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Té para dos

El camarero depositó sobre la mesa las dos jarras humeantes con el té y las dos tazas con la rodaja de limón, mientras el ambiente estaba envuelto en sonrisas. Ella cogió una jarra tras otra y llenó las dos tazas, empezando por la de él. Sus movimientos, suaves, acariciaban el aire y ambos disfrutaron de esos segundos en que el rumor del líquido arañó en un fa sostenido la superficie de loza fina de las tazas.
El no perdía comba de aquellos dedos ágiles, finos y hermosos que se movían con destreza. Vio como, ahora, mimaban la piel del limón y su memoria revivió el contacto de aquellos dedos con su propia piel. Mientras las agrias gotas exprimidas creaban minúsculas ondas en la superficie del té siguió recordando cuando aquellas sedosas yemas arrancaron el placer de su epidermis. El azúcar se deslizó grano a grano hasta salpicar invisiblemente en su contacto con el té. Terminó este ritual, ella era la experta, disfrutaba con el té. Él era su primer té, pero durante los meses que tardaron en encontrarse, soñó con este momento de compartir con ella algo que sabía que le encantaba.
Cogieron sus tazas en sus manos, cruzando sus miradas luminosas sobre los bordes de ella. El humo desdibujaba oníricamente la escena. Sus labios a pares sorbieron el líquido con esa fruición, comparable a que estuvieran topándose con los labios del de enfrente. Y muy lentamente, gota a gota, el té se extendió por sus lenguas, disparándose sus papilas gustativas y rebosando hacia la garganta las acarició como si fuera el más excelso de los jugos.
Mientras sus lenguas lamían los restos húmedos que habían quedado en sus labios, ella pensó que era el té más exquisito que nunca había tomado, mientras él pensaba que estaba mucho mejor de lo que nunca imaginó y que difícilmente volvería a tomar, en toda su vida, un té como ése.
Sensibilidad

Le hacía demasiado caso a lo que decían los demás de ella. "Es una mujer enormemente sensible", solían comentar los que la conocían. "Tiene la sensibilidad a flor de piel", añadían otros. Ella aunque lo sabía empezó a creérselo más, pero cuando empezó a preocuparse fue, cuando cada vez que él le daba un beso, se le escocían los labios.
Advertencia no tenida en cuenta

Mira que te lo advertí, recuerdo que fue casi al principio de conocernos. Sé como soy y yo sabía que podría ocurrir. No sé la causa, pero no tuviste en cuenta aquel aviso, continuaste adelante y preferiste seguir tus apetencias. Entonces fue, cuando hiciste aquello, que yo te advertí, que tuvieras cuidado de no hacerlo: ¡me acariciaste!
Y desde ese instante...¡ya no me he podido separar de ti, ni tú desprenderte de mí!
Escalada

Aún no había alboreado el día, cuando ella inició un nuevo intento de escalada. Llevaba ya varios fallidos pero hoy tenía que ser el definitivo. Examinó su equipo: todo en su sitio y bien colocado. Se acercó al muro y comenzó la subida. El ascenso fue lento y, a ratos, imposible pero logró coronar con éxito la ansiada cima del inatrevesable muro que en el centro de su colchón lo separaba de él. Pero ¡él ya se había levantado de la cama!
Decepcionada, se dolió de su ingenuidad. Saltó de la cama y mientras sentía bajo la planta de sus pies la frialdad del suelo, se dijo que no tenía más remedio que un día más tras la imposible vida vertical, sobrevivir en la complicada vida horizontal.
Despertar

Hoy quiero que me despierten tus labios con sabor a miel, posándose sobre los míos. Que tus caricias alboreen mi mañana iluminando mis oscuridades. Quiero sentirme un títere entre tus dedos, nadie como tú ha movido mi cuerpo arrancándome tanto placer.
Aprovecha mi desnudez y vístela con tu saliva, no hay prisas... Cubre mi piel de brillo y humedad en la que tus dedos se deslicen y vayan espabilando mis sentidos. Quiero que, una vez despiertos, los haga crecer hasta desbocarlos, sentirlos sin ataduras ni límites. Confundir nuestros cuerpos hasta que el sol, ya, nos bañe con su luz.
Y luego...dormirme otra vez...pero con tus brazos, en torno a mí, rodeando mis ausencias y mis soledades.
Dulce de leche

Tras verla, cuando regresó de sus vacaciones el tono monocorde, pero de sedoso brillo, de su piel le recordó al dulce de leche, despertándole una intensa imantación. Al decírselo, ella, cual caramelo, se deshizo con pausas seductoras del "papel" que la envolvía. Gratamente sorprendido se percató de que aquel color se extendía por cada centímetro de aquella piel sin ninguna zona con alguna pátina desvaída que la manchara.
Pero fue al paladear aquella superficie, cuando se dio cuenta de que su sabor era mucho más delicioso de lo que su encantador aspecto, en un principio, había presagiado.
Paseo por la playa

Se dieron la mano y se miraron a los ojos.
-¿Dónde vamos esta mañana?
-¿Vamos a la playa?
-De acuerdo...
Y en poco tiempo se encontraron allí. Disfrutaron de un día maravilloso en aquella playa desierta, en el que el sol revitalizó sus cuerpos desnudos. Se enfrentaron en luchas sin cuartel sobre olas espumosas y se dejaron envolver, al unísono, por la envoltura delicada y sensual de la piel ajena. Cabalgaron sobre las nubes, caminaron sobre el agua y se enfrentaron en caricias inimaginables. Al fin con esa húmedad ambarina que las gotas saladas, mezclas de sudor y sal, vestían sobre su cuerpo se tumbaron cuan largos eran sobre la arena y se dejaron acariciar melosamente por los rayos de sol... pero la mañana terminó.
Dos figuras blancas aparecieron tras ellos, apartaron aquellas sillas ortopédicas de la ventana y las condujeron, mientras ellos seguían de la mano, al comedor del asilo.
-¡Qué le gusta a esta pareja pasarse la mañana mirando por la ventana! Y eso que sólo se ven pasar coches por aquí delante.
Mientras servían sus platos, ellos uno a lado de la otra, se miraban y sonreían.
Cansancio

No, no es que haya dejado de quererte sino, que tras tantos años en que mi esfuerzo chocó contra el muro de tu indiferencia, desencantado, he cesado de demostrártelo…
Fusión

Arrojó su vestido, de cualquier manera, sobre una silla. Su cansancio no le daba para más. Y desnuda se tendió sobre la hierba del jardín que, en esta noche de luna llena, pareció abrazarla tomando sus formas. No había parado en todo el día y su cuerpo se resentía del esfuerzo realizado.
Hacía calor, a través de sus pestañas semicerradas pudo atisbar las gotas brillantes de sudor que, a semejanza de pequeñas perlas, cubrían todo su cuerpo. Era la hora, ella estaba preparada…Él debía estar a punto de llegar y el anhelo de que llegara cuanto antes se tornó en desesperación. ¿Por qué tardaba tanto? Ella cerró los ojos y como queriendo atraerlo antes de tiempo, deslizó muy suavemente sus dedos en torno a sus pechos.
Sin hacer ruido, el entró en tan silencioso como la brisa y, casi sin darse ella cuenta, fue deslizándose, invisible, hasta esa figura deseosa. Poco a poco fue relajando aquel cuerpo, sus extremidades quedaron laxas, una extraña sensación la recorrió por entero hasta que al fin, la penetró profundamente haciéndola suya. Fue, entonces, dominada y fusionada por ese sueño que, era a quien ella esperaba, cuando quedó profundamente dormida y respiró suavemente.
Lléname la copa

Ahora que estás a mi lado, lléname esta copa de…
-el fuego de tu mirada, con el que abrasas mis entrañas
-la dulzura de tu voz, que da melodía a mi jornada
-la miel de tus labios, con la que endulzas mi saliva
-el jugueteo de tus dedos, con el que enloqueces mi melena
-la suavidad de tu piel, que nunca me canso de recorrer
-tus silencios, ricos en ternura
-el sabor de tu sexo que engalana mis deseos
-tus caricias, artesanas de mis placeres
-el sonido de tus pasos, que alerta mi excitación
…así cuando estés lejos de mí, la tomaré entre mis manos, la acercaré a mis labios y paladearé su contenido con suma lentitud, hasta conseguir captar en ella el sabor a eternidad de tu cariño.

