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AIRES ABIERTOS

Modelando el deseo

Modelando el deseo

            Su cuerpo, desnudo y hambriento de sensaciones, se dejó acariciar por el aire, impregnado de ausencia, de aquella habitación. Se colocó frente al espejo para simular una presencia que no le acompañaba y con una lentitud pasmosa sus dedos suaves, ella anhelaba unas manos más rugosas, fueron modelando su figura con esa exquisitez que sólo una se sabe dar.            

            Dibujó su cuello de grandes líneas que se agitaba acompasando los movimientos de su pelo negro que caía acariciando sus hombros. Trazó líneas invisibles alrededor de su ombligo, mientras hormigueos incesantes se alzaban en torno a su barriga. Dirigió su mirada hacia sus pechos que parecían haber superado, por unos momentos, la habitual caída que les imponía la fuerza de la gravedad. Sus pezones oscuros atraían su mirada como si estuviera mirándolos con ojos ajenos, saludando la presencia cercana de los dedos, que amasaban aquellas protuberancias carnosas, tan necesitadas de caricias ajenas, como si estuvieran dándoles formas. Se acercaron sus dedos en varias ocasiones, como quien no quiere la cosa, a aquellos pezones coronados que, ahora endurecidos como pedernal, sobresalían de puro deseo. No resistió más aquel juego y sus uñas brillantes, cual pinzas afiladas de langosta, se cerraron a la par sobre sus pezones. Dolor y placer se fundieron en un solo gesto que hizo que una sacudida en forma de “S” sacudiera todo su cuerpo. Se derrumbó sobre el colchón con una respiración agitadas que empujó las manos hacia su más gustosa y solitaria de sus hoquedades.. Sus dedos gustaron el tacto sedoso de aquel pubis desnudo absolutamente de vello y se hundieron en el líquido viscoso que segregaban aquellos excitados labios. Acercó su mano derecha chorreante a sus otros labios para saborear en ellos el sabor agridulce de su sexo, con el que soñaba saciar la sed ansiosa de una boca rebosante de deseo. Sus dedos volvieron presurosos a recorrer aquellas lindes inferiores y con su mimosa caricia abrieron al deseo cada poro de su piel. Abrió la caja que tenía a su lado y sacando aquel objeto metálico que le había consolado en tantas soledades, se abrió de piernas, introduciéndolo hasta lo más profundo, Le gustó el sentirlo abrazado por su interior, pero aún más cuando lo fue sacando y metiendo al ritmo que se lo pedía su cuerpo, primero más despacio y luego acelerando hasta que llegó un momento en que no parecía ser su mano la que dirigía aquellos movimientos. En ese instante, el corazón pareció subirle a la parte superior del pecho, su respiración se aceleró, hasta que un fuerte suspiro pareció romper la tensión estirada de un hilo invisible. Se derrumbó sobre el colchón, pero aún su cuerpo dio dos o tres sacudidas más, involuntarias.             

           Se colocó, entonces, boca abajo y escondiendo su cabeza entre sus brazos, sollozó durante largo rato, bañando las sábanas en lágrimas de soledad.

Son...risas

Son...risas

             Hoy vi la más hermosa de tus sonrisas. Aquella que brotó producida por las cosquillas de mi bigote en tus labios. Después, cuando las humedades de nuestras bocas se atrajeron, mejorándose en una sola, dejé de verla…porque cerré los ojos. 

De lo dulce a lo salado

De lo dulce a lo salado

   Tras una hora en que mis dedos, artesanalmente moldearon, sin dejar un resquicio exento de configurar, de esos dos hermosos y simétricos cántaros que adornan tu cuerpo, ellos respondieron con la dureza de la posición enhiesta de sus pequeños y oscuros torreones- del homenaje- decías, salpicándome con ramalazos de tu sonrisa.

    Mi lengua serpenteó hasta encontrarse, primero con uno y, tras recorrerlo lentamente, con el otro. Mi excitación creciente hizo que con ese contacto se hincharan mis papilas por el dulzor que transmitían.

-Están riquísimos- te dije con ojos pícaros- a pesar de que siempre me gusta más lo salado que lo dulce.

    Tu cuerpo se sacudió por un casi imperceptible temblor y tus ojos se iluminaron por el brillo de una lágrima que rebosando tus párpados, se deslizó muy lentamente dejando su huella por tu rostro y  por tu afilado cuello. Siguió redondeando tu orondez hasta que aquel peciolo se sumergió en su transparencia, entonces, mis labios como una corola se cerraron a su alrededor saboreándolo hasta la más íntima de sus profundidades.

-Y ahora ¿cómo está? -dijiste con voz inequívocamente placentera.

-Exquisitamente salado-respondí.  Estas dos palabras fueron el detonante para que nuestros cuerpos se confundieran hasta escalar al unísono la cima del deleite.

Déjame...

Déjame...

        Déjame pasear contigo a la sombra de esas calles empedradas, de muros amarillentos, casi eternos y parras renovadas. Transitar por caminos mil veces recorridos, que se convierten ahora en aventura apasionada. Escrutarte el rostro y solazarme en tu mirada, acompañando tus pasos del sonido de mis pisadas. Escalar con mi ánimo tu inquebrantable sonrisa que durante tanto tiempo reservabas. Con los besos de mis labios envolver esos oídos, que antes acariciaron mis palabras. Sentir mi brazo en torno a tu cuerpo y cómo éste se derrama, cuando rodeo completamente tu espalda. Tañer tus cuerdas con las yemas de mis dedos y arrancarte una balada; que tiembles, que sudes, que sientas escalofríos desde los pies a tu parte más alta.  Y que el entrelazar de nuestras manos, con unos cuerpos tan próximos que entre ellos no haya nada, sea el inicio de un baile que dure desde el alba hasta la madrugada.

La carne viva

La carne viva

    El aire de la mañana arrancaba dolores en mi piel desnuda, tallada en carne viva a causa de la reiterada ausencia de tus caricias.

Así me veo...

Así me veo...

  ...en el espejo, tras esas horas en que la espuma de tus amorosas olas, salpicó intensamente y sin descanso cada rincón de mi cuerpo.

Mostrándose

Mostrándose

           Creo que iríamos por el séptimo café de la noche, la madrugada se enganchaba sobre mis ojos mientras bocetos y papeles se acumulaban sobre la mesa. Mi socia de la empresa de publicidad y yo llevábamos horas intentando esbozar una campaña publicitaria, que nos habían encargado, para un champú. De pronto, ella pegó un golpe en la mesa que me hizo reaccionar sacudiendo mi sopor.

-Tengo una idea, tendríamos que enseñar “algo” de lo que no es habitual mostrar del cuerpo de una mujer, que llame la atención.

-Primero-respondí- no creo que enseñar nada tenga que ver con un champú, ni segundo creo que eso llame “tanto” la atención.

            Entonces fue cuando, sin decir nada,  como empujada por un impulso, ella se puso en pie y subiéndose hasta extremos inenarrables su vestido turquesa dejó al descubierto sus hermosísimos pechos, y no es que me atrajeran la atención, sino que parecieron vociferarme. Su escueta braga rosa rodeada de carne por todos sitios acabó por despertarme no sólo del sueño sino también mis más profundos instintos. En los minutos siguientes, tal vez relajados por haber encontrado la solución a aquel encargo que nos preocupaba hace meses, rodamos juntos por el suelo mezclados con papeles, clips, notas y bolígrafos. Durante no sé cuanto tiempo, me encontré perdido entre aquellos pechos ahora, además de hermosos, sensibles y jugosos y nuestros cuerpos que siempre se habían mantenido a una cierta distancia de seguridad, derramaron  en aquella proximidad todo la tensión acumulada. Cuando acabamos, gozosos y exhaustos, estaba tan eufórico que le dije:

-Hay que ver todo lo que has armado mostrándome tus dos limones…del Caribe.

Sí!, ese podría ser un buen lema- dijo ella todavía desnuda mientras se atusaba el pelo y con la otra mano empuñaba bolígrafo y papel rescatados del suelo, como si nada hubiera pasado,  y retomaba el trabajo.

            Hoy veinte años más tarde, aquellos pechos, lógicamente, han perdido aquellas formas escultóricas, lo puedo asegurar que los veo, en  nuestra casa, todos los días…todavía me sigo preguntando si fue una buena idea aquella de que me los enseñara de aquella manera.

           

Me gustaría soñar...

Me gustaría soñar...

       Me gustaría soñar…soñar contigo pero hoy de una manera especial: ¡sin límites! Quitarme esas ataduras que las buenas maneras o los prejuicios me imponen hasta en los sueños y eso que nadie los ve…        

       Me gustaría soñar cómo me acercaría a ti, modelando cada paso y dividiendo el tiempo en mil instantes que haga saborear las décimas de segundo. Dejarme acariciar por el brillo de tu mirada mientras nuestras caras se aproximan y tu pelo, como hilos de seda negra se cimbrea con el aire.        

        Me gustaría soñar que tu aroma me envuelve mientras mis labios aterrizan sobre tu frente y empiezan  a modelar tu rostro con habilidad. Sentiría la cosquilla de tus pestañas mientras me deslizo despacio por toda tu cara, atrevido, travieso,…sintiendo como poco a poco tu deseo va brotando al exterior, hasta que tus labios ávidos de compañía busquen los míos y bailen en una sensual danza, mientras se hablan sin palabras y se extraen los más íntimos sabores.        

        Me gustaría soñar como desabotono tu vestido y ver como se desliza lamiendo tu cuerpo y dejando que éste vaya brotando de su interior. Ver, al fin, tu cuerpo mil veces soñado y sentir su contacto bajo mis brazos que te rodean. Crear mil besos sobre tu cuello esculpiéndolo con mi saliva y rodearte con mis dedos que extraigan de cada centímetro de tu piel la más hermosa de las melodías. Iniciar con las yemas de mis dedos una excursión sin prisas por todo tu cuerpo: hacer ondear como banderas, resaltando tras las caricias de tus pechos, tus pezones oscuros; modelar las ondulaciones de tus nalgas  y sentir nuestros sexos en contacto y latiendo al unísono.        

           Me gustaría soñar como me agacho siguiendo el camino de tu barriga, horadar tu ombligo con mi lengua y ahogarlo en mi saliva, hasta descendiendo por tu pubis libar tus jugos más dulces hasta dejarte satisfecha.        

           Me gustaría soñar con tus piernas, estirándose hasta el suelo y conduciéndome hasta tus pies, donde con la ayuda de mi boca iría haciendo desaparecer, lentamente, dedo a dedo, el cansancio acumulado en tantos años de camino.         

           Me gustaría soñar que cuando me despierte, estarás delante de mí, mirándome como abro los ojos y diciéndome con tu mirada que nunca más me hará falta soñar porque te tendré desde ahora, para siempre, a mi lado.

Produciendo música

Produciendo música

         Aunque hace muchos años de esto, recuerdo perfectamente el día en que conocí a Eugenia. Su cabellera pelirroja y el movimiento alambicado y sinuoso al ritmo de la música de “Fiebre del sábado noche”, sobre la pista de baile, no dejó de atraer mi atención. Coincidimos en la barra tomando una copa y empezamos a charlar. Teníamos grandes coincidencias, pero si a mí me gustaba la música, para ella era su vida. Su trabajo, sus aficiones, sus pensamientos,…incluso el ritmo, de felina agazapada con que caminaba por la calle, estaba impregnado de corcheas.            

         Nos hicimos buenos amigos, pero de aquella amistad con música a pasión sólo hubo un minúsculo paso. Y no tardé comprobar que aquella vida rítmica se extendía a la superficie del colchón, en donde sin duda tocaba sus mejores notas. Pero no hablo en forma metafórica sino totalmente literal. Al principio creí que eran figuraciones mías y fruto de la pasión, porque ocurría cuando mi parte más querida desaparecía en oquedad de su cuerpo y nuestras pieles húmedas se adherían con un estrecho contacto, en aquellos íntimos momentos yo escuchaba una música. Un día tras repetirse esto varias veces, dejando a un lado la vergüenza que me producía preguntarle,  no pude aguantar más y después de quedar exhausto y sudoroso, a su lado, sobre las sábanas, le pregunté si ella también escuchaba una música.             

          Me sonrió con una doble sonrisa de ojos y labios y se tendió boca arriba, totalmente desnuda, cuan larga era. Sus dedos finos acabados en primorosas uñas rojas se acercaron hacia su pubis y tirando armoniosamente, como si fueran las cuerdas de un arpa, de los distintos pelos de aquella mata anaranjada que lo coronaba, empezó a sonar una música con su ritmo perfecto, sus sostenidos y sus bemoles. ¡Era la música más hermosa que nunca había escuchado! Aún hoy después de tantos años, cuando aguzo el oído y cierro los ojos me llegan los sones de aquella imperecedera melodía.

La sirena enojada

La sirena enojada

             Mirabas al mar, en aquella playa solitaria, como si tuvieras nostalgia del vientre materno, mientras tu cuerpo desnudo se recortaba sobre aquel brillo azulino. Te hubiera confundido con una sirena, sino hubiera tenido delante de mí, en la orilla, aquellos hermosos pies lamidos con dulzura por la espuma blanca. Sobre ellos, como dos esbeltas columnas se alineaban tus piernas. ¿Qué mejor comienzo para ellas que aquellas curvas turgentes y primorosamente redondeadas que daban formas a tus nalgas y  que el sol parecía acariciar con sátiro embeleso? Tus vértebras se alineaban a lo largo de tu espalda morena y sobre ellas, a modo de penacho, tu melena castaña, rizada sobre sí misma, oscilaba dulcemente al compás del viento.            

             No pude reprimir mis ganas de plasmar aquella estática escena sobre el papel y sentándome en la arena saqué el cuaderno y el bolígrafo y empecé a trazar líneas que de alguna forma fueron despojándote, de manera imperceptible o al menos eso creí yo,  de parte de tu figura. Ya que en un determinado momento, como si te dieras cuenta de mi observación, volviste la cabeza y con cara curiosa te fuiste acercando hasta mí. Ya había trazado el contorno de tu cuerpo y estaba ahora ocupado en sombrearlo. Te moviste alrededor de mi colocándote detrás y observándome desde tu altura. Y sentí como te agachabas para observarlo mejor. Te sentaste en cuclillas, pegándote a mí y abriendo tus piernas con las que atrapaste mis caderas. Pude sentir el ruido de tu respiración muy próxima a mi oído y cómo, ahora más cerca, tus pechos duros y enhiestos se posaban como dos mariposas sobre mi espalda. Tu olor almizclado se combinó con el procedente de mi excitación y eso me hizo trazar una línea más oscura de lo deseable. En la parte baja de mi espalda sentí el cosquilleo producido por el roce de tu pubis suave y que, anteriormente no me había pasado desapercibido, estaba absolutamente rasurado. Tus brazos rodearon mi cuello antes de sentir que tus labios lo saboreaban con exquisitez. Sentí la caricia suave producida por el parpadeo de tus negras y largas pestañas y por primera vez hablaste:

-Me encanta tu dibujo.                       

              Te dije que enseguida lo terminaba, en ese momento dibujaba el mar. Aunque era difícil empeño esto de proseguir teniéndote en esa postura pero, un rato después, dibujé la última línea.  Justo en ese momento giraste la cabeza en torno a mi cuello, tus rizos me cosquillearon mi cara y la jugosidad de tus labios se mezcló con los míos en un beso largo y hondo en el que se acalló hasta el murmullo de las olas. A continuación te tendí el papel y me correspondiste agradecida con una linda sonrisa.            

              Entonces fue cuando se desencadenó el temporal, simplemente cuando te dije que, por ser para ti, te lo podría dejar en doce euros.

-¿Cómo?-gristaste.            

             Tu cara mudó de color y en un instante mi dibujo desapareció bajo tu mano y la bola formada por el papel la lanzaste con furia sobre la arena. Te diste media vuelta y te alejaste de mí, sin volver la vista atrás. Tu olor a almizcle se alejó de mí a la vez que dejaba de ver el sinuoso movimiento de tus caderas.            

              He rescatado lo que ha quedado de aquel dibujo, para colocarlo aquí por si quieres volver a verlo. siento tu enfado. No sé si leerás esto, pero tienes que comprender algo: con tu hermoso cuerpo no tendrás problema en ganarte la vida, en cambio yo…¡de algo tendré que vivir!

Duda

Duda

              Al salir esta tarde he quedado asombrado, no sé si es que todas las mujeres con las que me he cruzado han aprovechado el  invierno para hacerse una operación de cirugía estética o, más simplemente, que ha estallado la primavera.

Calor en la playa

Calor en la playa

         (dibujo de Aires)

         Me estaba acomodando en la arena para pasar un rato de grata lectura y , de pronto, escuché el sonido inequívoco de alguien que se estaba situando cerca de mí. Intenté seguir concentrado en la primera página del libro,  pero un olor afrutado y dulce que provenía de mi vecino interfirió mi atención. ¿Vecino? ¡Era una mujer!            

           En ese instante deslizaba por las piernas su vestido blanco de algodón, quedando al descubierto, su cuerpo totalmente desnudo. Tenía esa edad en la que las formas se ondulan y ganan consistencia. Tendió su toalla roja sobre la arena y, mientras la estiraba, la oscilación caprichosa en el aire de sus turgentes pechos, de pequeños pezones casi negros, me trastornó. Se sentó y pulverizando el bote del bronceador, aquel cuerpo de piel almendrada se vio salpicado por minúsculas gotas blancas. Los movimientos rítmicos de sus manos fueron estirándolas por delante. No me pasó inadvertido como se detenían sobre sus pechos, donde los dedos parecieron bailar e hicieron que los pezones crecieran desmesuradamente, un crecimiento parejo al que empecé a sentir en mi bajo vientre. Aquellos dedos siguieron su camino dando brillo a aquella barriga de líneas onduladas a medida que absorbía la crema. Una fila hilera, de pelillos rubios primorosamente recortados y teñidos de blanco, ascendía por el pubis desde su abertura. La yema de los dedos siguió su masajeo. Cerré los ojos intentando imaginar que aquella mano era mía…         

       -¿Te importa?- le escuché decir y cuando abrí los ojos vi que se había instalado boca abajo sobre la toalla mientras me tendía el frasco con el bronceador. Me levanté encantado, procurando que no se notara mucho la erección que empezaba a tener, y le pulvericé la espalda. La recorrí muy lentamente, dibujando uno a uno sus huesos envueltos en aquella sedosa piel. Me gustaron especialmente el tacto de sus axilas, la ondulación de sus hombros, los acúmulos de piel que rodeaban sus riñones…temía el momento de detenerme…cuando con una maniobra rebuscada, ella misma, girando su brazo se pulverizó sus nalgas.            

        -No te pares, lo estás haciendo de maravillas- musitó. Ahora fueron sus nalgas la que recibieron mis masajeos. Mis dedos traviesos, dibujaron sus formas redondeadas y, empezaron a deslizar la crema hasta honduras más ocultas y jugosas. Ella recolocó su postura y sus manos, que hasta ahora hacían de apoyo de la cabeza,  y desaparecieron bajo sus pechos. Aquel olor afrutado inicial se mezclaba ahora con el de la crema y un intenso aroma que salía de sus profundidades y que empezó a turbarme. A medida que mis dedos se convertían en osados y a sentir una humedad diferente  a la crema, veía como su cuerpo oscilaba ayudándose, además, de aquellas manos que estratégicamente acariciaban los pezones. La oscilación aumentó hasta que se transformó en una especie de calambre que durante unos minutos sacudió todo su cuerpo. Tras una respiración ahogada, que pareció brotar directamente de sus pulmones,  quedó totalmente quieta.            

         -Gracias- fue lo último que me dijo, antes de sacar las manos, apoyarla sobre la toalla y colocar la cabeza sobre ellas. Una respiración acompasada me advirtió de que se había quedado dormida.  Dejé el bronceador a su lado. En otra ocasión abordaría la lectura del libro, ahora creo que era el momento adecuado para salir corriendo y darme un chapuzón en el mar.

Sol-edad

Sol-edad

      ¡Qué bien le venía aquel nombre que un día le puso su madre! Hacía varios años que los recuerdos se  habían ocultado tras el tiempo y su piel, no hace mucho, tersa empezaba, cada vez más,  a rasgarse por arrugas. Aquella larga etapa, según el calendario, la percibía ella trasncurrida en un suspiro, aunque ese devenir del almanaque  nunca  había mermado un ápice la pasión que encerraba en los límites curvilíneos de su cuerpo. Había tenido mala suerte o quizás ella nunca había sido capaz de encandilar a un hombre. Las dos experiencias que había tenido, o mejor dicho sufrido, le había dejado con un armargor interno que, desde la última vez, le hacía huir de todo el que tuviera un apéndice pendiendo entre sus piernas.

 

            En aquella primera fase solitaria, empezó a sentir su interior desgarrado por una pasión que no encontraba salida. Hasta que un día, en que se bañaba y espumaba con cuidado su pubis empezó a arañar su piel con la fina hoja de la cuchilla, en un momento determinado, tal vez por el calor del agua empezó  a sentir como si todos los poros de su piel estuvieran abiertos y su sensibilidad creciera varios enteros. Tras el paso de la cuchilla inspeccionó la suavidad de su pubis con la yema de sus dedos y como si estuviera electrizado éste le transmitió una gozosa sacudida. Los acercó de nuevo, con cuidado, y como si una mano invisible condujera su otra mano se puso a acariciarse muy lentamente su pecho, primero alrededor, como si estuviera dibujando su contorno, y acompasando sus sensaciones con los otros dedos que empezaban a horadar aquella abertura placentera. Su pecho empezó a temblar internamente, sobre todo cuando su mano de artista siguió dibujando una línea en espiral que la condujo a su cúspide más alta. Una cima parda, sobresaliente  y dura, que destacaba como si pretendiera lanzarse hacia delante. En aquel instante se olvidó de todo, de sus penas y su pasado y sus dos manos la introdujeron en un presente que si no fuera porque estaba en el agua le hubiera hecho sudar de felicidad. Se sentía a gusto, envuelta en unas caricias que, por primera vez en su vida, eran las que le gustaban sin depender de la mano inexperta de un hombre. No supo cuanto tiempo estuvo así, sólo que en un determinado momento, cual si de un ataque epiléptico se tratara todo su cuerpo se vio violentamente sacudido, mientras la respiración se le entrecortaba y disfrutaba como nunca lo había hecho. Hasta tres veces se repitió esa sensación cada vez más violenta.

 

            Finalmente sus manos se soltaron a lo largo de su cuerpo y se hundieron en el agua y arrastrando, con ellas,su cuerpo hasta el fondo de la bañera, y por unos minutos su cabeza desapareció bajo la espuma que cubría la superficie del agua y creyó sentir esa sensación placentera y olvidada de cuando estaba en el seno materno.

Me gustaría...

Me gustaría...

... ahora que estamos tan lejos, que estos besos que te envío incidieran en ti con la misma fuerza que un tsunami.

Rojo y negro

Rojo y negro

-Sigue, no te detengas ni un instante. Um, cómo me gusta la forma que tienes de usar tu lengua conmigo.

    No me lo creía pero tenía razón el que me dijo que, estos chupa-chups parlanchines del sex shop, podían resultar altamente estimulantes. 

Entre las sábanas

Entre las sábanas

         Brillantes y minúsculas gotas de sudor salían por cada uno de los poros de mi cuerpo, cuando me acerqué a ella y la tomé entre mis brazos, deslizándome en su interior con la suavidad dulzona de la mutua excitación. Ajustamos deliciosamente nuestras formas y con agilidad felina sincronizamos nuestros movimientos. Durante largo minutos garrapateé temblores en la blanca pizarra de sus curvas. El súbito estallido placentero que me humedeció hizo que me despertara. 

         A mi lado, dormida, estaba ella con las sábanas modelando su cuerpo desnudo. Intenté aproximarme pero ese muro invisible, tan habitual en los últimos tiempos, me lo impidió. Triste y empapado me quedé dormido y soñé que, al menos, nuestras respiraciones sí se acompasaban.

Un viaje movido

Un viaje movido

Me molestó, debo confesarlo, cuando a las doce de la noche en el autobús con destino a Sevilla, una mujer de rizada melena ocupó mi asiento contiguo. Mi deseo de dormir estirado se difuminaron, eso debió pensar la compañera del otro lado del pasillo quien me dirigió una sonrisa que no supe interpretar. De todas formas la mecida inherente al movimiento y el cansancio acumulado el fin de semana acumulado en Madrid, no tardó en rendirme.

 

Cuando desperté tenía el jersey de mi vecina a modo de almohada sobre mi hombro ¡vaya morro!y ella profundamente dormida. De sus labios abiertos caía una leve salivilla que goteaba sobre mi camisa levemente desabotonada por el calor reinante de agosto. Pensaba despertarla cuando desde mi posición su escote que hasta ahora me había pasado inadvertido. Era un escote ampuloso, de salientes redondeces que abrían un sugerente hueco en el que podía ver gran parte de sus pechos rotundos y que se sujetaban en el aire sin necesidad de la artificiosidad de un sujetador. Tan amplio era que no me costó darme cuenta que sus grandes y manifiestos pezones dilataban la tela creando unos sugerentes montículos cuyos alrededores, casi negros, asomaban al aire por el borde de la tela. Aquella visión me excitó profundamente y procuré no moverme lo más mínimo para disfrutar el máximo tiempo de aquella sugerente visión.

 

Sea porque no pude permanecer estático o porque sintió el peso de mi mirada sobre ella, sus pestañas oscuras se abrieron como un abanico dando paso a un par de ojos almendrados que, sin moverse, me miraban traviesos.  Se aproximó más a mí y ví como su mano izquierda de cuidadas uñas se abrió paso entre los botones de mi camisa y sus dedos ágiles fueron lamiendo con sus yemas, muy despacio mi pecho, a la búsqueda de mi tetilla. Cuando la encontró, como quien encuentra a una vieja amiga, se detuvo arañándola con esa levedad capaz de transmitir su energía a todo mi cuerpo, de hecho yo notaba como la sangre empezaba a bombear a través de mi sexo y éste comenzaba a hincharse.

 

Siguió persistente, mientras su sonrisa ahora era amplia, bajó su mano por mi barriga jugueteando con el vello que se encontraba a su paso, hasta llegar a mi ombligo donde simuló taladrarlo con su uña. Tras aquellos minutos de creciente excitación sacó su mano y con una agilidad que sólo puede dar la práctica me abrió la cremallera del pantalón. Sentí como su mano arañaba mis slips transmitiéndose el contacto a mi sexo, ya duro como una piedra.  Y como quien se acomoda para dormir su cabellera rizada tapó mi barriga a la vez que con increíble agilidad liberó mi sexo, su olor llegó a mi nariz, y lo hizo desaparecer en su boca. Yo sorprendido solo atiné a cubrirla con su jersey como si estuviera arropándola. Ella succionaba lenta al principio, para acelerarla hábilmente después. Todo mi cuerpo temblaba por el ardor, aunque yo hacía lo imposible por no moverme, aparentando que estaba dormido. Fue entonces cuando vi a mi compañera del otro lado del pasillo que miraba aquella escena con descaro. Pero no sería yo quien hiciera el más leve gesto ¡que mirara si quería!

 

Aquella melena negra que tenía sobre mí no cesó en sus movimientos durante un buen rato hasta que, en un momento determinado, ella hizo una contracción con sus labios, que no pude resistir y tuve el mayor orgasmo que nunca he sentido. Fue como si de pies a cabeza todas mis células vibraran. Estábamos llegando a Sevilla y quedé como derrengado en mi asiento, ella colocó todo en su lugar tras hacerme un trabajo de limpieza exhaustiva con su lengua por todos los alrededores. Acercando sus labios a los míos pude saborear en ellos mi propio sabor. Sin decir nada, se puso en pie, se estiró su vestido y sin mirar atrás desapareció por la puerta del autobús. Pero allí, contra lo que pensaba, no acabó todo. La del otro lado del pasillo se puso en pie, e inclinándose hacia mí me besó escarbando hasta el último resto que me quedaba de mí en los labios. Me dijo: ¡Gracias! y se marchó contoneándose. Tardé quince minutos en poder levantarme de mi asiento.

   

No me des la espalda

No me des la espalda

      No me des la espalda cuando te necesite. Tu espalda bien formada de curvas luminosas y sombreadas, que las yemas de mis dedos muchas veces han recorrido intentando extraerte tus mejores notas como si de un arpa se tratara. Caricias que derrumbaban tus tensiones, que lograban embellecer tus líneas y que hacía estilizar ese vello leve y rubio que la recorría de arriba a abajo. Mis dedos, a los que tantos piropos echabas, cuando te arrancaban en esa pizarra que me brindabas caricias jugosas y siempre nuevas. Especialmente cuando la espalda se acababa por falta de espacio y seguían su camino por la autopista de tu columna hasta llegar a ese lugar donde las hondonadas se transformaba en una cueva profunda y oscura que exponías delicadamente para que yo la explorara hasta su interior y descubriera placeres exquisitos nunca por ti soñados.

      Ya lo sé que te gusta...pero ahora soy yo el que te necesito, no me des sólo la espalda, date la vuelta y entrégame tu cuerpo deseoso para que siga experimentando y descubriéndote para que llegue hasta ese punto en que tan próximo a ti, me confunda contigo.

Su perfume

Su perfume

Aún recuerdo nuestro primer encuentro. Su olor me embriagó hasta muy dentro.

-¿Qué perfumes usas?-le pregunté-. Me gusta y me excita mucho.

-No llevo ningún perfume- me respondió con mirada pícara.

Tras meter así la pata me di cuenta, como así ocurrió, que aquella noche resultaría todo un éxito

Mi fantasía

Mi fantasía

-¿Cuál es tu fantasía? – me preguntaste mirándome a los ojos mientras las volutas de humo de tu cigarro llenaban el aire.             

            Nuestros cuerpos desnudos y exhaustos, de tanto goce tras aquella noche, yacían sobre la cama. Tus uñas primorosamente afiladas arañaban mis tetillas, ya agotadas e incapaces de reaccionar tras tantas horas de pasión desatada. Era nuestra última noche juntos en mucho tiempo, te ibas al otro lado del mundo y de alguna forma con aquellas locas horas quisimos compensar la futura y desgarradora lejanía. El hartazgo de placer, si es que tal existe, nos envolvían en aquella habitación.

 -Me apetecería dibujarte desnuda – le contesté.

 -De acuerdo – me sonrió- pero no dibujes mi rostro.             

             Y de un salto tu cuerpo ahíto de placer y con los poros abiertos se plantó ante mí. Saqué del armario un rollo blanco de papel de envolver y como si te cubrierara pudorosamente lo dejé caer a lo largo de tu cuerpo y fui señalando con el lápiz algunos puntos de referencia: cuello, hombros, pechos, ombligo, cadera, piernas y brazos. Coloqué el papel sobre el suelo y uniendo aquellos puntos fui esbozando aquel dibujo de tamaño natural. El trazado de aquel boceto duró  una hora en la que posaste pacientemente con tu sonrisa traviesa colgada de tu rostro. Tuviste el tiempo justo de ducharte y de dejar el sabor de tus labios de caramelo mezclado con los míos, antes de que tu figura fuera empequeñeciéndose al descender por la escalera. No quise mirar más y con un suave movimiento cerré la puerta para que no vieras mis ojos empañados por las lágrimas.            

              Desde entonces nuestro contacto se ha reducido a Internet…y a tu dibujo. Sí, porque me he llevado varios meses con él y le he dedicado decenas de horas. Ha sido prácticamente el único ocio al que me he dedicado. En cuanto volvía de trabajar y los fines de semana, desnudo para sentirme más cerca tuya, me inclinaba sobre aquella especie de alfombra que ahora cubría mi salón e iba depositando sobre el papel, con la ayuda del lápiz, tus formas bien conocidas y ahora dichosamente recordadas. Tras las primeras semanas reconocí tu cuerpo brotando del papel. Posteriormente aquellas líneas trazadas a lápiz fueron enmascaradas por el bolígrafo negro, líneas oscuras que para que resaltaran había que pasar varias veces sobre ella. Cuando ya estaban trazadas las líneas principales con varias gomas de borrar fueron desapareciendo los trazos de lápiz.  Y entonces fue cuando vino lo peor… el sombreado con el bolígrafo negro. El transformar aquella figura bidimensional a las tres dimensiones, el hacer que las finas líneas negras, acumuladas unas con otras fueran arrancando luces y sombras al dibujo. Un trabajo paciente y que, en ocasiones, por su monotonía me producía hastío y eso que mi mente hacía que aquellas rayas semejaran caricias sobre tu cuerpo. Caricias suaves que, cuando daban forma a tu pecho o lineaban la entrada a esa oquedad tuya tan placentera, hacían que me excitara conformando sobre mí aquellas lejanas sensaciones. Muchas horas, muchas líneas cruzándose caprichosas sobre el papel, cinco bolígrafos negros consumidos, en definitiva muchas horas de placer compartido en esta peculiar compañía tuya; hasta que tras el enésimo retoque lo di por terminado.             

              Lo he fotografiado para poder colgarlo en este rincón tan nuestro, tan íntimo y que puedas ver el resultado final, tras estos meses, desde que te fuiste, en que he estado en silencio. Espero que te guste el resultado. En cuanto al original lo he colgado en la puerta, frente a mi cama, y, todos los días, es lo primero que veo al abrir los ojos. No sé que tiempo tardaré en volver a verte, pero tu cuerpo ahora, tal como lo recuerdo, lo tengo frente a mí en tamaño natural y, aunque pasen los años, sé que las arrugas no se cebarán con él.