Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2009.
Uno de marzo

Nunca le había gustado el invierno, no tanto por él, sino por ella. Siempre había sido muy friolera, y en esos meses, sus manos y su nariz parecían carámbanos y hasta sus palabras se helaban en los vahos sinuosos del aire. Siempre iba abrigada hasta extremos inconcebibles: camiseta termolactil de manga larga, blusa de franela y jersey de lana gorda, por no decir esos días en los que además se colocaba el pijama. Por debajo aparte de las bragas grandes, faja gruesa, pantalón interior ceñido sobre el que se ponía un pantalón de pana que acababan en pies con calcetines de nieve que desaparecían en gruesas botas. Todo eso implicaba que el acceso al cuerpo de ella fuera tan trabajoso, que se convertía en tarea tan imposible como el conseguir un préstamo bancario en época de crisis.
No era extraño que durante esa época los días le parecieran grises y tupidamente opacos con un tono de penalidad que se solía iniciar en el otoño. Pero aquel día se presentaba diferente. Era el uno de marzo y se había despertado optimista. Hoy el barrio se engalanaría con colores. Tras dos largos meses de rebajas en que los escaparates exponían sus ropas de invierno, grises, pardas y negras, la vista ya estaba hastiada de tanta cerrazón acrílica y algodonosa. Al fin, habían terminado las rebajas de invierno y como si aquella noche un hada hubiera transformado luminosamente el barrio con un amanecer de arco iris, ahora, tras los cristales de las tiendas asomaban seductores vestidos de finas tiras y escotes tentadores de sugerentes tonos primaverales: colores pasteles, amarillos, rosas, verde pistacho…
Entró en la lencería donde largos camisones de paño y pijamas gigantescos, habían dejado paso a escuetos camisones de seda transparente y conjuntos de hermosos y elaborados encajes. Pidió uno de color champagne que había atraído sus ojos. Recién llegado de la temporada, le dijo la dependienta.
Cuando llegara a su casa, ella lo estaría esperando, eso sí aparte de las velas que diseminaría por todo el dormitorio, situaría tres calefactores encendidos apuntando hacia la cama. Pero a él no le importaba sudar, porque esa era la fecha en que su prima, de quien tan primitivamente estaba enamorado, le estaría esperando y se dejaría dibujar su cuerpo con aquel regalo que todos los años le hacía en este día: el primer primor de la primavera.
En tu estela

(Óleo de Julio Puentes)
Hoy he dormido mal pero me he despertado tiernamente envuelto en pompas de jabón que me sostenían en el aire y es que he soñado contigo, durante esta noche, como no lo recordaba desde hacía tiempo. No me extraña que ese deseo acumulado de tenerte entre mis brazos y que el tiempo se encarga de dilatar tan caprichosamente, se haya anclado de tal manera en mi inconsciente y produzca estos sueños tan maravillosos y esa sensación, con la que me levanté, de haberme pasado toda la noche persiguiendo tu estela.
Durante mi somnolencia me ha embriagado el olor almizcleado de tu cuerpo, alborotando todas mis sensaciones. Además he sentido, como no puedes imaginarte, el tacto de tu piel, deslizándose suavemente, semejando el zigzagueo de una amorosa sierpe a lo largo de todo mi cuerpo. He estado, toda la noche, disfrutando de caricias inimaginables desprovistas de cualquiera de esos límites que brotan en nuestros encuentros. Y es que en esta noche, con el brillo externo de una luna blanca y menguada, tenia mucho que ganar y nada que perder.
Lo mejor ha sido, cuando al abrir los ojos me he sentido ebrio de ti y al enfrentar mi desnudez al espejo he visto claramente que tus dientes, como signo de tu conquista sobre mí, han quedado señalados a fuego sobre la piel de mi pecho.
Pintando al óleo

Tú te empeñaste en que te pintara al óleo. Parecía como si quisieras contradecirme cuando yo te decía que semejabas una imagen en blanco y negro con el contraste de tu melena negra sobre tu piel blanca y esos lunares ambarinos que salpìcaban primorosamente tu epidermis. No querías que te pintara en blanco y negro querías verte brotar en colores desde mis dedos.
Acudí a tu casa con el lienzo y las pinturas y mientras preparaba la paleta te tendiste en el sofá a modo de la maja vestida. Pero sólo fue un instante porque segundos después con tu ropa arrojada a mis pies ya semejabas a la otra maja. La paleta quedó estática en mi mano izquierda mientras yo contemplaba alborozado tu figura de músculos torneados que tumbada sobre el sofá empezaba a agitarse. Tus dedos finamente afilados se abrían paso a través de una mata espesa y recortada de pelo negro y horadaban mimosamente aquella hendidura, cuyo olor a sexo emanado al aire, llegaba a mi nariz confundido con el de mis pinturas. Tú seguías acariciándote con la misma tranquilidad que si estuvieras sola, pero sin dejar de mirarme con unos ojos mitad deseosos, mitad desafiantes. El movimiento oscilante de tus pechos atraía mi mirada y no digamos de esa sinuosa línea que parece separar tu escultural barriga en dos partes y que se cimbreaba con el ritmo que lo hace el oleaje en un día de marea agitada. Tu ombligo estirado pero nada presumido, semejaba un párpado que me guiñaba en cada una de tus oscilaciones. Y esa respiración inicialmente silenciosa, fue trocándose en crecientes gemidos que parecían rasgar tu garganta y arañaban mis oídos de puro placer.
No pude aguantar más la excitación que me atenazaba y cogiendo el pincel entre mis manos, cuidando de mantenerlo en la posición adecuada, realicé el cuadro más maravilloso que nunca había hecho, eso me dijiste. Lo más curioso es que cuando marché de tu casa el lienzo seguía tan blanco como lo había llevado y ahora era en ti, en aquel cuerpo blanco tachonado de lunares, a modo de perlas negras, donde mi pincel te había teñido con la más dulce y maravillosa de las blancuras.
Puedo imaginarme...

-dando saltos en una nube
-un unicornio azul
-un árbol con hojas rayadas
-palabras con sabor a caramelo
-un atardecer que se alarga con el sol dando botes en el agua
-una vaca volando...
Lo que me resulta imposible imaginar es mi vida si me faltaras tú.

