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Culpable

El hueco de la ventana se pierde en su angostura pero me inunda la luz. Las paredes rugosas en piedra acolchan el apoyo de mi espalda. Condenada he sido, dicen, por un terrible delito. ¿Cómo se me ocurrió, me dijo el fiscal, proceder con tu ayuda a aquel terrible e incruento asesinato? No figuró como atenuante el que estuviera harta de ella que no me dejaba ni a luz ni a sombra, ni que su presencia me agobiara, me doliera o me frustrara, ni que empezara a odiar aquella mala compañía hasta extremos insoportables. Me preguntó por ti, pero yo me negué en mi derecho a no contestar. Él insistía: cuando te conocí, en que consistió nuestra relación y que cuando fue que decidimos unirnos en aquella planificación para el crimen. Yo callaba, mientras pensaba en ti y lo miraba sin ver.
Se volvió hacia aquel público morboso, ávido de sensaciones, y reconstruyó, con esa óptica de no entender nada, cómo debió ocurrir. Cómo por esa malévola combinación de nuestras culpas, dejó de seguirme para quedarse aniquilada. Lo peor, seguía diciendo, es que no se volvió a saber de ella que se perdió en el aire o en la tierra ¿quién sabe dónde? sin que nadie se pudiera compadecer.
El juez convencido de aquellos argumentos me condenó a cadena perpetua, no era justo, para él, que hubiéramos suprimido a quien estaba predestinada a acompañarme de por vida. No sé si atisbé en sus ojos una llamarada envidiosa, lo que no impidió que me enviara para siempre a este rincón perdido, en el que, sin que él lo sepa, me acompañas y en el que juntos recordamos, tu y yo, el día en que me ayudaste con tu ternura a eliminar para siempre a esa dichosa e insistente soledad.
Un día más

El amanecer golpeó con la levedad de su luz las rendijas de mi persiana cuando desperté, contenta porque no tendría que madrugar y podría ahuecarme en la cama. Noté tu respiración entrecortada, a mi lado, a la vez que me notaba acalorada. Desabroché despacio, soñando que fueran tus dedos quien lo hacía, los botones de mi camisón, bajé la manta y me gustó sentir que mis pechos, caídos hacia lados opuestos, se gustaban acariciar por el aire de la habitación.
Y de pronto, estando tan cerca, empecé a echarte de menos. Quería que te despertaras, no me hubieras perdonado que yo te despertara por mi deseo de ti, y en aquella semioscuridad vigilaba cada uno de tus gestos esperándote. Fueron diez minutos eternos en que mis dedos se hacían los despistados y, de vez en cuando, se deslizaban por mis pechos y se entretenían en mis pezones. Al fin te agitaste y, no pudiendo aguantar más, mi mano se puso por detrás de tu espalda intentando hacerte girar hacia mí, que tu cercanía fuera algo más que física, que te entraran ganas de calmar mis desesperados anhelos. Te giraste con pereza mezcla del no espabilarte y de esa carencia de deseo, que ya voy conociéndote y ha dejado lamentablemente de sorprenderme, y a pesar de que me apretaba contra tu cuerpo, tu gesto permanecía estático y ausente. Sentí tu mano como si estuviera adherida a tu cuerpo y le gustara hacer de frontera entre los dos. La cogí con la mía y la saqué de aquel hueco, la estiré con la mía y la deposité sobre mi pecho, que ya en estos momentos gritaba de desesperado ardor. Mis dedos entre los tuyos se acercaban a mi pezón, pero tú no te dabas por enterado y probablemente si esa mano perteneciera a un cadáver estaría más viva, en ese momento. Cogí tus dedos, dos veces, para chuparlos entre mis labios y se retiraron vergonzosamente en ambas ocasiones. No puedes imaginarte cómo tuve que morderme los labios y recurrir a lo más profundo de mí para no hundirme en la más absoluta de las miserias. Aunque no me sorprendiste, ésta es una situación hastiadamente revivida que parece prolongarse en el tiempo sin posibilidades de que algún día mute. Mis pezones pedían caricias y sólo se topaba con las mías y con el peso muerto de tu mano estática.
Ya no pude aguantar y mis manos, antes disimuladas ahora se revistieron de descaro e intentaban con sus caricias apaciguar el ardor que cada vez más me iba invadiendo. No sé si fuiste consciente de ellas, me daba igual, sólo sé que retiraste la mano y acompañó a tu cuerpo en ese giro que hizo que me brindaras tu espalda intentando dormir más. Yo seguí acariciándome, casi con desesperación me pellizcaba, ahora se movía todo mi cuerpo y estoy segura de que, como una onda, llegaban mis vibraciones hasta tu lugar del colchón. Sentía la humedad que brotaba entre mis piernas, mientras mis dedos me provocaban placenteras sacudidas. Al fin, levantaste la cabeza y sin echarme una mirada, ni siquiera de lástima, te levantaste de nuestra cama, aduciendo que ya no ibas a dormir más. Olvidaste, incluso, darme ese beso desprovisto de cualquier pasión, que sueles darme. Yo ya estaba totalmente desnuda. El ruido de tus zapatillas saliendo por la puerta del dormitorio acompasó a mi delicioso orgasmo.
El agua de la ducha me hizo olvidar tu desplante mientras mi mente volaba hasta rincones y huecos que nunca imaginarías, por eso al salir a la calle nunca sabrás por qué después de todo lo anterior y al ver mi cara reflejada en la ventanilla de un coche empecé el día con la mejor de mis sonrisas.

