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La rajita

Estaba deseando verte en esa tarde de verano. Te acercaste a mí sonriente y, entonces, fue cuando, sorpresivamente, me brindaste tu rajita para que la chupara. Quedé honrado por tu gesto y con paso vacilante, teñido de alegría me acerqué a ella, el tono sonrosado de su piel me invitaba a acercar mis labios, y no tardé en hacerlo aspirando ese aroma que despedía y me inundó por dentro. Cada vez tenía más calor…acerqué mis dedos a ella con gran suavidad y ¡estaba chorreando! Lamí mis dedos y saboreé aquel sabor que pronto sería mío. Acerqué mis labios a aquella rajita y nuestras humedades se intercambiaron, el sabor dulzón de tu rajita me llegó más allá del paladar. Estaba realmente sabrosa.
Miré a tus ojos, me sonreías por haberme dado aquella preciosa dádiva y disfrutabas con mi deseo desatado., cuando ya no resistí más mis labios se cerraron sobre ella y con fruición fueron saboreando lentamente sus sabores y dulzuras. Sólo al final me dijiste: ¿me dejarás algo?
Yo con algo de pena me separé de ella y te devolví lo poco que quedaba de aquella rajita de sandía a la que me habías invitado.
Mi silencio

No creas que mi silencio de los últimos días era fruto de la pena o el olvido. No creas que mi rumor interior se ha estrellado contra muros invisibles. No creas que todas las palabras que durante este tiempo han florecido en mí se han disuelto en lagunas grises.
Sólo están sufriendo una transformación, dentro de mí, para que cuando nos encontremos, se desparramen sobre tu cuerpo en forma de besos.
La felicidad...

...es simplemente, muchas veces, el vivir en la realidad esos sueños que nos acompañaron durante mucho tiempo.
Y esto no me lo ha contado nadie...
La huída

Sí, sé que ni tú ni yo podremos olvidar aquel último encuentro en el que en pleno invierno disfrutamos de sentir cómo brotaron las flores entre nuestros dedos, de aquel juego de miradas o de aquellas sensaciones únicas que sólo desde el silencio podrían describirse. Aunque el mutuo gozar convirtió el tiempo en algo largo, llegó el temido momento de nuestro adiós. El triste arrancarnos de nuestra mutua compañía con la incertidumbre de cuando nos volveremos a ver, el retorno a esa vida de cada uno que nos reclama.
Pero hay algo que ha ocurrido y quiero advertírtelo por si no te has dado cuenta, lo llevo observando con asombro desde que nos separamos, ¡mi sombra ha desaparecido!... Sí sé que parece absurdo, pero así ha sido. Un día caminando bajo el sol me di cuenta de que todo el mundo caminaba precediendo a su sombra, ¡menos yo! Busqué con ese ansia de quien ha perdido su cartera. Pero no hubo forma. Sospecho lo que ha ocurrido, mi sombra siempre ha sido un poco díscola y no me extrañaría nada que de esos días que caminamos juntos también se convirtiera en inseparable de la tuya. A ella le da igual todo, no está tan atada a la realidad como yo y probablemente se ha negado a venir conmigo y se haya quedado disfrutando con ella. ´
Ya me dirás si te acompañan dos sombras. Yo por mi parte estoy cada vez con la piel más blanca, evito al máximo tomar el sol para que nadie descubra que, desde que estuve contigo, me he convertido en el hombre sin sombra.
Tu regalo

Cuando la distancia física, entre nosotros, volvió a convertirse en algo habitual, me dijiste que te dolía no haberme hecho un regalo. ¿Qué no? No tuve que pensar mucho para decirte cuál era el maravilloso regalo que me habías hecho durante el tiempo que disfrutamos juntos: me hiciste descubrir lo mejor de mí mismo.
La ternura de tus dedos y las caricias de tus labios rasgaron mis murallas, y de mi interior afloraron, hacia ti, todas aquellas cosas que, sin yo saberlo, tenía guardadas celosamente para cuando apareciera la destinataria adecuada: ¡TÚ!
El espejo

Quiero volver a mirar
nuestra imagen esculpida a fuego,
en ese abrazo inolvidable
grabado en el espejo.
Contemplar en su cristal
la parálisis del tiempo
y cómo a pesar de los años
sigue vivo ese reflejo.

