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Como un avestruz

Mis venidas tan esporádicas por el blog me hacen pensar que éste es como un hueco en la tierra, donde yo, a modo de avestruz, de vez en cuando introduzco la cabeza. Abro los ojos dentro del hueco y veo letras, palabras e ideas que al releerlas al cabo del tiempo dudo que las escribiera alguna vez. Pero sí, son mías esa faceta que no es la que está al aire libre pero que, sin duda, está en mí.
Hoy me he visto desnudo en el espejo y me he sorprendido a ver como ha ido evolucionando mi barriga y mi pecho. Nunca la he tenido tan plana como ahora ni el pecho tan torneado. Me he hecho un guiño al pensar mi próximo encuentro contigo e imaginar tus dedos acariciándome de arriba a a abajo. Me he descubierto pensando y he visto como mis tetillas pequeñas y vivarachas se han transformado en respingonas. ¿Quién me iba a decir hace unos años que mi pecho lampiño se iba a convertir en uno de mis centros erógenos y en un manantial de sensaciones?
Quiero que bailes en él un vals con tus dedos que dure horas y que me haga sentir una vez más que yo sigo vivo.
Mi primera cámara

Hoy las cámaras de fotos abundan casi tanto como los móviles, pero hubo un tiempo en que no fue así. Hoy quiero relatar como conseguí mi primera cámara de fotos.
Fue en el viaje del Paso del Ecuador con mis compañeros de Facultad fuimos a Ibiza, un viaje eminentemente “cultural”, en que desayunábamos a la hora de almorzar y nos acostábamos al amanecer. Aquel día me había despertado relativamente temprano y me bajé a tomar un café frente al paseo marítimo. La terraza estaba vacía exceptuando una mujer de pelo muy corto y rasgos nórdicos, que se sentó junto a mi y pidió una coca cola. Llevaba unas gafas absolutamente negras que impedían ver los ojos. Yo sin nada mejor que hacer la miraba de vez en cuando y fue cuando levantó las gafas y sus ojos azules me sonrieron, a la vez que, descaradamente, abría sus piernas, cubiertas por una escueta falda, y dejó al descubierto una espesa mata de pelo oscuro. Me hizo una señal de que si me quería sentar a su lado y como si tuviera un resorte me vi sentado a su lado.
Su piel era clara y cubierta de pecas que le bajaban por el cuello hasta adornar la entrada a sus pechos, francamente hermosos, que aparecían levemente cubiertos por una ajustada camiseta. Me llamaron la atención sus dedos, largos y finos, con unas uñas rojas escrupulosamente cuidadas. Me senté nervioso a su lado y sus uñas me rozaron levemente mi antebrazo, mientras su sonrisa se ampliaba. Me bajó mi mano a su pierna, y mientras ella tomaba su coca cola, como quien no quiere la cosa, mis dedos palpaban unas macizas piernas y se acercaban, como pidiendo permiso, al lugar donde se unen estas. Pude sentir sus pelos chorreantes y cuando mi dedo tocó levemente su entrada, vi como se tomaba el último sorbo de la coca cola. Se levantó de golpe y llamó al camarero para pagar las consumiciones. Me dio la mano y cuando me di cuenta estaba en la habitación de su hotel.
Sin darme tiempo a mucho me quitó los pantalones, ya para entonces tenía mi miembro totalmente duro y poniéndose en cuclillas lo cogió entre sus labios chupando y succionando de una forma que me multiplicó las sensaciones. Se dio cuenta que me había llevado al límite y me dejó descansar mientras se desnudó delante mía. Tenía un cuerpo bien formado con algo de barriga pero hermosamente adornado con sus pechos de grandes pezones oscuros, por arriba, y una mata negra y abundante por abajo. Era la primera vez que veía desnuda a una mujer y, mi morbo se acrecentaba, al brindarse de la forma que lo estaba haciendo ella conmigo. Se sentó en el sillón y abriéndose de piernas sus dedos largos empezaron a acariciar su coñito de arriba abajo, desaparecían entre sus pelos, no sin dejarme algunas visiones instantáneas de un clítoris brillante y enrojecido. Su excitación fue creciendo a la par que la mía, entonces dejó de acariciarse, se tumbó en la cama y me hizo seña para que la penetrara. Encajamos con una perfección asombrosa, pero aún me asombró más la habilidad de sus músculos que dominaba de maravillas en todo sus movimientos. Sus gritos ininteligibles dieron lugar a un orgasmo que nos sacudió al unísono. Ella pareció detenerse pero, de pronto, recuperó fuerzas y sus contracciones internas sacaron lo mejor de mí. Quedé tumbado con su pezón oscuro rozando mis labios, mientras disfrutaba de olor a sudor y sexo que nos envolvía.
A los pocos minutos se levantó instantáneamente, como todos los movimientos que hacía y sacó una cámara de fotos de un armario. Era una Nikon reflex. Me la tendió y me indicó que le fotografiara. Se colocó desnuda con ese brillo sudoroso que le resaltaba ahora sus formas y posó desnuda, en distintas posturas, mientras la fotografiaba. Al terminar la sesión nos duchamos y nos perdimos en la espuma. Me vestí para irme y, entonces, fue cuando sacó el carrete de la cámara y me la tendió a la par que sus labios encontrándose con los míos, llegaron a hacer que mi pene se olvidara que no hacía mucho se había vaciado. Nos despedimos en la puerta, nunca más la vi, pero cada vez que saco la cámara…me la recuerda.
Mientras mi mano..., tu mano...

Nuestras manos despertaron a la vez.
Mientras mi manos se acercaba a ti,
la tuya permanecía impasible.
Mientras mi mano acarició tu cuello,
la tuya no se movió.
Mientras mi mano moldeó la forma de tus pechos,
la tuya quedó quieta.
Mientras mi mano descendió lenta por tu barriga,
la tuya estaba estática.
Mientras mi mano horadó tu ombligo,
la tuya permaneció inmóvil.
Mientras mi mano gustó tu pubis,
la tuya siguió en su sitio.
Mientras mi mano besó tus labios bajos,
la tuya estuvo totalmente pasiva.
Mientras mi mano seguía...
¡al fin la tuya se agitó!
Dio un manotazo en el aire
mientras decías: ¡creo que voy a levantarme ya!
Y mi mano, entonces, continuó buscando por la cama
y solitaria, sólo se encontró a la otra mano.
Las dos se cruzaron y comprendieron
y el sudor desesperado
se transformó en lágrimas de soledad.
El juguete
Recordé que en un armario de casa había un vibrador y lo tomé entre mis manos…¿y si jugaba con él? No se me había ocurrido nunca, pero aquel pensamiento me dio morbo. Le di la vuelta, giré la rueda trasera y una veloz vibración lo agitó entre mis dedos. No lo pensé mucho y me quedé desnudo. Mi pensamiento actuaba sobre mi pene que levemente empezaba a endurecerse mientras unas gotas brillantes me saludaban desde su punta.
Me apetecía ver mi pene hermoso, libre de pelos mientras se iba endureciendo. Cogí la brocha de afeitar y jabón y pasé con cuidado la cuchilla, mientras disfrutaba viendo como caían al suelo los mechones negros y rizados de vello púbico, hasta que el pubis me quedo liso como la piel de un bebé. Me gustaba sentirlo de esa forma tan insólita mientras lo recorría con las yemas de mis dedos. El pubis respondía a mis caricias con una piel de gallina y sensaciones nuevas. Jugueteé con los testículos que se removían oscilantes al compás de mis dedos.
De una caja de preservativos saqué uno y lo puse al vibrador que pareció sonreírse a través del látex. Cogí un poco de líquido en mi dedo índice y impregné con suavidad, como si me acariciaran a mí, con el extremo del vibrador. Lo puse en marcha, a poca velocidad, más un rumor que un movimiento y desnudo frente al espejo me coloqué en cuclillas. Puse el vibrador en vertical y poquito a poco fui acercándoles mis nalgas. Al sentir su roce una cierta cosquilla me invadió y, luego, poco a poco aquel extremo húmedo fue acariciando mi orificio. Despacio, con suavidad, aquel aparato fue cumpliendo su función, al principio con cierto trabajo, pero luego con más facilidad, mientras sentía como me iba abriendo, gozaba sintiendo aquellos temblores en mi interior. Nunca había sentido algo así, era una sensación única. Quería más, necesitaba más y con mis dedos aumenté la velocidad de la vibración. Me parecía increíble poder disfrutar de aquella manera, mi mano agarró mi pene que era una vara oscilante en ese momento. Aún tenía restos del gel lubricante y ello hizo que se deslizara a través de la mano, en un movimiento de vaivén, arriba y abajo, con movimientos suavemente acelerados. Hubo un instante que las dos sensaciones, la de mi orificio vibrante atravesado hasta dentro y la del pene que estaba presto a salir, se unieron en un único punto situado bajo mis testículos y mi cuerpo se sacudió con fuerza, mientras mi respiración acompasaba las sucesivas expulsiones de chorreones blancos sobre el espejo. Me costó unos minutos recuperar mi ritmo normal de respiración y con delicadeza me fui sacando el vibrador. Sentía el orificio placenteramente dilatado. Todavía me temblaba el cuerpo un poco, mientras contemplaba en mis manos aquel juguete con aquella capacidad tan asombrosa.

