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Descanso

-¡Qué cansada estoy!- dijiste estirando tus, bien acabadas, piernas mientras colocabas tus pies sobre un banquito.
Me arrimé a ti y con una delicadeza sólo comparable a la que usó el que probaba los zapatos a Cenicienta, te descalcé lentamente. Los dedos de tus pies, se separaron con la comodidad que les daba el estar calzados, exclusivamente, por el aire. Acerqué mi mano y mis dedos acariciaron tu empeine con lentitud de caracol, captando, en su superficie, el temblor de un vello invisible que se erizaba.
- Llevamos todo el día paseando. Tengo los pies llenos de sudor y polvo. -parecías excusarte.
-¿De verdad crees que eso, a estas alturas, me importa algo?- te respondí a la vez que mi mirada cazaba chispas en la tuya.
Incliné la cara y mi lengua, deseosa, se dedicó a dibujar adornos de saliva cubriendo todos tus pies. Disfruté de aquel periplo lingüístico mientras, como si de un tobogán se tratara, la deslizaba juguetona por las ondulaciones sinuosas de tu pie. Tus dedos se agitaron gustosos durante todo aquel proceso, hasta que mi boca los fue engullendo uno por uno e iban desapareciendo en su interior. Al introducirlos dentro quedaban en una lacitud placentera, pero no por eso perdían la curiosidad de explorar la humedad intensa de mis dientes, mis encías, mi paladar…y se dejaban abrazar, a la vez que los saboreaba, mimosa y hábilmente por mi lengua. Aquel baile múltiple con tus dedos, uno tras otro, duró un tiempo que no sabría medir, como tampoco el intenso placer que me produjo. Lo que sí me di cuenta es que, aquella relajación, se transmitió a tus piernas y un vivo sosiego pareció rodear todo tu cuerpo. Cuando terminé con los dos pies me recompensaste con un suspiro de placer y una mirada golosa. Te pusiste, entonces, de pie, estiraste la falda y, dándome una mano, me dijiste:
-Ahora soy capaz de ir, caminando contigo, hasta la muralla China.
Diferencia

La única diferencia en que al tocar una misma barba sea suave y su tacto acaricie o, por el contrario, pinche y moleste, depende única y exclusivamente de con qué actitud se acerque ella a la misma.
Besos

Sólo son cinco letras, que en la distancia son repetidamente escritas y enviadas continuamente por el aire, surcando los cielos e intentando llevar en ellas todo lo que se pueda encerrar de ilusiones, sentimientos, colores, sonrisa, esperanzas, encuentros,... Palabras que se intercambian repitiendo una y otra vez, pretendiendo y consiguiendo que siempre huelan a nuevas. Cosquillas del espíritu y regocijo del corazón.
Pero cuando la distancia entre dos corazones anhelantes, al fin, disminuye y se colocan a unos pocos centímetros, estos se encuentran con que aquellas cinco letras cobran vida, florecen, toman cuerpo y se hacen diferentes, mucho mejor a lo que nunca pudieron haber imaginado. Aquel instante se convierte en uno de esos tesoros que la vida ofrece como premio por el hecho de aguantar vivo hasta que se llega. Entonces, aquella palabra florece y las letras pierden su color negro, sus semejanzas con pequeñas hormigas, para cobrar vida y disolverse en la mezcla creada entre los jugos de aquellos labios que se abrazan.
Tus/mis caricias

Hoy recibí tus caricias
prendidas en mis dedos.
El aire vivo agita
los mechones de tu pelo,
que escriben finas líneas
avivando mis recuerdos.
Sentí tu alegre presencia
imaginada en besos
que ágiles y vivarachos
trazan por mi piel senderos.
Quiero quedarme en tus brazos
sin hacer esfuerzos
que ellos me guíen
más allá del viento.
Mil veces he deseado
ese momento eterno
en que mi sexo empapado
y ahíto de deseo
tiemble y funda
tierra y cielo.
Hoy recibí tus caricias
prendidas en mis dedos.

