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AIRES ABIERTOS

Dos pies

Dos pies

      (dibujo de Aires)

     Hace ya varios años que llevo escribiendo este blog y no puedo dejar de sorprenderme cuando veo las estadísticas y me doy cuenta que hay un post que destaca en visitas sobre todos los demás. Es uno que escribí sobre los  pies en aquel ya "lejano" enero del 2006. A estas alturas tiene ya casi 4.000 visitas y si mis post son poco comentados, sin embargo éste al día de hoy ya lleva cuarenta y tres comentarios.

      ¿Qué es lo que lleva a ese interés por los pies femeninos? ¿Tendrá algo que ver ese ocultamiento obligado y prensado al que le someten los zapatos habitualmente y tan diferente a las manos que llevamos siempre descubiertas?

Unas gotas de lluvia sobre mi cabeza

Unas gotas de lluvia sobre mi cabeza

      Amanecía, cuando caminaba el otro día bajo la lluvia. Las gotas marcaban un compás de La mayor sobre la tela del paraguas y el viento frío me acariciaba con un des-abrigo invisible. Mi mente iba ocupada en esa cocina de sentimientos que tu recuerdo produce cual hábil cocinero, cuando al girar una esquina una ráfaga desatada tronchó limpiamente mi paraguas. Cayó en un charco y me quedé con el extremo en mis manos, que perdida su utilidad acabó chapoteando junto con otras basuras en una papelera. Me alegré que en la calle solitaria nadie hubiera sido testigo de aquel incidente.

     ¿Nadie? A través de un portal tu mirada picarona iluminó el chapoteo brillante de las gotas de lluvia que, ahora iban pegando la tela humedecida a mi piel. ¿Qué hacías por allí a aquellas horas? Y como si la cocina de sentimientos hubiera ya producido su primer plato, sin decir nada, te acercaste a mí y amoldaste tus labios a los míos. Mis labios distinguieron esa humedad cálida, sabrosa, de esa otra que iba impregnando todo mi cuerpo. Y como queriendo protegerte de esos chorros comunes que se deslizaban en correntías a través de nuestra piel, mis brazos se cerraron en torno a ti. El contacto de tu piel húmeda atravesó las telas que nos separaban...

       Un portazo de la ventana terminó por despertarme. No paraba de llover. El suelo del dormitorio estaba mojado y tu lado del colchón estaba ocupado por una silueta húmeda que dibujaba tu ausencia sobre la sábana.

Generacion.net

Generacion.net

       Se ha relanzado recientemente la revista digital Generacion.net, os invito a visitarla. Hace unas semanas se me pidió colaboración con un post para este relanzamiento y aquí aparece publicado.¡Bienvenidos!

Mi cocodrilo

Mi cocodrilo

       (dibujo de Aires)

         Siempre pensé que los cocodrilos nacían al romperse un huevo, aunque éste desconozco cómo llegó a aparecer a mi lado. Era pequeño, vivaracho y en aquel tiempo en que era una cría, casi gracioso. Sus ojos lánguidos y sus movimientos ágiles me resultaban atractivos. Yo fui creciendo y a la vez que me hacía más nervuda, aquel saurio también fue desarrollándose: sus mandíbulas se robustecieron y sus dientes se afilaron, su piel se endureció con una fuerte coraza y sus movimientos ágiles desafiaban con ardor la ley de la gravedad. Aquel conocimiento mutuo se convirtió en intimidad creciente y como si  de una sombra se tratara, nos convertimos en inseparables.

 

            Tan habitual se me hizo su compañía que llegaba a pasarme inadvertida en mi devenir cotidiano, hasta que fui consciente de la excesiva protección que creaba en mi entorno. Algunos hubo que intentaron aproximarse, con desconocidas intenciones, nunca llegué a saber cuáles eran porque en cuanto él se apercibía de aquel acercamiento, me defendía a dentelladas o sacudiendo ágiles coletazos. Aquella protección habitual y repetitiva, de tantos años, de aquel inopinado guardaespaldas me hacía andar segura por la vida y sin temor a interferencias ajenas que pudieran socavar mi tranquilidad.

 

            Hasta que...¡apareciste tú! Te fuiste arrimando a mí, lo que, inicialmente, me pasó dulcemente inadvertido. Y cuando fui consciente de ello, no imagino cómo, te habías situado entre mi cocodrilo y yo. Tuviste esa rara habilidad de distraerlo, de domesticarlo y eso nos sedujo, a él y...a mí. Y hoy cuando caminas a mi lado con tu brazo rodeando a mi cintura, aún suelo escuchar detrás nuestro los andares acompasados de sus patas de cinco dedos delanteros y cuatro traseros y el rasgueo de su cola por el suelo, y alguna vez que lo he mirado de reojo y me he fijado en sus, en otro tiempo, temibles fauces, he visto cómo, aparte de guiñarte el ojo, te sonreía.

Vacaciones caribeñas

Vacaciones caribeñas

       ¡Qué a gusto me siento aquí! Apoyada, en este árbol de la playa, con los ojos cerrados, mientras me dejo acariciar por la brisa tropical y el rumor de las olas que bañan la orilla. Está buenísimo este daiquiri. Necesitaba estos días de descanso, por un lado, para no hacer nada y por otro, para dar rienda suelta a la pasión. Aún me tiembla la piel al pensar en el revolcón que tuve anoche aquí en la playa con aquel mulato que acababa de conocer, teniendo como único testigo a la luna. Nunca creí que en un encuentro se pudiera disfrutar tanto...

-¡Eh, “chochito” despierta y deja de sobar! ¿Otra vez t’as quedao dormía? ¡Qué poco acostumbrá estás a madrugá! Date prisa que tenemos que acabá de limpiá. Ya no quea ná pa que llegue la gente de la Agencia de Viajes y se abra al público.

Rumor de ausencia

Rumor de ausencia

         Me duele, a esta hora en que alborea, el rumor rabioso de tu ausencia, el recuerdo de tu cuerpo que presiento solitario tendido en el colchón que encrespas levemente creando caprichosas arrugas en su superficie. Veo las sábanas, que protegen tu desnudez, moldeadas sus formas por las ondulaciones de tu cuerpo.  De las honduras de la tela surgen esas líneas tuyas, tan sensualmente vivas, que se avivan en mi memoria despertando mis deseos. Puedo imaginar la seducción visual de tu melena azabacheña, cubriendo alborozada y mimosamente tu nuca, que reposa, acogedora y con formas leoninas, sobre la almohada. 

          Mantengo vivas en mí las caricias que me diste, esas sensaciones cargadas de pasión y ternura en las que te revelaste como verdadera artífice y ansío ese momento en que puedan volver a repetirse. 

           Quisiera quebrar la quietud de esa escena revivida, hurtarte espacio de tu colchón socavando su superficie con el peso de mi cuerpo, que uniéndose al tuyo te haga disfrutar de mi piel ardiente, mientras jugando en el aire, fusionamos nuestros labios y confundimos nuestros alientos.

La sombra solitaria

La sombra solitaria

           Se había acostumbrado a caminar al unísono con aquella otra sombra, por eso al despertar por la mañana, con esa extraña manera como lo hacen las sombras: sin abrir los párpados, se extrañó de no encontrarla a su lado. Miró a su alrededor y no la vio. Se deslizó con velocidad de sombra por paredes y suelos, rebuscó en rincones y hasta se introdujo en minúsculos resquicios, pero…¡había desaparecido! 

          Llevaban juntos mucho tiempo e incluso cada vez se sentía más cerca de ella ¿Qué habría pasado por la cabeza de su amiga para que desapareciera sin decirle nada? ¿habría hecho algo que le hubiera sentado mal a ella? Por más que pensaba no llegó a imaginar el motivo de aquella huída.

         De pronto, un extraño bostezo resonó en su interior y notó como si una parte de sí se espabilara ¿qué le estaba pasando? Escuchó la risa sonora de su amiga que partía de su interior y entonces su corazón de sombra iluminó su inteligencia. Su amiga no se había ido, efectivamente con el tiempo se habían acercado tanto que ahora ella se había introducido en su interior y, desde entonces, aquellas dos sombras que siempre había ido reflejadas a par en las paredes, pasaron a formar una única e indivisible sombra, que ya nunca más se sentiría solitaria.

Sueños imposibles

Sueños imposibles

            (Fotografía de Concha Arias)

           Hoy quisiera hurgarte en los que tú llamas sueños imposibles, en esos que encierras dentro de ti cuando haces de tu intimidad una hermética fortaleza. Esos sueños que disfrutas, liberada de prejuicios de cualquier tipo, y en los que das rienda suelta a tus fantasías y a tus deseos más profundos, en que se mezclan, sin orden ni concierto, la pasión desbocada con la ternura contenida. Los gozas con esa libertad que te da el estar liberados de cualquier clase de críticas y sometidos, exclusivamente, a  tu arbitrio.

            No te asuste mostrar lo más primitivo de tus ansias en ese punto en que la mente sucumbe en la atávica batalla ante la fuerza arrolladora del corazón, esa faceta tuya que al descubrírmela acabará por seducirme. Quiero entrar ahí, con tu permiso, para paladear contigo esa felicidad que anida en tu paraíso.            

            Hazme partícipe de ellos, para que podamos cabalgar a pelo a lomo, cabellera al viento, de las mismas fantasías, recorriendo paisajes infinitos mientras compartimos sensaciones inenarrables. Instalarme en esos oscuros pero dulces recovecos donde esos sueños, que te parecen imposibles y utópicos, vividos a dos pueden convertirse en sueños impregnados con la esperanza de que un día…

 …se hagan realidad.

Tus dos...

Tus dos...

(dibujo de Aires) 

...y no precisamente de la tarde. Se alzan surgiendo de ti como anunciándome las sabrosas mieles del resto de tu cuerpo. Siempre acompasados y en pareja, se introducen en el aire desplazándolo esféricamente. Dos formas que me seducen atrayendo mi mirada que las acaricia, previamente, sin tacto. Parecen buscar el acople natural de mis labios y la caricia envolvente de mis dedos. Me gusta sentir como se posan sobre mis manos, mientras intento ficticia y sabrosamente darles formas. Su piel tersa compite con la suavidad de cualquier seda oriental.

    Y en sus extremos coronándolos se encuentran esas cimas de oscura belleza que, cuando la levedad de mis labios se posan sobre ellas, raudas se transforman en duras como el pedernal. Se dilatan y penden con soltura del extremo de mis dientes que las arañan con ternura.

Me encantan tus dos pechos...

Colchón y marejada

Colchón y marejada

         El colchón cuan inmenso océano se extiende más allá del infinito. Los desimantados cuerpos de la pareja, se posan descompasadamente, sobre él y son agitados por un temporal, que inicialmente se abate imperceptible y más tarde se encrespa, debido a la soterrada monotonía cotidiana.

         Se cimbrean sobre las crestas de las olas azotados por látigos de espuma, hundiéndose hasta hoquedades impensables. Pasado un tiempo, ambos se pierden de vista en aquella inmensa amplitud.

Movimientos de serpiente

Movimientos de serpiente

          Me recuerdas a una serpiente. Te acercas sigilosa, deslizando las plantas desnudas de tus pies descalzos, lamiendo el suelo, hasta donde estoy, como si yo fuera una presa a devorar.           

           Los resplandores nacarados de tu piel iluminan la habitación con sus destellos. Te detienes frente a mí y como si mi mirada detonara las curvas de tu cuerpo, éstas oscilan en un singular baile que traza eses en el aire. Estos movimientos cadenciosos hacen que tus pantalones vaqueros fluyan hacia la parte inferior de tus muslos. Dejan al descubierto el acceso a la gruta de tus placeres,  que destaca ornamentada por esos minúsculos rizos azabaches, especialmente brillantes, debido a las salpicaduras de las gotitas húmedas que de ti manan.          

          Cuando los pantalones han llegado a tus tobillos, un movimiento ágil de éstos, los lanza por el aire, brindando tu piel con todo su esplendor a las caricias de mis ojos. Te acercas a mí y te enroscas con delicadeza manifiesta en torno a mi cuerpo, rodeando mis caderas con tus piernas y mi cuello con tus brazos. Mi sexo sintiendo la proximidad del tuyo, lo busca, lo encuentra y lo besa con gustosa facilidad hasta esas profundidades insondables en las que se detiene y saborea hasta la última gota de tu “veneno”.

La llave mágica

La llave mágica

       Cada mañana, me pregunto, en dónde conseguiste esa llave mágica con la que lograste abrir el cofre en el que yo encerraba toda mi capacidad de ternura.

El espejo

El espejo

Quiero volver a mirar

nuestra imagen esculpida a fuego,

en ese abrazo inolvidable

grabado en el espejo.

Contemplar en su cristal

la parálisis del tiempo

y cómo a pesar de los años

sigue vivo ese reflejo.

Tu regalo

Tu regalo

         Cuando la distancia física, entre nosotros, volvió a convertirse en algo habitual, me dijiste que te dolía no haberme hecho un regalo. ¿Qué no? No tuve que pensar mucho para decirte cuál era el maravilloso regalo que me habías hecho durante el tiempo que disfrutamos juntos: me hiciste descubrir lo mejor de mí mismo.

          La ternura de tus dedos y las caricias de tus labios rasgaron mis murallas, y de mi interior afloraron, hacia ti, todas aquellas cosas que, sin yo saberlo, tenía guardadas celosamente para cuando apareciera la destinataria adecuada: ¡TÚ!

La huída

La huída

        Sí, sé que ni tú ni yo podremos olvidar aquel último encuentro en el que en pleno invierno disfrutamos de sentir cómo brotaron las flores entre nuestros dedos,  de aquel juego de miradas o de aquellas sensaciones únicas que sólo desde el silencio podrían describirse. Aunque el mutuo gozar convirtió el tiempo en algo largo, llegó el temido momento de nuestro adiós. El triste arrancarnos de nuestra mutua compañía con la incertidumbre de cuando nos volveremos a ver, el retorno a esa vida de cada uno que nos reclama.

         Pero hay algo que ha ocurrido y quiero advertírtelo por si no te has dado cuenta, lo llevo observando con asombro desde que nos separamos, ¡mi sombra ha desaparecido!... Sí sé que parece absurdo, pero así ha sido. Un día caminando bajo el sol  me di cuenta de que todo el mundo caminaba precediendo a su sombra, ¡menos yo! Busqué con ese ansia de quien ha perdido su cartera. Pero no hubo forma. Sospecho lo que ha ocurrido, mi sombra siempre ha sido un poco díscola y no me extrañaría nada que de esos días que caminamos juntos también se convirtiera en inseparable de la tuya. A ella le da igual todo, no está tan atada a la realidad como yo y probablemente se ha negado a venir conmigo y se haya quedado disfrutando con ella. ´

          Ya me dirás si te acompañan dos sombras. Yo por mi parte estoy cada vez con la piel más blanca, evito al máximo tomar el sol para que nadie descubra que, desde que estuve contigo, me he convertido en el hombre sin sombra.

 

La felicidad...

La felicidad...

...es simplemente, muchas veces,  el vivir en la realidad esos sueños que nos acompañaron durante mucho tiempo.

       Y esto no me lo ha contado nadie...

Mi silencio

Mi silencio

        No creas que mi silencio de los últimos días era fruto de la pena o el olvido. No creas que mi rumor interior se ha estrellado contra muros invisibles. No creas que todas las palabras que durante este tiempo han florecido en mí se han disuelto en lagunas grises.

        Sólo están sufriendo una transformación, dentro de mí, para que cuando nos encontremos, se desparramen sobre tu cuerpo en forma de besos.

La rajita

La rajita

           Estaba deseando verte en esa tarde de verano. Te acercaste a mí sonriente y, entonces, fue cuando, sorpresivamente, me brindaste tu rajita para que la chupara. Quedé honrado por tu gesto y con paso vacilante, teñido de alegría me acerqué a ella, el tono sonrosado de su piel me invitaba a acercar mis labios, y no tardé en hacerlo aspirando ese aroma que despedía y me inundó por dentro. Cada vez tenía más calor…acerqué mis dedos a ella con gran suavidad y ¡estaba chorreando! Lamí mis dedos y saboreé aquel sabor que pronto sería mío. Acerqué mis labios a aquella rajita y nuestras  humedades se intercambiaron, el sabor dulzón de tu rajita me llegó más allá del paladar. Estaba realmente sabrosa.             

           Miré a tus ojos, me sonreías por haberme dado aquella preciosa dádiva y disfrutabas con mi deseo desatado., cuando ya no resistí más mis labios se cerraron sobre ella y con fruición fueron saboreando lentamente sus sabores y dulzuras. Sólo al final me dijiste: ¿me dejarás algo?            

           Yo con algo de pena me separé de ella y te devolví lo poco que quedaba de aquella rajita de sandía a la que me habías invitado.

Olvido

Olvido

-¡Qué cabeza la mía! Otra vez me he ido a la calle sin ropa interior. Me la he debido dejar colgada en el tendedero...

La enseña roja

La enseña roja

         Todo empezó con un simple café. No había sitio en la cafetería y Lucía me preguntó que si se podía sentar a mi lado. Empezamos hablando del tiempo y cuando las tazas estaban vacías ya sabía ella que mi vida era de una apacible soltería y yo que estaba casada con un hombre brusco que no la hacía feliz. Nos citamos para la semana siguiente y el tiempo se me hizo eterno hasta volver a verla, cuando la volví a ver estaba mucho más guapa, con un vestido apretado que resaltaba sus curvas y una sonrisa que parecía ir de cacería. ¡Y le dio resultado! Aquella virginidad a la que me había acostumbrado durante mis cuarenta años empezó a  doblegarse y acabó de hacerlo cuando ella sin más preámbulo me citó en su casa el jueves siguiente, por la tarde, era el día en que su marido iba a hacer halterofilia al club.

         Quise llevarle un regalo y como ya le había detectado un cierto punto morboso me pareció que podía ser un buen regalo unas bragas de seda roja. Estoy seguro de que le vino bien, pues no tenía ropa interior, como luego pude darme cuenta, debajo del escueto vestido con el que me recibió. ¿Qué puedo decir de aquella cita? Que fue realmente maravillosa, que nuestros cuerpos se reconocieron y estallé en un placer desconocido, hasta entonces, para mí. La despedida fue triste como siempre que dos cuerpos se separan tras el goce y con ganas de repetir en cuanto pudiéramos. Lucía tuvo una idea, como yo pasaba de vez en cuando bajo su ventana, cuando estuviera "disponible" me pondría las bragas que yo le había regalado, a modo de enseña colgada de su tendedero. Y así lo hizo, y ocurrió tres o cuatro veces que al pasar bajo la sombra de aquella tela roja, me excitaba y subía hasta su casa donde dábamos rienda suelta a los placeres carnales. Aquello era un acierto, hasta que un día...

         ...allí estaban de nuevo las bragas rojas, oscilando con el viento, subí los escalones de tres en tres, ese día iba tan excitado que mi apéndice en vez de colgar se izaba eufóricamente. Tuve una idea, para darle una sorpresa, y que me viera de tal guisa, me desnudé entero y llamé a la puerta; pero la sorpresa me la llevé yo: un individuo de dos metros de largo y anchos músculos me abrió segundos antes de lanzarme un directo al pecho que me oscureció todo. Era su marido que estaba en casa, no había contado yo con la mala cabeza de Lucía que algún día salía a la calle sin colocarse la ropa interior.

         Escribo esto desde la cama del hospital, lleno de moratones, con tres costillas rotas y una pierna descalabrada. Y de algo estoy seguro, no vuelvo a meterme en un lío como éste. Prefiero la sosegada vida de soltero...