. Ella pareció detenerse pero, de pronto, recuperó fuerzas y sus contracciones internas sacaron lo mejor de mí. Quedé tumbado con su pezón oscuro rozando mis labios, mientras disfrutaba de olor a sudor y sexo que nos envolvía.
A los pocos minutos se levantó instantáneamente, como todos los movimientos que hacía y sacó una cámara de fotos de un armario. Era una Nikon reflex. Me la tendió y me indicó que le fotografiara. Se colocó desnuda con ese brillo sudoroso que le resaltaba ahora sus formas y posó desnuda, en distintas posturas, mientras la fotografiaba. Al terminar la sesión nos duchamos y nos perdimos en la espuma. Me vestí para irme y, entonces, fue cuando sacó el carrete de la cámara y me la tendió a la par que sus labios encontrándose con los míos, llegaron a hacer que mi pene se olvidara que no hacía mucho se había vaciado. Nos despedimos en la puerta, nunca más la vi, pero cada vez que saco la cámara…me la recuerda.
Tocar la guitarra
Me gusta sentir que eres una guitarra. Que te apoyes sobre mis piernas y dejas que mis dedos escarben tu piel para tañer tus cuerdas y arrancarles sonidos de mariposas. Tocar contigo una melodía al unísono en clave de Tú y que tus acordes vibrantes se llenen de mis negras y corcheas. Que tus manos dirijan el concierto, que las mías la ejecuten. Que tus labios reflejen tus goces con sones y que nuestras miradas se abracen en un aire iluminado de rojo.La ducha

Un día más antes de acostarme me voy a dar una ducha. Me he acostumbrado a ella. Poco a poco, intentando disfrutar el momento que se avecina, dejo la ropa cuidadosamente doblada sobre la silla. Me siento a gusto desnudo y abro el grifo. Dejo que caiga el chorro de tus palabras sobre mi cuerpo. Me vaya envolviendo y voy gustándolas.
Me renuevan tras el cansancio del día,
me refrescan tras el abotorgamiento a que son sometidos mis sentidos,
me despiertan sensaciones dormidas,
me hace paladear su choque contra mi cuerpo.
Y poco a poco, me siento feliz, otro, a gusto y temeroso de que llegue el momento en que ese grifo que supone tus ideas se corte de un momento a otro. Cuando eso ocurre, cojo la toalla y me seco. Cojo el bote de crema de tu recuerdo y lo voy impregnando por todo mi cuerpo, disfrutando especialmente en algunos de sus rincones que tan bien conoces. Cuando me meto en la cama y cierro los ojos... no puedo dejar de pensar en mi próxima ducha.
Volviste
Por fin volviste. Ha sido una larga ausencia de tan solo veinticuatro horas, pero en la que he llevado muy mal el estar aislado de ti y no poderme comunicar. Hoy sabiendo que estás ahí he vuelto a llenarme de alegría. Estoy contando los minutos para reencontrarme contigo, para que tu nombre se ilumine en mi pantalla y para saber de ti. Quiero captar de nuevo la sonrisa y la caricia en tus palabras, quiero que me tiemblen los dedos cuando te vea aparecer y que sepas que aunque no me veas espero que notes que te estoy abrazando.
¿SILENCIO?
¿A qué viene tanto silencio? Tú me lo preguntas. Ni yo mismo lo sé. No es que no tenga nada que decir. No es que mi corazón esté dormido. Al revés, tengo el corazón loco y no he tenido más remedio que ponerle unas bridas para conducirlo y sujetarlo. De ahí esa limitación en mis palabras. Sé que no estás de acuerdo en eso y me lo criticas, pero no se me ocurre otra forma de no sucumbir a la locura.
Espero que el tiempo vaya colocando las cosas en su sitio y pueda ir soltando las bridas de modo que pueda seguir escribiendo y tú leyéndome, porque en el fondo, y sobre todo en la superficie, bien sabes que este blog está dedicado a ti.
Gracias...
Gracias por vestir con tu presencia lo mucho que sabía ya de ti.
Gracias por el brillo de tus ojos.
Gracias por agitar las alas de tus manos.
Gracias por ayudarme a distinguir a la amapola del cardo.
Gracias por comprender mis contradicciones.
Gracias por colorearme las despedidas.
Gracias por quitarte, de vez en cuando, las gafas de sol.
Gracias por los recuerdos que me has regalado con nuestros instantes.
Gracias por esos aullidos silenciosos que hiciste brotar de mi interior.
Gracias por aquellos gramos de suavidad que mis dedos sintieron.
Gracias por el rumor de aleteo de mariposas que me brindaste con tus silencios.
Gracias por decirme sólo “hasta luego”.
Gracias porque me entendías hasta cuando yo callaba.
Gracias porque lo último que vi de ti fue una sonrisa.
Gracias porque tus locuras modularon a las mías.
Gracias porque tus dedos adornaron las palabras de tu boca.
Gracias porque con tu presencia sacaste brillo a las hojas de los árboles.
Gracias porque cuando intente hablar despacio me acordaré de ti.
Gracias porque cuatro horas en tu compañía han compensado trescientos días de ausencia.
Gracias porque no me has dejado decirte gracias.
Gracias por:
-malear horarios
-acompasar tus pasos
-prestarme tu tiempo
Sí ya lo sé, podría decirte muchas cosas pero he quedado mudo y en este momento sólo se me ocurre decirte: ¡¡GRACIAS!!![]()
A una princesa
a ti quisiera
ruborizarte en colores
a golpes de tecla.
Mirándome en tus ojos ocultos
invadidos por el brillo
añoro nuestros encuentros furtivos
mientras estoy lejos de ti.
Iluminas mis noches,
gozosas de encontrarte,
anhelantes de tu presencia.
Prepara tu sonrisa,
ave del paraíso,
lumbre cálida en el atardecer
ósculo vivo al amanecer
mientras esperas
abrazarme con tu cuerpo.
Lienzo
Temiendo... el cuchillo que lo rasgue y la mano que lo rompa.
Esperando... la pincelada de color que le dé vida.
Como un puzzle
Si me dejaras ser tu amante...
Ideas que me envuelven
Ahora que la vida y tus circunstancias nos han separado cientos de kilómetros, anhelo esa comunicación cercana que teníamos, esos cafés que se enfriaban mientras nuestras palabras y ojos no cesaban de hablar y esos paseos donde el caminar a mi lado me hacía sentirme arropado. Pero te fuiste y yo me siento desnudo. Desnudo de afecto y de ese apoyo continuo que siempre sabías darme. Cuando hemos hablado por teléfono me preguntas por mi vida cotidiana, yo siempre te digo: ¡bien!, pero no porque pretenda mentirte sino porque así es como la vivo, bien. Pero cuando buceo un poco en mi interior, ante tu insistencia, confieso que las cosas no marchan tan bien. Que la mujer que tengo a mi lado no colma todos mis anhelos, ni esas ansias de caricias que rezuma a través de todos mis poros. Me siento limitado, costreñido, estrecho y me sacudo con esa ansia que desarrolla la cola del cocodrilo cuando es atrapado. Pero así me siento atrapado y sólo algo me distingue del cocodrilo, puedo pensar, y volar hacia lugares más lejanos. Incluso puedo recorrer cientos de kilómetros para llegar hasta ti y buscar ese hueco a tu lado. Y entonces cierro los ojos y siento tus dedos haciendo adornos con mi piel, mientras tu lengua ahora silenciosa va escribiendo un poema exquisito y tierno sobre mi pecho y tus manos traviesas y certeras me arrancan placeres, ya casi olvidados, de los más profundos e intensos.
No permanezcas lejos de mi, Celia, necesito saber de tu presencia para salir de esta individualidad mía que me cercena por dentro.
Des-blog-eándome
La idea de este blog me la dio una buena amiga y a ella debo agradecer esta terapia escrita que, desde el anonimato brindo con las palabras. Sólo ella, Celia, sabe quien escribe esto; pero no me importa que ella lo lea la confianza que nos une es de la que derriban muros y sé que diga lo que diga, ella sabrá leerlo sin juzgarlo y con todo su cariño.
Para ti
Una vez más te traigo hasta aquí Celia. Sé que andas lejos que ahora es tiempo de que navegues con tu navío surcando esas olas inquietas, pero esta mañana no pude dejar de acordarme de ti.He dormido bien esta noche, pero cuando me desperté estaba inquieto. Con esa inquietud que crean las carencias y las frustraciones; y mi mente, aprovechando un hueco en la ventana, voló hacia ti. Reviví sentimientos y sensaciones, querencias y locuras. Volví aquel día en que quitándote el pañuelo que tenías anudado a tu cuello me dejé atar las manos a la cabecera de la cama. Y como me fuiste desnudando muy despacio, con una lentitud que me hacía sufrir. Cómo me miraste con esos ojos picaruelos con los que me abrazaste cada centimetro de piel. Aunque era la primera vez que me tenías desnudo la posible vergüenza desapareció tornándose en morbo. Entonces fuiste tú, la que de forma descarada te ibas quitando tus prendas una a una, hasta que finalmente tu tanga negro me lo lanzaste a la cara.
No recuerdo haber visto cuerpo más atractivo cerca, pero mis manos atadas no me dejaban aprehenderte. Tu cuerpo se convirtió, entonces, en una fábrica se sensaciones que se derramaban sobre el mío. Tus dedos se multiplicaron por mis rincones, mientras tu lengua abrillantaba mi piel. Te sentaste sobre mi barriga y tu minúsculo vello la cosquilleaba. Mientras dos parejas, una de ojos brillantes y otra de pechos lustrosos, se movían sobre mí, acompasadamente, acariciando el aire que me envolvía. Sentía que todo el calor que estaba atravesando mi cuerpo se estaba concentrando en un sólo punto. Parece que lo notaste y desplazándote hacia atrás trataste de calmarlo con la caricia de tus "labios". Tus caderas se movieron circularmente hasta que, de pronto, tu respiración se aceleró, tus ojos se cerraron y yo, a la vez, sentí como una corriente eléctrica sacudía todo mi cuerpo, hasta que cesó quedando exhausto.
Esta mañana Celia, necesitaba recordar aquel rato. Hay momentos en que es necesario el recuerdo para sobrevivir y esta mañana, al amanecer, lo hice contigo.
Paralelismos
Aquí estoy frente al post en blanco con la mente divagando en una tarde con olor a pre-verano. Pensando sobre este tema de internet le daba vueltas a una conversación que tuve por aquí con una amiga, en que me contaba como había ido evolucionando en su relación con esto. Yo creo que a todos nos ha pasado. Antes entraba en los chats y el azar hacía que se conociera a gente, más interesantes o inopinadamente absurdas. Con el tiempo ese círculo de relaciones cibernéticas se reduce. Hace tiempo que no entro en el chat y mantienes un contacto relativamente habitual con gente a la que te sientes más unida y con las que surgen una sana amistad.A veces hay casos peculiares. Me refiero al caso de una amiga, a la que conozco hará unos cuatro años. Nos conocimos en un foro de internet, ella era y es muy desconfiada y es extremadamente celosa de su intimidad, cosa que por un lado resulta lógica, pero en su caso raya en lo enfermizo. A pesar de ello y tras multitud de discusiones sobre este tema debido a nuestros opuestos puntos de vistas al respecto, hemos consolidado una buena amistad porque hemos sabido respetarnos aunque no coincidamos. Más de una vez se lo he dicho, nos parecemos más de lo que aparentamos pero vivimos en dos mundos de opiniones paralelos, lo que hará que sólo podamos encontrarnos en el infinito. A pesar de ello el cariño que nos tenemos está ahí.
Trío
Hoy quería dedicarte el post a ti, Celia. Aparentemente para mí ha sido un día como tantos otros, trabajando por la mañana y haciendo múltiples cosas por la tarde. Un observador externo no notaría nada, pero tú que me conoces un poco sabes que siempre tengo muchas "cosas circulando por dentro".Hoy desde que me levanté a las siete de la mañana no he parado de acordarme de ti. Sabía que para ti era un día muy especial y, en cierta medida, mi mente y mi fantasía se han dilatado en el día y han quebrado la mucha distancia que nos separa, para sentirte muy cerca. Te he visto sonriente con tus uñas de felina afilada dispuesta a arañar con ellas tu felicidad. Te he visto con unos ojos vivos y relucientes, llevabas mucho tiempo dándoles brillo. Te he visto como te ibas desnudando, de tan despacio que la ropa parecía quedar flotando en el aire. Vi tu cuerpo desnudo tan hermoso y tan deseable a la vez, rebosante de energías y sediento de piel. He visto como te colmabas de esa piel que tanto anhelabas, como temblabas, gozabas y sentías como creías que no volverías a sentir. Estuve toda la tarde de saber de ti, de cómo te había ido y tus noticias me inundaron de tranquilidad y felicidad.
Hoy también he sentido como tú, he participado de tu felicidad, Celia. Te he tenido tan cerca que, en medio de todo este lío, diría que hoy hemos vivido un trío.
¿Cómo soy?
A veces me pregunto como soy. Si hiciera caso a la gente que me quieren soy una persona especial, si se lo hiciera a los que pasan de mí, soy un tío raro. Cuando buceo en mi interior cosa que no hago todo lo que quisiera o debiera creo que todos tienen razón: soy alguien "especialmente raro".Huyo de los jaleos y reuniones, pero a pesar de que nunca me aburro solo y soy capaz de gustar la soledad, disfruto más cuando me encuentro y converso profundamente con alguien. Me gusta desnudarme por dentro, sólo lo hago en contadas ocasiones, pero cuando lo hago quien está enfrente puede estar segura de que me daré por entero y no le traicionaré. Odio el fútbol y las ferias, me encantan los paseos y un café a mediatarde. El ochenta por ciento de las conversaciones me parecen absurdas, superficiales y sin sentido, el otro veinte por ciento aunque escasas las vivo con todos mis sentidos. Normalmente no soy muy espontáneo en mis contactos físicos pero me encanta sentir los abrazos y perderme en ellos. Valoro los detalles y procuro sorprender con ellos a mis amig@s. No me gusta dormir en una tienda de campaña, pero doy un gran valor a la hospitalidad. Doy pocos besos, pero cuando los doy están escrupulosamente seleccionados. A pesar de que me encanta el sexo más de una vez he renunciado a él por conservar una buena amistad. En fin, como todos, y a pesar de que algunas veces presumo de lo contrario, soy bastante complejo.
Sueño de una noche de primavera
Esta noche ¿o fue ayer?, soñé contigo. Te imaginé en la playa, tu cuerpo desnudo saliendo del agua como sólo lo hace una sirena. Tus cabellos lacios y húmedos acariciando tu cuello, mientras el sol arrancaba brillos al agua adherida a tu piel. Tu andar vacilante rompía la espuma de las olas mientras tu paso, de pies tan pequeños como perfectos, iban hoyando la arena en esas huellas efímeras que rápidamente hurtaban el mar. Tus brazos bien torneados acompañaban el ritmo de tus caderas y tus pechos, orondos y espigados coronados en una aureola insultantemente oscura, se cimbreaban anárquicamente creando un halo de sensualidad a tu alrededor.Te llegaste hasta mí con una sonrisa levemente pícara y al abrazarme, mil rayos salieron de mi interior, especialmente cuando tus uñas se clavaron en mi espalda arrancándole un placer indoloro. Mis brazos te rodearon como el oleaje, deleitándome en tus perfecciones y fundiéndome contigo en un largo baile acompasado con el ritmo que producía el aleteo de las gaviotas. Hubo un momento en que fue tanta la fusión que al intento de mover algo de mi cuerpo, respondía el tuyo. Y así seguimos en esa danza de sal y fuego hasta que caímos exhaustos sobre la arena.
Aquellos ojos azules
Hace justamente, en estos días, veinte años en que me lancé de alguna forma al ruedo de la vida en Madrid. Visité por una sola vez en mi vida una oficina de empleo, tuve mi primer trabajo, abrí mi primera cuenta en el banco, más llena de telarañas que de pesetas, y empecé a oír hablar de eso de la Declaración de renta.Eran los tiempos de la movida, del no a la OTAN, de la Orquesta Mondragón y de Tierno Galván; en que era más famoso el barrio de Malasaña de lo que hoy pueda serlo Chueca. Con tantos movimientos no fue extraño que mi corazón también pegara un salto y se orientara hacia una amiga, nunca he conocido unos ojos azules más bonitos, con la que compartía trabajo y hora de comida. Yo iba notando como aquellos ojos me iban cautivando, de tal forma que a la vez que me daban ganas de vivir me quitaban las ganas de comer. Un día me decidí enfrentarme a ellos frente al portal de su casa, junto al Rastro. Aquellos ojos se abrieron mucho y yo marché cabizbajo, sobre todo cuando supe que tenían dueño. Todo ocurrió poco antes de marcharme de vacaciones.
Cuando volví al trabajo temí verlos de nuevo, pero ellos me siguieron mirando igual. Y yo, aunque fuera a distancia, seguí admirándolos. Con los años no los perdí de vista y de vez en cuando me alegro al verlos. La gran ventaja de los ojos sobre el resto del cuerpo es que no se llenan de arrugas, aparentemente no envejecen. La última vez que los vi, hace unos meses, seguían tan azules pero un gran golpe que le había dado la vida les había restado gran parte de su brillo. La semana pasada me llamó y a través de sus palabras me encantó captar que el brillo de aquellos lindos e inolvidables ojos azules se estaba recuperando.
Estamos en una edad...
Doble cara
Uno de las cosas que decimos cuando queremos criticar a alguien es: "ese tiene dos caras". Pero ahora que lo pienso ¿sólo dos? Yo creo que todos tenemos multitud de caras, multitud de imágenes que damos en función de frente a quien estamos y que con tantos cambios de cara difícilmente llegamos incluso a conocernos a nosotros mismos.Recuerdo la doble cara de aquel villano que salía en los dibujos del MazingerZ, que según el perfil que se pusiera era a cual más horrible. También yo creo tener al menos dos caras principales. Una es la cara de todos los días, esa cara con la que marcho en el día: aburrida, seria, responsable, aparentemente inmóvil. Esa cara es la que me conocen los de mi alrededor. Pero a veces me resulta difícil sostenerla, también tengo otra: alegre, sensible, sensual, locuela,...pero que apenas asoma o la tengo muy, pero que muy escondida en mi caparazón.Esta segunda cara, sólo la conozco yo y ese reducido número de personas a quien me he atrevido a revelársela sin miedo al que dirán.
Ya estoy harto de mantener tanto tiempo la primera cara, tengo ganas de desarrollar la segunda. Me apetece. Estoy deseando y quiero aprovechar el anonimato del blog para ir sacándola, rescatándola y disfrutándola. La palabra escrita me parece un modo privilegiado de poder hacerlo y desde luego me parece más sano y agradable escribir un blog que tener que ir a un siquiatra.
Comienzo
En fin, poco a poco ya escribí el primer post.




