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Tu leve caricia

(Dibujo de Aires)
Nunca sabes cómo, pero una mañana cuando miras al cielo, por mucho que brille el sol, y luego miras a tu interior lo ves todo gris. Eso me pasó a mí una mañana, ¿o fue una tarde? no lo sé, pero ¡me pasó! Desde aquel día mi ánimo se tornó alicaído y cada paso que daba por el camino de la vida se convertía en un esfuerzo agónico, donde la palabra aliciente era desconocida para mí. Pero el gris dicen que es un color dinámico, que nunca se queda quieto y que sus matices poco a poco van tornando al negro. Así lo veía yo todo, negro azabache, un bonito y elegante color, cuando no hablamos de esa perspectiva con la que una ve la vida. La soledad ancló en mi y cuando me veía en el espejo, el tono de mi ánimo oscurecía mi piel y no era capaz de diferenciarla de mi sombra, hasta que…
…llegaste tú. Fue encontrarme contigo y dejar que, algo tan simple como ese gesto de tu mano, se acercara hasta mí e hiciera un chasquido de dedos mágicos como el de un genio de las mil y una noches. Dejé apoyar mi barbilla en ellos y entonces todas mis trabas, como por ensalmo, fueron abandonándome y coloreándome por dentro y por fuera. Especialmente en ese momento en que fui consciente de que aniquilaste, para siempre, a esa soledad que me acompañaba y de que me transmitías con esa leve caricia todo lo que de maravilloso tiene la vida.
El caballero de la mano en el pecho

(Dibujo de Aires)
Un título clásico aplicado a un dibujo moderno.
Dolor de primavera

Abre el día estallando en luces de amanecer, mientras por mi ventana se cuelan, en ráfagas desordenadas, aromas de azahar, el color de los geranios que escalan la ventana y el gorjeo bullanguero de los pájaros. En pocos instantes, los últimos resquicios de sueño, quedan abandonados sobre la almohada, aún caliente que guarda las formas onduladas de la cabeza. El aire con calidez de solsticio abriga mi piel desnuda, despertando exquisitamente su sensibilidad. Un roce leve de la tela de la camisa sobre mi pecho, lo endurece con cierta delectación. Esa y otras sensaciones que me van recorriendo parecen concentrarse en mi sexo, que espabilado se alza sobre sí mismo adquiriendo consistencia placentera.
Todo ello, finalmente, torna en sufrimiento, en ese dolor de primavera, como si tuviera el corazón en carne viva, que me atraviesa e impregna cada célula de mi cuerpo. Y lo peor es que no hay un remedio sencillo para el mismo. Sólo conozco una forma de atenuarlo: tu presencia cercana, el contacto íntimo de tu piel, el que me sanes con la dulzura de tus caricias y que nuestros labios se encuentren y se comuniquen con esa húmeda, y rabiosamente ansiada, vecindad del beso.

