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Mostrándose

Creo que iríamos por el séptimo café de la noche, la madrugada se enganchaba sobre mis ojos mientras bocetos y papeles se acumulaban sobre la mesa. Mi socia de la empresa de publicidad y yo llevábamos horas intentando esbozar una campaña publicitaria, que nos habían encargado, para un champú. De pronto, ella pegó un golpe en la mesa que me hizo reaccionar sacudiendo mi sopor.
-Tengo una idea, tendríamos que enseñar “algo” de lo que no es habitual mostrar del cuerpo de una mujer, que llame la atención.
-Primero-respondí- no creo que enseñar nada tenga que ver con un champú, ni segundo creo que eso llame “tanto” la atención.
Entonces fue cuando, sin decir nada, como empujada por un impulso, ella se puso en pie y subiéndose hasta extremos inenarrables su vestido turquesa dejó al descubierto sus hermosísimos pechos, y no es que me atrajeran la atención, sino que parecieron vociferarme. Su escueta braga rosa rodeada de carne por todos sitios acabó por despertarme no sólo del sueño sino también mis más profundos instintos. En los minutos siguientes, tal vez relajados por haber encontrado la solución a aquel encargo que nos preocupaba hace meses, rodamos juntos por el suelo mezclados con papeles, clips, notas y bolígrafos. Durante no sé cuanto tiempo, me encontré perdido entre aquellos pechos ahora, además de hermosos, sensibles y jugosos y nuestros cuerpos que siempre se habían mantenido a una cierta distancia de seguridad, derramaron en aquella proximidad todo la tensión acumulada. Cuando acabamos, gozosos y exhaustos, estaba tan eufórico que le dije:
-Hay que ver todo lo que has armado mostrándome tus dos limones…del Caribe.
-¡Sí!, ese podría ser un buen lema- dijo ella todavía desnuda mientras se atusaba el pelo y con la otra mano empuñaba bolígrafo y papel rescatados del suelo, como si nada hubiera pasado, y retomaba el trabajo.
Hoy veinte años más tarde, aquellos pechos, lógicamente, han perdido aquellas formas escultóricas, lo puedo asegurar que los veo, en nuestra casa, todos los días…todavía me sigo preguntando si fue una buena idea aquella de que me los enseñara de aquella manera.
Así me veo...

...en el espejo, tras esas horas en que la espuma de tus amorosas olas, salpicó intensamente y sin descanso cada rincón de mi cuerpo.
La carne viva

El aire de la mañana arrancaba dolores en mi piel desnuda, tallada en carne viva a causa de la reiterada ausencia de tus caricias.
Déjame...

Déjame pasear contigo a la sombra de esas calles empedradas, de muros amarillentos, casi eternos y parras renovadas. Transitar por caminos mil veces recorridos, que se convierten ahora en aventura apasionada. Escrutarte el rostro y solazarme en tu mirada, acompañando tus pasos del sonido de mis pisadas. Escalar con mi ánimo tu inquebrantable sonrisa que durante tanto tiempo reservabas. Con los besos de mis labios envolver esos oídos, que antes acariciaron mis palabras. Sentir mi brazo en torno a tu cuerpo y cómo éste se derrama, cuando rodeo completamente tu espalda. Tañer tus cuerdas con las yemas de mis dedos y arrancarte una balada; que tiembles, que sudes, que sientas escalofríos desde los pies a tu parte más alta. Y que el entrelazar de nuestras manos, con unos cuerpos tan próximos que entre ellos no haya nada, sea el inicio de un baile que dure desde el alba hasta la madrugada.

