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Mis regalos

Es tiempo de regalos y dádivas, de sorprenderte con algo que te guste y te alegre. Difícil empeño y es que no suele ir parejo a su precio en euros sino a su valor en cariño y este es difícil de medir. .De todas formas, intentaré acertar contigo, he aquí mi lista de regalos:
-Un frasco de aroma de azahar de una tarde de primavera andaluza.
-Un arrumaco como sólo sabe darlo la brisa cuando navegas en aguas plateadas.
-Unos pasos, que consigan caminar sincronizados junto a los tuyos, ni más rápidos ni más despacio.
-Una cinta que se pueda rebobinar a voluntad, donde están impresas aquellas sensaciones que brotaron en ti con mis primeras caricias.
-Un despertador, que nunca atrasa, y que te despierte con besos suaves que se extienden por tu cuerpo.
-Un vestido de fiesta, de color amarillo otoño, para ponértelo cuando nos veamos.
-Un libro con las hojas en blanco en el que podamos escribir y compartir nuestras líneas cotidianas.
-Un muñeco de nieve de los que no se descongele con la sonrisa perennemente congelada en la que se refleje la tuya.
-Un bote de “limpiatodo”, presto a quitar esas inevitables manchas oscuras que aparecen en tu horizonte cuando las circunstancias te son adversas.
-El murmullo melodioso del chorro de una fuente en una noche de verano de luna llena.
-Una mano, que detecte cuando tienes la necesidad de que agarre a la tuya.
-Un boleto de entrada, a esa fiesta continua que originas en mi corazón
-Y un regalo repetido, pero con el que estoy seguro de acertar, una caja donde he depositado trescientos sesenta y seis besos, en forma de mariposas, de distintas formas y colores para que durante todo este año y diariamente, aunque yo esté lejos, puedas en cada uno sentir mi cercanía.
Reflejos

Quiero sentarme a tu lado
resbalándote mi cuerpo,
deseoso y desnudo
por tu piel de caramelo.
y despertar tus sentidos
con mis brasas tu fuego.
Rescatar mi vista,
de ti mi reflejo,
saborear los dulzores
de todos tu recovecos.
Meciéndonos en el aire
entre minutos eternos,
esos que paran las horas
y nos detienen el tiempo.
Despertar de cristal

El canto de un gallo lejano y desconocido la despertó. Semiabrió los ojos mientras era consciente de, que aunque había dormido bien, maniobras nocturnas de su insconsciente le habían marcado un dolor que se extendía por todo su cuerpo. Tuvo esa tentación, con sabor a vieja reminiscencia, de buscarle a Él por la cama, para que le aplacara aquel sufrimiento, pero el sonido lejano de la televisión, indicándole que ya había Él resbalado de la cama, le hizo cesar en aquella búsqueda imposible.
Su cuerpo se desparramó por el colchón, sediento de sensaciones y perdido en aquella cama sin rincones ni recovecos. De su interior salieron gritos silenciosos, que nadie podía oír, pero que atronaban sus oídos provocándole ramalazos de desesperación. Se desprendió del camisón, que parecía quemarle al contacto con aquella piel que semejaba estar en carne viva y se sintió mejor al percibirse desnuda en la penumbra del amanecer.
Poco a poco sus poros se fueron abriendo y aprehendiendo todas las sensaciones de que era capaz. Primero del aire que la envolvía, después de esos variados momentos dulces, atrapados en su recuerdo, y al fin de dedos invisibles, dedos sanadores, que atenuaban, aunque fuera de manera imperfecta, esa ansia de su piel.
Optó por evadirse por aquel resquicio que su imaginación le brindaba y mientras los dedos dibujaban figuras de seda a lo largo de toda su piel, su mente viajaba a ojos luminosos, a labios jugosos, a manos hábiles y a un miembro inolvidable, reales o imaginarios, con nombres o anónimos ¿qué más daba? Los dedos seguían caminando, por sus caminos epidérmicos, sin prisas, reconociendo sus resaltes y deteniéndose en sus honduras, creándole una impresión, al principio levemente agradable que como una bola de nieve que se desliza por una montaña, finalmente le provocó un alud de temblores que se transmitieron hasta el suelo por las patas de la cama.
Dio dos respiraciones profundas, mientras aquel dolor calmado se transformaba en secreciones de distintos aspectos. Por un lado la que ahora pendía de sus dedos húmedos con olor a ella, por otro el sudor que afloraba y salaban sus labios y unas lágrimas que, entre dulces y amargas, como perlas de cristal estallaban al caer al suelo.
Se levantó de la cama, ahora su cuerpo desnudo, le parecía estar cubierto de telas. Se lavó la cara y se observó al espejo esbozando una sonrisa en la que no le pasó desapercibida un rictus de amargura. Se peinó y salió del cuarto de baño dispuesta a afrontar ese nuevo día.
Haciendo un trío

Sí, ya llevaban mucho tiempo haciendo un trío en la cama...y no les iba mal. Ella, él y el tedio. Los tres tenían repartido su espacio y sus funciones. El tedio siempre en medio participando a partes iguales de El y de Ella, pero sobre todo de la relación entre ellos. No sabríamos la razón, pero tal vez fue aquel rayo de sol del amanecer que entró por la ventana el que estuvo a punto de romper aquel consolidado equilibrio. El cabello de él brilló por un instante y ella asomando su mirada por encima de los hombros del tedio, lo miró como hacía años que no lo hacía y estirando la mano por el espacio infinito que los separaba acarició levemente su cabeza. A él no le pasó inadvertido aquel gesto y sintió que esa fuerza olvidada le endurecía aquel miembro que indisolublemente le acompañaba. Cuando ella observó la potencia de aquella dureza ¿asustada? recogió su mano para colocarla en su lugar habitual.
El tedio que por un instante se había levantado de la cama, se acostó, de nuevo, sobre el colchón y volvió a instalarse, cómodamente, entre ellos.
Envuelta en papeles

Marcos volvía a casa tras una larga jornada. Aún desde el coche, llamó a Isa, hoy celebraban su primer aniversario viviendo juntos, pero aún notaba su nerviosismo adolescente cuando escuchaba su voz al otro lado del teléfono.
-¿Cómo estás?
-Envuelta en papeles-le respondió ella con esa voz sensual que la caracterizaba.
Hubiera querido preguntarle algo más, pero la falta de cobertura, en aquel instante, se lo impidió. Pero él la conocía bien y, sin duda, sabía que le habría preparado una velada inolvidable. Una cena romántica y elaborada y, lo mejor, alguna propuesta elaboradamente erótica a las que Isa, para su alegría, era muy aficionada.
La larga hilera de vehículos con los que se cruzaba, le alumbraban por un instante, mientras su imaginación jugaba distraídamente con el críptico mensaje de Isa. Se la imaginó desnuda, con esa piel blanca y sedosa que brindaba diariamente a sus caricias. ¿Habría ocultado, juguetonamente, sus desnudeces entre papeles? Y en ese caso, ¿qué papel habría usado? Descartó el papel de lija, que en los apretones podría raspar la piel. ¿Sería un papel de estraza? No, que es demasiado basto. ¿Sería un papel de regalo con un lazo de color? Seguro que no, él estaba acostumbrado a romper esos papeles sin mirarlo y ella, probablemente, buscaría algo que detuviera su mirada. ¿Tal vez un papel pintado? Haría juego con el maquillaje que tan mimosamente se ponía y sobre todo con esos labios rojos, cuyo color él deslucía con la fruición rozada de sus labios. Quizás fuera un papel charol, así iría conjuntada con esos zapatos de charol de largos tacones, en los que se alzaban sus piernas estilizadamente a modo de dos columnas dóricas. No, seguramente estaría envuelta en papel de seda, es el que mejor le vendría además de que trasparentaría leve y sensualmente su cuerpo.
Terminaba estas reflexiones cuando subía los escalones impelido por el hambre, simultánea, de comida y de Isa. Al abrir la puerta se llevó una gran sorpresa. Su mesa de despacho estaba cubierta de una montaña de papeles tras la que asomaba la figura ojerosa y despeinada de Isa, embutida en un chándal. Fue tanto su desconcierto que la primera que habló fue ella:
-Hola cariño, como te dije, aquí estoy envuelta en papeles, mañana tenemos una auditoría y tengo que estar trabajando toda la noche para ponerla al día. En la mesa de la cocina tienes pan y un papelón con choped para que te prepares un bocadillo- y tras un leve beso, siguió trasvasando papeles de un lugar a otro de la mesa.
Marcos, no dijo nada, y aunque súbitamente pareció desaparecerle el hambre, se preparó un bocadillo y se sentó frente a la televisión, masticando con extrema lentitud mientras veía “Supervivientes”.
Las dos

Me gustan tus dos columnas, turgentes, envueltas en carnes, que se alzan, perpendiculares al suelo. Su visión engalana mis sentidos. Me gusta contemplar sus líneas vivas que serpentean creando una imagen atrayente y seductora. Me gusta ver como las formas de tus muslos se encogen sobre sí mismas a medida que descienden hasta diseñar con maestría artesana tus tobillos. Me gusta ese brillo envidiable que desprenden, el reflejo en ellas del sol del verano, su color de caramelo que excita mis papilas, la suavidad de su tacto que enciende la lumbre de mi deseo. Sentir cuando se abren para acoger mi cuerpo y me ciñen la cintura, sintiendo como su íntimo contacto me alborota, mientras me pierdo por tus lindes.
Me gusta cómo se alzan elegantes y prietas sobre tus zapatos y ese movimiento sensualmente oscilante que provocan a tu cuerpo cuando te acercas a mí. Me gusta como al desprenderte de los tacones, tus talones descienden sobre el suelo arrastrando, tras de sí, a tu cuerpo; admirar tus pies y acariciar muy lentamente tus dedos, sorberlos en mis labios de uno en uno, mientras mis manos palpan tus extremidades de arriba abajo…
Sí, decididamente, me encantan tus piernas…¡las dos!
La enseña roja

Todo empezó con un simple café. No había sitio en la cafetería y Lucía me preguntó que si se podía sentar a mi lado. Empezamos hablando del tiempo y cuando las tazas estaban vacías ya sabía ella que mi vida era de una apacible soltería y yo que estaba casada con un hombre brusco que no la hacía feliz. Nos citamos para la semana siguiente y el tiempo se me hizo eterno hasta volver a verla, cuando la volví a ver estaba mucho más guapa, con un vestido apretado que resaltaba sus curvas y una sonrisa que parecía ir de cacería. ¡Y le dio resultado! Aquella virginidad a la que me había acostumbrado durante mis cuarenta años empezó a doblegarse y acabó de hacerlo cuando ella sin más preámbulo me citó en su casa el jueves siguiente, por la tarde, era el día en que su marido iba a hacer halterofilia al club.
Quise llevarle un regalo y como ya le había detectado un cierto punto morboso me pareció que podía ser un buen regalo unas bragas de seda roja. Estoy seguro de que le vino bien, pues no tenía ropa interior, como luego pude darme cuenta, debajo del escueto vestido con el que me recibió. ¿Qué puedo decir de aquella cita? Que fue realmente maravillosa, que nuestros cuerpos se reconocieron y estallé en un placer desconocido, hasta entonces, para mí. La despedida fue triste como siempre que dos cuerpos se separan tras el goce y con ganas de repetir en cuanto pudiéramos. Lucía tuvo una idea, como yo pasaba de vez en cuando bajo su ventana, cuando estuviera "disponible" me pondría las bragas que yo le había regalado, a modo de enseña colgada de su tendedero. Y así lo hizo, y ocurrió tres o cuatro veces que al pasar bajo la sombra de aquella tela roja, me excitaba y subía hasta su casa donde dábamos rienda suelta a los placeres carnales. Aquello era un acierto, hasta que un día...
...allí estaban de nuevo las bragas rojas, oscilando con el viento, subí los escalones de tres en tres, ese día iba tan excitado que mi apéndice en vez de colgar se izaba eufóricamente. Tuve una idea, para darle una sorpresa, y que me viera de tal guisa, me desnudé entero y llamé a la puerta; pero la sorpresa me la llevé yo: un individuo de dos metros de largo y anchos músculos me abrió segundos antes de lanzarme un directo al pecho que me oscureció todo. Era su marido que estaba en casa, no había contado yo con la mala cabeza de Lucía que algún día salía a la calle sin colocarse la ropa interior.
Escribo esto desde la cama del hospital, lleno de moratones, con tres costillas rotas y una pierna descalabrada. Y de algo estoy seguro, no vuelvo a meterme en un lío como éste. Prefiero la sosegada vida de soltero...
Olvido

-¡Qué cabeza la mía! Otra vez me he ido a la calle sin ropa interior. Me la he debido dejar colgada en el tendedero...

