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Echar de menos

Tras vanos esfuerzos de que tus caricias fueran respondidas, pusiste fin a tus intentos con aquel beso que recibiste...casi imperceptible, escrito trabajosamente en el aire, desnudo de pasión, de sentimientos invisibles...entonces...no pudiste dejar de echar de menos aquellos otros besos...encendidos en ternura, luminosos, que cada uno pedía otro y en que los labios se fusionaban como llamas encendidas. Fue cuando cerraste tus ojos y tus labios, y pudiste encontrar en tu saliva rastros de aquel inolvidable y maravilloso sabor, que aún tenías reciente.
Larga espera

Sí, llevaba aguardando mucho tiempo, apartando el visillo para observar tu llegada y esperándote mientras mi deseo creciente despertaba al máximo mi sensibilidad. He tenido tiempo en todos estos años de que esa coraza, que asfixiaba mi personalidad, se desprendiera y he perdido la ropa que me cubría quedando desnuda frente al mundo y delante de ti.
Apareciste cuando menos lo esperaba y mucho más maravilloso de lo que nunca imaginé: tu pelo alborotado coronando un rostro impregnado de ardiente sosiego, tu cuerpo deseoso semejó un caramelo dulzón que no me aburría de paladear, tus caricias compitiendo en ternura y pasión me arrancaban los más sabrosas sensaciones. Pero lo más maravilloso fue dejarme conducir de tu mano por aquellos desconocidos laberintos y cerrar los ojos, olvidándome de todo lo demás y pensando que para llegar a esto, bien valió la pena tanto tiempo de espera tras esos visillos.
¿Viaje a ninguna parte?

Te montaste en un vuelo con destino incierto, ibas sin miedo, intuías que el piloto era diestro y avezado. El trayecto fue mucho más maravilloso de lo que nunca imaginaste. Disfrutaste de piruetas del todo desconocida y sentiste como la adrenalina subía más arriba de la mayor de tus cimas, mientras sobrevolabas, cosquileándolas, nubes de algodón y dejabas atrás todas tus tormentas. Paisajes maravillosos cruzaron ante tu vista, que hicieron brotar en tu interior ilusiones de seda que acolcharon tu espíritu. El aterrizaje fue suave sobre terrones mullidos de hierba con olor a primavera recién regada.
De pronto pareció que habías despertado de un sueño y la vida a empellones te sacó con prisas de aquel aparato, sin tiempo para mecerte en los recientes recuerdos y durante unos minutos todo pareció acelerarse ante tus ojos. Al fin llegaste a ninguna parte, tus pies se detuvieron, el tiempo cesó y hasta el canto de los pájaros enmudeció. Fue, en ese momento, cuando te diste cuenta de que lo más maravilloso de todo ese viaje es que te habías acercado, sin darte cuenta, al centro de ti.
En el sofá

Estaba tumbado en el sofá, sumido con un libro entre mis manos, cuando al pasar la hoja, mi mirada se distrajo hacia la ventana y se perdió más allá de las nubes. Cerré los ojos y apoyé el libro sobre mi pecho. Fue cuando sentí la puerta que se abría y el aire me trajo el aroma de tu presencia, cuando intenté decir algo tu dedo delante de tus labios reclamó mi silencio. ¿Cuándo habías llegado?
Te acercaste a mí con tus andares de gacela, mientras te desprendiste de tu vestido, todo lo que tenías sobre tu cuerpo, que voló sin alas hasta la silla. Seguí estático sobre el sofá mientras que tus rodillas se aposentaban a ambos lados de mis caderas. Inclinaste tu cuerpo con lo que tus pechos se me acercaron, por el aire, con una seductora, pero descompensada oscilación. Intenté apresar tu pezón con mis labios, pero me dijiste que hoy querías mandar tú. Quedé quieto mientras tus dedos con habilidad artesana fueron separando cuantos botones y ojales se encontró en la exploración que realizó desde mi pecho hasta mis pies.
Te volviste a sentar sobre mi barriga, ahora sin telas que separaran nuestras pieles y tu alfombrilla de pelos cortos cosquilleó mi ombligo. Tus manos iniciaron caminos variados sobre mi pecho y hasta escalaron las cimas placenteras de mis tetillas. Deslizaste tus nalgas hacia atrás, con lo que dibujaste una línea de aromática humedad sobre mi pubis. Tus brazos rodearon mi cuello y tus labios empezaron a producir besos que se repartieron por todo mi cuerpo y extrayeron más de uno del interior de mis labios. Con un hábil movimiento sin manos me colocaste en tu interior. Tus movimientos vivos y hábiles hicieron que tu cuerpo se sacudiera en el aire en pocos segundos y que, seguidamente, todo mi placer acumulado fluyera...
Aquella humedad inferior me despertó. El libro estaba caído sobre mi pecho, tras la ventana habían aparecido las estrellas. Tal vez fuera cosa mía, pero el aire de la habitación estaba teñido de ti.
Al despertar...

...me puse a soñar, con ese deseo siempre frustrado de, que alguna mañana me rescatarías del sueño, rodeando mi cuerpo, con un abrazo tuyo empapado en ternura...
Giré la cabeza y dormías a mi lado. ¿Con qué estarías soñando tú?
Visita al cementerio

No era un dia aparentemente adecuado para visitar ese cementerio, no hacía viento, el sol brillaba en lo alto y la goma de mis suelas chasqueaba contra la rugosidad de la piedra que cubría el suelo. A mi alrededor sólo silencio, roto levemente por el murmullo macilento, que crea la nostalgia, prendido de las ramas de los árboles que me rodeaban.
Caminaba con ese andar que marcamos cuando no vamos a ningún sitio, por entre las lápidas grises y negras que me rodeaban. La imaginación imantada hacia el pasado y la pena pesando en el presente. Me acercaba a aquellos túmulos tan lisos como fríos, a pesar de la alta temperatura, y mis dedos trataban de arrancarles esos restos de vida que un día hubo y ahora, por mucho que me empeñara, ya no existía. Flores desnudas de pétalos se arremolinaban por los rincones y, en un determinado momento, empecé a arrepentirme de esta visita al cementerio de las "palabras muertas".
Sí, aquí yacían, aquellas palabras que un día brotaron espontáneamente de mi yo profundo y formaron ristras de ideas, en el aire o el papel, vivas, almibaradas y tiernas. Palabras que derribaron muros, que ardonaron ideas o socavaron corazones; que incluso jugando sólo con veintiocho letras producía combinaciones inimaginables recreadas en ternura e ilusión. Pero el tinte ocre del tiempo las decoloró y se fueron lastrando hasta que murieron en sí mismas y quedaron depositadas en este lugar.
El paseo termina y mientras salgo de este recinto, me engaño con la idea de que sorpresivamente un "terremoto" recorra este desmadejado paraje y quebrando la firmeza de estas losas, dejen salir por sus resquicios, otra vez vivas todas las palabras que allí se encierran.
Mi piel tiene sed

Mi piel tiene sed…
-de despertarme a tu lado y saborear juntos el alboreo del amanecer
-de tu mirada de deseo, llameante, que acreciente mis ilusiones
-de la humedad viva de tu lengua que zigzaguee refrescando mi pasión
-de tus besos que compitan con los míos en la construcción de torbellinos a nuestro alrededor
-del roce de tu cabello alborotado que cual hilos de seda hormiguee todo mi ser
-de tu mano que rodeando la mía nunca me deje sentir la soledad
-de las caricias entrelazadas de tus dedos que transiten sin pausa por toda mi piel
-del cosquilleo casi imperceptible de tus pestañas sobre mi pecho que endurecen sus crestas
-de tu abrazo que me rodee, me acoja, me acurruque y me haga sentir tuya
-de tu cuerpo que ambiciono sentirlo próximo y que tome posesión del mío
-de sentir el saboreo complaciente de mis labios descendiendo por las firmes curvas de tus nalgas
-de tu sexo que me horade estremeciéndome en deleitosas sensaciones
-de tu voz que mime mis oídos con palabras dulces
-del sabor y el olor de tus jugos que sacien mi deseo desenfrenado
-del aire de tu respiración que abrigue cálidamente mis recovecos desprotegidos
-del latido de tu corazón que musique el ritmo de mi vida cotidiana
-del sonido mudo de tus pisadas, acompasándose a las mías
-de desprenderse de su voluntad y abandonarse en tus brazos
¡Mi piel tiene sed de ti!

